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   Colaboraciones exclusivas

El cuerpo, el Otro
  Por Adriana Rey
   
 
Comienzo este escrito con el recorte de una frase de Lacan, que guía este desarrollo, y que ha tenido una particular insistencia para mí en el curso de la lectura del seminario Aún.
Lacan habla allí en algunas oportunidades de “el cuerpo del Otro”. Menciona esas palabras en varios lugares del seminario, y además lo hace privilegiadamente en relación al goce.
Decir “el cuerpo del Otro”, en principio, me provocó varios interrogantes:
Del Otro implica posesión ¿Qué significa “el cuerpo del Otro”? ¿Es que el Otro tiene cuerpo? ¿Cuál es el cuerpo que posee el Otro? ¿El cuerpo de quién, es el cuerpo del Otro?
¿Se refiere al cuerpo del otro sexo, ya que en el encuentro con el partenaire no nos encontramos mas que con el sexo Otro?
¿Se podría decir: Lo Otro del cuerpo?

Cuerpo y Otro están interesados en una particular encrucijada, ya que para hablar del goce del Otro, se necesita del cuerpo y ese cuerpo, al decir de Lacan en este seminario, es del otro con minúscula que lo simboliza1. Decir “el goce del cuerpo del Otro” se presta a un interesante equívoco: O bien es el Otro el que goza, y de ese modo el cuerpo es gozado, o bien es el cuerpo el que goza, es decir, es gozante en tanto en ese gozar adquiere su sustancia.2
En respuesta nos encontramos con que sólo se puede gozar de una parte del cuerpo del Otro, pero esa parte goza también.

De este modo, no podríamos hablar de cuerpo sin hablar del goce y sin hablar del Otro. Lo paradojal, es que estos cruces atañen justamente al cuerpo que se supone propio.3
Esa Otredad con que es posible tropezase en la propia sensación o en la propia imagen, en el discurso del neurótico irrumpe como angustia. Da cuenta de la hiancia que provoca un cierto fracaso. ¿Quién no vivió alguna vez la extraña experiencia de pasar cerca de un vidrio del que no teníamos noticia que estaba allí y verse reflejado por un segundo sin reconocerse?
Algo del cuerpo es irreconocible y sin embargo no puede decirse que “eso” sea absolutamente extraño.

Eso irrumpe, y es el punto mismo de la rajadura de la ilusión del cuerpo como completud y como propiedad, y tiene que ver íntimamente con que seamos hablantes.
Partimos de que el cuerpo ha sido mordido por el significante. Porque hablamos podemos hablar de cuerpo. El lenguaje mortifica la carne, le imprime orificios. Así, la hace humana. En el mismo acto la mata y la hace vivir.
Sin embargo ese fracaso del “todo” de lo propio en relación al cuerpo dice también del fracaso del lenguaje. Hay un resto de eso que no puede escribirse. Hay lo que no cesa de no escribirse. Me pregunto si ese resto puede considerarse también del cuerpo.

“El significante es la causa del goce. Sin significante, cómo abordar esa parte del cuerpo? A su vez el significante es lo que hace alto al goce”4
Los seres que hablan, dice Lacan, son seres vivientes. Pero debemos percatarnos de que por poder decir que somos seres vivientes, esto mismo introduce la dimensión de la muerte. Lo dice así:
“La reproducción de un cuerpo, no puede ella misma designarse ni con la vida ni con la muerte, ya que, como tal, en tanto sexuada, entraña a ambas, vida y muerte”5.

El neurótico se ve esforzado en enfatizar lo que su cuerpo significa en tanto la vida, y angustiado en tanto esa significación no hace más que hacerle agua.
Una paciente, ante una situación que se le repetía con su partenaire sexual, a pesar de todos sus esfuerzos por evitar que le vuelva a suceder, dice casi desesperada: “no soy yo, es mi cerebro”. Al momento de terminar de decir esto, ella misma se ríe, dando así a la frase un interesante estatuto de chiste.
Entiendo entonces, que eso Otro que está en el cuerpo, que se halla en relación a la vida, a la muerte y al sexo, y, como consecuencia es indecible e inimaginarizable, es del orden del goce. Vuelvo a la frase del comienzo de este escrito: “El goce del cuerpo del Otro”.

Se me ocurre lo siguiente:
Si el cuerpo es sustancia gozante, y del Otro solo puedo gozar de una parte, eso Otro como parte goza en el cuerpo.

Laura relata un sueño:
Sueño con el Apocalipsis. Todos mueren o van a morir. De muchas formas. Algunas veces sueño que todo se quema, otras que hay humedad y los cuerpos se van pudriendo, o todo explota. Pero a mi no me puede pasar nada. Yo busco a mis seres queridos y encuentro cuerpos muertos, todos murieron o falta poco para que mueran. Yo estoy intacta. Me despierto con horror.

