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   El amor en psicoanálisis

No es el amor una bella fábula
  Por Nicolás Cerruti
   
 
En el centro del inconsciente siempre están las faltas de la madre,
 incluso hasta los estragos a veces, cuando se trata de la hija, dice Lacan
.”
Colette Soler

No hay amor sin marcas. El amor parece ser una gran marca, que en ciertas oportunidades deja al sujeto estragado... o lo conduce a distinguirse con tentativas de suicidio. Esto, parece querer decir Z. desde el comienzo mismo de nuestros encuentros. Iluminada por el brillo de su belleza, Z. descorre sus adornos para mostrarme las líneas de sombra que trazó la muerte ineficaz sobre sus muñecas. Las marcas estaban allí a la vista, por fin, como señas que el Otro debería reconocer; ¿pero dónde estaba el amor? Hoy quisiera hablarles de esa marca que también es una falta.

Empecemos con las que están más a la vista. No hubo en Z. un suicidio acaecido (por suerte), sí un esmerarse. La primera vez ingiriendo pastillas. La segunda y la tercera con cortes. Las tentativas de suicidio siempre estuvieron enmarcadas con la terminación de un amor. Enmarcadas también porque se las dedicaba a un Otro, siempre materno, por eso eran más bien como acting out. Cada vez que perdió a un/él hombre, intentó el suicidio. Por eso no creo inoportuno hablar de falta, de ese objeto amoroso que falta, y de su duelo, el que nunca se realiza.

Estos cortes (indicados el modo en que debían ser hechos por el otro amoroso) son las marcas que quedan de una afirmación rotunda que irá virando a lo largo del análisis: “nadie se interesa por mi”. Mostración del dolor, es tal vez lo primero que me muestra cuando la recibo en el pequeño cuarto del Centro de Salud N° 3, Ameghino. Ellos también cambiarán por efecto mismo de su análisis: como causa de orgullo ante una sociedad hiperdemandante, como sede de vergüenza frente a los ojos de su amante actual, como intento de humorada en la constitución de una nueva pareja.

Z. cree que ya no hay sentido en el mandato social de casarse y tener hijos, más cuando su “tiempo biológico” se estrecha, y su realidad amorosa se distiende. La voz social estuvo (y está) anclada en una madre que demanda la felicidad de sus siete hijas; vozarrea que se conviertan en mujer, o sea, que sostengan el plazo de la indeterminación hasta que cedan al deseo de ser madres (anteponiendo esposas, obvio). Para Z. esto siempre la remitió a la bella fábula de Esopo “La zorra y las uvas”. La zorra se confronta a una vid y las uvas se hallan a una distancia que la hace mirarlas, desearlas, pero no alcanzarlas. Al final dice: “para qué, si no las quiero.” Z. pone en esas uvas el deseo de ser madre, de casarse, como algo inalcanzable... como su único deseo; doblemente reforzado por el hecho de no conseguirlo, lo que la hace dudar: “no se si lo quiero, o si lo deseo porque no está a mi alcance”. Con su deseo se comporta como con el duelo, se hace imposible.

Z. me habla de la “imposibilidad del duelo”; se queja que la psicología no acompañe el avance tecnológico; gracias a páginas como Facebook, donde uno puede encontrarse con personas del pasado, los duelados vuelven. “Existían duelos de gente que uno conocía en el colegio, a los tres años, la maestra, algunos compañeritos que fueron trascendentes y que por circunstancias normales de los acontecimientos debimos dejarlos en el pasado y seguir adelante... Ahora todo el ejercicio de años, décadas dejando las cosas ‘ir’ ya no tiene sentido; todo está en el presente, y de una manera muy distinta. No es solo que nuestro duelo ya no tiene efecto alguno, sino que nos encontramos con nuevos sentimientos.”*

El nuevo sentimiento, lo termina confesando, es volver a sentir en verdad un viejo sentimiento, y entonces sueña con él (lo que indica que está la satisfacción de por medio): sentirse amada.
Por momentos las maniobras del análisis consistieron en proponerse como continuación de esa psicología que ella criticaba, portando ese no saber, para poder realizar un escrito en conjunto, de ese nuevo duelo; lo que mostraba repetidas veces cómo se jugaba en eso ocupar el lugar de un Otro del Otro materno.
Soñaba que la abrazaban, que le daban amor, los rostros no eran claros, igual no importaba, era la sensación lo que ella rescataba, de algo que la traía un poco más a la vida. En algún momento quiso colgar de las uvas también esta sensación, pero la cercanía del abrazo se lo impedía.
Hubo un instante en el análisis donde me encontré frenando una crisis de angustia sentado a su lado y abrazándola. Las crisis ya no se repitieron, pero ese abrazo quedó como una marca que ella me recordaba cada tanto con cierto humor, y agradecimiento.

