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Deseo del otro, deseo del psicoanalista
  Por Norma Alberro
   
 
Para hablar del deseo freudiano, es necesario referirse a la palabra Wunsch, que en español significa deseo, anhelo, pero también aspiración, voto. Cualquiera sea el significado de esta palabra, el deseo remite a una acción, es decir aquello que es opuesto al reposo. Así, para Freud, el sueño, es la realización disfrazada de un deseo reprimido. El deseo consciente se vuelve un estimulador del sueño, sólo si logra despertar un deseo inconsciente por medio del cual es reforzado. Dicho deseo es un deseo infantil. Esta es la tesis fundamental de la Traumdeutung.
Para Freud no hay esencia original del deseo, para desear es necesario tener la impresión de reencontrar algo, un objeto, que reanima una satisfacción (una memoria en acto) ligada a una necesidad. El deseo, entonces es tomado en el après-coup de la necesidad.

En este paisaje originario de la primera experiencia de satisfacción, Freud introduce el término Nebenmensch, que es el ser humano que se encuentra al lado, a un costado, a orilla de, uno junto al otro. Pero Neben, significa también yuxtaposición, juntarse con.
El deseo para Freud esta dirigido al otro como partenaire de la satisfacción. En este punto se encuentra el corazón del problema del deseo, puesto que este otro,…este semejante fue, al mismo tiempo, su primer objeto satisfaciente, su primer objeto hostil y también su única fuerza auxiliar.1
Freud nos dice que el otro es indispensable para desencadenar la máquina deseante, de esta manera se pone a funcionar una corriente de transmisión entre si mismo y el otro. El niño no sabe satisfacerse solo, es necesario enseñarle.
Con Lacan, la situación se complica. En efecto Lacan ha seguido los seminarios de Kojeve sobre Hegel, quien afirma que, la Conciencia al principio servil y dependiente, es la que realiza y revela el ideal de la Conciencia-de-si autónoma, y ésta es su verdad.

Esta influencia será decisiva en cuanto al rol jugado por el otro en el desarrollo del yo. El yo se vuelve una función de desconocimiento y Lacan plantea la cuestión de saber quién es aquel que más allá de mi, busca hacerse conocer.
Entre las cuestiones abordadas en el seminario X “La angustia”, las que conciernen al deseo del analista son las más importantes. Las formulaciones decisivas están aún por venir. Volverán en el seminario siguiente “Los cuatro conceptos fundamentales”, pero a lo largo del seminario X, Lacan sostiene la interrogación acerca de lo que debe ser ese deseo. Subraya la insuficiencia de respuestas que han sido dadas y aporta numerosas indicaciones.
Lacan toma como punto de partida la formula hegeliana “el deseo del hombre es el deseo del Otro”, fórmula que introduce el deseo del psicoanalista en la teoría lacaniana.
Que el deseo del hombre sea el deseo del Otro significa, que el deseo específicamente humano tiene como único objeto el deseo del Otro, y no un objeto en el mundo, y que además es deseo de ser reconocido por este Otro. Esto es lo que Lacan retoma de Hegel, a través de Kojeve, la novedad es que él la aplica al deseo inconsciente. Nada menos.
Así, los sueños del sujeto en análisis que se dirigen al analista aparecen como la manifestación de un deseo de reconocimiento, más que como la realización de un deseo. Esto, Lacan lo sostiene al comienzo de su enseñanza, y afirma que el reconocimiento del deseo se hace solo por la mediación de la palabra.

Sin embargo la cuestión que se plantea es de saber qué tipo de reconocimiento el deseo puede encontrar en la cura. En efecto, tal como se puede leer en Hegel el reconocimiento del deseo implica la intersubjetividad, y es a partir del lazo de sujeto a sujeto que Lacan habla de la dialéctica del reconocimiento y de la manera en la que se realiza en la comunidad humana. Pero en la cura, en razón de la disparidad subjetiva fundamental de la transferencia que Lacan va a demostrar, no hay intersubjetividad.

