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   Límites terapéuticos del psicoanálisis

Mariposas en el freezer
  Por Marcelo Negro
   
 
I.La Dra. Kübler-Ross, famosa y ya extinta tanatóloga, solía consolar a sus clientes, sean estos pacientes o público lector, con la imagen de la mariposa. Qué decía la doctora y aún nos dice desde algunos de sus textos. En La muerte: un amanecer, afirma: “Mucha gente empieza a comprender que el cuerpo físico no es más que una casa, un templo, como nosotros solemos llamarle, el ‘capullo de seda’ en el que vivimos durante un cierto tiempo hasta la transición que llamamos ‘muerte’. Cuando llega la muerte abandonamos el capullo de seda y somos libres como una mariposa. Nos servimos de esta imagen del lenguaje simbólico y la utilizamos al hablar con los niños moribundos o con sus hermanos y hermanas”.

No sólo los niños recibían el beneficio de tal simbolismo; la imagen de la mariposa también era utilizada con adultos, aunque con éstos la doctora se dedicó especialmente a estudiar e investigar lo que en general llaman, aquellos que se acercan al tema desde cierta perspectiva espiritual, “experiencias del umbral de la muerte”: lo que desde una semiología clásica alguno de nosotros ubicaría como alucinaciones, o episodios de despersonalización o fenómenos psiquiátricos ligados a un montante de angustia extremo, y aún eventos de un deterioro cognitivo inevitable, fueron tomados por la investigadora en el seno de otro discurso. Dichas experiencias fueron entendidas no sólo como manifestación subjetiva de cada paciente en particular sino como datos concretos, objetivables, que aportaron en su momento, siempre según la doctora, a la idea de un “más allá” empíricamente demostrado. Basada en registros tomados de pacientes en trance de morir se pudo abonar la idea de que “En el momento de la muerte vivimos la total separación de nuestro verdadero yo inmortal de su casa temporal, es decir, del cuerpo físico. Este yo inmortal es llamado también alma o entidad. Si nos expresamos simbólicamente, como lo hacemos con los niños, podríamos comparar este yo, liberado del cuerpo terrestre, con la mariposa que ha abandonado el capullo de seda”.
Además de otros elementos, la argumentación parece clara en este punto: el yo verdadero lo seguirá siendo, el cuerpo es no-yo, mero continente y apariencia. Lo que se pierde o se va a perder no es importante en sí mismo. (Pero, de todos modos, hay algo que se pierde). Con un hábil manejo de la sugestión podemos suponer cuánto se aliviaron algunos de los pacientes de la doctora.

II
.Clarín digital, lectura del lunes 4 de mayo de 2009: “Dos mil personas ya firmaron un contrato para que congelen sus cuerpos al morir. Confían en despertar cuando haya cura para todas las dolencias y la vida sea eterna. Hay 200 personas ‘bajo cero’.
La referencia a la confianza es clínicamente importante. La confianza como creencia no es certeza, lo que nos ubicaría en principio en otra urdimbre de discurso subjetivo.
Sigo con la nota: “Para criogenizarse hay que estar legalmente muerto. El procedimiento comienza después de que una persona es declarada muerta para evitar lesiones cerebrales que ocurren al pasar algunos minutos tras el paro cardiorrespiratorio. Se congela a la persona a 196 grados bajo cero. Se puede elegir congelar el cuerpo entero o sólo la cabeza, apostando a que en el futuro puedan fabricarse cuerpos para esas cabezas frescas y sanas”.
Entonces: 2000 - 200 da 1800, hay 1800 personas que casi podemos escuchar: ¡Ma’ qué mariposa! ¡Ma’ que yo eterno verdadero ni capullo de seda! ¡Yo quiero mi cuerpo, mi cerebro, y si es otro cuerpo que sea mejor!

