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   Testimonios clínicos de Jacques Lacan

La práctica de Lacan*
  Por Charles  Melman
   
 
Creo que estas Jornadas nos dan la oportunidad de comprender por fin quién era Lacan.
Era el provocador que permitía a cada uno desplegar su propia tontería, y medirla. El efecto podía ser el de suscitar, desde luego, amor, porque nos reconocía verdaderamente en la intimidad de nuestro ser, u odio, puesto que no es algo ni muy agradable ni muy atractivo. Ejemplo: ¿todos creen ser pequeños edipos, valientes y dispuestos a cualquier extremo? Pues bien, uno descubre, gracias a este provocador, que lo que le pedimos a papá es que nos quiera, que seamos su preferido. Para eso uno está dispuesto a todo, ¡incluso a feminizarse! ¿Ustedes creen que quieren ser libres? Les será demostrado que en realidad, lo que buscan, y lo que aman es un amo, alguien que por fin les diga dónde ir, qué hacer, cómo hacer, cómo arreglárselas; dicho de otro modo, el verdadero deseo de cada uno, el verdadero deseo es el de la servidumbre. ¿Ustedes creen ser sabios, doctores? Descubren, con total claridad, gracias a este provocador, la dimensión de la propia ignorancia ¿Ustedes creen ser un hombre? Y bien, terminan descubriendo cuán frágiles pueden ser las certezas en esta materia. ¿Ustedes creen ser una mujer? Descubren la voracidad fálica.

Todo esto es muy atractivo. Es muy atractivo encontrarse por fin con alguien que en nuestro espacio no busca curar, es decir, no busca lo que exige la cultura, a saber, el olvido, la negación, la sutura de la creación –¡muy bueno, ese lapsus!– sino alguien que, en cambio, abre permanentemente esa castración, yendo así contra todas las reglas de juego. Porque las reglas de juego, las reglas del juego social, las reglas del juego personal, íntimo, privado, las reglas del juego del saber son realmente las de borrar esta castración en nuestra cultura. Pues bien, hubo alguien, extraño, que les daba la oportunidad, bruscamente, de descubrir todas esas cualidades que eran las propias y por lo tanto de conocerse hasta lo más recóndito de sí mismo.

Es indudable que Lacan, con esa energía tan singular que tenía, porque era un entusiasta, estaba totalmente devorado por el campo al que había entrado, tenía la certeza de haber sacado a la luz, gracias a esa práctica tan reducida, tan sucinta que es la cura analítica, de haber sacado a la luz estructuras que eran esencialmente subversivas respecto de nuestro confort, de nuestro letargo intelectual –con todas las consecuencias sociales que conocemos, tanto a escala nacional como internacional–. Él tenía esa certeza. Y está claro que deseaba que sus alumnos fueran, a este respecto, «militantes». Este es un término que ya no se usa mucho, o que ya no tiene mucho peso, porque no hay militancia que no haya sido merecidamente recompensada con todas los desencantos que sabemos. Lacan esperaba de sus alumnos que fuesen militantes de ese procedimiento extraordinario que él actualizaba y que, por supuesto, lo apoyaran en esta subversión que él iba realizando con una intrepidez, un coraje y una soledad absolutamente notables. No podemos olvidar que Lacan obró en momentos en que triunfaban el marxismo y el existencialismo en todos nuestros medios intelectuales, y que eran habituales las denuncias públicas al psicoanálisis, desde esas dos corrientes, desde esos dos ámbitos. Por otra parte, claro está, la Iglesia no iba a apoyarlo, aun cuando su discurso inaugural viniera de Roma (otra provocación). Por lo tanto, es realmente en estado de soledad intelectual y moral, y en cierta medida contra todos, que se comprometió en esta historia tan loca.

