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   El amor en psicoanálisis

Amor y Psicoanálisis
  Por Manfredo Teicher
   
 
Mágicos son el amor y el odio, que imprimen en nuestros cerebros la imagen de un ser por el que consentimos dejarnos hechizar”.
Marguerite Yourcenar, Opus Nigrum

Bajo el predominio del pensamiento mágico, característico de las culturas primitivas, no es posible valorar objetivamente la propia realidad, ni ninguna otra. Muy lentamente, el pensamiento lógico, de aparición tardía, ha ido abarcando cada vez más dominios aunque su entrada parece vedada en determinados reductos. La tecnología, que es el manejo de los objetos inanimados, debe sus logros al pensamiento lógico. Las relaciones humanas, en cambio, se resisten a su avance. Por ejemplo, en la religión, en el amor y en la política, es el pensamiento mágico el que impone su dominio. La autoestima o amor a sí mismo es un ejemplo de la dificultad de hacer un juicio valorativo objetivo, ya que todo juicio de este tipo se apoya en la visión subjetiva del consenso, más influenciado por la magia que por la lógica.

Decía Freud en “De Guerra y Muerte, Temas de Actualidad” [1915]: “… caeremos en un error si concebimos nuestra inteligencia como un poder autónomo y descuidamos su dependencia de la vida afectiva. Nuestro intelecto (...) sólo puede trabajar de manera confiable apartado de las influencias de poderosas mociones afectivas; en caso contrario, se comporta simplemente como un instrumento al servicio de una voluntad, y ofrece el resultado que esta quiera arrancarle. Los argumentos lógicos son entonces impotentes frente a los intereses afectivos, y por eso el disputar con argumentos, que, según el dicho de Falstaff, abundan como la zarzamora, es tan infructuoso en el mundo de los intereses.” 
Con estas premisas intentaré bucear en el amor de la pareja humana, uno de los capítulos del mito tradicional que encierra el muy bastardeado concepto “amor”.
El vínculo de una pareja da lugar a una amplia gama de situaciones, que reflejan lo más agradable y lo más dramático del juego de la vida. Del amor, del deseo de estar con esa única persona, cuyas cualidades fueron idealizadas hasta un grado de perfección estética y moral, se pasa silenciosamente al odio, al deseo de aniquilar mil veces a esa misma persona. En el pasaje de una situación a otra, la “moral” suele inclinar sospechosamente la balanza de la justicia a favor del sujeto que ama y no, del que es amado.

Tanto el amor como el odio desconocen el respeto a las necesidades del otro. Respetar el narcisismo del otro es, sin embargo, el elemento imprescindible para una convivencia armónica. Este esquema, tan simple de enunciar, es muy difícil de implementar, a causa del lamentable predominio en nuestra naturaleza humana del narcisismo infantil, arrogante y prepotente (perverso) que pretende el amor incondicional del amado. Aparecen entonces dificultades provocadas por la resistencia del objeto amado, que desea lo mismo. Una competencia inevitable que el paso del tiempo no hace más que ahondar.
El amor intenta esclavizar al objeto amado, del que se siente esclavo el feliz enamorado.

Esto dura un tiempo variable, pero no demasiado. Indudablemente, el enamoramiento mutuo constituye el paradigma de la felicidad.
Por lo que es posible que nunca se tome conciencia de aquella desmesura en las pretensiones, que equivalen a exigir que el otro sea un esclavo a disposición del sujeto.
Pero entonces ¿el amor puede encerrar algún elemento negativo? Según la Enciclopedia, “el amor es una fuerza de atracción irresistible que impulsa a la renunciación y la entrega”. En el materialismo místico de Giordano Bruno el amor recobra el carácter de fuerza cósmica que hace posible la armonía del universo.