III. Dos modos de afrontar la muerte dividen aguas entre los clientes de la Dra. Ross y los que llamaría, al menos por el momento, criorenegadores.
Los primeros pueden inscribirse dentro de una extensa tradición. En principio puede decirse que no dudan sobre esta premisa: hay que irse de “aquí”. Dejar los restos y partir. Sobre los segundos, por ahora no queda otra posibilidad que conjeturar… lo retomaré más adelante.
La angustia frente a la muerte está en la base de mitos y ritos religiosos de diferentes especies. El topos del más allá y su función psíquica está bien descrito por Freud en El malestar en la cultura. Menciona allí a la religión como un “sistema de doctrinas y promesas que por un lado le esclarece con envidiable exhaustividad (al ser humano) los enigmas de este mundo, y por otro le asegura que una cuidadosa Providencia vela por su vida y resarcirá todas las frustraciones padecidas en el más acá”.

Sobre esta distribución básica de lugares otras retóricas de la inmortalidad y su simbolismo encontrarán su fértil suelo. Por supuesto que no es cuestión de reducir todo a un mecanismo psíquico. Lejos de mi intención tamaña simplificación. Simplemente de un discurso complejo tomo ese sesgo como referencia. Así pensada, la operatoria implica que la fantasía de inmortalidad viene a ocupar el lugar de lo desalojado: la percepción o idea traumática, el miedo a la muerte. La experiencia cotidiana da cuenta de lo frágil de esta defensa cuando la situación de muerte real se hace presente y el retorno de la angustia en sus formas más patéticas invade al sujeto.
De todos los párrafos de Freud dedicados al tema de la muerte, existe uno que para mi gusto tiene una contundencia descriptiva y una eficacia teórica sin igual. Dice así: “Por lo general, destacamos el ocasionamiento contingente de la muerte, el accidente, la contracción de una enfermedad, la infección, la edad avanzada, y así dejamos traslucir nuestro afán de rebajar la muerte de necesidad a contingencia”. Lo dice en “De guerra y muerte: temas de actualidad”.
Está claro que 1800 personas y doscientas que ya no pueden cambiar de opinión, al menos por un tiempo, no opinan como el inventor del psicoanálisis. No opinan que la muerte sea necesaria. No dejan de creer en ella más que como un perjuicio a solucionar.

Espíritu de época: “La muerte, de hecho esencial para la existencia humana, pasa a ser un acontecimiento absurdo; padecido en la ignorancia y la pasividad, es una falla sin justificación, puesto que ya no se cree en la existencia del mal (que le daría sentido) ni en la supervivencia del alma (que la anularía). Esta pérdida de sentido hace que el temor a la muerte propia o ajena sea difícilmente manejable, de la misma manera que es penoso asumir la propia castración” (las itálicas son mías).*
Más cerca de esta “falla sin justificación”, de este “acontecimiento absurdo”, más ligados a la “pérdida de sentido” podemos ubicar a nuestros criorenegadores. Huérfanos de padre espiritual, confían en la ciencia.

IV.
Límites terapéuticos del psicoanálisis, tal el tema que nos convoca.
¿Desde qué divisadero me posiciono para enlazar lo anterior y lo que sigue de esta exposición? Desde la función de un psicoanalista en un equipo de cuidados paliativos. Esto me permitirá pensar la cuestión de los límites desde una experiencia concreta.

1. La atención de pacientes moribundos nos invita a tomar de la teoría aquellos conceptos, nociones o preguntas que habitualmente se soslayan en la clínica de los mortales “no moribundos aún”. Dejemos para otra oportunidad la cuestión de la muerte como límite pero abordada desde puntos de vista filosóficos; el “ser para la muerte” o el “precursar la muerte” de Heidegger, por ejemplo; la necesidad de la muerte para la vida misma, etc. Cuestiones muy pertinentes por cierto, que interrogan nuestra práctica pero pueden, muy fácilmente, hacernos perder en generalizaciones. Mejor algunas preguntas que involucren nuestra función clínica.