Entonces, al esperar que sus alumnos funcionaran para él como militantes, ¿venía a redoblarles su alienación, o incluso a establecerla de una vez por todas? Por mi parte lo que pude verificar con el tiempo –no soy el único en haberlo experimentado– fue el abandono por parte de sus primeros y mejores de alumnos, algunos en quienes tenía puestas sus mayores esperanzas, y que se apartaron de él con una argumentación que nunca quedó suficientemente clara. Y debo decirles que siguió pasando todo el tiempo. Personalmente, creo que era normal. Normal, porque finalmente ¿por qué los alumnos habrían compartido automáticamente esta suerte de voluntad subversiva con los riesgos que podía entrañar en las distintas situaciones sociales que legítimamente podían esperarse? Hoy, entre esos alumnos, hay testimonios de una cierta nostalgia por haberlo abandonado, referencias frecuentes y lo menos que puede decirse es que hay una transferencia que seguramente no ha sido resuelta y que parece dominar allí la complejidad de sentimientos. En todo caso, para sus alumnos, al venir así a ocupar el lugar de lo que sería a la vez el maestro, el ideal, el docente, el padre, no dejaba de suscitar, al mismo tiempo, en ellos la interrogación íntima de lo que constituía la relación de cada uno con esas diversas instancias; y, finalmente, tener que decidir según su entendimiento, lo que la gente no dejó de hacer. Dicho de otro modo, puedo por ejemplo decir: “al padre, finalmente, lo odio”. —¡Muy bien, de acuerdo! Pero entonces, ¿esto qué te aporta, qué es lo que tenés, qué es lo que te abre? ¿De qué manera te ilumina? ¿Cómo impulsa tu pensamiento? ¡El maestro, insoportable! ¡Yo quiero mi libertad de pensamiento! ¡No quiero que me adoctrinen!— ¡Muy bien! sos enteramente libre de pensar lo que quieras. ¿Qué pensás de eso? ¿Es interesante? Puede que no sea totalmente idiota, pero ¿es interesante? De ese modo, pues, llevaba a cada uno, lo quisiera o no, a tomar efectivamente la rienda de sus decisiones, de sus actos. A menudo lamentaba que las tomaran de esa manera. Pero hoy no se puede menos que comprobar, para quienes se embarcaron en esta suerte de ruptura, que no puede decirse que hayan obtenido el mejor beneficio. Por mi parte, yo estaba muy atento al respecto. Como se sabe, de muchos de estos hermanos mayores que queríamos, en quienes confiábamos, con quienes eventualmente yo podía tener vínculos personales, por quienes sentíamos afecto, yo esperaba ver lo que iba a resultar de su ruptura. Pero cuando estaban por fin libres, no adoctrinados, ¿acaso hicieron algún aporte a la enseñanza de Lacan, ya sea una oposición válida, ya sea un aporte interesante? Sería difícil, creo, apuntar, recordar algo.

Es indudable que él pensaba que una enseñanza era necesaria a sus analizantes. Así lo recordó Adnan Houbballah en ocasión de su control, Lacan empezó diciéndole: “Al principio, seré didáctico”. Es necesaria una enseñanza, aunque más no sea para dar cuenta de lo que no va en el sentido regular de nuestro inconsciente. Es necesaria una enseñanza a fin de lograr inscribir para el sujeto esa dimensión totalmente nueva que es la de tú puedes saber. Puesto que esto es exactamente lo que demuestra la mínima experiencia analítica: no queremos saber, y el obstáculo es de estructura. Ese objeto a es lo que nos detiene, lo que nos repugna, es el límite insoportable e intolerable. ¿De verdad, nosotros que nos creemos hombres o mujeres, vamos a revelarnos a nosotros mismos como teniendo por ser un puro objeto, un nada de nada, un excremento, un residuo? Ese coso ¿es lo que me causa? Yo, que me creo el hijo de Dios ¡y eso es lo que me causa! ¿Eso? Reconozcamos que no se puede negar que era subversivo. Y no sólo eso es lo que me causa, ese objeto, sino que encima me causa para nada, porque al Otro le importa un rábano, y lo que hay en el Otro, es la pura nada!
Hubo hace poco un coloquio al respecto con los responsables de la IPA, para tratar justamente de ver si sobre este punto podíamos entendernos. Porque cuando Lacan dice que es freudiano, no deja de especificarlo: el pensamiento de Freud es el que estipula que lo que organiza la relación del individuo con el mundo es una pérdida fundamental, fundadora, esencial, organizadora, definitiva, irrecuperable, que es una falla lo que organiza nuestra relación con el mundo y da origen a un sujeto que no sabe lo que quiere, no sabe lo que hace, no sabe lo que dice. Y es allí donde es freudiano, fundamentalmente freudiano, y realmente es lo que él retoma de Freud, lo que lo autoriza.