Asociaciones:
Hace diez años su abuelo (muy querido por ella) se enferma de cáncer. Ella se instala en la casa de la abuela para cuidarlo porque él no quería ninguna enfermera.
La madre de Laura (hija de este hombre) solamente iba a verlo algunas veces, pero lloraba y le daba impresión y se iba. Laura, junto con su abuela, lo atendían, bañaban, cambiaban, etc.
Hace poco, Laura hizo un curso de primeros auxilios, porque siempre prefiere intervenir si a alguien le pasa algo y saber hacerlo. Poder ayudar.
Eso le hace pensar en lo que había estado diciendo otro día. Que le cuesta pedir. Siempre está pensando en ayudar a otras personas.
Le digo – El sueño dice: “a mi no me puede pasar nada”.
Si. Todos me piden. Y yo siempre tengo que estar. No puedo decirles que no. Igual a mi no me molesta. Por ejemplo cuando cuidaba a mi abuelo o en otras ocasiones, a mi no me da impresión. Puedo ver heridos, sangre, cualquier cosa. Lo que no soporto ver es mi propia sangre. Yo me desmayo si me sacan sangre, o me dan una inyección.
Intervengo diciendo: Entonces, lo que podemos decir por ahora, es que hay un punto de horror en el sueño, pero que ese punto de horror está situado en tu propio cuerpo.

¿Cuál es ese punto de horror?
Si en el cuerpo se ubican la vida y la muerte, hay signos de ello que dan cuenta de una progresiva cadaverización. Sin embargo, solo se puede ir muriendo algo que está vivo. La ilusión de un cuerpo propio, entendiendo como propio algo de lo cual puedo disponer, es una forma de desconocer lo que de la muerte toma consistencia en la carne. Porque hablamos podemos hablar de cuerpo, y de cuerpo propio. Porque hablamos no podemos hablar la muerte.
Ese punto de horror en el relato del sueño está puesto del lado de los otros. Son los otros los que mueren, los que se pudren. “a mi no me puede pasar nada” es un modo de desconocer lo que de la muerte atañe al cuerpo de ella, pero no es sólo eso. También habla de una imposibilidad. Hay allí el impedimento de soportarse tocada (intacta dice Laura) en tanto se desmaya (¿pierde el conocimiento?) si le sacan sangre o le dan una inyección. Aunque decido por ahora no intervenir en esa dirección, no dejo de pensar que para ambas cosas es necesaria una aguja, y una aguja agujerea. Me pregunto qué tendrá que ver esto con los “primeros auxilios” recibidos por Laura en los primeros tiempos de su vida.
En este fragmento me detengo, además, porque Laura sufre de una enfermedad psicosomática, (ella la nombra así), y lo más curioso es que a pesar de haber venido ya a varias entrevistas, la menciona por primera vez el mismo día del relato de ese sueño.

Retomo:
Lo Otro, como parte, goza en el cuerpo. Es ese el punto mismo de la muerte y del sexo. Es, así mismo, el punto de la relación sexual que no cesa de no escribirse. Es que el gozar del cuerpo, en la dimensión del cuerpo como gozado por el Otro y del cuerpo mismo como gozante, es producto del significante que, como causa y tope hacen al cuerpo no-todo. Esto implica a su vez que hay un goce todo que resulta imposible, hay un goce todo que no hay, y esa, diría, es la condición para que sí haya cuerpo.
Sin embargo, al no poder poseer el cuerpo que “tenemos”, que “hay cuerpo” lo sabemos por el alma. Esta es una interesante paradoja.

“¿Quién no ve que el alma no es otra cosa que la identidad supuesta del cuerpo ése, con todo cuanto se piensa para explicarla?” 6

El alma, entiendo, del lado del fantasma, es el cómo se piensa el cuerpo, y agrego, siguiendo a Lacan, se piensa con el alma. Y en ese pensar se revela un goce a su vez, que estaría siendo sustancia del pensamiento, goce de la misma inercia del lenguaje.

Decíamos al principio que no podríamos hablar de cuerpo sin hablar de goce. ¿Podríamos hablar de goce sin hablar de cuerpo?
Pregunta que supongo nos llevaría a dar un paso, y hablar entonces de los goces.
Sin embargo, pienso a la vez que sigo por esta vía, qué pretensión la mía, hablar de goce sin hablar de cuerpo, cuando hasta Dios necesitó de un cuerpo y así se encarnó en Cristo, pudiendo encontrar en la pasión de él su propio goce.

Sería necesario, quizás, volver a la frase de la que partí (partí en al menos dos sentidos). La transcribo completa: “El goce del Otro, del Otro con mayúscula, del cuerpo del otro que lo simboliza, no es signo de amor”.

Queda, entonces, para un próximo escrito, la última parte de esta frase, “no es signo de amor”, que podría guiar para pensar lo que del goce está fuera del cuerpo, ¿está en el alma?, ¿tiene que ver con el amor? Por lo pronto se puede decir, que goce, cuerpo y amor aparecen juntos en una misma frase. Por ahora, dejo estos interrogantes abiertos.



1 La referencia es a la clase 1 del seminario XX: “El goce del Otro, del Otro con mayúscula, del cuerpo del otro que lo simboliza, no es signo de amor”. En este escrito recorto y tomo la primera parte de la frase Pág. 12 Edición Paidós.
2 En la clase 2 del mismo seminario Lacan menciona al cuerpo como sustancia gozante, en tanto la sustancia del cuerpo quedaría definida sólo por lo que se goza.
3 Me fue necesaria, para el recorrido que llevo hecho hasta ahora de este seminario, la articulación con algunas palabras que tomo del libro “Lo incorpóreo” de Daniel Paola, que me ayudaron a continuar trabajando mis interrogantes.
4 Seminario XX Aún, Clase 2, p.33 Ed. Paidós
5 op. cit., Clase 3, p. 42
6 op. cit., Clase 9, p. 134
 
 
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