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   Límites terapéuticos del psicoanálisis

Desear con amor, un límite del psicoanálisis
  Por Hugo Dvoskin
   
 

“En vez de indagar cómo se produce la curación por el análisis,
 cosa que considero suficientemente esclarecida,
el planteo del problema debería referirse a los impedimentos que
obstan a la curación analítica”.

Sigmund Freud

I.La palabra límite se utiliza habitualmente ligada a la palabra “poner” como un sintagma que rige objeto indirecto. Dicho vulgarmente “ponerle límite a…” se entiende como: “se limita a alguien en algo”. Un sujeto le pone entonces límite a otro sujeto o a alguna acción que ese sujeto realiza. Se trata de una acción que por motivos diversos debe entrar con alguna precisión en las coordenadas cartesianas: tiempo y espacio. Limitar al niño en su tiempo de ver televisión o limitarlo en los espacios de los que dispone. También podría hablarse de tratamiento de tiempo limitado, terapias breves; o podrían establecerse límites temáticos y hablarse de “terapias focalizadas”.

En la práctica psicoanalítica los límites refieren en primer lugar al bestiario de los n-analizables. La praxis psicoanalítica al definir el campo de los sujetos para los que es atinente y pertinente pone su propio límite. Eventualmente podremos interrogarnos sobre las condiciones de posibilidad de extenderlo. Serían sus límites y sus excepciones. La cuestión se materializa al interrogarnos sobre hasta dónde y hasta cuándo cabe llevar adelante un tratamiento en términos del interés y el anhelo de un analizante en proseguir. Serán cuestiones de procedimiento y en todo caso refieren al ejercicio de la libertad de quienes han iniciado un trabajo de análisis, no sin remarcar el pertinente señalamiento freudiano referido a aclararle a los pacientes que si bien la decisión es suya, no habría por qué privarse –aún a riesgo de poner en cuestión la abstinencia– la indicación de que el analista no se hará responsable por los efectos producidos por la interrupción de un tratamiento, incluso por la posibilidad de la iatrogenia del procedimiento todo, si se interrumpe sin la anuencia del profesional. Aquí se juega la cuestión de los límites a los límites.

II.-Existe un segundo sesgo más allá de la lectura lineal del límite, una lectura más allá de esta geometría de segmentos que generan los contornos bien apreciables de las figuras cerradas, que determinan en todo los casos un adentro y un afuera, un “de este lado” y un “ese otro lado”. Tomamos aquí el límite como sujeto de la frase o como circunstancial de lugar. Ya no sería algo que se pone, “poner límite”, será el límite sobre el que se predica, o al lugar al que se dirige una acción. Es lo que en su vertiente matemática supone un punto al que por efecto del resultado de una función, se llegaría si fuera posible extenderla infinitamente en tiempo y espacio. Límite refiere entonces aquí al lugar al que se podría llegar. Es la tendencia y el punto conjetural en la perspectiva del ejercicio finito o infinito de una función o una praxis determinada. No hay aquí alguien que ejerza la acción de limitar sobre otro o sobre un objeto. Se trata del límite propio de la función, que por estructura tiende a cierto lugar sin poder acceder a él. También podría enunciarse como vía para poder conceptualizar la idea de “infinitamente”. Si pensamos en una función tal como 1/x, cuando mayor sea x más nos acercaremos al cero… pero aunque x se acerque infinitamente al infinito, seguiremos a una distancia infinitamente pequeña del cero, sin llegar nunca a él. De modo que límite indica el punto que no podría sobrepasarse y a la vez significa el lugar al que cierta función nos indica “deber llegar”, borde y tendencia. Formulado de ese modo cabe relacionarlo con la dirección de la cura. Estas significaciones hasta cierto punto antónimas proceden de un mismo origen siendo la segunda una (de)formación de la primera pues el límite con el que nos encontremos no puede ser completamente ajeno al punto al que queremos ir: “los límites en el límite”, “al límite, los límites”.

