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   El amor en psicoanálisis

Las mujeres de hoy y el amor
  Por Elina Wechsler
   
 
Los retos que plantea el abrupto cambio en la relación entre los sexos están provocando confusiones que producen angustia, síntomas e inhibiciones de todo tipo en mujeres y hombres.
Hasta ayer, vivíamos en una civilización en que la representación de la feminidad era absorbida por la maternidad, en que la función de padre era clara y tajante. Nada de eso ocurre ya y los efectos del desconcierto tienen profundos efectos. Estos cambios en la moral sexual contemporánea plantean cuestiones inéditas alrededor de las preguntas: ¿Qué es ser una mujer? ¿Qué es ser un padre? Si bien las respuestas subjetivas nunca estuvieron dadas de antemano, hoy se vuelven más complejas por la caída estrepitosa del imaginario en torno a la identidad sexual que aseguraba ciertos rasgos de identificación que se trasmitían de padres a hijos, de generación en generación.

Es fundamentalmente sobre este enigma de la relación sexual y amorosa por la que tanto hombres como mujeres siguen demandando análisis para preguntarse qué torna tan fallida la supuesta y sólo mítica complementariedad entre los sexos. Mítica complementariedad que se hace más patente aún en el Siglo XXI.

Asistimos a otro cambio desconcertante. Las demandas de reproducción asistida, que posibilitan la búsqueda de hijos sin padre real gracias a las nuevas tecnologías, están hoy al servicio de las mujeres, como nuevo modo de obturar el aspecto siempre enigmático de la diferencia de sexos, creando nuevos interrogantes en torno a la filiación, que seguramente recaerán sobre los hijos.

Por otro lado, la cada vez más frecuente aceptación social de la elección homosexual –transitoria o definitiva– provoca que ya no sea inusual en nuestras consultas la demanda de análisis de mujeres con tales elecciones. Estas nuevas demandas ponen a prueba nuestra neutralidad como analistas, nuestras concepciones teóricas e ideológicas, situación que sin duda se verá incrementada cuando las consultas provengan de hijos criados por padres del mismo sexo.
Hasta las estructuras psíquicas clásicas parecen trastocadas.

La histeria, por ejemplo, neurosis antes casi paradigmática de las mujeres, concierne cada vez más a los hombres. Hasta las últimas décadas, ellos podían disimularla con actitudes viriles facilitadas por el orden familiar y social. Del lado femenino, la histeria alivió sus grandes crisis y la frigidez total, clásicas en la época victoriana, mientras que sus síntomas aumentaron del lado masculino.
La impotencia y la eyaculación precoz masculina han tomado la delantera a la anorgasmia femenina, metáfora, seguramente, de las tribulaciones de los hombres en su desconcierto frente al cambio de posición de las mujeres de hoy.
En la actualidad, la conversión histérica victoriana es infrecuente. Tanto es así que a un analista de los albores del Siglo XX le supondría gran esfuerzo identificarlas hoy, reconocer la histeria clásica en nuestras jóvenes ejecutivas tan alejadas de la languidez y la belle indiference de los casos freudianos.

Por el contrario, muchas jóvenes netamente identificadas con la posición masculina arriban a la homosexualidad viril o a posiciones netamente paranoicas como las que presentan muchas jefas en el poder.
Freud diagnosticó a varias mujeres obsesivas en sus textos “Obsesiones y fobias” y “Los actos obsesivos y las prácticas religiosas”. A pesar de ello, al advertir en “Inhibición, síntoma y angustia” que la histeria tiene mayor afinidad con la feminidad así como la neurosis obsesiva con la masculinidad, produjo el efecto de que en la literatura psicoanalítica la neurosis obsesiva se asocie inevitablemente al hombre. Sin embargo, se extienden las histerias masculinas y las obsesiones femeninas.

Por otra parte, la prohibición y la supresión sexual victoriana tenían un aspecto propio que Freud presentó en “La moral sexual cultural y la nerviosidad moderna” (1908). Fue allí, en ese texto, en donde encaró el viejo tema de la doble moral sexual del varón, que hoy afecta también al otro sexo. El objeto suele estar dividido, cuando desean no aman. En una clínica actual con este tipo de mujeres encontramos con cierta frecuencia esta división que era característica sólo masculina en la época de Freud. Maridos que hacen de madres y amantes que causan el deseo.

La ingesta en lugar del amor.
Si bien la bulimia y la obesidad no son patologías nuevas, hoy se extienden entre las mujeres. La nueva religión dietética tan de moda en los países industrializados ofrece cánones de prohibición. Nunca ha sido más intensa la preocupación –que llega a tener tintes paranoicos– de qué y cuánto comen las mujeres.
Tanto en la bulimia como en la obesidad se presenta la compensación de un objeto real en lugar del don del amor, que ha fallado, y que vuelve a hacerse presente en cualquier fracaso amoroso. La demanda de amor no tiene fondo. Por eso el objeto comida de la compensación no sacia nunca, porque evoca una y otra vez la nostalgia de aquel amor que pretende reemplazar. No hay tiempo para elaborar la nostalgia del objeto que ha fallado en el don del amor porque la comida está siempre al alcance de la boca para suturar la falta.

