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Razones y emociones cruzadas por el psicoanálisis y la neurobiología
  Por Alejandro Del Carril
   
 
Los avances en la investigación neurobiológica han dado por tierra con la creencia en la especificidad neuronal, es decir, en que determinado conjunto de neuronas estarían predestinadas genéticamente a procesar determinado tipo de información, y han descubierto que el sistema neuronal y más específicamente el cerebro se comporta como un entramado de múltiples vías a través de millones de conexiones neuronales denominadas sinapsis cuya formación, desarrollo y muerte, condicionados por el intercambio con el medio, se produce a lo largo de toda la vida. Han confirmado también que las experiencias vitales más importantes son las de la infancia y la adolescencia, que establecen lo que Freud llamaba vías de facilitación, circuitos neuronales por donde tienden ha circular los estímulos eléctricos y químicos.

El neurobiólogo Antonio Damasio conjeturó la existencia de representaciones disposicionales en el cerebro que constituyen circuitos facilitados que van a ser la base neuronal a partir de las cuales se formen las imágenes que van a dar contenido a los pensamientos. Dichas representaciones disposicionales se ven perturbadas en forma continua tanto por los estímulos externos que llegan a través de la vías perceptivas, como por los marcadores somáticos que organizan los estímulos del cuerpo profundo, a su vez influído tanto por la herencia genética como por los estímulos externos. La evidencia neurobiológica confirma que para el ser hablante no existe un límite claro y definido entre un adentro y un afuera de su cuerpo sino más bien un movimiento de retroalimentación permanente. Este caos de estímulos adquiere una organización básica en la infancia, a partir del cuidado de quienes ejercen la función materna y facilitan la inscripción del nombre del padre, instalando una rutina de goces corporales en la criatura. Dicha rutina dará lugar al establecimiento de cierta legalidad en el caos y como efecto de ello resultará la constitución de la estructura por el anudamiento de las tres dimensiones de lalengua articuladas por el objeto a y su correlato neurobiológico dado por la articulación de las representaciones disposicionales y los marcadores somáticos.

En un artículo publicado en Clarín1, Facundo Manes, Director del Instituto de Neurociencias de la Fundación Favaloro, plantea la influencia que tienen las emociones en la toma de decisiones, cómo influyen en los procesos racionales. Ello lo lleva a concluir no sin razón que “la noción de que somos seres concientes, con el poder de realizar nuestras propias elecciones en la vida ha sido cuestionada.” Esta afirmación coincide con lo propuesto por Freud hace más de cien años. La pregunta que subsiste al planteo de Manes es ¿debemos suponer que las elecciones solo pueden ser concientes? Diferentes estudios neurobiológicos han detectado algo comprobable en la experiencia psicoanalítica: que la conciencia se entera de que se va a hacer algo cuando ese algo ya fue hecho. Es por un efecto de retrosignificación que el yo se forma consolidando el registro imaginario. La síntesis organizativa se realiza para ordenar el caos desatado por una acción. Acciones que obedecen al empuje de las pulsiones modeladas por las demandas del Otro primordial y que se satisfacen de acuerdo a la legalidad fantasmática establecida básicamente en la infancia como fue descrito más arriba. Si creyéramos que por no haber conciencia previa a lo realizado seríamos absolutamente ajenos respecto de la elección de lo hecho, concluiríamos necesariamente que los seres hablantes funcionamos regidos por automatismos. Es cierto que una parte importante de nuestras conductas obedece a esta lógica destinada a intentar preservar el más o menos frágil equilibrio logrado en los primeros años de vida. Es lo que le da tono a lo imaginario, es decir, a nuestra debilidad mental como decía Lacan.
La práctica analítica descubrió por medio de la asociación libre que los automatismos equilibrantes son una parte del automatismo significante. Al dejar hablar sin interrumpir al paciente e instándolo a que no calle nada de lo que piensa se termina verificando que en realidad habla más de lo que piensa. En este punto se verifica lo que todo psicótico que padece alucinaciones auditivas experimenta: que más que hablar, somos hablados. La inscripción eficaz del nombre del padre en la estructura es uno de los elementos principales que, organizando lo simbólico a través de precipitar la significación fálica del deseo, dan forma al registro imaginario funcionando como límite al automatismo significante. Uno de los efectos que la consistencia imaginaria produce en el ser hablante es el desconocimiento de la condicionalidad lenguajera de la estructura y la tendencia a pensar que deciden concientemente.

Otras personas, a las que se suele denominar actuadoras, carecen de la capacidad de poner límite al automatismo significante una vez disparado. Suelen caer más o menos frecuentemente en conductas compulsivas. En ellas el significante no funciona como causa final. Su goce pulsional se desata a partir de una demanda y su accionar compulsivo verifica una imposibilidad de estructura: aquella no encuentra nunca un objeto que la satisfaga completamente. Su desesperación actuadora busca erigir un objeto nuevo ante la aparición de la primera señal de una falta en el objeto. Allí los significantes se tornan reales, traumáticos. El objeto de consumo (droga, sexo, violencia, ropa, etc.) positivizado, fetichizado, tapona la carencia, que como objeto a, causa el deseo anudando la estructura y poniendo en juego goces de diferentes texturas, que facilitando el lazo social favorecen la subjetivación de la misma.

