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   Límites terapéuticos del psicoanálisis

Límites terapéuticos del psicoanálisis
  Por Alfonso Luis Masotti
   
 
La información biológica que la corteza cerebral recibe en forma exhaustiva y continua sobre la homeostasis del organismo es de naturaleza electroquímica y molecular. Los procesos neuroendocrinos de recuperación homeostática de las alteraciones que acompañan a la adaptación a las exigencias del entorno, se encuentran subordinados a la interpretación de la información aferente, proveniente de las terminales sensorias, las que a su vez están asociadas a engramas mnémicos y patrones innatos de conducta, particulares a cada especie. Pero a medida que avanzamos en la complejidad y en la integración funcional de la actividad mental (conformación cerebral), mecanismos de regulación endocrina más complejos permiten asociar la vivencia a las experiencias previas y flexibilizar los patrones de conducta, al anexar la incertidumbre en la pauta. Esta regulación neuroendocrina y molecular es la interfase necesaria entre los procesos cerebrales y los procesos mentales. Por ahora, las descripciones de los efectores neuro-químicos –en este caso, peptidérgicos–, de este sistema de interfase entre la actividad mental y la endocrina, que involucra a la respuesta de estrés, son motivo de controversia académica. A pesar de ello, existe suficiente evidencia, tanto de laboratorio como clínica, que demuestra que esta coordinación neuroendocrina se ejerce a doble rienda, es decir que tiene competencia tanto en la desensibilización, down-regulation en su original en inglés, como en la regulación de máxima respuesta, Up-regulation (ídem anterior). En anteriores publicaciones he puntualizado que los procesos mentales, particularmente la actividad evocativa –que he denominado “advocación de deseo” se encuentran regulados por los mismos mediadores que intervienen en la respuesta de estrés, y que esta actividad endocrina contribuye con la ampliación o con la restricción del campo evocativo-asociativo, y resulta además competente en la estimulación, incremento o mitigación de la respuesta autónoma, promoviendo el encendido de una cascada de actividad que pudiese desencadenar la desregulación del sistema de estrés. Esta hipótesis, avalada por infinidad de estudios experimentales que observaron la pauta endocrina de la actividad cognitiva en contextos de estrés, permite vincular la etiología de los trastornos autónomos –mal denominados enfermedades psicosomáticas– con los procesos mentales, particularmente la actividad evocativa. Esta vinculación es perfectamente observable en el trastorno por estrés pos-traumático, cuya denominación freudiana corresponde a la de Neurosis Traumática, tema que abordara en la explicación de la génesis del síntoma neurótico1. No obstante esta relevancia, ha tenido acotado interés y desarrollo, cuando en realidad su profundización hubiese aportado esclarecimiento clínico a infinidad de patologías mentales. Lamentablemente, esta restricción en los paradigmas de investigación es inadvertidamente confirmada por la corporación de psicoanalistas, quienes al afirmar que las vinculaciones entre los procesos cerebrales y mentales que subyacen a la conducta, no influyen ni interfieren o modifican la práctica psicoanalítica, ni su encuadre, ni sus objetivos, finalmente, reniegan del compromiso asumido por el psicoanálisis desde sus comienzos. Las primeras ideas de Freud acerca del padecimiento mental van de la mano de las preocupaciones de Charcot y de Janet, de quienes fuera contemporáneo, como resultado de la conmiseración ante el sufrimiento psíquico. Su convicción de promover el conocimiento que permitiese explicar el malestar psíquico y sus consecuencias somáticas, le advertía que no sería posible sin considerar la implicancia mente-cerebro. Al afirmar que los procesos cerebrales que subyacen a la conducta –entendida como síntoma–, no influyen ni interfieren o modifican la práctica psicoanalítica, ni su encuadre, ni sus objetivos, traicionamos ese primer precepto por el que fuese fundado el psicoanálisis, y además, la confesión de autoexclusión del campo de la incumbencia del psicoanálisis para explicar los procesos mentales en cerebrales, acota brutalmente sus límites –¿o sus alcances? –.