Y en otra acepción: “afecto por el cual busca el ánimo el bien verdadero o imaginado, y apetece gozarlo.”
El amor es la necesidad de estar con alguien a quien uno quiere dar todos los elementos para que pueda ser eterna e inmutablemente feliz. Por lo cual, el objeto amado tendría que ser inmensamente feliz al notar el deseo del amante de darle tanta felicidad. Simplemente el deseo de ver feliz al objeto amado tendría que bastar y ser suficiente para que el sujeto lo fuera.
¿Pero alguien está dispuesto a que el objeto amado pueda ser feliz con otro u otra, lejos del amante? O ¿es cierto que el amado no puede (¡no debe!) ser feliz lejos del amante? ¿Que debe ser feliz únicamente en compañía del que lo ama, nunca lejos?

¿Permitir que el objeto amado sea feliz del modo como a ese objeto se le ocurra? Esa libertad no se le ofrece. ¿El amante desea someter, imponer un modo o sistema de felicidad, una condición de dicha única, aceptada sin cuestiones por el objeto amado? Sí, este debe tener tantos deseos de estar con el amante y hacerlo feliz como ocurre a la recíproca.
El amo tiene derecho de vida o muerte sobre el esclavo. ¿Será también que el amante desea tener derecho de vida y muerte sobre el objeto amado? En realidad sí, porque si el objeto amado se niega a ser feliz en las condiciones y circunstancias ofrecidas por el amante ya no merece consideración. Ese amor se transforma en odio.

¿Qué sucede entonces con el amor de una madre, que tiene que aceptar la salida de su hijo adolescente? Ésta debe, en silencio, reprimir su odio por la frustración que implica la “traición” del hijo adolescente. Y reprimir la envidia a su futura nuera, o, simplemente a la “amiga” de ese adolescente. Y, dada la condición humana, la generalidad de las madres logra reprimir tal deseo “perverso”. La hipocresía obtiene la conveniente ayuda de la negación, la proyección, la racionalización. De modo que la salida a la exogamia resulta, en apariencia, indolora.
La contrapartida, entre el padre y la hija, sufre generalmente el mismo proceso con otros personajes.

Encontramos dos aspectos bastante diferentes: uno que se refiere a lo sublime del amor, al deseo de felicidad, a la felicidad en sí, al sentimiento de dicha que siente tanto el amante como el amado, si existe correspondencia. ¿Esclavizar o destruir al objeto amado, si se niega a la felicidad que ofrece el amante? Ese aspecto irrita, molesta. ¡Esto no es amor! Claman los bienintencionados. El verdadero amor incluye la renuncia, si es necesario.
Yo no lo creo. Pero sí creo, que eso es lo que hay que decir. ¡Y que el Inconsciente se haga cargo!
El inconsciente encierra lo que uno no quiere pensar, de lo que no se debe hablar. Es preferible ocultar ese otro rostro del amor. Es necesario ocultar determinados deseos. En cambio sí se debe hacer alarde del otro aspecto: el que se refiere al cumplimiento del deber. ¿Acaso salimos desnudos a la calle?

Y la satisfacción del deber cumplido generalmente resulta muy agradable.
Esa opción que tiene el ser humano de negar con tanta eficacia es posible gracias a la capacidad de autosugestionarse. Llegamos a autoconvencernos de que no tenemos sinceramente tal motivación y, si de alguna forma nos obligan a tomar conciencia de ello, el resultado no es agradable. Aparece un sentimiento de inadecuación, de irritación, de malestar.
El inconsciente existe. Este descubrimiento de Freud ya es aceptado. El niño cuando nace no tiene el inconsciente formado. En sus primeros años dice lo que piensa. Pero rápidamente se encuentra con que hay cosas que no se deben decir. Entonces miente y poco a poco, esa mentira funciona como autosugestión. Así se produce la represión interna, así se va formando el inconsciente. Se repite un proceso desde hace miles de años: mentir, autoconvencerse para convencer, con la ayuda de los mecanismos internos de represión, de negación, de proyección, de racionalización.