“El análisis no puede tener otra meta que el advenimiento de una palabra verdadera y la realización por el sujeto de su historia en su relación con un futuro”, afirma Lacan en “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis”.
Ahora bien, al pie de la cama del muriente: ¿Qué futuro? ¿Qué intervenciones cuando no hay tiempo? Salvo que se piense que está todo dicho y sólo hay que aplicarlo, la clínica con pacientes moribundos (por supuesto atendiendo a cada situación, a cada estructura clínica, a cada contexto institucional, a cada... No se trata de proponer una psicopatología del terminal) es una clínica que nos convoca a repensar y producir en torno de algunos conceptos o nociones precisas. Al menos mi experiencia empuja en ese sentido. Pensar por ejemplo las modalidades de la renegación cuando la vida se está perdiendo. Meditar sobre qué silencio cobijamos u ofrecemos en el límite de la subjetivación, en torno a lo “incurable” estructural. Conjeturar qué semblantes ofrecer si nuestra intervención no busca surcar los cauces de la sugestión o del eficientismo paramédico. O cómo tratar la desesperación, en ese límite donde la vida y la muerte se enlazan sin metáforas que velen.

En cuidados paliativos se puede derrapar fácilmente hacia la ética de la buena muerte (que no nos corresponde a nosotros sostenerla y alimentarla) o hacia el acompañamiento de pacientes impostando una función amorosa y de cuidado del otro para la cual no hace falta un analista.
He aquí una forma en la que pienso un límite terapéutico: el límite interno de una disciplina en cierto momento dado de su desarrollo conceptual y en cierto campo específico de aplicación para abordar lo real en cuestión (lo real biológico, podríamos decir en este caso). Las preguntas abiertas en el párrafo anterior merecen ser contestadas y desarrolladas desde la clínica misma. No abordarlas facilitaría los desvíos antes mencionados. Y nos arrojaría al campo de trabajo sin los elementos teóricos y clínicos que nos permitan ser agentes del discurso que sostenemos.

2. Los ciudadanos del mundo que apelan a la ciencia y técnica para la extensión de la vida, esperando que la tecnología de reanimación se desarrolle suficientemente, son activos partícipes de una menage a trois entre renegación, tecnociencia y mercado, cuyo producto actual, el freezer para humanos, está en fase de instalación. De popularizarse el asunto, no será necesaria mucha imaginación para poder bosquejar en la mente esos cementerios criónicos, tal vez barrios o ciudades creados especialmente para albergar cientos de miles o millones de cuerpos congelados, de muertos con expectativas, de zombies fríos dormidos a -196°, con la ansiedad por volver dibujada en sus rictus.
La naturaleza de lo renegado es aquí diferente. Teniendo que recurrir a la tecnociencia e incidiendo ésta sobre la mismísima materia viviente, más que renegar de la muerte (de la que creen, y mucho), los criorenegadores rechazan la ley misma de la sustancia viva. Que los organismos multicelulares llevan en su mismo código genético el programa de su muerte, es algo que todavía no fue rebatido. Pues de esto se reniega. Y hace falta una respuesta en el mismo nivel donde opera el mecanismo. Así pues, en el lugar de lo renegado, carne congelada.

Está dicho hasta el hartazgo: que la ciencia forcluye al sujeto, que la cópula entre ciencia y técnica produce esos gadgets del que todos más o menos gozamos, que el mercado y el consumo clausuran la pregunta por la propia subjetividad.
Desde la formalización de los discursos que Lacan realiza en su seminario 17 y aún con su potencialidad clínica indudable, cierto “uso” de los mismos por fuera de las situaciones clínicas concretas (léase caso/paciente o texto) ha permitido la construcción del psicoanalista todo terreno, del comentador social, y muchas veces del mecenas ético.
Hago mención aquí a la cuestión del límite ya no tanto como limitación (estructural o pasajera) de nuestra técnica, sino de cierta posición del analista “en la ciudad”, que en su afán de articular su discurso en ámbitos diversos, cae por fuera de su función clínica.
Elegí adrede un método de la tecnociencia que aún no está del todo instituido en el mercado. Aún no. Nos obliga a conjeturar posiciones subjetivas, pero no a despotricar contra “el sistema”.
Mi posición al respecto es esta: llegado el caso (y bienvenido aquí el latiguillo), así como a algunos los acompañamos hasta la tumba, a otros los acompañaremos hasta el freezer.

______________
*. Blanck-Cereijido, Fanny. “Duelo, melancolía y contingencia del objeto,” Revista Litoral 34. Buenos Aires: Ediciones literales, pág. 197.
 
 
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