Esta destitución de su competencia tiene su antecedente histórico en los propios orígenes del psicoanálisis. En la Advertencia de Editorial que precede a la publicación del “Proyecto de una Psicología Científica” de Freud, de la Editorial Biblioteca Nueva, E. D. Adrián incluye un alegato del propio Freud en el que defiende esta controvertida implicancia y advierte sobre las limitaciones de las ciencias neurológicas de ese momento, confesando además que ésa es su más cara aspiración2. Con esta expectativa, Freud le envía por correo una copia de su trabajo a Fliess, quien al recibirla lo guarda en un cajón de su escritorio sin tomarse el trabajo de realizar una crítica del mismo, tal como Freud se lo solicitase. Aunque Freud continuó enviándole más misivas, no pasó por alto su actitud. No resulta casual entonces, que el Proyecto… fuese una publicación póstuma a Freud. Sin embargo, y a pesar de las incertidumbres que su propia lucubración de la teoría le producía, el período que va desde la finalización del trabajo de escritura del Proyecto… (1895), hasta la publicación del Tratado sobre los sueños en 1900, en el que reformuló el esbozo anterior, es el más fecundo y prolífico de sus desarrollos teóricos. Es en este período que estableció su teoría sobre la etiología de las “neurosis”, logrando remover viejos prejuicios y caducos fundamentos, al vincular el concepto de “represión” (disociación evocativa) con el de neurosis. En ese nuevo esbozo reformulado en el capítulo VII del Tratado Sobre los Sueños, propuso una “regresión tópica” para las huellas mnémicas, las que se dirigirían desde el polo de la motilidad hacia el de la percepción, interfiriendo, modificando e influyendo a la misma. Este intento teorético debe ser considerado como una formalización de la dinámica de los procesos mnémicos regulares y de los denominados disociables, objetivo que se planteara junto a Charcot unos años antes. No obstante, estos desarrollos no tendrán continuidad teórica. Respecto de las limitaciones que enfrentase en su pretendida Psicología Científica, Freud declaró refiriéndose al Proyecto…, que éste no estaría completo si no le dedicase un cuarto capítulo al concepto de “represión”, pero que a pesar del connato, jamás lo realizó. El afán de Freud de poder explicar la vinculación entre los mecanismos de la evocación mnémica y su fisiología, no obstante esta in conclusión, resulta ostensible a igual que su desazón y tribulación por la in-consumación.

Esta ambivalencia de Freud, generó en sus discípulos el menosprecio o el desdén por el planteo del esquema regresivo de las huellas mnémicas, introduciendo la controversia en la valoración del mismo. Es cierto que visto a la luz de los conocimientos actuales en neurofisiología, y coincidiendo con Guattari, pudiese resultar “…una pretensión cientificista neurofisiológica desmedidamente ambiciosa en función de las posibilidades de laboratorio de esa época, con un esquema teórico sin ningún punto de apoyo en experiencias empíricas, únicamente basado en hipótesis promisorias, algunas confirmadas por la neurofisiología actual, y otras, un cúmulo de imperfectos razonamientos...”, pero Guattari también lo valora como “…un intento de construcción de un dispositivo psíquico, o de representación del dinamismo psíquico…”3, que por otro lado, él mismo cuestionara en su tan controvertido Anti-Edipo, en co-autoría con G. Deleuze4.

Esta ambivalencia y la contrariedad surgida respecto de cuál debiera ser la actitud de los psicoanalistas ante esta demanda de conocimiento, sólo ha servido para aportar confusión y desconcierto acerca los propios límites-alcances del psicoanálisis. Tanta desazón en torno de lo que el psicoanálisis debiera tomar como propio o ajeno, ha contribuido a enturbiar los motivos humanitarios por los que naciera; y hoy, ese menoscabo hacia este tipo de implicancias nos excluye de la propia competencia escolástica para explicar los procesos de conversión/somatización en los términos de las exigencias de academia actuales. No creo que esta decisión le convenga a nadie. Nos han sobrevivido demasiadas escaramuzas, reyertas, escarnios y afrentas, y lo único que hemos logrado, es ratificar la escisión entre organicismo y psicologismo. Entonces, debiera preocuparnos esta dicotomía, porque no sólo restringe y sesga el horizonte del conocimiento científico, sino que corrobora la disensión, en detrimento del prestigio academicista otrora alcanzado por el psicoanálisis, que hoy inadvertidamente, al desertar de explicar esta implicancia, relega al psicoanálisis a una mera actividad cultural.

