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   El juego

Los duendes del azar
  Por Héctor López
   
 
Cómo ganar en la ruleta. Lo más importante de nuestras vidas es producto de azarosas e imprevisibles contingencias.
“El amor está a la vuelta de la esquina”, dice la sabiduría popular… y la desgracia también. Pero el evento privilegiado donde aprendemos que nuestro destino, aunque planificado con rigor, no es más que el resultado de una apuesta a ciegas, es el juego de azar.
Si como sabemos “es el objeto el que causa al sujeto”, ¿qué objeto causa a ese sujeto funambulesco llamado “el jugador”, que de algún modo somos todos?
Según Lacan no encontramos al objeto sino como “escritura1, pero escritura ilegible, como el nombre impronunciable de Dios. El “sujeto jugador” es precisamente aquél que cree poder interpretar esa escritura recóndita y secreta, como si ella fuera una transparente signatura rerum, es decir un signo dejado en las cosas por el Otro, para quien sepa descifrarlo.

Mi madre –dice un paciente jugador– me dejó el número ganador escrito en su tumba. Acosado por las deudas, se había encaminado al cementerio a pedirle a su madre muerta que le diera una señal para ganar a la quiniela. Cuando le estaba implorando ese “último favor” antes de abandonar el juego para siempre, su mirada fue atraída hacia el número de la tumba: 436. “Gracias Viejita” (sí, Viejita con mayúscula, como el Otro sin tachar), dijo el hijo mientras se retiraba. Y más le agradeció por la noche cuando escuchó la noticia: “436 a la cabeza”.
La pasión del jugador no es el dinero, esa es la pasión del avaro que todas las noches recuenta sus vigiladas monedas en el cofrecillo. La pasión del jugador es descubrir el saber oculto del azar, esa regularidad caprichosa de los números cuya legalidad conoce sólo el Otro, que no existe.

El juego no es cuestión de “un vulgar deseo de ganar”, dice Dostoiesvsky en El jugador, sino de seguir las reglas de las series, con ellas “hacer cálculos” y después apostar. Para el jugador no se trata del dinero, que va y viene así de fácil, sino del objeto pulsional, que siempre juega. El dinero no trasciende el límite “vulgar” del goce fálico, mientras que el objeto es acceso a los goces secretos de lo incalculable.

Ganar es cuestión de “sistema”. ¿A qué apuesta entonces el jugador sino a procurarse ese objeto-escritura-pulsional, real de lo simbólico, que lo mantiene en vilo?
Él no posee el saber como don, lo acepta, pero vive en la ilusión de que descubrirá la signatura dejada por el Otro en algún sitio impensado.
Si perdí hoy, es por no haber leído bien. Se trata de mi ignorancia, que es remediable, no de la imposibilidad del objeto, que sería insuperable. ¡Mañana ganaré!
Como en la toxicomanía, el juego tapona un agujero cuyo fondo es una profunda intolerancia a la falta. El jugador no soportaría hacerse cargo de que “la castración quiere decir que es preciso que el goce sea rechazado, para que pueda ser alcanzado en la escala invertida de la ley del deseo”2.

Si la satisfacción implica demora, desvío, souffrance, a eso no apuesta el jugador; él apuesta a un goce sin rodeos. Como el toxicómano, el jugador también posee su propia “clave de acceso” al triunfo sobre la falta: introducir un “cortocircuito” que anule los tiempos dolorosos del recorrido metonímico del deseo desbordante.
Pero las diferencias saltan a la vista: el toxicómano encuentra su satisfacción en un objeto sin Otro; el jugador quiere descubrir el significante inexistente de la completud del Otro.
Es, por ejemplo, la ilusión de Dostoievsky, quien de paso hacia París, se detiene en Wiesbaden para jugar. Gana cuantiosamente y cree haber adivinado las reglas del juego. “Realmente ya sé el secreto: es terriblemente estúpido y sencillo y consiste en abstenerse de cuando en cuando sin tener en cuenta para nada las fases del juego, y no excitarse…” (Carta a Bárbara Constant, 01-09-1863). Esa condición: “no excitarse”, es repetida por la esposa, en sus memorias: “El sistema de Fiodor era perfectamente exacto y podría haber sido coronado por el éxito más completo, pero sólo a condición de que fuera puesto en práctica por algún inglés de sangre fría o por un alemán, pero no por un hombre como mi marido, nervioso, fácilmente excitable y propenso en todo a llegar a lo más extremo”.

