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   Colaboraciones exclusivas

Discusiones sobre psicoanálisis, cultura y realidad [Segunda parte]
  Por Germán Gárgano
   
 
III. Cuatro cuestiones con respecto a la unidad simbiótica con la madre vs. castración fundante.

No hay satisfacción sin diferencia
No hay madre sin primera identificación
El Hombre de los Lobos, castración fundante
Protofantasías y castración.


La radicalidad de tu “materialismo” (lo pongo entre comillas), se sustentaría en, por un lado, estudios de sociedades antiquísimas, como la judaica, y en cuanto a lo subjetivo, en una clínica que nos mostraría un abrochamiento madre-hijo, irreductible, primera experiencia de satisfacción.

Cuatro cuestiones al respecto de tu planteo de la supuesta unidad simbiótica que condensa sin discriminar, lo que Freud sí discrimina: el proceso identificatorio y el de la relación de objeto en los primeros tiempos de la constitución.

Primera cuestión. La primera vivencia de satisfacción, punto de apoyatura fundamental del encuentro pleno que venís situando desde “Freud y los límites del individualismo burgués”, toma el aspecto manifiesto vivencial y no la materialidad, lo metapsicólogico, de la inscripción psíquica, que es donde Freud habla de las huellas que van marcando diferencias. La primera experiencia de satisfacción sólo puede inscribirse por la diferencia. Freud lo dice desde el Proyecto mismo: si hay igualdad de huella no hay registro.

Segunda cuestión.
Freud dice en Psicología de las Masas (1920): “la identificación (es) la manifestación más temprana de un enlace afectivo a otra persona y desempeña un importante papel en la prehistoria del complejo de Edipo.”
Y subrayo aquí lo de primer “enlace afectivo” -que Freud reitera luego 2 ó 3 veces más en el mismo texto- por la cuestión de los afectos a la que tanto hacés referencia, que no sólo entonces está jugada a partir del objeto libidinal madre, sino ya en la primera identificación, al padre (que, como Freud aclara luego en El Yo y el Ello, “quizás fuera más prudente decir ‘con los padres’, pues el padre y la madre no son objeto de una valoración distinta antes del descubrimiento de la diferencia de los sexos...” Siempre padre y madre juntos).

No hay catectización de la madre como objeto libidinal sin esta identificación primera, (dos instancias discriminadas por Freud) que es la que Lacan va a leer como primera incorporación significante, momento primero de corte que instaura el vacío que permitirá al niño pasar a su primera relación de objeto materno.

Tercera cuestión
. Freud va en todos sus casos clínicos a la búsqueda de la primera escena. ¡Ahí, en ese primerísimo tiempo es donde Freud va siempre a buscar la efectividad, o no, del falo! Y donde encontrará las fantasías incestuosas allí, donde en esa relación con la madre no funcionó el falo (siempre masculino desde Freud) adecuadamente. Veamos por ejemplo cómo Freud muestra esto en El Hombre de los Lobos.

“Nos ha devenido notoria la inicial toma de posición de nuestro paciente frente al problema de la castración. (…) Cuando dije que la desestimó, el significado más inmediato de esta expresión es que no quiso saber nada de ella siguiendo el sentido de la represión. Con ello, en verdad, no se había pronunciado ningún juicio sobre su existencia (recordar que desde el Proyecto los juicios de existencia o de atribución están referidos a la Cosa, no a la madre), pero era como si ella no existiera (que es lo que tu elaboración teórica continúa haciendo ahora). Ahora bien, esta actitud no puede ser la definitiva, ni siquiera podía seguir siéndolo en los años de su neurosis infantil. Después se encuentran buenas pruebas de que él había reconocido la castración como un hecho. Se había comportado también en este punto como era característico de su naturaleza, lo cual por otra parte nos dificulta muchísimo tanto la exposición como la empatía (qué interesante, dicho sea de paso, esto que lleva a evitar la empatía, esto de ‘ponerse en el lugar del otro’. Interesante ver cuestiones aparentemente de detalles que ya están en Freud, para los que critican que Lacan es desafectivizado y que Freud en cambio el que empatiza carnalmente con sus pacientes). Primero se había revuelto y luego cedió, pero una reacción no había cancelado a la otra.”

