Inicio   |   Login   |   Registrarse   |   Quienes Somos   |   Contacto   |   STAFF     
BOTONERA EN IMAGEN
 
 
 
Facebook Twitter
   El juego

Adicción o juego
  Por Cristina Marrone
   
 
En el país de los juguetes1. Se trata del país que Carlo Collodi describió en Las aventuras de Pinocho: “Ese país no se parecía a ningún otro […]. En las calles había alegría, estrépito, bullicio […]. Por todas partes los niños jugaban a la mancha, a la pelota, al caballito de madera, con el aro y el tejo, con gorros de papel y sables de cartón2
Cuando, desde su ensayo, Giorgio Agamben3 se refiere al país de los juguetes, acentúa que allí están los niños inmersos en el bullicio. Los sentidos de bullicio se extreman desde estrépito, estruendo, turbulencia, desorden o escándalo, y giran hasta el alboroto de quien juega, se mueve y ríe con su invención. De esta manera, la amplitud del término recoge el valor de la sublimación pero con una ventaja puesto que Agamben manifiesta que los niños juegan para olvidar lo sagrado.
El juego enfrenta la condición de lo sagrado como valor absoluto que oprime. El juego atempera lo absoluto, se vale de la temporalidad al instituir la distancia diferencial entre sincronía y diacronía en la alternancia de su repetición. De este modo, la eternidad inmóvil de los dioses, que no son los que protegen, quedará cuestionada por la diacronía que fundamentalmente define el juego.

En esa dirección, los juguetes serían las miniaturas constituidas como el apoyo para enfrentar e invertir lo agigantado del Otro, el exceso de esos dioses que se niegan a morir. En este sentido, los juguetes cumplirían el papel de miniaturas que, por su presencia jugada en la repetición facilitan el despliegue del sesgo temporal que evidencia la báscula de la creencia entre el que, por ejemplo, una vez fue, supuesto como el más grande o el gigante absoluto de los soldados hasta polo opuesto del pequeño tamaño del soldadito de plomo. En definitiva, Agamben coloca al juego del lado de una operatoria temporal manifestando que para los griegos Aión es la “fuerza vital” y también “el niño que juega a los dados4. En sus términos, lo lúdico instituye el tiempo de lo humano y por ello produce la historia que, como tal, equivale a la distancia diferencial entre sincronía y diacronía. Su propuesta merece reflexión.
Desde nuestra perspectiva psicoanalítica, el juego afinca su operatoria entre sublimación y represión primaria e instituye las condiciones que harán posible la historia. Es el Fort-Da que cava el surco de la pulsión y, en consecuencia, el fondo del lecho inconsciente.
Así, se puede admitir, junto con Agamben, que el juego temporaliza pero la pulsión encuentra su lecho, no sólo por la repetición que marca el ritmo en su diferencia sino por la sublimación que pierde La Cosa y en escansión con la cultura produce un objeto en el sentido de inventar cada vez… otra cosa.

Los tiempos del objeto. Aún en aquellos tempranos años previos al 1900, Freud no escatimó las referencias clínicas que reunían bajo el mismo tono al ataque histérico, al espasmo de llanto y al vértigo y que, por lo tanto, la serie admitiría otras presentaciones del goce, incluso aquellas que se corresponden con el ángulo adictivo. La extensión que proponemos permitiría destacar para la problemática de las adicciones los dos rasgos que Freud mencionaba en esa ocasión ya que dichas manifestaciones clínicas remiten a “una acción que no proporciona calma”5 y que esta acción insiste de modo imperativo para renovar la satisfacción encontrando su anclaje en la figura de un “otro prehistórico, inolvidable e inigualable”6. Ambos rasgos definirían a las adicciones en un enlace con el Otro absoluto, supuesto como excepción o como dios que se niega a morir desde la búsqueda de una satisfacción que sin tope desborda en droga, en llanto, en el abismo del vértigo y también desde otras fachadas sostenidas como tales en la vertiente compulsiva.

Como sabemos, veinte años después de la intuición clínica recién citada, la propuesta freudiana dispone de la estructura de la pulsión en el sentido de un andamiaje en el que se distinguen sus elementos. Así en 1915 las pulsiones serán pensadas en cuanto a la singularidad de sus destinos y por esta razón la vuelta hacia la propia persona y el trastorno hacia lo contrario no podrían confundirse con aquellos otros de la represión o de la sublimación. A nuestro entender, la problemática de las adicciones encontraría su lugar en cuanto a los dos primeros destinos y por lo tanto sería meritorio detenernos en algunos detalles que conciernen a los mismos.
Freud manifiesta que la satisfacción es la meta que busca cumplir cada pulsión parcial en el sentido de un recorrido y describe el circuito de la satisfacción como un proceso en el que se pueden aislar tres momentos. En consecuencia, si tenemos en cuenta que Freud aclara que “lo esencial es el cambio de vía del objeto”7 se puede considerar que el circuito o proceso de la satisfacción debe ser entendido en cuanto a disímiles posiciones del objeto: 1°) como ajeno, 2°) como propio y 3°) nuevamente como ajeno, y que este modo de nombrarlo permitirá establecer el enlace entre las pulsiones y el valor narcisista del objeto.

