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   Colaboración

La angustia Freudiana y la nuestra:
  algunas observaciones sobre lo que “Inhibición, síntoma y angustia” nos enseña
   
  Por Claudio Glasman
   
 
1) Introducción. Intentaré interrogar el modo freudiano de escribir una investigación. Nuestro horizonte no persigue fines históricos sino que intenta ser lectura y acto de retorno a lo que suponemos tienen sus textos de “potencia actual”. Nos interesa la propuesta de Alain Badiou de leer los textos freudianos bajo la ficción de que son nuestros contemporáneos; y es que puede caducar uno u otro aspecto de su teoría, lo que no envejece es su experiencia como analizante y su práctica como analista. Eso se puede leer porque Freud –y este es el quiasmo que nombra un giro fundamental– pasa de la escritura de una práctica a la práctica de una escritura afectada por las huellas de su objeto. Con Giorgio Agamben entendemos por contemporáneo aquello que se ocupa, con lectura crítica, con cierto anacronismo y distanciamiento, de un presente respecto del cual es necesario leer no solo sus luces sino especialmente sus sombras. Es este distanciamiento, según el pensador italiano, lo que nos permite una lectura crítica que de otro modo no sería posible. Ser contemporáneo, entonces es por ejemplo leer a Freud y también con Freud, según lo que Lacan nos enseña, con un distanciamiento crítico, tanto el malestar en la cultura de nuestro tiempo como las dificultades singulares que se nos presentan en cada demanda de análisis y que bien podrían incluirse en el ternario clínico que Freud introdujera como “Inhibición, síntoma y angustia” y que Lacan a su tiempo, que es el nuestro, releyera según su ternario “real, simbólico, Imaginario”.

2) Justificación del problema. Tomaremos como texto testigo del método de indagación freudiana “Inhibición, síntoma y angustia” con el propósito de tomar algunas notas de su zigzagueante camino. Nos detendremos en ciertos modos de formular y reformular los problemas, reconocer obstáculos, delimitar oscuridades, utilizar términos y concepciones que se creían superadas, apelar a lo singular, por último, a lo que llamaremos su “lógica bi-escindida” que cuestiona la tan pregnante idea de progreso y superación, que es promesa de que al final existe el universo de discurso: Todo Freud, Todo Lacan, Todo Saber, Todo Dominio. Su método analítico permanece en sus textos a la espera de lectores que sigan sirviéndose de ellos al modo en que Lacan planteara su política de retorno a Freud: un retorno que es, paradójicamente, el modo singular de hacer avanzar el psicoanálisis. Dos posiciones nos sirven como punto de partida y como actitud que consideramos propiciatoria a la hora de investigar y enseñar psicoanálisis. La primera, el modo en que Borges presenta elogiosamente a Thomas de Quincey, de quien dice, apelando a una doble litote (enfatiza negando): “Confesó que no podía vivir sin misterio”. Descubrir un problema le parecía no menos importante que descubrir una explicación. La segunda pertenece a la Lección Inaugural en el College de France dictada por Roland Barthes: “Hay una edad en que se enseña lo que se sabe; pero inmediatamente viene otra en la que se enseña lo que no se sabe: eso se llama investigar”. Ambas citas, coinciden con la posición que le conviene al psicoanalista que enseña e investiga, actividades distintas pero inseparables ya que una enseñanza sin investigación está destinada a la repetición, la monotonía y el aburrimiento. A su vez, enseñanza e investigación sin práctica singularizante corren el riesgo de perderse en abstracciones, tan eruditas como estériles. En este sentido el texto de Freud se nos presenta como la enseñanza de una investigación en acto, o ya introduciéndonos en los laberintos del texto, digamos que descubrimos a un autor que va dejando marcados los pasos que va dando. No intenta borrar su recorrido, va mostrándonos sus pasos en falso, sus preguntas, las objeciones, lo que le impide avanzar, las afirmaciones taxativas que luego no dudará en revisar. Este texto se resiste a ser leído en un sentido prospectivo, lineal, nos obliga, siguiendo la lógica del análisis, a releerlo de un modo retrospectivo.