La propuesta por la que se me ha convocado a una reflexión de los límites terapéuticos del psicoanálisis, encubre el mismo ardid del tipo que acorrala al interrogante de si el psicoanálisis debiera explicar los procesos mentales en términos cerebrales, o de si le pertenece a otra ciencia la explicación, que agradecida de la cesión y tomando el guante, se autodefina eufemísticamente como ciencia neuro-psicológica. Intentando responder acerca de estos límites, no dejo de pensar que los únicos admisibles son los de orden ético. En cambio, cuando pienso en alcances, ¿cuáles son los del psicoanálisis? ¿trascendencias, trayectorias, repercusiones, significaciones, consecuencias, derivaciones, competencias? Por ese camino, no dejo de pensar que la exigencia de explicación de algunas hipótesis psicoanalíticas en el contexto de los conocimientos actuales en neuro-endocrinología, no sólo no las refutan, sino que son factibles. Respecto de este esfuerzo, he logrado implicar los actuales conocimientos en neuroendocrinología de la función mnémica en una teoría psicológica de la evocación con resultado satisfactorio, al proponer una evocación mnémica sesgada, recurrente y comprometida, que he denominado “advocación de deseo”, y producción de sentido (“deseo”) al contenido de esa evocación que imbuye a la percepción, y señalado que la recurrencia de la vía neurológica y la del deseo son una misma y única interfase entre ambos fenómenos5. Este esfuerzo teórico, basado en una vasta bibliografía de publicaciones científicas de trabajos de laboratorio y clínicos sobre la participación de sustancias endocrinas (neuropéptidos) en los enlaces de contenidos mnémicos asociados a la respuesta de estrés, me ha permitido desplegar una nueva perspectiva en el abordaje clínico de los desórdenes autónomos, aportando una explicación posible sobre los efectores partícipes en la conversión/somatización. He recuperado así, una nueva credibilidad para el psicoanálisis, demostrando que es competente en la explicación del complejo fenómeno de conversión/somatización, incumbencia que otros cedieron dispendiosamente. En el mismo sentido, y recusando al enfoque positivista, he descrito los efectores partícipes en la desestabilización de la respuesta de estrés, capaces de disparar una descompensación somática, relacionando esta circunstancia con la pérdida de la salud física.
El psicoanálisis no debiera olvidarse de los preceptos que lo originaron. Recuperar esos dominios significa preocuparse y ocuparse por el sufrimiento psíquico y físico ya que estos padecimientos siempre estarán juntos. Refutar la tendencia actual que afirma que son sólo los trastornos orgánicos los que tienen competencia sobre los psíquicos, con el objeto de justificar la actual parafernalia psicofarmacopoyética, y en cambio demostrar que son los procesos psíquicos los que tienen competencia para alterar la salud física, constituye una demanda obligada. Aún admitiendo la sinergia (reciprocidad) de ambos constructos, es decir, admitiendo que lo psíquico influye sobre lo somático y lo somático sobre lo psíquico, la evidencia de la influencia de los procesos psíquicos sobre los somáticos es indubitable, como lo prueba el hecho empírico de la agitación que nos produce un recuerdo placentero o funesto. Esta evidencia, la de cómo el malestar psíquico agrava la salud orgánica y de cómo la enfermedad orgánica produce malestar psíquico es la más contundente defensa de la vigencia del psicoanálisis. Pero antes deberá demostrar su nueva competencia, nueva incumbencia. ¡Resta aceptar entonces, ese nuevo desafío!

_______________
1. Nota del autor: Véase sobre el referente, Trauma psíquico y síntoma, del mismo autor, Editorial Letra Viva.
2. S. Freud, Obras Completas, “Proyecto de una psicología científica”, pag. 210, Madrid, 1972.
3. F. Guattari, “Psicoanálisis y reduccionismo”, Gaceta Psicológica, nº 94, 41-48, 1993.
4. Deleuze, G. y Guattari, F., El anti-Edipo, Capitalismo y esquizofrenia, Paidós, Barcelona, 1995.
5. Nota del autor: Para un desarrollo extenso, véase la tesis doctoral “Bases para una investigación bio-psíquica de la Producción de sujeto de deseo”, UAJFK, 1995; y para una aproximación breve consulte Trauma psíquico y síntoma, del mismo autor, Editorial Letra Viva, 2009.
 
 
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