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   Testimonios clínicos de Jacques Lacan

De lo actual: ayer, París
  Por Isidoro  Vegh
   
 
A comienzos de 1977 emprendí un viaje a Europa donde permanecí alrededor de cuatro meses. Un tiempo mayor de esa estadía permanecí en París donde tuve la oportunidad de asistir a unas cuantas clases del seminario que Lacan, por ese entonces, dictaba en la Facultad de Derecho, cerca del Panteón. El seminario se titulaba “L’insu que sait de l’une-bevue s’aile a mourre”, homófono con “L’insuccés de l’Unbewüsst c’est l’amour”. Pude entonces presenciar un fenómeno del cual varias veces, y comprobé que con razón, Lacan había tomado sus distancias manifestando su disgusto. Cuando se abrían las puertas para el ingreso a esas clases que daba en los horarios del mediodía parisino, una multitud hacía irrupción desenfrenada para ocupar lugares; algunos tenían sus estrategias para alcanzar los que parecían transformarse en sitiales. Me sorprendió y me hizo ver que había allí claramente un fenómeno de masas. Comencé a preguntarme cuántos de los que estaban podían seguir realmente la enseñanza del maestro. Comprendí que no era casual que cuando al final de su charla, Lacan solicitaba preguntas –a veces lo hacía al comienzo– respondiera un silencio o una pregunta desubicada y en raras ocasiones alguna pregunta pertinente. Recuerdo el epígrafe de “Televisión”, texto que publicado por Éditions du Seuil, luego se tradujo también al castellano, retomaba una entrevista que se le hiciera a Lacan en el medio homónimo, que decía “Quien me interroga, también sabe leerme”*.

Cuando Lacan vino a Caracas, siendo ya una persona anciana, dijo en su exposición que él se reconocía habiendo sido freudiano. “Queda en ustedes, dijo, si quieren, ser lacanianos”. ¿Cómo entiendo esa propuesta? Nos estaba diciendo que aprendamos de él cómo había llevado en acto su posición al reconocerse como discípulo de Freud: lo había leído en su lengua original, lo había leído atentamente, había sabido interrogarlo. ¿Por qué lo digo? Este mismo seminario, escuchamos a veces en Buenos Aires quienes traducen su título diciendo “Lo no sabido que sabe de la una equivocación”. ¿De la una equivocación, existe eso en la lengua castellana? Lacan, en el comienzo del seminario, en la versión de Monique Chollet, la que he traído de París, la que circulaba de mano en mano, aclara que es el partitivo francés. En francés se dice “alcánzame del agua”, “dame del pan”. No así en castellano. Ahí tenemos una fórmula que llega al ridículo al repetir a Lacan sin decidirse a pensarlo. Esto ha llevado a que algunos discípulos prominentes en Francia quisieran hacer pasar que había algo nuevo, algo que reemplazaba al L’Unbewüsst, al inconsciente. Hasta hicieron una revista en Francia que se llamó L’une bevue. Lacan aclara que hablar de l’une bevue es para ponerle un límite al deslizamiento, que siempre retorna, de querer hacer de El inconsciente nada más que una cualidad: la inconciencia. Lo dice expresamente en los primeros párrafos de su seminario. En el seminario del año siguiente “Moment de conclure” Lacan siguió hablando del Inconsciente. No habló nunca más de l’une bevue.

¿Qué leo en este lamentable ejemplo?: uno de los extremos de lo que hoy me animo a nombrar como “el omelette post-lacaniano”. Así como Lacan se enfrentó, años después de la muerte de Freud al omelette post-freudiano, hoy nos encontramos con un omelette post-lacaniano. En un extremo, se encuentran los que están desesperados por ser originales, entonces quieren decirnos que ellos encontraron que l’une bevue supera el concepto de L’Unbewüsst, del inconsciente. ¿En qué lo supera? Es muy simple, Lacan lo dice: “hoy se trata del inconsciente que yo presento en mi nudo borromeo enlazado a lo Imaginario y a lo Real”. Y de lo que se trata es de recordar, una vez más, que no hay psicología de la profundidad, no hay “endo” ni “ecto”. Lo dice expresamente. En el otro extremo del abanico tenemos a aquellos que repiten frases lacanianas, algunos hasta con su estilo críptico, pero sin agregar ninguna sustancia, sin reflexión.