Freud buscaba obstinadamente un predecesor, buscaba a alguien, un maestro, no se atrevía a presentarse como fundador, una posición un tanto mezquina. Entonces evocaba constantemente a Breuer, a sus maestros… Lacan, por su parte, tiene fundamentos para decir que él es freudiano y es lo esencial de Freud que reivindica.

No voy a extenderme demasiado. Sólo quisiera señalarles otro punto. Esta formulación de Lacan: resolución de la transferencia por la transferencia de trabajo; porque es efectivamente cierto que el neurótico, y es lo que lo caracteriza como tal, ese objeto no tiene ninguna intención de soltarlo. Se aferra a él, puesto que el Otro lo quiere, al menos así lo cree, haría las delicias del Otro si se lo diera. De modo que ni pensar en ceder algo tan valioso, ese agalma. Si en el Otro no hay nadie, y yo creo que Lacan era lo suficientemente excesivo en relación con sus analizantes como para que ellos pudieran tomar realmente la medida. Si en el Otro no hay nadie, seguramente la transferencia de trabajo es el trabajo, la aceptación, el compromiso de hacer circular ese objeto a, con la posibilidad de situar todas esas organizaciones formales que comandan el proceso. Los remito, como de costumbre, a la introducción de los Escritos, a ese texto sobre “La carta robada”: no hay ahí un padre exigiendo que ustedes cedan cosa alguna, es el juego del significante lo que hace que haya pérdida, que haya agujero. A partir de esto, naturalmente ustedes deben tratar de organizarse.

Desde mis comienzos en este medio, en 1960, cuando todavía era el ambiente simpático y agradable de la Société Française de Psychanalyse, un medio muy liberal en el que junto con Lacan y Dolto había gente de la Universidad como Lagache, Anzieu, Favez-Boutonnier, etc., en este medio que me parecía muy simpático, desgraciadamente, pude comprobar bastante pronto que pese a los compromisos con el análisis de unos y otros, lo que contaba en la institución era saber quién prevalecería, si la gente de la Universidad o Lacan y Dolto. ¡Finalmente era eso lo que estaba en juego! Así estaban las cosas para un joven recién llegado, que podía naturalmente sorprenderse de que los servidores de esa disciplina, los que habían recibido la tonsura, hubieran reducido finalmente todo a sus pequeños deseos privados, y narcisistas en particular. Entonces esa fue evidentemente la primera sorpresa, el primer aprendizaje, después de todo, así es cómo se aprende. Muy pronto, en lo que a mí concierne, mis queridos compañeros no dejaron de ponerme en claro que mi militancia era poco seria. Lacan me tenía completamente embaucado. ¡Pero, vamos! Todo eso era mi inconsciente, yo me volvía la víctima, ¿verdad?, de una cura que Lacan explotaba en provecho propio. Él necesitaba pequeños soldados; si los tenía, la cosa andaba, y por lo demás, ¡que cada uno se las arregle! Y sin embargo, en ese dispositivo, pude como muchos apreciar su extraordinaria honestidad intelectual, su manera de no ceder, su manera de no comprometerse, su manera de no hacer trampas, y también la aceptación de esa posición desde la que recibió todos los golpes, incluso de los más allegados. Pero aparentemente era muy importante para él lo que esta práctica le permitía descubrir y que consideraba no sin interés el tratar de transmitirlo. Yo mismo lo escuché lamentarse de que finalmente esto se haya hecho por medio del psicoanálisis, es decir, con todas las escorias precisamente transferenciales que esto acarrea, y lamentaba no haber procedido como lo hicieron los maestros tradicionales, es decir, por medio de la filosofía por ejemplo, y que su acción habría sido quizá más pública y eficaz si hubiera optado por ese medio. Desde luego, es difícil dar una respuesta…

