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   Colaboración

La Novela de Lacan (Décimocuarta entrega)
  Por Jorge Baños Orellana
   
 
Me quedé en cama ayer. Jacques Lacan me limpió la garganta con un desinfectante maravilloso. Ya no me incomoda pero tengo resfrío en la nariz”.
20 de enero de 1930, carta de Victoria Ocampo
a su hermana Angélica.

Nos peleamos diariamente y a cada rato tomo la resolución de no verlo más. Pero como [Jacques] no tiene reemplazante que se le asemeje, lo sigo viendo. Pensábamos ir a Chartres este domingo, pero acabo de tener una discusión con él por teléfono y creo que no iremos”.
7 de febrero de 1930, carta de Victoria Ocampo
a su hermana Angélica.

Como vimos en la entrega anterior, el modo de intervenir en la famosa escena de la ruptura entre Caillois y Breton muestra a un Jacques Lacan bastante ducho en el oficio de consentir el aplazamiento del sentido y de caminar en la cuerda floja de los irreconciliables. ¿Pero desde cuándo y adónde había obtenido esas dos virtudes teologales del psicoanalista? Ese episodio y otros indicios apuntan a que las ejercía desde hacía un buen tiempo atrás, por lo cual resulta presuntuoso atribuir todo el mérito a su análisis con Loewenstein, iniciado dos años antes, en junio de 1932. En todo caso, cuaja más verosímil la hipótesis de que la destreza de sustraerse de las encerronas de lo definitivo la ganó luego de intimar con Victoria Ocampo, incansable coleccionista de novedades (o de hombres con ideas nuevas). Nada más novelesco: Jacques Lacan aprende a ser analista bajo las sábanas de seda de V. O. Es una propuesta que se enfila en la suposición de que él le debe casi todo a las mujeres (E. Roudinesco suele correr ese peligro; de modo semejante a Granoff, cuando asegura que Lacan le debía casi todo a los rusos).

Desde que se publicaron, en 1997, las cartas de Victoria a su hermana Angélica, los detalles de la aventura amorosa con Lacan dejaron de ser secretos lacrados.1 Pero lamentablemente basta leer pocas páginas para tropezarse con la desmentida de lo que buscamos; salta a la vista que, apenas lo conoce, la misma Victoria advierte la ubicuidad de ese “muchacho, Jacques Lacan, de quien me estoy haciendo, a pasos agigantados, muy amiga”. Nota que comparten el hábito de querer presenciarlo todo (por ejemplo, a pesar de ser una liberal, Victoria se había impacientado por tener trato con Goebbels y con Mussolini; aunque frecuentaba las reuniones del grupo radical de Bataille, “Jacques entró en el círculo isabelino de las Innisdaël… una especie de salón monárquico… Son gentes nariz parada y decadente. Todavía no veo bien cuál es el papel de Jacques ahí”), de vivir en continuo movimiento (“entusiasmo, entusiasmo y entusiasmo, gran boca; ¡la boca más y más simpática que te puedas imaginar!”), de soslayar compromisos ordinarios (“Lacan vive en el hospital Sainte Anne, a una hora del centro de París casi. Al poco tiempo de yo haber llegado, teléfono, Lacan que me dice: ¡Qué horrorosa velada! Reventaré si no le hablo de eso. ¿Puede recibirme un minuto? Otra hora de viaje. Conversación hasta la cinco de la mañana. Los locos de St. Anne las habrán pasado buenas...”).

De todas formas, detengámonos un tiempo en los escarceos de Victoria y Jacques. Lo primero que llama la atención es que su agitada relación aparece estructurada por llamadas telefónicas. Una media docena de llamadas escanden el comienzo, acmé y caída de una aventura que no logró mantenerse en la cima más de tres meses. El teléfono, ese gadget evitado a toda costa por Freud y que el presidente argentino Hipólito Yrigoyen se negaba a descolgar, había cambiado los modos de acercamiento de las siguientes generaciones. Aunque Victoria le llevaba diez años a Jacques, ambos pertenecían al mismo mundo de Walter Benjamin:

“El teléfono era para mí como mi hermano gemelo. Y así tuve la suerte de vivir cómo superaba, en su brillante carrera, las humillaciones de los primeros tiempos… El aparato, cual mítico héroe que estuviera perdido en un abismo, dejó detrás el pasillo oscuro para hacer su entrada real en las estancias menos cargadas y más claras, habitadas ahora por una nueva generación… El ruido con el que atacaba entre las dos y las cuatro, cuando un compañero de colegio deseaba hablar conmigo, era una señal de alarma que no sólo perturbaba la siesta de mis padres, sino la época de la Historia en medio de la cual quedaron dormidos”.2