3) El replanteo incesante. Ya la primera página nos sorprende. Luego de justificar en la existencia inhibiciones puras, la distinción entre inhibición y síntoma y de ensayar algunas definiciones primeras para la inhibición, limitación de una función, para el síntoma, indicio de un proceso patológico. No conforme, interrumpe abruptamente su argumentación para decirnos: “Quizás en la definición de síntoma haya una insuficiencia” y agrega: “Nada de esto es muy interesante en verdad y nuestro planteo inicial del problema demuestra ser poco fecundo”. Detengamonos un momento en este punto: casi una página para mostrar lo que considera una dirección estéril y proponer otro modo de formular el problema: dado que “la inhibición se liga conceptualmente de manera tan estrecha a la función, uno puede dar en la idea de indagar…” y a partir de aquí el primer capítulo se dedica a interrogar cuatro funciones del Yo con sus respectivas inhibiciones, dedicándose casi hasta el final del mismo a la inhibición, que queda planteada como limitación de una función del yo para evitar a veces un conflicto con el Ello y otras con el Super Yo. Conflicto que traería aparejada la presencia del tercer y esencial término: la angustia. Anticipemos entonces que para Freud la inhibición y el síntoma tienen en común que son modos de evitación de la angustia, o para ser más precisos y según lo que va anunciar de novedoso: de la “condición angustiante”. Recién al final del capítulo se siente autorizado a decir que le resulta fácil discernir la diferencia entre inhibición y síntoma. Este último, ya no puede describirse como un proceso que suceda dentro del yo o que le suceda al yo. Este diferimiento será fundamental. A Freud no le gustaban las respuestas rápidas y sencillas: en este sentido dirá mucho más adelante: “Es casi humillante que luego de un trabajo tan prolongado sigamos tropezando con dificultades para concebir las constelaciones más fundamentales, pero nos hemos propuesto no simplificar ni callar nada”. Digamos que el deseo de Freud está lejos de un ideal de claridad y más próximo a una “exigencia de certeza”. Queda así abierta la puerta para la problematización del síntoma. Por esta razón dará de éste una nueva definición agregándole a la de indicio de un proceso patológico su carácter de sustitutivo de una satisfacción pulsional. Su rasgo de íntima ajenidad perturbadora será también esencial a su multifacética composición. Sigamos. Freud inicia el capítulo siguiente recapitulando su teoría de la represión y de la formación de síntoma. Otra vez nos sorprende al final de un breve y correcto trayecto: “Hasta aquí todo estaría claro; pero enseguida empiezan las dificultades no resueltas”. Es aquí donde Freud comienza a poner en cuestión la supuesta claridad, las soluciones simples, las respuestas fáciles y donde emergen con fuerza en el texto los adversativos, la multiplicidad de “peros” y de preguntas como por ejemplo: “¿cuál es el destino de la satisfacción pulsional activada en el ello, cuya meta es la satisfacción? Lo que nos resulta notable es que lo que denomina una respuesta indirecta: “por obra del proceso represivo el placer de satisfacción se mudaba en displacer” tiene por consecuencia no una conclusión o cierre sino una nueva reapertura de la cuestión, dice: “aquella respuesta plantea otros problemas”. Como por ejemplo cuando afirma. “De lo dicho surge un nuevo problema: ¿Cómo es posible, desde el punto de vista económico, que un mero proceso de débito y descarga (…) produzca un displacer o una angustia que, (…), solo podrían ser consecuencia de una investidura acrecentada?” Y Freud responde que esa causación no está destinada a recibir explicación económica, pues la angustia no es producida como algo nuevo a raíz de la represión, sino que es reproducida como un estado afectivo siguiendo una imagen mnémica preexistente.” A partir del estudio de dos casos singulares, sin los cuales no es posible avanzar, se ve llevado a decir “hay algo que no está en orden, ya sea en nuestro modo de concebir la represión como en nuestra definición del síntoma”. Llegando a plantear que “lo que obstruye nuestro camino es una desigualdad en nuestra doctrina de las pulsiones”. La teoría resiste. Es insistente, por no decir metódica, la forma en que las respuestas que va ensayando crean nuevas dimensiones de la pregunta. Cada respuesta no solo trae claridad sino que señala el lugar de nuevas oscuridades. Cada solución nuevos enigmas. En palabras del mismo Freud de enorme contemporaneidad según lo que expusimos de Agamben: “Si no podemos ver claro al menos veamos mejor las oscuridades”.