De este modo, el cambio de vía del objeto al que alude –del que se pueden extraer consecuencias clínicas–, permite apreciar que ambos destinos se cumplen tanto en cuanto al par pulsional “sadismo-masoquismo” como en la pulsión de ver, y que los destinos recién nombrados instituyen en su recorrido diferentes posiciones en las que objeto queda situado en primer lugar como ajeno, luego como propio y finalmente como ajeno.
Dicha alternancia, bien descripta para ambos pares pulsionales, anuncia simultáneamente la articulación con la noción de narcisismo e indica que para pasar al segundo momento en el que se mira una parte del cuerpo como propio, se ha debido resignar al objeto ajeno del primer tiempo. En la nueva meta, el cuerpo propio estaría en posición de un objeto para ser mirado y, como consecuencia, en el tiempo siguiente reclamaría la entrada de un nuevo sujeto en el sentido de un otro “al que uno se muestra a fin de ser mirado por él8.

Podríamos agregar que la pulsión escópica, así nombrada por Lacan pero anticipada en esas páginas en tanto “el objeto de la pulsión de ver… no es el ojo9, le facilita a Freud la introducción de un momento previo autoerótico que desemboca y se articula con la noción de narcisismo. De ello se podrían desprender las siguientes consideraciones: 1) Que el autoerotismo es el movimiento circular que la satisfacción de la pulsión opera sin que la unidad del yo se haya constituido.
2) Que Freud afirma para la clínica que “los destinos como vuelta sobre el yo propio y el trastorno de activo en pasivo dependen de la organización narcisista del yo y llevan impreso el sello de esta fase”10 y que en consecuencia Freud le atribuye a estos primeros destinos la dependencia estrecha con la organización del narcisismo. Es como si estos destinos constituyeran un primer contorno para el yo, al que podríamos aventurar como inestable.
3°) Que, tal como se desprende de su propuesta, el autoerotismo queda incluido en esa organización primaria del yo como modo de satisfacción autoerótica, pero al mismo tiempo consta como previo o sea permanece fuera del conjunto que establece la organización narcista.

4°) Entonces, en el tercer tiempo situado como aparición de un nuevo sujeto que debe entenderse en tanto semejante y disímil del yo narcisista, nos encontramos con el otro al que se debe adjudicar la condición de lo ajeno, condición que le permite al yo cierta permutación. El término que Freud utiliza es Auswechslung –permutación–. Su significación no se detiene en trueque o canje sino que admite la idea de cambio. De allí que se torne factible considerar que en este tiempo tercero el otro no se reduce a la repetición de la identificación del yo como mero reflejo. Sin embargo, vale aclarar que la báscula entre el yo y el otro a veces consta y otras no, o sea responde a un cambio de vía o se detiene en el encierro especular. Notemos que la idea de permutación o cambio insiste como cambio de vía. A partir de aquí es factible considerar que un matiz diferente en el circuito pulsional permitiría el surgimiento de un nuevo estatuto para el narcisismo. Dicho matiz coincide con la noción de lo ajeno en la medida en que ésta responde como bisagra tanto al narcisismo como al objeto a y que por lo tanto la repetición del término en la escritura de Freud facilita cierta apoyatura que puede ser rica en consecuencias.

El estatuto de lo ajeno. En la alternancia de las posiciones que Freud le otorga al objeto, lo ajeno parece constar como autoerotismo y al mismo tiempo reunirse con el objeto ajeno que el yo mira en el primer tiempo, pero también reaparece en el tercer tiempo en el lugar del otro al que uno se muestra para ser mirado por él. Dicho de otro modo: la inclusión alienante situada como fijación para el momento inicial se trastoca en un afuera que desde el otro o lo otro podría estar indicando un diferente destino para el narcisismo. Que lo ajeno se adjunte al primer tiempo no autoriza a pensar que su reaparición en el tercero implique otro destino para el narcisismo si no fuese que cierta apreciación de Lacan así lo permite. En este sentido, desde la clínica se podría conjeturar que tal diferencia se determina en el tercer tiempo como lugar del otro, tanto en relación a la imagen como a la pulsión y que éste es el punto preciso en que la problemática de las adicciones encuentra su complicación. En 1964 Lacan retoma el ángulo planteado por Freud en 1915 y manifiesta que: “lo nuevo es ver aparecer un sujeto… que es propiamente el otro… allí la pulsión ha podido cerrar su recorrido circular. Sólo con su aparición al nivel del otro puede realizarse aquello que hace a la función de la pulsión11.

