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   Comentario de libros

Joyce, el sínthoma: invención y suplencia
  Por Martín  Alomo
   
 
Even that night as he stumbled homewards along Jone’s Road he had felt that some power was divesting him of that suddenwoven anger as easily as a fruit is divested of its soft ripe peel” (Joyce 1916, 93).

“Hay que elegir la vía por dónde tomar la verdad, y esto tanto más cuanto que una vez hecha la elección, no impide a nadie que la someta a confirmación, es decir ser herético de la buena manera – la que, por haber reconocido la naturaleza del sínthoma, no se priva de usarlo lógicamente, es decir hasta alcanzar su real, al cabo de lo cual no tiene más sed” (Lacan 1975, 10).


Introducción
De algún modo, los dos epígrafes que hemos elegido señalan el derrotero del presente trabajo. El primero de ellos, indica la localización de un punto de falla y sus efectos; el segundo, un modo de solución de eso que ha sido claramente localizado. A caracterizar ambos hallazgos, el lapso y su reanudamiento particular, es que dedicamos este breve comentario de las elucubraciones de Jacques Lacan a propósito de James Joyce. En nuestro camino pondremos en conexión los conceptos de suplencia y de sínthoma, y en particular el sínthoma de Joyce. Para caracterizar el sínthoma de Joyce como su singular modo de suplencia, repasaremos brevemente el concepto lacaniano de lalengua, y la idea de bricollaire, de la que Lacan se sirve a propósito de algunas consideraciones de C. Lévi-Strauss.

El sínthoma y lalengua

En la primera clase del Seminario 23, El sínthoma, aparece el término lalangue, relacionado por Lacan con la elación, en el sentido de una relación maníaca con la lengua. En cambio, en la clase del 19-4-77 del seminario 24, L’insu…, este término, lalangue, aparece vinculado a cierta propiedad elástica, que permite a las lenguas, en su elongación, traducirse mutuamente, estirarse unas en otras. Si en el primer sentido podemos encontrar una alusión a lo que se produce autónomamente en una iteración mecánica, al modo de la manía; en el segundo caso encontramos más bien cierta capacidad de recubrimiento de lalengua, que de modo envolvente, incluso sobre sí misma y atravesándose, puede proceder a establecer la cobertura de su superficie sobre terrenos innombrados propiamente por algún idioma tomado en particular. Lalengua elástica que trasciende las convenciones y se estira hasta recubrir territorios impensados de otro modo. Un ejemplo entre el francés y el alemán Unbewusst: L’insu que sait de l’une-bevue s’aile’a mourre, y la polifónica condensación de sentidos que permite su traducción, poniendo en juego en el mismo título conceptos e ideas tales como el saber, el fracaso, el inconsciente, el uno, equivocación, azar, amor, etc.

Sin embargo, este segundo sentido señalado por Lacan en el Seminario 24, no es que no aparezca en el uso de Joyce. Por ejemplo en el Ulises, con los juegos de palabra que hace con el nombre de Molly, y su significación griega (Circe), y O’Molloy, y holly, holy, etc.
Y de hecho, es este movimiento joyceano sobre lalengua, lo que Lacan caracteriza como “sinthome-roulettes”, “síntoma a rueditas”, que se desplaza. Y de algún modo, este desplazarse del sínthoma, esta versatilidad, presenta en Joyce toda la versatilidad de lalengua en su dimensión de bricollage. De algún modo Joyce, el bricollaire de lalengua, experto en deshacer significantes y llevarlos al plano de la letra, sabedor de hacer ahí con la letrificación de los significantes, se sirve de esta operación, y hace uso de su sínthoma. Pero… ¿para qué hace uso de él?

Joyce, el bricollaire
Antes de referirnos a este punto, diremos que este mismo movimiento que venimos señalando es lo que, según Lacan, vuelve “herético” a Joyce, “como yo”, dirá. Herético en dos sentidos: por un lado, la herejía consiste en hacer un uso (un “buen uso”) del sínthoma, uso que cumple determinada función en la estructura del sujeto (función siempre lógica); y por otro lado, o por el mismo, pero alumbrando otra alusión de la herejía, se trata de un uso original de los modos posibles de articulación entre Simbólico, Imaginario y Real (RSI, en francés homofónico de héresie, herejía1).