La gula solitaria es representación patente, visual, de un fracaso amoroso no sabido que habrá que indagar durante el análisis. La bulímica vive su glotonería sin freno como un acto vergonzoso asociado inconscientemente a la masturbación que ha tomado el lugar del rapport sexual.
El acto primario materno es alimentar. El vínculo entre la hija y la madre es productor de trastornos orales de toda clase, entre los cuales la obesidad y la bulimia parecen constituir enfermedades femeninas a la moda en los países industrializados.

La obesidad está presente en la infancia como prolongación de la posición primera de objeto en relación a la madre. La bulimia, en cambio, suele presentarse en la pubertad y la adolescencia, representando el vómito un intento de separación de la madre que no puede tramitarse psíquicamente. En los últimos años sigue aumentando peligrosamente la obesidad infantil y la bulimia adolescente.
La bulimia se configura como una compensación real, a través del objeto de la necesidad, la comida, de la frustración de la demanda de amor. A través del acto de devorar, se intenta compensar la frustración de la no respuesta a la demanda al Otro pero al no encontrar el signo del amor, el intento fracasa y se reanuda el circuito infernal.

La ingesta se presenta sin dique simbólico –las comilonas y vómitos pueden repetirse varias veces al día y por largos períodos de tiempo– y, sin embargo, este empuje puede darse en mujeres neuróticas, muchas veces histéricas. El marco del Edipo constituyente está vigente en los otros planos de la vida. Sin embargo, el acto bulímico cortocircuita el funcionamiento neurótico y busca en acto la satisfacción imposible.
La bulímica pretende comer La Cosa perdida, de ahí el siempre más, y siempre más, condenado al fracaso. Y en esa búsqueda alienante de al fin tener, se encuentra inevitablemente con el vacío en lugar de la plenitud.
En las mujeres, la ingesta compulsiva puede configurarse como una defensa frente a la depresión, a diferencia de los hombres, en quienes la ingesta sintoniza más con el logro de un goce puro del objeto, a la manera de un fetichismo oral que recubre cualquier falta. Esto vale para la obesidad neurótica: en la mujer desvalorización narcisista, depresiva, en el hombre goce autista. Ambos cortocircuitan la relación con el otro sexo.
Las mercancías consumibles pretenden terminar con el dolor del amor.

Las mujeres y el amor, hoy y siempre. Pero, curiosamente, aunque el tiempo haya transcurrido, aunque haya caído el patriarca y su modelo de constitución familiar y cada vez más mujeres se identifiquen con la posición fálica, siguen siendo muchas las que siguen presentando como síntoma privilegiado el estrago amoroso en relación con los hombres.
Las mujeres del siglo XXI ya no están conminadas a quedar encerradas en casa, como sus abuelas, ocupadas sólo en los hijos y en las labores así llamadas femeninas. Pueden desarrollarse como profesionales, artistas, científicas; pueden viajar y conocer el mundo siempre que la neurosis no las detenga, pues el amor o la independencia siguen presentándose como un conflicto específicamente femenino que hace su aparición en la adolescencia y que, en adelante, no deja de abundar en la consulta psicoanalítica.

El arrebato amoroso se presenta clínicamente como el reverso de la autonomía en cualquiera de sus ámbitos pues implica el sacrificio extremo en nombre del amor. La dependencia extrema por un hombre es una modalidad, en acto, de obturar la acuciante pregunta sobre la feminidad, pregunta clave a explorar durante el análisis de las mujeres de hoy.
En estos casos, aunque trabajen, aunque ganen dinero, ellas siguen desistiendo en favor del hombre y renuncian a su realización personal en beneficio del ser a quien sostienen. Esta situación, muchas veces acompañada del desplazamiento de las aspiraciones personales al hombre elegido, sigue siendo una figura frecuente de la clínica actual, pese al cambio de su situación en otros ámbitos.
Todos los demás aspectos de la vida quedan entonces ensombrecidos por esta marca que nada ni nadie, mientras dura, podrán calmar. En casos límite, la causa desesperada se pone al servicio de una derrota inevitable y las mantiene en un destino de fracaso en todos los órdenes de la vida.

Es éste un arrebato amoroso femenino cambiante en las formas como consecuencia de las modalidades de los tiempos, pero que sigue apareciendo como la tragedia femenina por antonomasia. Morir de amor, real o psíquicamente, concierne también a los hombres, pero en nuestra cultura, sigue siendo un paradigma femenino.
El proceso analítico permitirá a estas mujeres de nuestro tiempo, cuyo discurso nos interpela desde una obstinada fijación, encontrar, simbólicamente, otro lugar en el que ser reconocidas y reconocerse como mujeres. ¿Por qué razón? Porque lo no simbolizado en torno al lugar de lo femenino es el resorte inconsciente de su goce y de su sufrimiento.

El estrago llega al límite cuando la dependencia se perpetúa aunque el daño o la humillación sean extremas. Situación que puede desembocar en la muerte si se produce el encuentro con un hombre que la juegue hasta el final.
Las historias cada vez más frecuentes de violencia de género suelen producirse cuando las mujeres, atraídas por cierta independencia facilitada por la inserción en el mundo del trabajo, deciden prescindir del objeto. Suele ser demasiado tarde.
Cualquier respuesta dada de antemano sobre las mujeres y el amor es sólo un mito, una construcción imaginaria fundada por los objetos primordiales de cada cual, por el Ideal, por los significantes de la cultura en que se inscriben y por los síntomas que intentan obturar la pregunta sobre la feminidad, pregunta clave a transitar durante el análisis de las mujeres de hoy.
 
 
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