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   Límites terapéuticos del psicoanálisis

¿Es posible desviar el deseo mortífero?
  Por Mirta Pipkin
   
 
La dirección de una cura está regida de principio a fin por la dimensión ética que se juega primordialmente bajo una función: el deseo del analista. Deseo que no es de cosa alguna. Por el contrario, es valiéndose de esa función que el analista conducirá un análisis por los senderos que le posibiliten al analizante ir, al mismo tiempo, al encuentro de su propio deseo. Asimismo, para el analizante tampoco se trata de deseo de equis cosa, sino de la posibilidad de la emergencia de un real: el sujeto del inconsciente. Para el psicoanálisis el deseo no es, como diría Heidegger1 respecto de la angustia: “nada de lo que es ‘a la mano’ y ‘ante los ojos’”, nada que se refiera a un “ente intramundano”. El carácter de indeterminación amenazante que el filósofo le atribuye a la angustia, por el cual “queda quebrantada hasta las entrañas la cotidiana familiaridad”, es el mismo que trae al sujeto a la consulta, quien extrañado manifiesta “no soy el de antes”. Ese fantasma, como lo que se constituía en respuesta a la angustia, ahora trastabilla. El fantasma, ficción que intenta velar la falta, dando sentido allí donde no lo hay, vacila en su argumento. Es por esa “nada a la mano” o “nada que ver”, ante la ausencia de respuesta respecto de la muerte, el sexo y el saber mismo que, para el psicoanálisis, el sujeto se formula entre significantes. Y es en esa misma dirección que va a proceder el método psicoanalítico, profundizando las diferencias con el concepto de cura para el discurso de la medicina, agudizando también la distancia entre lo que el psicoanálisis entiende como cura y la promesa de felicidad que ofrecen algunas psicoterapias.

Este modo de operar puede reconocerse en las formulaciones con que se describen ciertos avatares, o momentos de un análisis. Si en el inicio, la demanda de análisis supone la instalación de la transferencia y su correlato, el sujeto supuesto saber, el fin del análisis es un tiempo destituyente, tiempo de desuposición o des-ser del sujeto supuesto saber, tiempo en el cual el sujeto habrá podido encontrar, en el lugar del Saber, la Verdad. El deseo del Otro, la castración del Otro, el sujeto barrado, la destitución subjetiva, el inconsciente estructurado como un lenguaje, todas circunstancias que muestran al análisis como un movimiento que va desde la certeza propia del yo, al descubrimiento de una realidad en la que éste vive enajenado, por hallarse instalado en la pasión por la ignorancia. En este sentido, el analista deberá, respecto del paciente –indica Freud en “Consejos al médico”– “desvanecer cuanto antes su ignorancia”. Desvanecimiento, desuposición, destitución, operaciones que se proponen distantes de promesa alguna. Es en este mismo sentido que debe interpretarse la ya conocida formulación lacaniana de que la cura viene por añadidura. En clave freudiana, la podemos encontrar en la recomendación que Freud hace a los analistas de operar “como si no persiguiésemos fin alguno determinado, dejándonos sorprender por cada nueva orientación”. Pero está claro que es una indicación que concierne sólo al analista y en relación a su propia práctica, porque en lo que hace a la finalidad del tratamiento, Freud destaca la importancia de “ligar al paciente a la cura y a la persona del analista”, es decir, la importancia de la transferencia como motor en la cura.

De modo entonces que, más allá de la relevancia que tiene el desarrollo de la transferencia en una cura, ese dejarnos sorprender por cada nueva orientación hace al analista, a su clínica del caso por caso, y es en este sentido que se puede considerar a la cura en términos de contingencia. Porque si bien nadie hace una consulta si no es acosado por algún dolor, no se puede anticipar cuál va a ser el destino de un tratamiento. En esta contingencia intervienen razones estructurales, muchas veces complejizadas por acontecimientos traumáticos que producen un arrasamiento subjetivo sin retorno. Respecto de estas razones de estructura –una falla, un duelo en el origen de la constitución subjetiva– según como haya sido la relación primaria al Otro, habrán de ser las variaciones respecto del goce, las cuales van desde la posibilidad de invención hasta el sometimiento al Otro propio de la compulsión sacrificial. El análisis supone conducir al analizante, por la vía de la confrontación con esa falla estructural hacia la emergencia subjetiva. En este sentido, si el analizante no está dispuesto a abandonar aquellas ilusiones que tienen al deseo retenido en un impasse, esa confrontación que le hubiera permitido ir más allá del gran Otro, no será posible. Inclusive en algunos casos, esa compulsión al sacrificio es la que, en su insistencia por responder a un mandato, por la necesidad de hacer consistir al Otro, puede llevar al sujeto hasta el extremo de dar la vida con tal de taponar esa falla. Esta urgencia pulsional propia de actings, pasajes al acto, impulsiones, adicciones, implosiones, etc., se puede reconocer en “el sujeto que, en la actualidad, está cada vez más atravesado por lo sacrificial, al mismo tiempo que se encuentra cada vez menos posibilitado de realizar esa operación fundamental en la constitución del fantasma, el duelo”. Por eso, en lugar de la ofrenda simbólica, ésa que supone la renuncia al goce que permitiría introducir la falta y por lo tanto la dimensión deseante, es lo real del sacrificio lo que en estos tiempos empuja a que la muerte sea la cifra del deseo. Ante tal deseo mortífero, ¿cómo hace el analista para llevar a cabo la indicación freudiana de ligar al paciente a la cura y a su persona?