Es posible también preguntarse, en el caso de que el deseo encuentre en la cura su reconocimiento, si para el sujeto de ese deseo, surge un saber sobre él, es decir si este reconocimiento conduce hacia el fin de la cura. Cualquiera sea la respuesta, es posible resaltar que Lacan, cuando cesa de hablar de intersubjetividad, mantiene la fórmula hegeliana, que el deseo del hombre es el deseo del Otro. Pero el deseo del Otro, en el sentido subjetivo del genitivo, si no es ya concebido sobre el plano de la reciprocidad, ¿qué es? ¿Cuál es? ¿Puede haber reconocimiento si el Otro no es un sujeto?
Antes de ir al seminario X, en donde estos interrogantes son retomados y donde Lacan convoca a Hegel para pensar con y contra él, creo que es necesario detenerse en el seminario VI “El deseo y su interpretación”, puesto que las precisiones que allí aporta sobre el funcionamiento del fantasma, la cuestión del reconocimiento del deseo aparece bajo una nueva perspectiva.
Es posible leer en este seminario que el deseo no tiene otro objeto más que el significante de su reconocimiento y se plantea qué consecuencias acarrea el encuentro de un tal significante para el sujeto. Luego, afirma que no se trata de un significante que seria enunciable, sino que se trata del objeto a.

Dice Lacan: “…admitamos que, si esto tiene sentido, que se llegue a algo del sujeto inconsciente, que advenga en tanto significante de su reconocimiento, el anhelo de encontrarlo. Y bien, lo que sucede entonces es que el sujeto no está más allí, ha pasado del lado del objeto a”. Esto significa que cuando el reconocimiento que el deseo busca se obtiene, no hay más sujeto que asista a este encuentro. La condición misma de este reconocimiento es su abolición. Es necesario, entonces distinguir reconocimiento del deseo y reconocimiento del sujeto deseante, (e incluso reconocimiento imaginario que concierne al yo).
Lo que Lacan dice en este seminario es que el deseo encuentra su reconocimiento en el funcionamiento del fantasma. Es claro entonces que si el deseo de reconocimiento es motor de la cura, el reconocimiento obtenido deja al sujeto en la ignorancia del objeto que es causa de su deseo.

Es en este punto que Lacan introduce el deseo del psicoanalista, “es -dice-, eso a lo cual el deseo del sujeto en análisis debe enfrentarse”. El terreno de este enfrentamiento, es el intervalo entre los significantes, porque es el lugar de la conjunción-disyunción del sujeto barrado con el objeto a. Es aquí que por su intervención, el analista tiene que provocar y desarreglar el funcionamiento silencioso del fantasma, es por ello que Lacan considera que el corte es un modo de intervención eficaz. Al respecto, dice: “la cura debe ser como un relato que seria tal que el relato mismo fuera el lugar del encuentro de lo que se trata en el relato”. Es decir que la cura no sea únicamente el relato del encuentro, puesto que el relato del encuentro del que se trata –el del deseo del Otro- no es más que un mito que recubre lo real, o sea el mito individual del neurótico; sino que haya efectivamente encuentro con el deseo del Otro. Un encuentro que le debe todo al deseo del analista, por permitir que el análisis del fantasma no se reduzca a la dimensión diacrónica, la del escenario, sino que lo conmueva también, le choque en su dimensión sincrónica, la más fundamental, la más oculta.

Volvamos ahora al seminario “La angustia”. En la segunda lección, Lacan parte de la fórmula “el deseo del hombre es el deseo del Otro”, para escribirlo de dos maneras; según Hegel y según Lacan: según Hegel, escribe: d(a) : d(A) <a. En donde d(a) significa que es un objeto que desea, en este caso, una conciencia. Los dos puntos : indican la equivalencia, d(A) que el deseo del Otro no está barrado, y <a que el soporte de ese deseo es a. Según esta escritura, el deseo es deseo de un deseante, deseo que él me reconozca y en cuanto al deseo del Otro es, sin ninguna ambigüedad: su deseo es de ser reconocido por mí. Pero si él espera lo mismo de mí, ¿como podría yo sentirme suficientemente reconocido por él? No podrá haber otra mediación que la violencia.