Es en este tiempo, entonces, en el que recuerdo algunas anécdotas que podrían ser actuales. En ese entonces compartía la dirección de la Escuela Freudiana de Buenos Aires, de la cual había sido fundador junto a otros, y a partir de una iniciativa de Oscar Masotta. Fui recibido en París junto a algunos colegas argentinos, unos que vivían allá, otros que también habían viajado, en casa de Christian Simatos que era en aquel entonces el secretario de la École Freudienne de París. Recuerdo que en esa reunión habían venido, en un gesto realmente muy gentil, Octave y Maud Mannoni, Serge Leclaire, Solange Faladé, Charles Melman, Ginette Raimbault, discípulos, en su mayoría, de los más renombrados de Jacques Lacan. Recuerdo que en esa reunión Octave Mannoni se dirigió a nosotros, los argentinos que estábamos en ese momento siendo agasajados, y nos preguntó qué hacíamos en París, para qué estábamos ahí, si en Argentina había una tradición de psicoanálisis importante. Como era uno de los que mejor podía hablar en francés del citado grupo, me atreví a responderle: “Estamos aquí, sin negar que hay una tradición del psicoanálisis en la Argentina que tiene sus méritos, porque reconocemos que hay una enseñanza que nos parece valiosa”. Se dio una ardua discusión entre ellos, recuerdo especialmente los tonos ríspidos con que se interrogaban y se contestaban Maud Mannoni y Serge Leclaire. Al rato la ronda gira y Octave, una vez más, vuelve a formular la misma pregunta: “Pero por qué vienen ustedes acá, si tienen una tradición de grandes escritores que existe desde hace más de un siglo”. Le digo: “Sí, nosotros conocemos la historia de la literatura argentina. Esteban Echeverría en los inicios trajo a la Argentina los ecos del romanticismo francés. Sabemos que tenemos una serie de grandes escritores, podemos nombrar a algunos: Sábato, Cortázar, Borges. Pero nos parece que eso no se contradice, no excluye el hecho de venir a escuchar una verdad allí donde ella se presenta, nos parece que la enseñanza de Lacan nos vuelve a hacer presente la verdad freudiana, una verdad que también en Buenos Aires ha tenido sus desvíos”. Sigue la charla en un ambiente muy amable, acompañada del rico champagne francés y los canapés que Christian Simatos y su mujer se habían esmerado en ofrecernos como agasajo. Al rato, por tercera vez, Octave vuelve a formular la misma pregunta: “No entiendo que hacen ustedes acá, por qué vienen a buscar en otro lugar una enseñanza, ¿no es acaso una mentalidad de colonizados?” Ahí sí sentí que tenía que responder en otro tono y le dije: “Octave, me sorprende lo que usted dice, usted sabe que en la Argentina estamos pasando un momento muy difícil con el gobierno militar, hay cosas muy graves que están sucediendo en nuestra sociedad, tenemos un presidente de facto que dice que tenemos que respetar el ser nacional y dejar de lado las ‘ideas foráneas’. Ya sé que usted no va a acordar con ese discurso pero extrañamente lo que usted está diciendo termina teniendo una lógica que lo acerca a ese discurso chauvinista, sectario y hasta podríamos decir fascista. Cuando usted dice que somos colonizados por venir acá me parece que, si no fuera usted, yo pensaría que el que está en verdadera posición de colonialista es usted, que cree que nosotros, como pobres colonizados, estas cosas no las hemos reflexionado y pensado antes de venir a estas latitudes. En realidad, pienso, habiendo escuchado las discusiones que se dieron entre los colegas franceses, que los que verdaderamente no saben cómo situarse ante la enseñanza del maestro para no sentirse colonizados son ustedes”.

Cuento esta anécdota para que se pueda apreciar que no era simple la relación entre analistas, ni entre los colegas franceses en relación a la enseñanza de Lacan, ni en relación a nosotros. Nos recibieron amablemente pero el encuentro no fue sin desencuentros y con discusiones tensas por momentos.