La subjetivación de la estructura se logra como efecto de los actos, que no son ni las acciones rutinarias que sostienen al yo en la vida cotidiana ni la desaforada actuación compulsiva arrasadora del imaginario. Causados por la carencia en ser del objeto a, que articula las rutinas de goce que nos habitan desde la infancia, es decir, por las zonas de falla de dichos goces, los actos dan cuerpo al deseo, que inconsciente, se decide en nosotros para inscribir en esa falla un significante que nos nombre agujereando lo real, reanudando la estructura y reposicionando por añadidura al yo, que al modo de quien llega tarde al cine se acomoda en la butaca que quedó vacía.

Estos actos no son concientes y por lo tanto no obedecen a fines, ya que quienes los llevan a cabo ignoran sus consecuencias, por eso Lacan hablaba del horror al acto, no son por ello irracionales. Obedecen a una lógica significante, que alimentada por el rumor indiferenciado de lalengua, que combina2 estímulos “internos” y “externos”, traza en él un corte, que es sujeto, produciendo allí un significante diferenciado con el cual hacerse representar ante los otros significantes de la cultura.

La limitación de la razón a la conciencia que le impone Manes lo lleva a llamar emocional a toda conducta que no obedezca a fines, determinados por el ideal de la cultura habría que aclarar. Por ejemplo, las decisiones que no fueran producto de un análisis de la relación costo-beneficio. Eso lo lleva a afirmar “que las emociones pueden anular el pensamiento lógico”. Lo que habría que agregar con Antonio Damasio es que también lo pueden potenciar. ¿Por qué? Porque la razón ajustada a fines es la cobertura imaginaria de la pulsión, respuesta a la demanda que vehiculiza el ideal de la cultura. Tomar decisiones calculadas fríamente implica intentar adaptarse a dicho ideal, lo que se paga “ignorando” lo que pulsa desde el cuerpo profundo, perturbado por el rumor de lalengua actual y de generaciones anteriores que precipitaron en la herencia genética. Ignorar las condiciones que la erótica del cuerpo pone a la razón para desear y gozar anula el escaso margen de libertad que el deseo inconsciente vehiculiza a aquel que no retrocede horrorizado.

Veamos la experiencia de laboratorio que relata Manes. Se trata del “juego del ultimátum, en que dos personas tienen una oportunidad de dividir $10. Una persona A ofrece una parte del dinero para el ‘receptor’. Si éste acepta, ambos reciben el dinero en la forma propuesta; si el receptor rechaza la oferta, nadie recibe nada. Teorías económicas asumirían que A debe siempre ofrecer un peso o un mínimo de cantidad y que el receptor debe aceptar siempre, prefiriendo recibir un peso antes que nada. Sin embargo, estudios psicológicos han demostrado que el receptor prefiere perder todo antes que aceptar una oferta que considera injusta.”

El relato de este experimento se alinea con lo que veníamos planteando. La pulsión no tiene un objeto fijo predeterminado. Los objetos con los que se satisface parcialmente en su recorrido se articulan con las vestimentas que les aporta el fantasma conformado en la infancia. El fantasma es una respuesta a la demanda que articula a la pulsión con el deseo. Los objetos capaces de sostenerlo se articulan metonímicamente a la falta en la madre, es decir, a su deseo. De ello dan cuenta los celos y las rivalidades tanto con el progenitor que aparezca como tercero como con los hermanos y sus derivados. Es por eso que el hombre que recibe un porcentaje variable del dinero entregado no va a decidir aceptarlo de acuerdo a “sus necesidades económicas” puras ni a una no menos pura noción de justicia como así tampoco necesariamente a un sentimiento empático pre-existente con el “socio”. La reducción del porcentaje de lo que recibe lo determinará a ocupar el lugar del que debe sacrificar su ganancia para aumentar la del otro, es decir, que lo están perjudicando, como se decía en otra época, que lo están gozando. Esto puede hacer que la simpatía vire rápidamente a su contrario. La negativa a seguir recibiendo dinero le pone un límite al empuje sacrificial del que es objeto.

La estructura de tres más uno marca el campo de juego: el que da el dinero, los dos que reciben y el dinero que como significante fálico circula entre los tres, aportando un plus de goce y significación a los participantes, ya sea por su tenencia o por su falta. La circulación del mismo en forma variable sostiene una falta de equilibrio en la estructura, una carencia que articula el movimiento identificatorio de los participantes. La tendencia lineal a reducirle las ganancias a uno coagula los goces en juego fijando a uno al brillo fálico del ganador a expensas del otro que se ve reducido a la función de sostener la ganancia del primero. No importa la cantidad que él reciba, el porcentaje ínfimo lo significará como el perjudicado. Negarse a seguir recibiendo dinero es un intento de vaciar el lugar de objeto degradado en que éste significante lo ha convertido para desarticular la trampa especular en la que ha caído y relanzar el deseo hacia goces que no lo dejen desechado. Este acto es real, no puede decidirse comparando costos y beneficios y sus efectos son solo apenas conjeturables. En el laboratorio no implica ningún riesgo pero en lo real de la vida no tiene garantías. Por eso Lacan decía que tomaba su certeza de la angustia. Retroceder frente al mismo mata al deseo y erige, en el mejor de los casos, un yo hipomaníaco que en su creencia de autonomía se consagra, al modo del perverso, a sostener el goce del Otro que no debería existir.

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1. Del 14 de junio de 2009.
2. Al modo del cross-cap, objeto topológico que parece tener un adentro y un afuera pero que en realidad constituye una superficie continua.
 
 
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