4) Una necesaria ambigüedad
. Una vez establecido que el síntoma es ajenidad para el Yo, se ocupa de indagar las actitudes del Yo respecto al síntoma: señala dos y contradictorias, por un lado, el beneficio secundario, la tendencia de asimilarse al síntoma, de adaptarse a él. Si no lo logra del todo es porque el síntoma conlleva un núcleo pulsional perturbante. Por el otro lado, dado que la perturbación a la adaptabilidad viene del síntoma, de su satisfacción displacentera, al Yo no le alcanza con la represión, especialmente en la neurosis obsesiva recurre a las llamadas defensas secundarias, la interminable lucha contra el síntoma, lo que también va a traer dificultades en la cura, un no querer saber nada de eso que deja al texto sintomático, por su estado de indeterminación, sustraído a la lectura. Freud nombra dos técnicas “motoras”, son actos, magia negativa llama a la anulación. Esta doble actitud del Yo ante el síntoma: adaptabilidad y beneficio y simultánea y contrariamente no querer saber nada de él tiene otra presencia que hace del Yo una unidad ambigua que anticipa la escisión del Yo en el proceso de defensa: el yo por un lado se presenta como potencia en la represión y en el dominio del acceso a la motilidad y la conciencia pero, enfaticemos, simultáneamente, aparece como debilidad en tanto es parte del Ello. Freud señala cómo algunos analistas han hecho de esta supuesta debilidad un todo ideológico. Ya que de este supuesto “surgieron innumerables voces que destacan con insistencia la endeblez del yo frente al ello, de lo acorde a la ratio frente a lo demoníaco en nosotros, prestas a hacer de esa tesis el pilar básico de una ‘cosmovisión psicoanalítica’. Freud llama a una abstención, de una toma de partido parcializante y totalizadora, declarándose contrario a fabricar cosmovisiones, es decir universo-visiones, eso lo deja para los filósofos que pretenden tener el libro del saber, guía de la vida, que de razón de todo. Anotemos: la razón freudiana no acepta la razón de Todo, es Otra razón, del No todo y por otra parte sabemos donde llevó la ideología del Yo débil: a la Psicología del Yo y a su cosmetología yoica. A este catecismo filosófico le responde: “Cuando el caminante canta en la oscuridad, desmiente su estado de angustia, mas no por ello ve más claro". Ese no claro retornará reiteradamente a lo largo del texto. Es notable cómo en el momento de innovar en su concepción de la angustia señal como angustia de castración, motor de la represión que surge del análisis singular y comparativo de sus dos casos de zoofobias, Hans y el Hombre de los lobos, surge la pregunta sobre la fuente del error de su anterior concepción de la represión en la cual la angustia era una transposición de la pulsión consecuencia de la represión. La encuentra en su antigua teoría de las neurosis actuales. En éstas, es una transformación de la pulsión la que deviene angustia. Surge la nueva cuestión de cómo armonizar esta concepción con la de las fobias que es una angustia del Yo que provoca la represión. Dice “Parece una contradicción y armonizarlas no es cosa simple”. Deja la cosa en un largo suspenso con un Non liquet, un, No claro.

Nos podríamos detener en este intento de articulación entre estas dos concepciones de la angustia que quizás sea el nudo del texto. Recién en el nuclear capítulo VIII dice: “Es tiempo de que nos detengamos a meditar. Desde luego, buscamos una intelección que nos revele la esencia de la angustia, un ‘o bien-o bien’ que separe, en lo que de ella se dice, la verdad del error. Pero es difícil lograrlo; la angustia no es cosa simple de aprehender. Hasta aquí no hemos obtenido nada más que unas contradicciones entre las cuales no se podría elegir sin responder a un prejuicio. Ahora propongo otro procedimiento: reunamos, sin tomar partido, todo cuanto podemos enunciar de la angustia, renunciando a la expectativa de alcanzar una nueva síntesis”. La dificultad reside justamente en anudar, por vía de otra lógica, esa que he llamado “Lógica ambigua”, dos concepciones que no se reemplazan si se superan. La antigua teoría de la angustia, la económica, la que hace de la pulsión misma un peligro, de avasallantes consecuencias traumáticas y que dará nacimiento a la angustia automática, no ligada o compulsiva, va a encontrar su modo de articulación con la angustia señal, que pone en marcha el dispositivo de ligazón sintomática. Este momento vuelve a romper con la lógica del o bien-o bien, que está en la base del principio de identidad, para postular una concepción de una armonía disarmónica entre la angustia automática, no ligada, vinculada a la pulsión de muerte y la angustia señal que inicia el proceso de ligazón sintomática. Vemos en este capítulo cómo lo antiguo, lo superado vuelve a tener un sitio fundamental como angustia de neoproducción junto a la angustia señal que es de reproducción. Nos interesa destacar la insistencia en Freud de rechazo de una concepción evolutiva y de progreso, lo antiguo vuelve a tener el lugar al que tiene derecho junto al nuevo descubrimiento: la angustia de castración. No hay síntesis superadora, hay contradicción y anudamiento, sostenimiento de los términos del conflicto. Insistamos, ya se trate de la pregunta por el Yo –fuerte o débil–, o de la relación entre la angustia y la vida pulsional: de la pulsión o del Yo. Los términos no son excluyentes ni alcanzarán una síntesis superadora que sería su solución final.

Una consecuencia de lo que estamos diciendo es que se puede enseñar la angustia en Freud localizando tres concepciones de la angustia: la primera en la que la angustia sería la que formula partiendo de las neurosis actuales, de la neurosis de angustia, mutación de la libido por imposibilidad de descarga; la segunda, la ubicaríamos en los textos metapsicológicos. Ahí la angustia sería el destino del monto afecto desligado de la representación como consecuencia de la represión, Y la tercera sería la angustia como señal en el Yo poniendo en marcha el proceso represivo. Pero la cosa se complejiza porque la última teoría es la conjugación del punto de vista económico, el peligro pulsional, como una neoproducción, que tiene su raíz en la primera teoría, con la concepción última de la angustia como motor de la represión en tanto señal en el Yo. Lo que parecía lejano y superado se conjuga simultáneamente con lo actual. El desgarro continúa. La escisión del sujeto encuentra su correlato en un saber no totalizante, agujereado. Recordemos para terminar las palabras de Freud: a veces surge en mí la tentación para una síntesis, pero yo resisto.
 
 
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