El sujeto, virus del sistema. Se trataría entonces de un sistema para neutralizar el azar mediante el cálculo, no de la clarividencia ni del presentimiento subjetivo. Por eso el éxito del sistema exige el abandono de todo lo patológico del sujeto en sentido kantiano. El jugador ideal se debe únicamente a la aplicación de un cómputo, sin pasión, sin excitación, en esa gélida posición que Sade llamó de “apatía”. Ahora bien, como lo testimonia Dostoiesvsky, alcanzarla totalmente resulta imposible al jugador. A pesar de esas “caras de poker” que se observan en los casinos, no deja de filtrarse la más profunda verdad freudiana: la pasión del juego es un sustituto de la actvidad sexual. Por algo dice el ruso en El jugador: “En primer lugar, todo me pareció sucio, moralmente sucio y abyecto”. Sucede que no todo el pathos del sujeto puede disfrazarse de apatía. La excitación sexual se denuncia, según la observación freudiana, en el temblor ansioso de las manos del jugador (equivalente de la masturbación), y en lo que Lacan, tomando un término de Spinoza, denominó titillatio3, cosquilleo, estremecimiento, para aludir a los espasmos del cuerpo que indican la presencia inminente del objeto de goce. Dostoiesvsky supo advertir esta titillatio del jugador: “No quiero hablar de esas caras ávidas e inquietas que asaltan las mesas de juego…”
El jugador, como Pascal en su homónima apuesta, no reniega del azar. En tanto ha aceptado que los resultados azarosos responden a una ley probabilística –recordemos el juego de “par o impar” jugado por Lacan en el “Seminario de La carta robada”–, es que vive inventando artificios para descifrarla. Se comporta como si supiera que “ningún azar existe sino en una determinación de lenguaje, y esto, sea cual sea el registro que se considere, de automatismo o de encuentro”.4

El jugador, caricatura del científico. El jugador es un pariente caricaturesco del científico. Vive poniendo a prueba una pretendida “razón instrumental”; su mundo es el mundo del cálculo, de la letra y del número, del control de lo imprevisible y de la anticipación de los resultados.
Más allá la ciencia, la técnica, la máquina, creen haber logrado lo que se niega al jugador: el dominio de lo real, la abolición del azar.
Pero “la verdad” está del lado del jugador, aunque “lo exacto” esté del lado de la ciencia. Aún así, es suficiente recordar los “diablillos de Maxwell”5 para advertir que en la ciencia también habitan los duendes.
La exactitud del cálculo científico nos deslumbra por sus efectos, pero ¿qué hay allí de la verdad? Es el jugador quien nos orienta a ella con su trágico destino. La verdad es que no existe pensamiento que pueda ser la réplica exacta de lo real. Si Spinoza dijo que el pensamiento verdadero es el que siempre coincide con la cosa misma, allí está Lacan, para replicar que el pensamiento semper vitat (siempre evita) la cosa misma6.
En contra del cómputo, lo real, que no tiene dueño, siempre retorna intratable, arisco al jugador, al sujeto de la ciencia, y también a nuestras propias proyecciones de felicidad7.
La verdad, se hagan las cuentas que se hagan, es incalculable. Por eso “la hora de la verdad” nunca es la nuestra. Freud, que no apostó en vano, la supo descubrir en el sueño, en el chiste y en la vida cotidiana. Pero ése ya es Otro juego.

El juego del Otro. Refiriéndose a los modos de la verdad inconsciente en “La instancia de la letra…”, Lacan dice a pie de página: “Nótese sin embargo el tono con que puede hablarse en esa época de las travesuras de los duendes del inconsciente: Der Zufall und die Koboldstreiche des Unvewussten, es un título de Silberer, que sería absolutamente anacrónico, en el ambiente presente de los managers del alma”.8 Esa obra es una pequeña rara avis bibliográfica9, editada por única vez en alemán en 1921 y de la cual no se conoce ninguna traducción ni otra referencia que la cita de Lacan. Su título en español dice: “El azar y las estrategias de los duendes del inconsciente”.
Contra la exactitud de una ciencia sin verdad, el título de Silberer nos habla por el contrario de un inconsciente habitado por duendes, que a pesar de sus travesuras, no son ajenos a la estrategia, es decir, al cálculo inteligible por donde se dice lo verdadero.