Se trata, entonces, de la pulsión que cierra su circuito en tanto se articula al otro como ajeno. En esas mismas páginas, Lacan afirma algo que nos permite avanzar: “… el autoerotismo es una boca que se besa a sí misma… en la pulsión ¿no es esta boca la que se podría llamar una boca ensartada? … ¿o una boca cosida…?”12. La expresión de Lacan, magnífica por la donación que implica, señala que el objeto del origen de la pulsión, el objeto en el que cierra su recorrido circular y autoerótico simple no es el mismo objeto que constituye y define la función de la pulsión en un circuito que hace lugar “a la presencia de un hueco”13.

Con su padecimiento, el adicto ofrece testimonio de esta diferencia ya que parece no disponer de esa boca ensartada, de esa función que el objeto a representa, posición en la que lo ajeno debe ser ratificado como vacío en su síncopa temporal. En ese sentido vale recordar a Agamben y al juego como bisagra con la temporalidad ya que, como concepto el juego admite una diversidad de abordajes aunque entre ellos se recorta de un modo particular, aquel que lo destaca como operatoria que transforma el exceso de goce porque se asienta en la sublimación. Digámoslo así: la síncopa temporal que la sublimación propicia implica la ratificación de lo ajeno como vacío. Es ahí donde el objeto del origen de la pulsión encuentra su propio vacío. En este sentido, las adicciones en cualquiera de sus formas o presentaciones clínicas se plantean como una problemática de lo actual y esto significa que su padecimiento debe ser situado no sólo como déficit temporal retroactivo en relación al significante sino como déficit temporal que alcanza al objeto.

La apuesta entra en la cuenta del psicoanálisis ya que no se trata de colocar candados a las heladeras o apelar al rigor de una abstinencia salvaje sino de abrir el camino en el campo del lenguaje por el sesgo de la temporalidad del objeto y esto en la medida en que no se accede fácilmente a la retroacción propia del significante.
Así como Freud lo sugiere, es factible admitir que los modos primeros de satisfacción perduran junto a otros posteriores y por lo tanto, considerando la probable imbricación de los destinos se podría pensar en que el sujeto afectado por la compulsión podría apelar a cierto cambio de vía para su goce. Sin embargo, vale señalar que el padecimiento adictivo responde al encierro en el destino circular de la vuelta hacia si mismo y la transformación en lo contrario como modos de satisfacción que arrinconan contra la imagen del yo, i(a), en el estatuto de un narcisismo que no se sostiene y esto porque lo ajeno perdura pernicioso pero sin transformar. ¿Qué sería transformarlo?
Acentuamos el valor de “lo ajeno” en la propuesta freudiana porque es el término que Freud retoma en 1926. Así, lo ajeno reúne a la angustia, al dolor y al duelo con el juego. Se trata de un narcisismo que no ofrece resguardo arrasado por un circuito de satisfacción que desborda en un goce que arde y afecta “a los desempeños del yo que se ha vuelto incapaz para la mediación”14. Tal incapacidad remite a la pulsión que en su circuito vuelve sobre sí constituyendo simultáneamente cierto aislamiento respecto del otro y al estatuto inestable de la imagen del yo cuyo contorno, simultaneamente se desdibuja como consecuencia del atrapamiento en lo ajeno amenazante que reúne a la angustia y al dolor.

Desde que Freud formuló su idea de lo ominoso, sabemos que lo ajeno participa de lo amenazante bajo una condición precisa: consiste en la no separación entre el yo y el otro y que a su turno Lacan renueva la idea de lo ominoso al entramarlo con la angustia bajo la matriz del espejo. Tal enlace en su límite permite advertir que el yo no dispone de su mismidad porque no alcanza la llave de la alteridad con el otro. ¿Por qué el otro aparecería en la inmovilidad del espejo al modo de una Olimpia que se funde ominosamente con Nataniel? Porque la imagen del otro refleja pero no virtualiza y el yo queda atrapado en ese reflejo siniestro de sí. Dicho de otro modo: lo ajeno en el lugar del otro no se constituye en su condición aliviante. Con esto propongo considerar la hipótesis que sostiene este abordaje: el juego es la operación que trastoca la condición de lo ajeno, en tanto establece la pérdida del efecto amenazante de lo ajeno en el que el goce como exceso invade. El juego constituye lo ajeno en el sentido de alivio de alteridad.