Podés ver aquí que esa desestimación de la castración no está referida al momento edípico, al momento de la neurosis infantil, sino a la temprana constitución pre-edípica del sujeto, donde se juega el juicio de existencia ya trabajado en el Proyecto. Es ahí donde Freud va a buscar –y encuentra- cómo funciona la castración. Desde los primeros momentos funciona –mal o bien- para Freud – no sólo para el “cristiano” Lacan- el falo y la castración.

Sigue Freud: “Al final subsistieron en él, lado a lado, dos corrientes opuestas, una de las cuales abominaba de la castración, mientras que la otra estaba pronta a aceptarla y consolarse con la feminidad como sustituto. La tercera corriente, más antigua y profunda, que simplemente había desestimado la castración, con lo cual no estaba todavía en cuestión el juicio acerca de su realidad objetiva, seguía siendo sin duda activable.”

Tercera corriente León, la más antigua y profunda. La castración está desde el vamos. Esto –igual que en todos los casos de Freud- es lo que lee Lacan de la clínica freudiana situando la cuestión de la castración como fundante del sujeto, cuyo funcionamiento “normativo” depende de cómo ella ha sido aceptada o desestimada. Clínica, acá no hay filosofía. Y está bien que no la haya, porque éste no es su campo. Está irrefutablemente claro que Freud diferencia muy bien, las corrientes posteriores, de esa corriente inicial y primera que luego “sigue siendo sin duda activable” y retorna en la alucinación de los 5 años (incluso antes, dice Freud, de la neurosis infantil).

¡Qué diferencia entre las búsquedas clínicas de Freud y las especulaciones acerca de lo previo, del prelenguaje, de los supuestos estados de encuentro pleno!! En ningún momento de sus casos Freud hace mención a un supuesto encuentro pleno primero, y la primera experiencia de satisfacción no está dicho que sea plena, aún cuando fuera primerísima organización del psiquismo.
No le enchufemos al niño –decís- y llamemos “incesto” a su relación infantil con la madre. Es el adulto que se la enchufa al niño desde sus propios delirios adultos y la llama “incestuosa” indebidamente”.
Nuevamente distorsionás. Lo que el adulto Freud observó en su clínica, y que vos llamás “relación”, son las fantasías infantiles a tempranísima edad, reveladoras –Freud dixit- de los deseos incestuosos y del temor a la castración.

Freud no busca la unidad simbiótica que luego se iría con el tiempo separando benéficamente (La Mater, L. Rozichtner); busca “la inicial toma de posición de nuestro paciente frente al problema de la castración”, busca la tercera corriente, esa corriente primera, profunda y más antigua donde aún incluso “no estaba en cuestión el juicio sobre su realidad objetiva”. Está claro que la castración Freud no la mantuvo como vos decís, afuera, como una cuestión de realidad objetiva, sino que está desde el vamos, en ese tiempo donde aún no hay capacidad del infans por establecer su existencia objetiva. Es en ese tiempo cuando el H. de los Lobos la desestima, sin saber aún de que se trataba. Luego, a los 5 años, se le vuelve a presentar el problema (justamente porque esa corriente inicial sigue “activable”) y se las arregla por medio de seguir abominando de la castración y a la vez aceptándola como puede, en algún sustituto.

Y continúo con Freud. “Además la escena con Grusha (angustia de castración, alrededor de los 2 años y medio) adquiere un valor particular porque en torno a ella podemos preparar nuestro juicio acerca de la escena primordial, menos segura.”
Nuevamente podés ver como Freud busca, busca y busca la angustia de castración ya en la escena primordial misma: “en efecto, esa escena (angustia de castración) se encuentra enteramente bajo el influjo de la escena primordial.”
“La acción del niño de 2 1/2 años en la escena con Grusha es el primer efecto -llegado a nuestro conocimiento- de la escena primordial” (…) “la escena con Grusha,…, se explica de la manera menos forzada y más completa si se considera en este caso como una realidad objetiva de la escena primordial que otras veces puede ser una fantasía.”