En cuanto a un hacer original, o “hacer desviado” como plantea Lévi-Strauss en El pensamiento salvaje2, un ejemplo de bricollage logrado es “la mesa esquizofrénica” mencionada en los Cahiers de l’art brut por Henri Michaux3:

Desde el momento que uno la notaba, continuaba ocupando la mente. Incluso continuaba no se qué, sin duda su propio quehacer… Lo que sorprendía era que, sin ser simple, tampoco era verdaderamente compleja, compleja de entrada o de intención o de plan comlicado. Más bien se desimplificaba a medida que era trabajada… Tal como estaba era una mesa de añadidos, al igual que algunos dibujos de esquizofrénicos llamados abarrotados, y si estaba terminada era en la medida en que ya no había forma de añadir nada; mesa que se había ido convirtiendo en amontonamiento, dejando de ser mesa… No era apropiada para ningún uso, para nada de lo que se espera de una mesa. Pesada, voluminosa, apenas era transportable. Uno no sabía como cogerla (ni mental, ni manualmente). El tablero, la parte útil de la mesa, progresivamente reducido, desaparecía, y tenía tan poca relación con el voluminoso armazón, que uno ya no pensaba en el conjunto como una mesa, sino como un mueble aparte, un instrumento desconocido cuyo empleo se ignoraba. Mesa deshumanizada…

Esta es la descripción de Michaux. Por otra parte, Deleuze realiza una interpretación en relación a las máquinas deseantes y a los cuerpos sin órganos, que nada tiene que ver –más bien es refractaria– con una lectura psicoanalítica seria. Nos limitamos a tomar el ejemplo, como un tipo interesante de bricollage. Si bien inútil, tal la definición de Michaux, desde el punto de vista utilitario (tal vez no más que la literatura de Joyce y que las producciones artísticas en general), no podemos saber hasta qué punto la confección de la mesa por el bricollaire de turno ha ocupado cierto lugar lógico en su estructura, y tal vez esos planos imposibles y esas líneas inconvenientes son testiminio en lo real de una suplencia lograda. Y si así no fuere, vale el ejemplo como forma a la mano –mesa– tomada en su valor de útil “desviado” (vg. Lévi-Strauss), tal como un buen bricollaire sabe hacer, ya sea para arreglar la conexión eléctrica de la casa, o para construir un sínthoma en el buen lugar, el del lapso del nudo.

El sínthoma de Joyce

En cuanto a cuál es el punto sobre el que podemos ubicar el uso del sínthoma de Joyce como operando cierto recubrimiento, cierta operación de bricollage, lalengua (lenguajera maníaca y elástica) revistiendo con su superficie cierta falla de anudamiento, cierto lapso del nudo; para señalar tal punto nos referimos ahora a la clase del 11-5-76:
¿Quién sabe lo que pasa en su cuerpo? La antigua noción del inconsciente, de lo Unbekannte, tomaba apoyo precisamente en nuestra ignorancia de lo que pasa en nuestro cuerpo. Desde el origen, he articulado con cuidado que el inconsciente no tiene nada que ver con eso, sino con lo que se sabe, que es de una muy otra naturaleza –se sabe unas cosas que resultan del significante. El inconsciente de Freud se sostiene en la relación que hay entre un cuerpo que nos es extraño y algo que hace círculo, o recta infinita, y que es el inconsciente.

(…) La psicología no es otra cosa que la imagen confusa que tenemos de nuestro propio cuerpo. Esta imagen no deja de comportar afectos, de donde se imagina lo psíquico, algo psíquico que se afecta, que reacciona. Eso, como Joyce testimonia de ello tras haber recibido los bastonazos4, no demanda más que irse, dejarse caer como una mondadura.
¿Quizá eso le dio placer? El masoquismo, en efecto, no está para nada excluido de las posibilidades de estimulaciones sexuales de Joyce, él ha insistido bastante en ello en lo concerniente a Bloom. Pero esa vez, él no ha gozado, tuvo una reacción de asco concerniente a su propio cuerpo, el sentimiento del desprendimiento de algo como una cáscara, como alguien que pone entre paréntesis y echa el mal recuerdo. La forma del dejar caer de la relación con el propio cuerpo, es completamente sospechosa para un analista
(Lacan, clase del 11-5-76).

