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Dos referencias lacanianas: Peirce y Wittgenstein
  Por Oscar  Zelis  y Pulice Gabriel
   
 
Veíamos en la entrega anterior cómo Wittgenstein va despejando el terreno a su nueva propuesta, su «método terapéutico». ¿En qué consiste su «terapia»? Con su elaboración de los juegos lingüísticos y su tratamiento terapéutico de los problemas filosóficos, Wittgenstein nos muestra cómo utilizar nuestra capacidad crítica, desestabilizadora, en cierto modo subversiva, con el fin «de fracturar las unidades artificiales que construimos con la mente, para que podamos distinguir las diferencias». No hay, para él, un método filosófico, aunque por cierto existen métodos, así como existen distintas terapias, cada una de las cuales debe ser la apropiada para la persona y el problema en cuestión. En oposición a las terapias psicológicas, la suya no se basa en ninguna teoría sobre la mente: muy lejos de su intención el pretender explicar las cosas mediante «procesos cognitivos», «instintivos», o «mecanismos psíquicos». Todas estas nociones tienden, en su opinión, a subordinar el problema a la teoría, ya que el teórico suele ver un problema con la lente de su saber: «Debemos descartar toda explicación y valernos sólo de la descripción», concluye. De este modo, al lenguaje deja de corresponderle, como función central, la de figurar o reflejar el mundo: hay, por el contrario, innumerables juegos lingüísticos no asimilables entre sí; a algunos de estos, como observa Hartnack, «…les incumbe, en efecto, el trabajo no de figurar o reflejar el mundo —cosa que ahora queda radicalmente descartada— pero sí el de describir, informar o enunciar. Los múltiples juegos lingüísticos restantes, en los que ni se describe, ni se informa, ni se enuncia, son asimismo lenguajes, y las innumerables proposiciones no reductibles a la categoría de descripciones, enunciados, informaciones, son y siguen siendo, a pesar de todo, proposiciones». Los significados de los términos y expresiones pasan a depender entonces, como consecuencia de ello, de la trama en que unos y otros se integran. Cuando utilizamos cualquier proposición fuera de contexto, forzándola a cumplir con el mismo «trabajo» o la misma función que ejecuta en el juego lingüístico del que proviene, el resultado es similar al que se produce al extrapolar las piezas del ajedrez al tablero del juego de damas: podríamos seguir jugando, a condición de introducir algunas variantes en las reglas, como por ejemplo no utilizar determinadas filas de casillas... ¡¡¡Pero ya no es el mismo juego...!!! Si en lugar de las piezas de ajedrez ponemos sobre el mismo tablero una pelota de fútbol, vemos que la dificultad para continuar se acentúa al extremo. Pues bien, tal como Wittgenstein lo revela, solemos violentar en forma análoga el uso de las palabras y proposiciones, dando lugar a un sinnúmero de abusos que, instalados por la costumbre y al no ser advertidos, nos llevan a establecer y sostener un modo de vinculación —tanto con las demás personas como con las cosas del mundo— asimismo equívoco.

El uso de un lenguaje no puede, por otra parte, identificarse con el uso de sus nombres: nombrar equivale ya a usarlos, y sólo se aprende el significado de un término tomando nota de su uso. Recién entonces se conoce su significado. Conocer los nombres de las piezas del ajedrez, o las distintas cartas del mazo no quiere decir que sepamos jugar al ajedrez o al póker; conocer los nombres de un lenguaje no equivale tampoco a saber hablarlo. Sólo cuando se dominan los diversos juegos lingüísticos que lo componen, es decir, cuando se sabe cómo deben ser usadas las palabras para hacer preguntas, describir hechos, hacer reclamos, formular y resolver problemas morales, etc., puede decirse que «se sabe hablar» un lenguaje. Significado y referencia ya no coinciden. Wittgenstein demuestra que las definiciones ostensivas resultan imposibles sin un conocimiento previo del lenguaje: el «juego nominativo» no puede ser considerado como un primer paso lógico de los otros juegos lingüísticos, sino que requiere la previa captación de algunos de ellos.

Es a partir de situar los problemas filosóficos de esta manera, que Wittgenstein puede inferir que la resolución de los mismos depende de que se logren localizar los abusos y malentendidos del lenguaje, de desnudar el modo en que su lógica ha sido violentada. Y ahora – con estos nuevos elementos – es posible captar un nuevo alcance de una frase que ya trabajáramos anteriormente: «Los resultados de la filosofía —dice Wittgenstein— son el descubrimiento de algún que otro simple sinsentido y de los chichones que el entendimiento se ha hecho al chocar con los límites del lenguaje. Éstos, los chichones, nos hacen reconocer el valor de ese descubrimiento»*. El problema filosófico revela, con su misma existencia, que algo funciona mal. Y la tarea del filósofo no es otra que la de detectar ese algo, hasta alcanzar la disolución del malentendido. Ha de moverse, pues, a un nivel meramente descriptivo, en la medida en que no hace otra cosa que constatar y describir cómo funcionan las proposiciones y expresiones en cuestión, no sin antes dilucidar en qué juegos lingüísticos ellas se usan. No es atribución de la filosofía interferir en modo alguno con el uso efectivo del lenguaje, al que tampoco puede fundamentar: «No queremos refinar o complementar de maneras inauditas —dice— el sistema de reglas para el empleo de nuestras palabras». El objetivo de la argumentación filosófica no es otro que la completa claridad, y esta claridad sin resquicios no apunta a la resolución del problema, sino más bien a su disolución. Su existencia se debe a un malentendido, por lo que no cabe siquiera tildarlo propiamente como un problema, sino como la nula comprensión de la gramática lógica de los correspondientes enunciados. Una vez revelado el error, la raíz del problema queda eliminada; el problema no ha sido resuelto: ha desaparecido. Wittgenstein lo ilustra con su difundida figura: «¿Cuál es tu objetivo en filosofía? Mostrarle a la mosca la salida del mosquitero». El verdadero descubrimiento será así «…el que me permite detenerme cuando quiero, aquel que lleva la filosofía al descanso de modo que ya no se fustigue más con preguntas que la ponen a ella misma en cuestión». Ahora bien, desechada la función pictórica-figurativa del lenguaje: ¿cómo podríamos entonces definirlo? ¿Qué han de tener en común los diversos juegos lingüísticos para poder ser acreditados como lenguaje?

Gabriel O. Pulice: nbpulice@intramed.net.ar
Oscar Zelis: oscarzelis@speedy.com.ar
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* Sirva esto además, de ejemplo concreto del distinto significado que puede producir una frase según el contexto o juego de lenguaje en el cual la hayamos insertado. Sobre esta frase en particular, anteriormente la hicimos jugar en un contexto teórico psicoanalítico – un abuso, witgensteinianamente hablando - y ahora que la vemos articulada a su juego de origen, nos ofrece una nueva significación.
 
 
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