Cuarta cuestión
. Las protofantasías, hoy tan en “desuso” también vienen a plantear la cuestión de la castración y no de la unidad simbiótica, como momento constitutivo. Ninguna de las tres
(escena primordial, de seducción, de castración) hace mención a unidad simbiótica alguna.

Para lo que estamos discutiendo vienen muy a cuento, porque Freud decía que “el niño echa mano de esa vivencia filogenética toda vez que su propio vivenciar no basta”. ¿Cuál es la vivencia filogenética, o sea de la especie humana, en Freud, sino la inermidad del infans al nacer? Por eso esas “lagunas” (ya que te horroriza el vacío) serán llenadas con fantasías tan reales en la clínica que descabezaban a Freud: ¿“fantasías o realidad”? Evidentemente realidad psíquica. No se lee por ningún lado que la escena primordial remita a algún encuentro de completud simbiótica como constitutivo. Por algo Freud ubicó axiomáticamente las protofantasías como originarias en el psiquismo humano.
El comercio sexual de los padres (escena primordial) es justamente una exclusión, y no ninguna inclusión de la que luego se separaría. Es una exclusión inicial.


IV. Madre-hijo y sexualidad genérica.

Marx habla acerca de que “la relación del hombre con la mujer es la relación de lo más heterogéneo dentro de lo homogéneo (humano)” y que esa relación convierte la naturaleza “natural” en naturaleza humana. Muy bien esa diferencia en Marx y en su época, pero lo que Freud descubre en la clínica (no en la sociedad, las masas y sus instituciones, donde dice que la diferencia sexual que a él le importa no está en juego) es que la naturaleza humana no parte de la diferencia de género sino de la diferencia radical masculino-femenino en cada cual. Y en madre-hijo esta diferencia está presente en la madre.

No es casual que desde el freudomarxismo se diluya esta diferencia sexual en la sexualidad de género, que llamé en un texto anterior “sexualidad genérica” a los fines de conjugar la cuestión del género con la vaga generalización de la sexualidad.
Lacan pone ese “al menos” sin castrar en lo femenino y vos lo ponés en la mujer-madre. Nuevamente, y también aquí, me parece encontrar de nuevo la diferencia radical entre tu posicionamiento desde la filosofía y el del psicoanálisis, que así se articulan impropiamente.

Y del mismo modo como hablás del inconsciente como “estela ensoñada”, del deseo como “ganas verdaderas”, de castración como “separación”, hablas de “sexualidad genérica” (de género). Queda en un vago enunciado y pierde la radicalidad que Freud introdujo. Se lo lava y se lo hace “social”, filosófico. Cada cual hace su propio cuerpo teórico, sólo puntúo que no me parece que Freud aceptara esos términos, por los mismos motivos que no aceptó la generalización de la libido que pretendió hacer Jung: “Jung hace perder la radicalidad de nuestro descubrimiento” (Introd. al narcicismo).
Te enojás cuando malentendés que te disminuyo en tanto filósofo. ¡Nada de eso! El problema radica cuando desde la filosofía se quiere abarcar al sujeto y la especificidad del psicoanálisis.


V. ¿Relación, sin o con, relación?
De cómo y por qué Freud mantiene siempre la diferencia.


Para ponerlo en lenguaje llano: en su momento mi frase “relación con relación” apuntó a mantener en pie la diferencia radical que la ‘sin relación’ hegeliana, justamente por verla desde la razón pensante, hace a un lado.
Por supuesto que desde el recién nacido es impropio hablar de relación, pero fuiste vos el que apelaste a la “relación sin relación” de Hegel. El punto es que en todo caso el niño no se vive indiscriminado con la madre: él es todo uno. No existe el “indiscriminado con”. Indiscriminado es indiscriminado sin más. Ahí no hay ningún encuentro. Por eso en el destete no es que el niño vivencie que algo le es sacado (¿quién se lo va a sacar?), sino más bien que él deja algo de sí, se le va algo, y cuando muerde, no muerde a la madre, está cortando algo de sí. Entonces, sea que no hablemos de relación alguna, o bien que la hablemos así, es con diferencia, lo que el niño registrará al nivel que fuere. Porque la madre sí que sabe, y hasta se calienta –y se angustia- con él.

