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   Colaboraciones exclusivas

No hay más nada que saber
  Por Silvia Cossio
   
 
No hay más nada que saber.
La verdad sólo puede estar contenida en una paradoja, esa es la única forma de apresar la cosa, en la inconsistencia de una retórica.
No hay más nada que saber. Esta terrible por ineluctable retórica circula y bordea un vacío imposible que sólo aparece en el anverso del tiempo, en el anverso del espacio de un tiempo que queda inaugurado, en ese ida y vuelta del sentido que sólo es posible mediante el lenguaje.

La verdad, sólo es verdad defraudada.
Cuando la impotencia del decir se ve reducida a su única potencia por el saber. Porque saber, que saber es imposible, es al fin saber.
La mochila más pesada está llena de vacío, un vacío imposible de soportar. El sentido a su lado, se figura como triste lacayo de la subsistencia.
Que el significante sea masculino es siempre una provocación que intenta re-velar a la mujer, esa que tiene la misma consistencia que el saber, vacía, en causa.
Al final del callejón hay un gran letrero que dice que no hay más nada que saber, fin del camino y comienzo.
Hay un cambio de paradigma que se esboza en la magia de ese círculo conteniendo nada, llegados al punto más austral del sentido no hay más que muerte o cambio. La muerte apaga las luces de una existencia sentida, marcada. El cambio, en cambio, resigna la vida, muere sólo en esa designación que es re-signación. Al resignar la vida de sentido, éste aparece con un valor en negro y todo lo que antes permanecía hundido se subleva. Re-signación, se resignan los valores. De repente se puede caminar sobre las aguas y en la tierra hacer agua. No sólo es una nueva Gestalt de las sombras, es además un nuevo universo que incluye un nuevo hombre, y una nueva posición. Ni tiempo ni espacio son lo que eran.

No hay más nada que: saber
El sujeto sólo goza si siente que recupera goce perdido. ¿De qué goza entonces el sujeto?
El hombre que nació siempre prematuro goza del goce en pérdida. Ahí donde nada parece suturar nuestra herida, porque es sólo un parpadeo, y la herida es el hombre y el hombre la herida.
Nacemos de un tajo en el otro, y nada más cierto que ese tajo. Un tajo que revela para siempre la incompletud, el finito de lo infinito. Cómo no tentarnos a volver, si en esa vuelta doramos la ilusión de la completud, de la eternidad y de matar a la muerte.
El engaño comenzó desde el principio, era quizás la única forma de sobrevivir siendo seres antes de tiempo, pero entre ese engaño y lo contingente algo respira saber. Somos grito de una pérdida que pulsa, y desde esa pulsación del ser fallado nos lanzamos al lenguaje para cicatrizar. Ese grito, ese pulso, es quizás lo único verdaderamente nuestro que en adelante tengamos, es el grito de una cría que revela su existencia dividida, latiendo.
Así, ese engaño ha funcionado como ancla a un tiempo que siempre estuvo más allá nuestro.

Lacan plasmó con ingenio como el ser humano tubo que recurrir a un espejo para saber qué era. Sabemos que somos si algo nos engancha al tiempo en donde circula la imagen, porque nosotros estamos atrás, después.
La verdad está después de nos porque nosotros la creamos, no hay verdad que nos anteceda. Y siempre que nos refiramos a la verdad nuestra posición va a ser necesariamente a destiempo. Es cierto que llegamos a este mundo sostenidos por una red significante, pero no es más que una mentira estructural, nosotros caemos en las plumas que otros pierden, y sobre las nuestras otros, no hay verdad que nos defina ni pluma que nos pertenezca. Así, la verdad que no contiene al sujeto, lo deja inevitablemente desamarrado.

El sujeto sólo puede ir a tiempo del saber, y si bien este saber se declara vacío de verdad, tiene a su vez la facultad de espaciar el sentido de tal forma que la interpelación resultante lo amarra en su única morada: la hiancia.
En este universo nuevo, el deseo sostiene el valor del sinsentido, se anuncia entonces como el nuevo signo del goce y en esa escabrosa experiencia de ruptura, la densidad del goce se hace fútil, insustancial, y al mismo tiempo ahueca necesariamente la superficie para que la vida plena pueda oxigenarse. El deseo, como sutil tirantez, tensa el transcurrir del sujeto por el mundo, un transcurrir que es reencuentro, reencuentro de algo perdido.
La pérdida que surge de esta ruptura es también un re-signar, es una pérdida creadora, ya que da origen a un objeto perdido que no existió antes, y que nace ahora.
Sí¨!… el sujeto sólo goza cuando siente que recupera goce perdido, pero esto implica que sólo gozará de aquello que esta más allá de lo que le es dado a gozar, ahí en el plus de goce goza, no antes. Para poder gozar de lo posible hace falta en primera instancia cierta escala de saber, porque habiéndola alcanzado se soportará que en el más allá, donde el sujeto se mete en el agujero de la nada y desaparece para atrapar lo que no existe, ahí mismo, que es portal de otra dimensión, en ese plus podrá desear y aparecer en su escena. El sujeto del goce esta todavía buscando la verdad, se empeña en consistirla y no se recupera.
Pero… no hay más nada que saber, la verdad esta vacía de verdad.

El goce posible para el hombre es el goce posible para el hombre.
Es un goce antiguo nuevo, una nueva forma de gozar, que sostiene al sujeto deseante.
De esa delicada forma de entornar los ojos, en el filo mismo de lo visible y no, ahí donde el susurro parece inaudible, donde es más lo que se pierde que lo que se consigue, nace un objeto que logra sostenerse de lo posible de esa captura, pero que no es eso.

Ahí, donde el limite de lo que se alcanza a ver, oler, sentir, paladear, ahí la muerte de ese goce cuela lo vital, algo etéreo sale en un revoloteo fantástico, con la única consistencia de la magia, pero una magia que resulta real, de la que no puede develarse el truco, una magia real.
Hay que recurrir a otra forma de ser para poder desear, ninguna lógica explica lo que quiere el deseo, porque lógica es verdad y la verdad está castrada. Hay que morir la verdad, para llegar a saber, cómo se hace para restituir el valor de lo que fue siendo que lo que fue nace ahí, ¿cómo se hace para estar a tiempo de un objeto así?

Restituir el valor de lo que fue, siendo que lo que fue nace ahí.
¿De dónde se saca valor para valuar lo invaluable? Si se desea sólo lo que tiene algún valor para uno, ¿de dónde sale el valor que tiene lo deseable?
El deseo, de eso que nunca es, y que tiene la fuerza del nunca, y la forma del no es, es deseo de eso perdido que empieza a hacer falta, porque uno puede vivir eternamente en la pérdida sin sentir que le hace falta lo que perdió.
Ahí el deseo marca su originalidad, a diferencia del goce, que consiste al sujeto, el deseo lo orada en la búsqueda pero lo ancla a la vida. A diferencia del goce que estanca al sujeto en su consumación, el deseo implica al sujeto en la producción de algo que siempre es otra cosa, algo nuevo.




 
 
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