III.-En “La subversión del sujeto”, título de un texto de Lacan pero también dirección de la praxis, encontramos que el deseo presenta la paradoja de ser un concepto de la teoría que acepta ambas acepciones. Por un lado, el deseo responde al punto hacia el cual el análisis se dirige por la vía de la subversión del Yo, pero también el deseo es la defensa que el aparato tiene frente al goce. “Pues el deseo es una defensa, prohibición de rebasar un limite de goce”1. Al ser justamente el deseo quien le pondrá límites al goce por lo cual no requiere de operaciones especiales, tecnificadas, maniobras extrañas de parte del analista para que éste se vea acotado. Desfiladero delicado entre el aplastamiento del deseo cuando el texto del analizante se hace un todo sentido psicológico y en los “intentos de acotamiento de goce” en los que el psicoanálisis pierde y se transforma en psicología de la conducta. Nombres de un bien que el analista intenta proveer. Lo hemos dicho en su momento al referirnos al tiempo de sesión: el acortamiento sistemático de las sesiones en la dirección de la cura lleva por un riel en el que el deseo se ve desplazado de su privilegiado lugar en la cura, razón por la cual se pretende renominar el grafo del deseo como “grafo del goce”, evidenciando el lugar desde el cual se piensa la teoría y la clínica. Mientras la sesión estándar de cincuenta minutos sería un intento pasivo de aplastar el deseo, la sesión estándar “de poco tiempo” sería el intento activo de acotar el goce2. Ambas posturas lejos están del corte eventual de sesión como modo de situar el punto de capitón cuando el deseo ha sido escuchado y se pretende evitar que el rellenado de palabras y de sentido lo vacíen de potencia.

IV.-El deseo es entonces es lugar al que se dirige la praxis. El deseo es también el que posibilitará establecer e instituir los límites a aquella inmixión de goce parasitario que irrumpe en la vida de los sujetos como síntomas e inhibiciones. Sin embargo, ese deseo encuentra a su vez sus límites en los análisis. Cuando en sus últimos escritos Freud aborda la cuestión de lo terminable o lo interminable del análisis nombra tres cuestiones que refieren a la dificultad e incluso a la imposibilidad de concluir: el influjo de los traumas, la alteración del yo y la intensidad constitucional de las pulsiones. De estos tres términos subraya el tercero. Encuentra, a su vez, en haber hecho suficientemente conciente lo inconsciente y en el haber podido dejar de lado inhibiciones y síntomas, los nombres del logro terapéutico. Del primero asevera que nunca podría ser absoluto; del segundo sólo la vida dirá si el trabajo ha sido suficiente y se corren los riesgos de nuevos traumas que actualicen aquellos padecimientos. Disentiremos en varias de estas apreciaciones. Se demanda efectivamente por la negativa abandonar las inhibiciones y los síntomas y, por la positiva haber atravesado la experiencia del inconsciente. En el decir freudiano, efectos quizás de la segunda tópica, ha quedado olvidado que el análisis debe producir una posición sustentable del sujeto con relación a su deseo (no con relación al amor ni al goce, que son efectos posibles por añadidura) del que por efecto del análisis se ha apropiado. También por ello se puntúa como dificultad mayor lo constitucional subrayando la dificultad en un aspecto que de ninguna manera hace a la práctica analítica y sobre la que ésta se ve imposibilitada de modificar, y no se apunta a los problemas que justamente la praxis se propone remover y atravesar. Es esa última la perspectiva que nos interesa en la cita freudiana que es epígrafe de este trabajo, los impedimentos en la cura… pero que son propios de la praxis.

Nuestro punto de mira es en todo momento la cuestión de deseo. El psicoanalista sería alguien que fundamental y crucialmente se encuentra interrogando sobre el lugar del deseo en el texto que el analizante trae. Tomados y sostenidos por la frase freudiana con la que prácticamente concluye “La interpretación de los sueños” que refiere a la indestructibilidad del deseo, nos permitimos sostener una clínica que apuesta a que es posible para el sujeto humano acceder a una posición deseante. Sólo eso nos habilita éticamente en nuestra praxis en tanto esa conjetura –que habrá que demostrar en el caso por caso– supone posible alguna modificación en la economía psíquica por efecto de una metaforización de los síntomas. Esa teoría nos sitúa dentro de lo que consideramos no es una terapéutica ni un restablecimiento de un estado anterior. No es psicología, no es terapia, y es por ello que nuestra teoría reclama y demanda “para sí el título de producir un estado que nunca preexistió de manera espontánea en el interior del Yo, y cuya neo-creación constituye la diferencia esencial entre el hombre analizado y el no analizado”3 tal como escribía Freud en forma interrogativa.