Si es que nada queda de la primera experiencia de satisfacción, y unidad simbiótica materna, preguntás: ¿por qué alucina? De la misma manera te podría decir que si esa satisfacción es tan plena, si ese “sustrato vivo” de la “unidad simbiótica con la madre” es tan pleno, ¿por qué habría que abandonarlo? ¿por qué hay represión? ¿Y por qué Freud incluso postula la REPRESIÓN ORIGINARIA?
De todas formas contesto: lo que en definitiva alucina es el deseo del otro, cuando falta.

Y para que la cuestión no quede en una cuestión del vaso medio lleno o del vaso medio vacío, y como decís que por momentos parece discutirse por nada, la cuestión es desde dónde uno parte, qué es lo central. Y lo central en Freud es que del punto radical de inermidad, de inexistencia como sujeto psíquico no le interesó la plácida simbiosis completante justamente porque desde ella no saldrá jamás sujeto alguno. Desde el vamos buscó las diferencias, diferencias funcionales que organizaran estímulos, que de otro modo nunca se inscribirían, neuronas psi, phi y omega. Y más tarde asociaciones por contigüidad, por semejanza, que no son sentimientos y afectos sino siempre articulaciones constituyentes. No se es sujeto a partir de un magma materno ni de una ensoñación difusa, sino a partir de esos registros buscados afanosamente por Freud y también por Lacan, y que tanto en uno como en otro no se trata sólo de condensaciones y desplazamientos que articulan sentidos, o metáforas y metonimias de sentidos, o sgtes. articulados en cadena (S1-S2), sino también de los otros hechos también de lenguaje, que Freud en el peine diferencia (sus famosos palitos) como signos, asociaciones, previos al inconciente articulado (condensaciones y desplazamientos. Ver el esquema). Y en Lacan como letras de goce, que recorren el cuerpo y lo erotizan.

Tu lengua materna ensoñada y simbiotizante, puro afecto, sin duda no es lalangue de Lacan, que también es materna. Las nanas y los arrorró, el laleo, ya no son continuos sino modulaciones, modos del otro materno, que ya son de lenguaje aunque no palabras, y recorrerán la carne del infans no para mantenerlo en una simbiosis sensible, sino generando esos signos o asociaciones freudianos, cargados sí de afectos, placenteros o displacenteros, inaugurando en el niño sus propias singularidades: ritmos, modulaciones, cadencias, en torno sí, de ese lugar otro (madre), desde el vamos significante.

Freud siempre estableció diferencias. Incluso, por ejemplo, cuando insiste en distinguir entre pulsiones del Yo y pulsiones sexuales, aún cuando fueran juntas y mezcladas en la etapa narcicista. Cuando postula entonces el narcicismo, es desde su experiencia con las neurosis –y así lo aclara expresamente-, que sostiene esta diferencia.

Qué importante es esto como forma o metodología de análisis y elaboración teórica: por un lado habla del narcicismo y al mismo tiempo dice que su clínica siempre le revela diferencia pulsional. Por eso entiendo tu énfasis en la “unidad madre-hijo” como una renuncia a la diferencia a la que apunta la escucha analítica en todo momento.

Lacan no nos hace pasar gato por liebre, no pone la diferencia desde el vamos por intromisión ideológica, sino porque Freud es el que a partir de la diferencia pulsional como cúspide de su elaboración registrada en la clínica, llamándola “nuestra mitología”, resignifica el narcicismo como el paradojal narcicismo con diferencia, del mismo modo que resignifica la escena primaria desde la secundaria.

ESTE TRABAJO CONTINUA
 
 
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