Cuando para un sujeto su vida ha perdido el sentido, ya no lo trae a la consulta la indeterminación de no ser el de antes, más aún, muchas veces ni siquiera es él quien demanda la cura. Entonces, en ausencia de la transferencia, cómo desviar esa expresión “ya nada tiene sentido” propia del melancólico, para que se pueda promover una reescritura que interrumpa esa insistencia pulsional que puede terminar en tragedia. Menudo es el desafío que se nos plantea, el de “conducir la cura desde el ‘ya nada tiene sentido’ propio de ese pensamiento suicida, a que el sujeto tenga que vérselas con el sin sentido de la nada”2. Mucho más aún, nos preguntamos acerca de la eficacia del análisis o más bien, de su posibilidad, cuando los sujetos quedan suspendidos, anonadados, ante un acontecimiento traumático que ha sido devastador al punto de producir en algunos casos el borramiento de todos los sentidos que contribuían a su humanidad. Estos sujetos desconocen el porvenir o ya no pueden imaginarlo. ¿Cómo podrá intervenir un analista allí donde se ha desanudado el simbólico-imaginario que lo representaba, para que alguna inscripción de lo irrepresentable sea posible? En esta ocasión en que él está como testigo de un horror innominado, el límite de su responsabilidad, de su compromiso con el padecimiento es, como siempre, su ética, la de su deseo. Pero esa ética, en la medida en que se orienta por el “bien decir”, es por eso mismo solidaria de la dimensión de la vida. Si bien, en tanto ser viviente, ambas dimensiones, muerte y vida, se conjugan en el ser hablante, cuando la vida como real se desliga de la cadena significante, se instala la pulsión de muerte que ya no opera desde lo simbólico. Sin embargo, ese ser que se dirige hacia su propia autoaniquilación, no busca la muerte biológica, sino la eternización del deseo. Se trataría, entonces, de lo que Lacan denomina “segunda muerte”: “el hombre aspira a aniquilarse en ella para inscribirse en los términos del ser. La contradicción oculta, la gotita que hay que tragarse, es que el hombre aspira a destruirse allí donde se eterniza”3. En este sentido, es porque el significante produce un sujeto entre dos muertes que la experiencia analítica siempre se nos presenta en sí misma como obstáculo, así como también como un desafío, una apuesta, pues implica acotar el goce mortífero, para re-anudarlo al campo de la vida, es decir, al del placer. Ahora bien, tal como ya Freud lo analizara en la manía, el sujeto no sólo se abisma en un impulso suicida a causa de una depresión sino también cuando está atravesando por una experiencia de máximo gozo. Es el caso de un hombre que habiendo consultado en estado de desesperación, luego de instalada la transferencia, comienza un período de análisis en el que recupera un viejo anhelo, el de competir por un cargo de juez, cuestión que lo iría a confrontar con su padre muerto, amado y odiado. A punto de atravesar esa empresa, cae en una angustia mortal que el análisis puede dosificar y que le posibilita lograr su objetivo, siendo designado en el cargo. Es en ese momento de excitación, triunfante, y a la vez culposo que manifiesta, apesadumbrado y tomado por la angustia: “Padre, yo te voy a dar toda mi vida”. La puntuación que introduce el analista permite un cambio de posición subjetiva respecto de ese goce sacrificial, al decirle “Padre, toda la vida yo te voy a dar”, instalando el sacrificio en la dimensión simbólica del don.

El tratamiento, entonces, es una pausa, un intervalo a producir en una trama o escritura que se ofrece a su lectura, y que aporta en ese tiempo de tregua, un suspenso. Suspenso en cuanto puesta entre paréntesis, o freno a la urgencia por concluir que trae ese sujeto que está tomado por la pulsión de muerte, así como también respecto del analista, de desear equis cosa para el analizante. Pero también en el sentido de la tensión propia de una trama de misterio, de una intriga a develar, necesaria para orientarnos en el camino del desurcamiento de un destino trágico. Es un tiempo entre la muerte y la vida del deseo que podría reanudarse, en el que necesariamente se pone en juego la tensión entre la libertad y la responsabilidad subjetiva. Por eso, así como en las novelas de suspenso y terror, en donde los finales pueden ser sorprendentes, hay tramas subjetivas que se perpetúan en la compulsión a la repetición al infinito, y que se heredan en lo transgeneracional como mandatos de muerte, mientras otras, si bien no cesan en su sufrimiento, atenúan la marca de goce porque la experiencia analítica logra hacer allí otra marca. Es en estos casos en los que arribar a la escritura de la cifra del origen habrá permitido una reescritura de la historia donde el sacrificio que pide el Padre pueda advenir simbólico.
__________________
1. Heidegger El ser y el tiempo. Cap. “La cura, ser del ‘ser ahí’”.
2. Mirta Pipkin. La muerte como cifra del deseo. Una lectura psicoanalítica del suicidio. Letra Viva, Bs. As., 2009.
3. Lacan, J. El Seminario de Jacques Lacan: Libro 8: La transferencia. 1° edic. Bs.As., Paidos, 2003.
 
 
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