Tiempo, en consecuencia, de interrogar sobre la posibilidad de que así como hay algo propio en la condición humana que nos condena a alguna impotencia con relación al goce –que la degradación del vida erótica y la exigencia superyoica de “siempre más” deberían explicar sin controversias–, quizás haya algo también en el deseo que dificulte que los análisis lleguen a los confines, algo propio de la condición humana que imposibilita acceder plenamente a una posición deseante.
La clínica en ese sentido está atravesada desde sus inicios por aquella carta de Freud del 16 de abril de 1900 a Fliess donde anunciaba que el enigma de su paciente estaba “casi totalmente resuelto”. Un casi que ya lleva más de cien años y que marca los límites del nuestro trabajo porque ya en ese momento el carácter interminable de la cura era algo atribuible a la lógica del tratamiento y a la transferencia. Se trataba también del compromiso entre salud y enfermedad “que los propios enfermos desean y por eso mismo el médico no debe entrar en él”4. Cita que se conjuga con otra escrita casi cuarenta años después al referirse a “una fuerza que se defiende por todos los medios contra la curación y a toda costa quiere aferrarse a la enfermedad y el padecimiento”5. Si los pacientes aman sus síntomas como a sí mismos hay algo en ese amor que no acepta la indisolubilidad absoluta. Si hay algo de esos síntomas que se traslada a la transferencia –es esta una condición intrínseca del análisis– hay algo en ese desplazamiento que impedirá la indisolubilidad absoluta del vínculo transferencial: amor a los síntomas, amor al analista, demanda de amor del analista. La reacción terapéutica negativa y el amor erótico de transferencia serían los dos conceptos que mejor ordenarían en la teoría estas cuestiones. A no dudarlo entonces, es el amor en sus formas narcisistas, en sus modos más o menos patológicos, lo que imposibilita llevar la cura hasta sus límites. Lacan intenta enlazar ambos conceptos, deseo y amor, en el punto del final del análisis: el deseo del análisis apunta a la posibilidad de hacer surgir la significación de “un amor sin límites, por estar fuera de los límites de la ley”6. Sin embargo quizás allí la definición de ese amor que queda determinada por la adjetivación, le hace perder su condición propia. Al pretenderse un amor sin límites o nos encontramos con la incondicional de la demanda que justamente se opone al deseo, o se está fuera de los límites de la ley, y al estar fuera del campo significante el amor pierde su condición primordial que es estar parcialmente atado al Ideal del Yo.

¿No podría acaso postularse que el deseo encuentra en el amor su límite? ¿Que justamente los logros terapéuticas de amar y trabajar son los nombres de ese final imposible y de esos límites terapéuticos? Allí donde el sujeto se dispone a recorrer el circuito del deseo y la creación, el Yo subvierte la subversión y propone “amor y trabajo”. Al decir amor, decimos también –y sobre todo– demanda de amor. Ser amado, ser querido, ser elegido, ser protegido… encontrar alguna garantía en la vida y en el goce. Traicionarse en el deseo para poder seguir siendo querido.

Este pedido, tal como lo demuestra la tradición religiosa, habitualmente recae justamente en aquellos que los han denegado o quitado: pedir goce al que lo ha sacado, pedir amor a quien lo ha limitado, pedir garantías a quien ha escenificado que no las hay. Amor al padre, amor a la madre, amores que valgan por esos amores. Ese amor necesariamente irrumpe y obstruye parcialmente el camino del deseo. Queda impedido el acceso al deseo, a un deseo puro y pleno que a partir de allí sólo tiene destino asintótico e imposible.

Sin embargo, la ética del deseo, que en esta oportunidad definimos como límite asintótico de la cura, sigue siendo el imperativo clínico de nuestra praxis, al que se debe ir aunque no se lo alcance plenamente. El deseo como más allá del amor es entonces un límite que no se podrá atravesar pues supondría en Freud un sujeto desatado del conjunto de las instancias psíquicas, y en Lacan un sujeto desanudado. Desear con amor es lo posible, aunque eso implique y tenga el costo de no acceder a los confines, ese imposible.

_______________
1. Lacan, J. La subversión del sujeto, Escritos, Siglo XXI, 9ª edición, p. 336.
2. Dvoskin, H. De la obsesión al deseo, Letra Viva, p. 172.
3. Freud, S. Análisis terminable e interminable, en O.C., A.E., p 229.
4. Freud, S. Carta 133 a Fliess, en O.C., A. E. tomo I
5. Freud, S. Análisis terminable e interminable, en O.C., A.E., p 244.
6. Lacan J. El seminario. Libro 11, Paidós, p. 284.
 
 
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