Tuve luego la oportunidad de acudir al consultorio de Lacan, a quien le había pedido una entrevista, fui con un colega que también estaba en ese momento en París. Cuando le pedí la entrevista le conté que era un psicoanalista argentino, que había sido fundador de la Escuela Freudiana de Buenos Aires, que en esos momentos estábamos en la dirección de la Escuela, y que queríamos conversar con él por cuestiones que hacían a la apuesta que nosotros hacíamos por su enseñanza. Nos recibió en su consultorio, recuerdo la anécdota: estábamos en la sala de espera donde Gloria, su secretaria, nos había dicho que esperáramos, de pronto apareció Lacan como una tromba diciéndonos en francés, pero en un tono un poco violento, por qué habíamos llegado media hora tarde. Le contesté, con calma pero con firmeza, que de ningún modo habíamos llegado tarde, yo había hablado con él por teléfono y me acordaba muy bien que habíamos quedado que esa era la hora del encuentro, las 17.30 horas. Pidió disculpas, entramos a su consultorio. Por esa violencia con que nos había recibido me había quedado molesto, entonces un poco picado por su tono le dije: “Acá estamos, quiero aclararle que soy médico, diploma de honor, psicoanalista, me he formado con Pichón Rivière, y elegí no entrar a la Asociación Psicoanalítica Argentina porque me he decidido a apostar por su enseñanza. Quiero aclararle, entonces, que no lo vengo a ver a usted como deben hacer muchos, como si usted fuera una atracción turística, como la torre Eiffel, estoy acá para hacerle una pregunta muy concreta. La apuesta a su enseñanza también implica una apuesta a lo que usted ha formulado como estructura para el lazo social entre analistas y me he encontrado, a través de textos y de lo que he podido registrar aquí en París, que muchos de los discípulos más cercanos a usted cuestionan lo que ha formulado en la ‘Proposición del 9 de octubre’ en relación al pase. Nosotros estamos dispuestos a hacer también en eso nuestra apuesta siguiendo su enseñanza, pero quiero saber si usted mantiene su posición o no”. Lacan, con una sonrisa pícara, me empezó a preguntar si yo había ido a escuchar tal conferencia, tal otra, si había estado en tal mesa redonda, si había leído tal texto o tal otro de la revista Scilicet, lo que tenía que ver con el pase. Una vez que verificó que estaba al tanto de la cuestión, en un tono calmo y también amable, respondió: “Quiero decirle que a pesar de todas las críticas mantengo lo que dije sobre el pase, porque ¿no le parece a usted que ganar dinero no es una razón suficiente para decir que uno quiere ser psicoanalista?” A partir de ahí la entrevista siguió, duró como media hora, digo “como media hora” porque después charlando con otros colegas y amigos me contaron que era inusual que Lacan mantuviera una entrevista que durara tanto tiempo.

Cuento estas anécdotas no como relato de una historia que fue sino por ser, más bien, cuestiones que siguen vigentes: qué significa consagrarse a la práctica del psicoanálisis, cómo crear y recrear las instituciones psicoanalíticas para que no se consoliden en una burocracia, cómo contribuir al desarrollo del psicoanálisis, tomando lo que los grandes maestros han producido, no sólo Freud y Lacan, voy a incluir a otros grandes psicoanalistas como Ferenczi, Abraham, Jones, Melanie Klein, Winnicott, y podemos seguir la serie; cómo hacerlo de un modo creativo que no desdiga de aquellos puntos nodales que definen a nuestra disciplina. Freud dijo que el núcleo de nuestro quehacer es la hipótesis del inconsciente. Con Lacan decimos de un inconsciente enlazado a lo Imaginario y a lo Real que decide la distribución de los goces.
Ofrezco estas viñetas porque considero que sigue siendo actual la necesidad de conversar entre nosotros, ayudarnos para sostener la apuesta imposible –desde Freud sabemos que analizar es, junto con gobernar y educar, uno de los tres imposibles que se encuentran en la cultura–. La historia demuestra que cuando el analista se aísla es difícil que pueda sostenerse a la altura de lo que su función y su deseo le reclaman.
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*. Lacan, Jacques: “Telévision”, Éditions du Seuil, Paris, 1973, pág. 5.
 
 
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