¿Por qué no es agradable o elegante mostrar, reconocer esos deseos, pensar o hablar de ciertas cosas?
Porque uno necesita ser aceptado dentro del grupo. Hay que ocultar los deseos perversos que todos tenemos. Si uno miente, se pueden dar cuenta. Pero si uno se ha convencido de que no tiene esos deseos, es más fácil convencer a los otros. El grupo de pertenencia, imprescindible, exige la sumisión a sus normas, a lo que el grupo considera “Deber”.
Los psicoanalistas dicen: “Usted comete un error. Debe levantar la represión y soportar el dolor generado por la frustración de los deseos prohibidos por el grupo”. En síntesis: los analistas son aguafiestas. Quieren obligar, convencer a la gente de que conviene aceptar ese dolor y hacerse cargo de los deseos, de los pensamientos que cada uno tiene, por más “negativos” que sean.
¿Qué ventaja puede traer eso? ¿Para qué sirve el psicoanálisis? ¿Para qué sirve conocerse? Aceptamos que es molesto tener que hacer el trabajo inverso al que la humanidad ha estado haciendo para fabricar su inconsciente. Freud ya lo dijo: la misma rabia que le da a una criatura tener que reprimir y tener que ocultar sus deseos, se vuelve a producir cuando la convencen de que tome nota de los deseos que tiene. La rabia en forma de resistencia se opone a ser consciente de eso.
También los analistas se han acostumbrado a no hablar de determinadas cuestiones, a ocultarlas y seguir en la autosugestión, la sugestión colectiva, continuar el ritual de ocultar, mentir, negar, proyectar. En el discurso se ensalzan los valores del deber, mientras que en la intimidad del consultorio se reconoce la supremacía del deseo.

Retomemos la pregunta: ¿para qué sirve, qué ventajas puede tener el psicoanálisis? ¿Tiene alguna ventaja levantar la represión, conocerse a sí mismo? Si es algo que puede ser fácilmente rechazado por los demás, uno puede sentirse muy solo al aceptar que tiene esos deseos que los otros niegan. ¿No tendrán razón los otros, que son la mayoría?
¿Por qué plantean los psicoanalistas la necesidad de levantar la represión? ¿Conviene conocer el contenido del inconsciente en lugar de taparlo y negarlo, para encontrar en otros lo que no se quiere reconocer en uno mismo?
Cuando una persona va a analizarse es porque sus cosas no andan bien. Se siente fracasada, su angustia aumenta pero quiere vivir sin tanto sufrimiento. Conocer el inconsciente puede ayudarla a sentirse mejor.
A modo de ejemplo, según la Teoría Vincular del Narcisismo un sujeto puede pretender esclavizar a todo el mundo y que todos se sientan felices con esa relación de amo-esclavo. Como todos pretenden ser amos, lo que es imposible,  hay que ceder inevitablemente. El conocimiento de estos deseos, de esclavizar a los demás, puede llevar al sujeto a deprimirse. Lo cierto es que intenta esclavizar a los otros pero niega que lo esté intentando. Es entonces que el sujeto nota que su relación con los demás deja bastante que desear y no entiende por qué. Para poder adaptarse al mundo, necesita el reconocimiento de los otros, necesita ser aceptado y valorado por otros. Pero en su inconsciente existe una criatura que no está dispuesta a dar mucho para conseguir lo que quiere.

Es así que el inconsciente desconocido se convierte en un enemigo, en un saboteador de su necesidad de adaptación al entorno. Conviene conocer a ese enemigo interior para poder luchar mejor en su contra. En lugar de convertirlo en acto, esconderlo en el Inconsciente, o ponerse de acuerdo con él. Y, si uno sabe que no es un monstruo por tener esos deseos, sino que esos deseos son parte de la naturaleza humana, puede sentirse muy aliviado.
Puede ser un gran alivio saber que todos, en la fantasía, desean lo mismo.
Un deseo puede concretarse en la fantasía donde es inofensivo y así ilustrar la única libertad de la que podemos disfrutar. Que esa es una condición de lo humano.
Al “conócete a ti mismo” agrego “acepta tu condición de humano”.
 
 
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