Victoria le contó a Angélica que el primer largo encuentro nocturno fue concertado por los timbrazos de Jacques, desde el aparato de la guardia de Sainte Anne. Nueve días después, escribe que es ella la del llamado, justificado en un dolor de garganta; por la noche él reaparece para jugar al médico y alardear de cómo todos murmuran a propósito de la conquista (“Anoche vino a verme y nos reímos bastante de comunicarnos nuestras impresiones respecto a la curiosidad con que Isabel Danto y Jaime nos observan. Están ansiosos de ver quién será el devorado –dice Jacques– y en ese momento ya no comprenden más nada”). Comenzado febrero, prevalecen los altercados telefónicos, poniendo en vilo las escapadas de fin de semana. ¿Qué los hacía enfrentarse? El mal carácter de él, dice ella. ¿Cuáles eran los temas o las excusas de esos estallidos? No hay cómo saberlo hasta la carta del 16 de febrero, donde se correr la cortina de una discusión. Se tratará, además, del punto final de la relación. Como nunca, el encontronazo gira en torno a una llamada telefónica; pero no una más, sino la de “La voz humana”, la obra estrenada por Cocteau en la Commedie Française que asombraba por limitarse a poner en escena a una mujer hablando 40 minutos por teléfono: “Me he peleado con Jacques L. a causa de Cocteau. Se dejó embaucar por el aspecto sentimental de la pieza y no se da cuenta de que es una prostitución del corazón”.

A Victoria le resulta patética esa mujer que mendiga amor, adula al crápula que la abandona, se exhibe arrasada e incapaz de vida propia, procurando, a cualquier precio, alargar el hilo de una conversación que se sabe última. Por eso evita sumisamente caer en el reproche: cualquier estridencia justificará el ansia del hombre de colgar el teléfono. Si la voz de él continúa en línea, es para prevenir el escándalo (“no, no voy a hacer ninguna estupidez”, insiste ella, aún reconociendo que el día anterior tomó una sobredosis) y para recuperar unas cartas; aunque yerra si sospecha que ella las venderá al periodismo sensacionalista. Para retenerlo, la mujer simula ignorar que él está en casa de otra; simula no estar enojada con él sino con la modista, que dejó abierta como al azar (“un detalle muy femenino”) la página de la revista de chismes en que se anuncia su casamiento con esa otra; simula que él partirá solo a la proyectada luna de miel a Marsella, etc. Incluso cuando parece sincerarse, es para volver a mentir (“Desde que estamos hablando no hago más que mentir… es que no te he dicho la verdad de que no llevo puesto el vestido negro ni comí con Marta”). Deliberadamente, Cocteau no ahorra ninguna humillación, no atenúa ninguna zancadilla sentimental; sin vueltas, definirá el programa de “La voz humana” como “poesía teatral para radio”. ¡Ni el perro faldero se compadece de la pobre dama del teléfono blanco (“Tal vez le doy miedo…”)! Para el feminismo ilustrado de Victoria, aquello era demasiado.

Jacques en cambio “se dejó embaucar”, supongo que por las sinestesias construidas a partir de la declaración “tengo ojos en los oídos”. Por ejemplo, la dama dice: “me da mucho miedo colgar este teléfono y volver a caer en la oscuridad”; lo cual pudo recordarle una anécdota atribuida a Sigmund Freud, que leía de vez en cuando. Jugando con la llave, uno de los nietos de Freud había quedado encerrado en una pieza a oscuras y, mientras la familia procuraba ubicar al cerrajero, insistía a su madre que no parara de hablar, “Porque cuando hablas, el cuarto se ilumina un poquito”. Pero Victoria detestaba a Freud, Jung le parecía mucho más discreto y profundo. Y menos paciencia debió haber tenido si Jacques subrayó el último reclamo de la dama: “Un favor te pido: que no vayas al mismo hotel. Es que hemos ido tantas veces a ese hotel. Así no me imagino nada y al no verlo me hará menos daño. ¿Comprendes porque te lo pido?”.

Se me ocurre que Victoria retomó indignada la entonación didáctica y gozosa con que la actriz, Berthe Bovy, había acentuado el parlamento del sueño masoquista (“Soñé hasta que me golpeabas con el teléfono. Yo me estaba ahogando y el fondo del mar era como tu casa. Yo respiraba por uno de esos tubos que llevan las escafandras y te pedía que no lo cortaras”). Y es seguro, porque se le contó a Angélica, que adujo a su favor la furia de Éluard: “Esta tarde, en el segundo ensayo general, Paul Eduard (surrealista) gritó ante el primer estallido de ternura telefónica: ¡Obsceno! ¡Obsceno!». Después, en el momento más dramático: ¡Muy bonitas tus llamadas a Desbordes! (Jean Desbordes, el autor [adolescente] de J’adore, es la querida de Cocteau). Gran escándalo. Insultos, luces, agente de policía, etc.” Victoria sabía que Jacques admiraba a Éluard.