El juego. El planteo manifestado en estos términos apunta a recuperar la diferencia de cuño freudiano entre angustia, dolor y duelo. La pregunta es medular: “¿Cuándo la separación del objeto provoca angustia, cuándo duelo y cuándo quizá sólo dolor?15 La respuesta que Freud intenta no podría ser tomada en su hondura particular sin evaluar que el juego es el tensor de estas diferencias para el estatuto del objeto y que la operatoria que del mismo depende se afinca en la invención del objeto a y en el distingo de sus matices para la clínica y la teoría. Freud da a entender que en tiempos tempranos a la angustia se le suma el dolor y que no es sólo el auxilio que la madre provee ya que, bien entendida, la repetición de la experiencia lúdica provee consuelo. La operación lúdica consigna la pérdida del objeto y esto le permite registrar al niño “una añoranza no acompañada de desesperación”16. Por eso, en nuestros términos, vale definir al juego como acto, operatoria de efecto aliviante que constituye a lo ajeno ratificándolo pero también rectificándolo. El juego produce el clivaje con la desesperación que sería el nombre de la juntura entre dolor y angustia, la juntura que el adicto pretende esquivar con la apelación imperativa al objeto adictivo.

Añoranza y desesperación son también expresiones de la temporalidad. La primera abre a la espera que a veces se hace Erwartung de la angustia y en ese sentido remite a lo hostil y, en otras ocasiones, en el límite del duelo consiste en la admisión pacificante de la pérdida del objeto, la que despeja o abre la puerta del futuro causando la sustitución. La segunda, se articula al dolor y es del orden de lo actual. En definitiva, la operatoria lúdica implica una experiencia de consuelo: constituye lo ajeno como perdido y en alteridad con el otro y con ello establece protección. Precisamente aquella de la que el sujeto apresado en la problemática adictiva, en su desesperación carece. 
________________
1. Del capítulo XXIII de El juego, una deuda del psicoanálisis; Cristina Marrone; Ed. Lazos; Buenos Aires; 2005; pág. 247
2. Carlo Collodi: Las aventuras de Pinocho, Emecé, Buenos Aires, 2002, págs. 186-187
3. Cf. Giorgio Agamben, Infancia e historia, Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2003
4. Ibíd., pág. 105
5. Sigmud Freud, “Publicaciones prepsicoanalíticas y manuscritos inéditos en vida de Freud”, Carta 52, en Obras Completas, Amorrortu, Buenos Aires, vol. I, pág. 280
6. Sigmud Freud, “Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico. Trabajos sobre metapsicología y otras obras”; “Las pulsiones y sus destinos”, en Obras Completas, Amorrortu, Buenos Aires, vol. XIV, pág. 122
7. Ibid., págs. 125
8. Ibid., págs. 127
9. Ibid., págs. 127
10. Jaques Lacan, Seminario 11; Cap. XIV “La pulsión parcial y su circuito”, Barral Editores, 1974, pág. 183
11. Ibid., págs. 184-185
12. Ibid., págs. 184-185
13. Ibid., págs. 184-185
14. Sigmud Freud, “Inhibición, Síntoma y Angustia”, en Obras Completas, Amorrortu, Buenos Aires, vol. XX, pág. 113
15. Ibid, pág. 158
16. Ibid, pág. 158
 
 
© Copyright ImagoAgenda.com / LetraViva

 



 

 
» Lacantera Freudiana
Cuando la clínica interpela a la teoría  Sábado 23 de noviembre 15 a 17 hs • Actividad abierta y gratuita
 
» Centro Dos
Conferencias de los martes  martes 20:30 - entrada libre y gratuita
 
» Fundación Tiempo
Posgrados en Psicoanálisis con práctica analítica  Inicios mensuales. Duración: 12 meses.
 
» La Tercera
Seminarios y actividades 2019  Sábados, 10:30 - 14:00 hs. salvo donde se indica
 
» AEAPG
Curso Superior en Psicoanálisis con Niños y Adolescentes  Inscripción 2019
 
» Centro Dos
Talleres Clínicos  Segundo cuatrimestre
 
Letra Viva Libros  |  Av. Coronel Díaz 1837  |  Ciudad de Buenos Aires, Argentina  |  Tel. 54 11 4825-9034
Ecuador 618  |  Tel. 54 11 4963-1985   info@imagoagenda.com