Para concluir, vuelvo a una cuestión que sigue siendo de actualidad. En el ‘53, la escisión entre el grupo donde estaba Lacan y la Société Psychanalytique de Paris fue por una reglamentación del psicoanálisis; la Société quería implementar un instituto de formación de psicoanalistas que habrían sido reconocidos por un diploma médico; no universitario, sino médico. Es por este proyecto que Lacan, Dolto, Lagache, Favez, etc. y los principales alumnos de la Sociedad de París, cuyo presidente era entonces Lacan, se fueron, se separaron. En todo caso, por mi parte, puedo dar cuenta de que en el momento crítico, el del final de su recorrido –momento particularmente doloroso, difícil y por supuesto, completamente inesperado e imprevisto– puedo decir a este respecto que actué autorizándome de mí mismo. Al hacerlo, después de todo, no hacía más que resolver el síntoma banal por el cual había ido a visitarlo. Fue una situación trivial de examen, se llamaba el Concurso de París (internat de Paris), durante el cual me había sorprendido al comprobar en mí algo que no conocía hasta ese momento: un calambre de los escritores. Tenía que redactar, en ese concurso, un trabajo sobre un tema que yo conocía perfectamente, pero que tenía el inconveniente de haber tenido que redactar la respuesta yo mismo, hacer de él mi propia respuesta autorizándome de mí mismo. Se trataba de una pregunta de fisiología, una pregunta de endocrinología a la que, como decía, había respondido autorizándome de mí mismo durante la preparación al concurso, porque todas las respuestas que había podido encontrar no me parecieron adecuadas. Entonces creí que yo mismo debía autorizarme de mi propio saber, y la sorpresa fue comprobar que fue esa misma pregunta que cayó en el concurso… y de encontrarme con la mayor dificultad, por el calambre, para redactar ese texto que, de resultas, fue muy breve… ¡y con el que obtuve dieciocho sobre veinte! Lo cual demostraba que efectivamente yo no me había equivocado en la redacción, y que el calambre vino al lugar de esa dificultad de no poder autorizarme de mí mismo. Sólo puedo decir que, en esta circunstancia en que, debo decirlo por otra parte, no había mucha posibilidad de elegir, yo podía verificar que la cura con Lacan, en la que había tenido el “privilegio” de ser el objeto, (por el lugar que yo ocupaba con él) de recomendaciones y de sentimientos que no eran forzosamente amenos (que, en todo caso, me condenaban a nunca, nunca poder comprender nada en el análisis ni poder salirme de él, etc.) yo podía verificar en todo caso que eso no me había perjudicado demasiado.

Estas son algunas observaciones sobre la extravagancia que nos habita, nuestra extravagancia, y de la cual Lacan no es más que la ocasión, el pretexto. Porque después de todo, para retomar un ejemplo conocido, si soy sensible a un parpadeo suyo, la cuestión no es su parpadeo, sino simplemente que yo sea sensible, que me importe, que me ocupe, es de eso que realmente se trata, esa es realmente la cuestión. Si él da una cita a las seis de la mañana, y si el otro se precipita, como todos nos hemos precipitado, la cuestión no es lo que era el trabajo efectivamente extenso, importante de Lacan, sino el hecho de que el otro se precipite contento de estar así, cuando aún es de noche, entre los primeros, entre aquellos por quienes parece realmente interesarse tanto, que los coloca en un lugar de excepción. Si él llama por teléfono a las dos de la mañana, despertando sobresaltada a toda la familia, ¿a usted qué le pasa? ¿Se pone a gritar “¡Un momento, déjeme dormir!”? ¿O están ahí, atendiendo el teléfono, diciéndose: Ah!, ¡él es realmente…! y luego se dan cuenta… y entonces es: Es a mí a quien…!? Ustedes estaban todavía soñando, y en ese sueño, aparece el llamado de Lacan, a las dos de la matina… etc.
Pues bien, yo puedo decir una sola cosa, era una aventura excepcional. Y si hoy ella puede continuar, yo digo: ¡bravo!, digo “¡tanto mejor!”.
Es todo. Gracias.

_______________
* Nota: este escrito cedido por su autor para la versión en español, se corresponde con la conferencia pronunciada el 16 de noviembre de 2003 en el Amphithéatre Saint-Germain encabezando las Jornadas de la Fundación Europea para el Psicoanálisis
Traducción del francés: Bernard Capdevielle para Archivo Cero Traducciones [patriciacohan@archivocero.com.ar]
Revisión de la traducción: Virginia Hasenbalg [vhsnblg@noos.fr]
 
 
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