La última traducción del “nadie se interesa por mí” es: “ser la cosa más importante para el otro”. Con esta (casi) fórmula viene un día a revelar que es justamente eso lo que busca en todo hombre. Al contrario de lo que se pensaría, querer ser el objeto agalmático para el otro le trae dos consecuencias: ir reconociendo su propio deseo, y a la vez reducir ese Otro a otros. Reconocer su propio deseo por fuera de un otro materno al que ama... deseo femenino, que no es tener hijos (aunque ya no se niega), que no es ser madre (a pesar de empezar a fantasear y no padecer esa fantasía), que la deja un poco abierta a otro goce. Considerando que si de algo está enferma, es enferma de saber, de querer saber... y luego esto cae. Pero ya no es ella la que cae.

Z. reconoce que las uvas tal vez sean una trampa, por otro lado vital, la forma en que los antiguos dieron plasticidad al deseo de atrapar a la zorra... la ubicaron frente a la vid y la atraparon eternamente en su fábula. Z. confiesa que hay algo que insiste tanto como el vacío en el que cae luego de los encuentros amorosos: la vida. Sin brillos ni efervescencias, sin distancias, esa vida sencilla de todos los días, despertar, trabajar, estar, la tranquiliza de la demanda casi inmediata de hacer y hacer en su vida; de atrapar algo tan inalcanzable, que no sabe qué es, con sus propias manos.
Las uvas son desde ya la propia castración, además, el padre, colgado de aquel árbol, que con su brutalidad y todo supo distinguir entre las hijas, para no ceder a la indeferenciación de “las niñas” (como suele afirmar la madre), las que nacieron y las que no... pues la madre pudo en su momento encomendar cada embarazo a este padre... como objetos de intercambio, jurar a Dios, sobre la terraza de su casa, saltando como loca, que le entregaba ese embarazo a cambio de un ojo que estaba a punto de perder ese, su hombre. Controlar el fallecimiento y el nacimiento, un “gustazo” que se dio la madre (en palabras de la paciente). Más parecido al goce. Y si sobre gustos no hay nada escrito eso no nos impide que haya estos gustazos haciendo estragos en la historia de un sujeto. No es extraño que el gustazo de la paciente pase ahora por viajar, irse a algún lugar para luego irse nuevamente. Cosa que en la cual ha comenzado a incursionar, y las fotos que trae de vuelta son sacadas por la gente que esta en la calle, a los que ella siempre sonríe. Algo que se parece bastante a la felicidad.

Gustazo es también dejar de querer gustarle al otro, todo el tiempo, acceder tanto que solo resta desaparecer para fundirse en el Otro. Y ella lo aclara, “en la bolsa en que se pone a los suicidas están también los que, como yo, solo queremos desaparecer.” Gustazo es un deseo particular, como tal vez todo deseo, que complica la vida y a la vez la hace vivible... que nos sostiene en los múltiples objetos, a los que a veces podemos decir no con cierto alivio, y no solo porque están colgados de un árbol, fuera de nuestro alcance.

Es el goce ese gustazo, con cierto regusto. Pero no el gustazo de otro, ni para el Otro, donde ella en verdad desaparecería. El goce que no está separado del amor. Claro que este amor depende la más de las veces del fracaso del padre... o como dijo: “busco en cada hombre un padre... pero cada padre me traiciona como hombre”, incluido el suyo.
Ella se consideraba enferma de saber, pero ese saber no le servía para la castración. Y la fábula tampoco (puro sentido). Solo el amor, de vez en cuando, la acarrea con su decir, y la lleva lejos, hacia los brazos de uno que la espera... y no la desespera. Es que de vez en cuando no fabula, dice.
_______________
* Texto entregado por la paciente.
 
 
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