Silberer testimonia haber entendido bien de qué se trata el inconsciente freudiano. Nos dice que la superstición tiene razón en atribuir una causa a los fenómenos inexplicables. Esa causa no es misteriosa ni responde a la intención secreta de alguien, sino a un cálculo del cual sólo el inconsciente es capaz.
La pérdida de una prenda de amor, del anillo de compromiso o de la rosa obsequiada, es considerada por la superstición como de mal presagio para la futura pareja. ¡No sin razón! “Pero no porque un poder superior nos dé un signo, sino porque los deseos se traicionan de esta manera”.

Del mismo modo analiza la rotura de espejos, la tirada de cartas, y todas las artes mánticas. Al creyente que supone un poder superior, artífice del azar y del destino, Silberer responde: el inconsciente es un brillante talento combinatorio.
Es muy sugestivo que en este punto Silberer cite el libro del biólogo austríaco Paul Kammerer La ley de la serie, que trata de algo equivalente a la definición misma de la repetición freudiana: una regularidad del azar ordenada serialmente, para la cual reclama la dignidad de una ley, y que puede observarse en la vida y la conducta de las personas.
Luego Silberer nos dice que cuando todo resulta embrujado, se suponen condiciones invisibles, astrales, de los acontecimientos, que si uno pudiera verlas revelarían, así se cree, el verdadero sentido de los sucesos. En los elementos más insignificantes se cree encontrar el signo de la explicación causal que se sustrae. Pero, aclara Silberer, no se trata de signos secretos sino de la autonomía de lo no reconocido: aquello que susurra palabras en los oídos de la misma manera que lo hace el sueño, por no hablar de las travesuras del inconsciente.

Si Freud, a pesar de su desconfianza, respetó y hasta citó muchas veces a Silberer, fue debido a estos chispazos de freudismo cuando habla, entre otras cosas, de la repetición como necesidad lógica, anticipando los descubrimientos de Más allá del principio del placer, o del significante como destino del sujeto.
Finalmente, en dos frases quiero resumir el mensaje de este artículo: “Todo lo que existe en el universo es fruto del azar y la repetición” (Demócrito), y “Más allá de casos particulares, el azar debe ser reconocido como potencia en la existencia humana” (Silberer).

1. J. Lacan, Seminario 22, R.S.I., clase del 13-I-1975.
2. J. Lacan, “La subversión del sujeto…”, en Escritos, Siglo XXI, 1976, pág. 338.
3. J. Lacan, Seminario 14, La lógica del fantasma, clase 22 del 14 de Junio de 1967.
4. J. Lacan, “La metáfora del sujeto”, en Escritos II, Siglo XXI, Buenos Aires, 1988, pág. 870.
5. En experimentos químicos, ciertas moléculas son impedidas de pasar entre dos recintos, ¡sin consumo de energía! Maxwell explicaba este misterio por la presencia de un diablillo apostado entre los dos recintos para prohibir el paso de las moléculas. (Ver Jacques Monod, El azar y la necesidad, Monte Ávila, Barcelona, 1971, pág. 70).
6. J. Lacan, El seminario. Libro XI. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Editorial Paidós, Buenos Aires, 1989, pág. 57.
7. Con esto aludimos a lo que Freud dice tan crudamente en Más allá del principio del placer: “El instinto reprimido no cesa nunca de aspirar a su total satisfacción […] Todas las formaciones sustitutivas o reactivas, y las sublimaciones, son insuficientes para hacer cesar su permanente tensión. De la diferencia entre el placer de satisfacción hallado y el exigido surge el factor impulsor que, como dijo el poeta, «tiende, indomado, siempre hacia adelante» (Fausto, I)
8. J Lacan, “La instancia …” en Escritos, Siglo XXI, México, 1976, pág. 208.
9. Herbert Silberer, Der Zufall und die Koboldstreiche des Unvewussten, Schriften zur Seelenkunde und Erziehungskunst, III: Ernst Bircher Verlag, Bern und Leipzig 1921. Por un insólito golpe de azar descubrí el libro original, ahora traducido parcialmente al español por Nicolás Gelormini.
 
 
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