Como réplica, Jacques debió sobreactuar el disgusto por el machismo delator de homosexuales de Éluard y debió pararse, en la cama de Victoria, a recitar sensibleramente “Para vivir aquí”: Hice un fuego, el azur me había abandonado /… le di aquello que el día me había dado / … los insectos, las flores, las hormigas, las fiestas. / Vivía sólo en el ruido de las llamas crepitantes, / sólo en el perfume de su calor; / yo era como un barco que se hundía en aguas cerradas, / como un muerto no tenía más que un elemento. Concluyendo que ese yo lírico del poeta era hermano gemelo de la dama del teléfono blanco; bastaba permutar la oscuridad por el fuego, el crápula por el azur, la sinestesia de los ojos en los oídos, por la de sentir al calor como un perfume: “¡porque Éluard tiene la nariz en la plata de los pies!”. Afortunadamente Éluard no había escrito todavía “Libertad”, si no se habría burlado de: Sobre mi perro codicioso y tierno, / sobre sus orejas elaboradas, / sobre su pierna torpe / escribo tu nombre.

Entonces, Victoria debió lanzar el golpe prohibido. El 20 de enero, había escrito a Angélica cómo puso rabioso al orgulloso Jacques insinuando que su soneto “Hiatus irrationnalis” obedecía a inspiración ajena: “Odia a Paul Valery y escribe versos valéricos. Estos, por ejemplo,….” Ahora estaba en sus manos doblar la apuesta, denunciando que “Hiatus irrationnalis”, lo único que Jacques había publicado solo hasta el momento, era un plagio de “Para vivir aquí”. Ahí estaba la misma construcción alquímica con tres de los cuatro elementos (el fuego, el agua y la tierra); ahí, el mismo ciclo de disolución y renacimiento por obra de la fragua; ahí, también, pudo subrayar Victoria, la metáfora marinera; ahí, la... Antes de que concluir el parlamento, él habría partido con el saco hecho un bollo y las medias dentro de los zapatos sostenidos en la mano.

Así, o de un modo muy semejante, dejaron de encontrarse; aunque no para quedar a solas en lo oscuro, ni para encerrarse y dejar de concurrir a los nuevos espectáculos o de leer otros poemas. Hay una prueba de que el lazo amistoso se reanudó, más tardar, a fines de 1932: es la dedicatoria del ejemplar de De la psicosis paranoica en su relación con la personalidad descubierto en Villa Ocampo: “A Victoria, esta obra que no es más que una primera piedra, pero me gustaría que la recibiera con indulgencia en su jardín”. Se sabe que esta tesis doctoral fue dactilografiada por Olesia Sienkiewicz y la encuadernación fue abonada por Marie-Thérèse Bergerot, dos de las otras amantes maduras de Jacques; a Victoria, le habría llevado más tiempo decidir reeditar algo parecido, será en 1939 con el prometedor Roger Caillois, veintitrés años más joven. Pero lo que importa de estas idas y vueltas de la anécdota no es develar el consabido donjuanismo de sus protagonistas, sino ir acostumbrándonos a apreciar coreografías complejas y veloces, de múltiples entradas y salidas simultáneas, porque de otra manera no nos será dado entrever la intrincada placa giratoria de influencias y elaboraciones que decidieron a Lacan convertirse en psicoanalista en 1931. En ese cambio de dirección resultará decisiva, aunque no suficiente, la aparición de una mujer que no se cuenta entre las nombradas; tampoco es Aimée (el caso estrella de la tesis), sino otra a la que el vértigo de 1931-32 dejo borroneada para los biógrafos, una a la que Lacan llamaba Marcelle C.

Hablo de una intrincada placa giratoria de influencias y elaboraciones porque es el modelo de mayor poder heurístico que conozco para reconstruir ese viraje fundamental de Lacan de la psiquiatría clásica al psicoanálisis. Me refiero a una placa giratoria como la que se sirven los servicios de trenes para encarrilar, con poco esfuerzo y alta velocidad, las locomotora hacia un abanico de vías orientadas en direcciones diversas. Una placa giratoria de ferrocarril como una de juguete (aunque por ser de juguete bastante simplificada) que se halla en las pilas de cajas del legado de Lacan en el depósito de rue l’Abbaye de Loix-en-Ré –pues no hubo gran hombre con una infancia europea hacia 1900 que no atesoró un trencito eléctrico–. ¡Pero, en los seminarios de Lacan, la placa giratoria corresponde al modelo de la fobia!

Tanto da. Como Sigmund Freud, hay sujetos que saben poner a raya las fobias sintomáticas y servirse de un pensamiento de plataforma giratoria. Por último, esa indicación de los seminarios explicaría por qué esta novela es atravesada por tantos personajes y automóviles, por qué salta el almanaque hacia adelante y atrás, se abre a las vistas de las ventanas, detalla modos de transitar edificios y de escapar de los muros de las ciudades, o por qué lleva al oro a la ductilidad de la lava, o hace que una sensualidad oral devoradora sujete los comportamientos, o se hable de mataderos de animales y que el niño Jacques guarde prudente distancia con la madre, a la manera de un pequeño Hans parisino.

________________
1. Ocampo, Victoria [1929-75], Cartas a Angélica y otros, Sudamericana, Buenos Aires, 1997.
2. Benjamin, Walter [1950], Infancia en Berlín hacia 1900, Alfaguara, Buenos Aires, 1990, pp. 25-26.
 
 
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