Aquí, en este punto, este es el lugar en que Lacan señala lo que podemos pensar como el lapso del nudo, la interpenetración entre lo simbólico y lo real, que deja suelto lo imaginario, que “se desprende”, entonces, como la piel de un fruto maduro5. Por lo tanto, una vez ubicado el punto del lapso, de la falla en el anudamiento, se ha localizado el punto lógico de funcionamiento para ese sujeto, y el punto de desanudamiento a estabilizar mediante la construcción de una suplencia posible, de una suplencia, de un sínthoma que pueda llegar a estabilizar el anudamiento (en caso de que se haga de él un buen uso, “un uso lógico”).

La tesis que podemos leer en Lacan respecto de Joyce es que allí, a ese lapso, lo que adviene es la escritura. La particular escritura de Joyce, solidaria de la estructura de lalengua, que se vuelve sobre sí y se estira, se elonga, incluso hasta otros códigos, como el latín, el griego, el alemán, etc. Y además, se elonga y se vuelve sobre sí, y recubre el desanudamiento entramando el imaginario suelto. Pero esto no es sólo un artilugio de escritura. Sino que se trata, en Joyce, de la escritura profesional, consagrada, incluso apostólica, el apóstol Joyce, el Saint-homme, el Santo Hombre, el sínthoma, que anuda con y en su escritura, en su savoir y faire avec, en su saber hacer ahí con, anuda allí nombre propio y lugar en la cultura, en el mundo de la Universitas Literarum.

Por lo tanto, si estamos en condiciones de ubicar el desanudamiento de Joyce como correlativo de una pérdida del ego, soportado en el imaginario/cuerpo que es dejado caer, anestesiado, en una cesión de lo que puede no tenerse, con la articulación del sínthoma escritura – nombre propio – El artista, podemos plantear, con Lacan, que es logrado un recubrimiento de la falla del anudamiento. Y también, que tal anudamiento se corresponde con una solución cuaternaria, que como cuarto elemento bordea, anuda y sutura la falla, reanudando el imaginario, y –en el mismo acto– produce una invención que es doble: por un lado, la invención de una escritura nueva, una literatura nueva, un novedoso artefacto hecho de letras; y por otro, un nuevo sujeto, el sujeto de la invención, el sujeto de la suplencia lograda: Joyce, el sínthoma.

En relación a los mismos tres elementos del sínthoma recortado por Lacan para Joyce, que mencionamos más arriba, escritura – nombre propio – El artista, dos años antes de la publicación de A portrait…, en la serie de relatos cortos Dublineses, podemos encontrar también indicios de aquellos tres elementos. Por ejemplo, en “Una nubecilla”, el protagonista Chico Chandler, periodista, tiene sueños de triunfar como poeta; y además de las ansias de escritor célebre (ansias de escritor célebre como tema de un relato, lo cual representa algo así como una escena dentro de la escena), elucubra allí sus saberes íntimos respecto de la constitución de un nombre propio adecuado:

Trató de sopesar su alma para saber si era un alma de poeta. La nota dominante de su temperamento, pensó, era la melancolía, pero una melancolía atemperada por la fe, la resignación y una alegría sencilla. Si pudiera expresar esto en un libro quizá la gente le hiciera caso. Nunca sería popular: lo veía. No podría mover multitudes, pero podría conmover a un pequeño núcleo de almas afines. Los críticos ingleses, tal vez, lo reconocerían como miembro de la escuela celta, en razón del tono melancólico de sus poemas; además, que dejaría caer algunas alusiones. Comenzó a inventar las oraciones y frases que merecerían sus libros. Mr Chandler tiene el don del verso gracioso y fácil… Una anhelante tristeza invade estos poemas… La nota céltica. Qué pena que su nombre no pareciera más irlandés. Tal vez fuera mejor colocar su segundo apellido delante del primero: Thomas Malone Chandler. O, mejor todavía: T. Malone Chandler (Joyce 1914, 36-7).
Este Joyce de 1914 extremaría luego sus elucubraciones respecto de estos tres elementos (escritura6, búsqueda de la gloria de El artista, y nombre propio) en sus grandes textos venideros, sobre todo en A portrait of the artist as a young man y en el Ulises.