Con esto, señala Lacan, Hegel no le otorga al amor -como vía de reconocimiento-, ningún valor y por ello, no le da lugar a la angustia. Mutuo e inmediato, el reconocimiento que ofrece el amor es para él de orden particular, privado y no ético, porque no se expone a ningún riesgo mortal. De la misma manera, la angustia es juzgada como sin interés en la dialéctica del sujeto y del Otro, excepto el miedo que está en relación con el riesgo.

Para Lacan el deseo del hombre es el deseo del Otro, se escribe así: d(a)<i(a) : d(A). El deseo tiene por soporte la imagen del cuerpo, es ella que es propuesta y buscada. Pero en esta imagen, lo que causa el deseo no es perceptible y del otro lado, el deseo del Otro es enigmático (A no está barrado). Este enigma, angustiante, el sujeto intenta atraparlo y su anhelo podría enunciarse así: que el Otro se desvanezca, que se opaque delante el objeto que yo soy, que deduzco de lo que yo (me) veo. Es decir que el resto, lo que no está en la imagen, es tratado por el fantasma como si pudiera producir el desvanecimiento del Otro, como si él pudiera producir una mediación. Al principio, dice Lacan parece que hay una mediación. Pero la mediación, no puede ser otra que la castración y el deseo del Otro – que el deseo del analista actualiza- viene a poner en causa al fantasma, viene a interrogar al sujeto en la raíz de su ser.

Para llegar a este punto, no hay otra vía que la del amor. Es necesario que el sujeto sea amable para que se ejerza el amor de transferencia. Por otro lado, Lacan señala que el amor de transferencia no es un asunto privado.
Una consecuencia muy precisa de la diferencia de escritura entre A y A concierne al fin de la cura. Siendo A barrada es posible recorrer indefinidamente la red de los significantes, pero aún así no habrá encuentro con la última palabra. Si no estuviera barrada se podría, al menos en teoría, llegar a revelar el inconsciente. Pero como esto es imposible, la solución del problema del fin del análisis, solo puede venir de la afirmación que el deseo está determinado por un objeto finito. Este objeto, dice Lacan, “disuelve por él mismo todos los significantes a los cuales mi subjetividad esta atada y que se lo espera del Otro desde siempre”.
Que el objeto tenga su lugar en el Otro, no implica que en el Otro exista una instancia que pueda acordar su reconocimiento. El deseo del Otro ignora al sujeto, sólo apunta al objeto, solicita ese resto, esa pérdida (lo que el sujeto, en la angustia, interpreta como: él quiere mi muerte).

El psicoanalista, desde el momento que está situado en el lugar del Otro, presentifica un lugar vacío de sujeto y su deseo provoca la angustia. El deseo del Otro no desconoce, ni reconoce el sujeto, pero es evidente que aquel que va a consultar a un analista, si no es reconocido como sujeto, no habría análisis posible. El trabajo preliminar es, a veces, asegurar este reconocimiento cuyo corolario es la posibilidad de fe en la palabra. En este nivel, en donde el psicoanalista es Otro real, hay intersubjetividad.

El seminario se acaba con la indicación de Lacan que conviene que el analista haya hecho entrar su deseo en lo irreductible del objeto a para ofrecer al planteo del concepto de angustia una garantía real. Creo que retomando la expresión de Kierkegaard, Lacan pone en valor, con el término “concepto”, que hay un límite a la angustia y esto es así porque su causa es un objeto finito. En este sentido, insistir sobre el carácter difuso de la angustia, puede ser un error.
El analista, entonces, tendrá que ofrecer a este límite que es de estructura, una garantía real, que es la del desplazamiento de su deseo sobre este objeto, con el objetivo de ofrecer una garantía a la posibilidad de su franqueamiento.








(Endnotes)
1 Freud, S.: Proyecto. Editorial Biblioteca Nueva. Madrid 1968. Vol. III
 
 
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