Para concluir

Para concluir nuestro breve comentario, diremos que, en definitiva, la suplencia es aquello que suple lo que no hay. Por lo tanto, hablar de la clínica de las suplencias, es hablar de la clínica de la invención, de la invención en relación al sínthoma. Al sínthoma que es inventado allí en respuesta a una singular manera de desanudamiento, y en relación también al nuevo sujeto que adviene con la estabilización posibilitada por la invención que es suplencia de lo que no hay; sujeto tan novedoso como la invención misma, ya que antes de tal invención ¿en qué lugar podríamos ubicarlo? Esta reflexión no sólo artícula invención y sínthoma, sino que pone en relación tal invención, tal elección, la elección de esa “vía por dónde tomar la verdad”, una vía herética (“vía herética” porque elige, no responde al dogma religioso de la norma general, de la ley obligatoria; y porque elige respecto del modo hereje de usar Real, Simbólico e Imaginario); pone en relación esta vía, decíamos, con la dimensión del acto, en tanto lo que se funda con la elaboración de un sínthoma es precisamente lo que este logra suplir allí. Y lo que logra suplir allí es el cumplimiento de una función lógica: la función lógica que no estaba porque allí “había” lo que no hay. Y eso, fruto de tal acto, de la perpetración de la invención considerada como acto, es el advenimiento de un nuevo sujeto.

Bibliografía:

-Deleuze, G. y Guattari, F. (1972). El antiedipo. Capitalismo y esquizofrenia. Paidós, Barcelona, 1995.

-Joyce, J. (1914). Dublineses. Plaza Janés, Barcelona, 1999.

-Joyce, J. (1916). A portrait of the artist as a young man. Penguin Books, London, 1996.

-Lacan, J. (1975-6). Joyce, el síntoma. Paidós, Bs. As., 2008.

-Lacan, J. (1976-7). L’insu que sait de l’une-bevue s’aile’a mourre. Inédito.

-Lévi-Strauss, C. (1962). El pensamiento salvaje. Fondo de Cultura Económica, México, 1998.


(Endnotes)
1 Y si nos atenemos a la etimología, herético es aquel que elige caminos alternativos.
2 Lévi-Strauss, C. (1962). El pensamiento salvaje. Fondo de Cultura Económica, México, 1998.
3 Tomo esta referencia de G. Deleuze y F. Guattari, El antiedipo.Capitalismo y esquizofrenia, pp. 15-6. En la película argentina El artista, recientemente estrenada en los cines de Buenos Aires, la temática alude de algún modo a la cuestión del art’brut, a partir de que uno de los personajes, un crítico de arte y curador, vincula la producción artística de un marginal –personaje central del filme– con el movimiento del art’brut, surgido en París hacia 1930.
4 Más adelante nos referiremos a estos “bastonazos” (cf. nota nº 5).
5 La alusión al texto joyceano remite a A portrait of the artist as a young man. El contexto es que al pobre y sufrido Stephen le salen al paso, en la calle, al anochecer, sus compañeros de escuela. Allí, en el marco de una discusión sobre libros y autores, ocurre el evento en cuestión: “Dice Heron: -Por lo menos, no me negarás que Byron es herético e inmoral. -Me tiene sin cuidado lo que sea -exclamó vivamente Stephen. -¿Te tiene sin cuidado el que sea herético o no? -dijo Nash. -¿Qué es lo que entiendes tú de eso? -saltó Stephen-. No has leído un verso en tu vida, a no ser en una traducción. Ni tú, ni Boland tampoco. -¡Atención! Sujetadme bien a este hereje -exclamó Heron. En un instante Stephen se encontró prisionero (…)-¡A callarse! -gritó Heron, fustigando en la pierna a Stephen con el bastón. Esta fue la señal para el ataque. Nash le trabó los brazos por la espalda mientras que Boland recogía una rama de col que yacía en el arroyo. Stephen, debatiéndose a patadas, bajo los bastonazos y los golpes de la rama nudosa, fue empujado contra una alambrada erizada de espinas (…) No había olvidado en lo más mínimo su cobardía y su crueldad, pero la evocación del cuadro no le excitaba al enojo. A causa de esto, todas las descripciones de amores y de odios violentos que había encontrado en los libros le habían parecido fantásticas. Y aun aquella noche, al regresar vacilante hacia casa a lo largo del Camino de Jones, había sentido que había una fuerza oculta que le iba quitando la capa de odio acumulado en un momento con la misma facilidad con la que se desprende la suave piel de un fruto maduro” (Joyce 1916, 91-3), traducción propia. Copio la versión original del último párrafo, habitualmente el más citado por los psicoanalistas: “Even that night as he stumbled homewards along Jone’s Road he had felt that some power was divesting him of that suddenwoven anger as easily as a fruit is divested of its soft ripe peel”.


6 Aunque es cierto que la escritura, en Dublineses, todavía ofrece una prosa mucho más amigable, que invita a la empatía.
 
 
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