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   El juego

Estragamonedas
  Por Claudio Deluca
   
 
Estas breves líneas intentan dar cuenta de qué manera la técnica psicoanalítica logró en este caso singular pasar desde lo que se podría llamar de manera descriptiva: “subjetividad arrasada por lo compulsivo”, a una posición diferente, en la cual el efecto sujeto fue surgiendo y logrando circunscribir lo que pudo finalmente recortarse con relación al objeto del deseo. Podría resumirse de esta manera. Pasar de: “No puedo dejar de hacerlo”, a: “tuve ganas de hacerlo, pero preferí...”.

A continuación repasaré algunos dichos de la paciente.
V. consulta relatando que es el hijo quien quiere que haga un tratamiento, “lo voy a intentar hacer por él”. Dice: “Desde que me quedé sin trabajo empecé a ir al bingo”, “me siento un parásito”; “al bingo voy con mis amigas”, “me endeudé”, “estuve ocho meses sin cobrar la jubilación”, “ahora estoy empezando a pagar la deuda”.
Durante las primeras entrevistas, la paciente, de una u otra manera decía que consultaba porque decepcionó al hijo. Con el transcurrir de las entrevistas fui maniobrando, corriéndome del lugar en el que la paciente pretendía ubicarme para que la comprenda; como si compartiera su ideología y conociese lo que ella refería de su pasado. Por ejemplo: “Vos te imaginás que yo no lo iba a hacer...”. Por ese motivo me refiero a maniobrar, porque escuchar sin comprender y preguntar sobre lo supuesto la fastidiaba. La dirección tomada por mí fue hacer que ella hable, sin que lo haga solamente en el registro imaginario, posibilitando de esta manera pasar del dicho al decir, intentando de esta manera que se pusiera a trabajar el sujeto del inconsciente, ya que se había abierto una veta que posibilitaría salir del arrasamiento subjetivo y dar lugar al trabajo del sujeto, sacudiéndolo del lugar de la pereza-parásito-fijeza del goce.
Se fue produciendo un viraje hacia la sintomatización, entendiendo esto como el intento subjetivo de deshacerse del padecimiento, de algo que la angustiaba y donde decía no reconocerse. (Ya no era con relación al hijo que seguía el tratamiento.)

Pude localizar un punto de sufrimiento subjetivo que sí hablaba de su singularidad, alejado de identificaciones imaginarias que durante el tratamiento se escuchaban a la manera de enojos con los otros, y frases como: “yo siempre lo hice por los demás”, “nosotras éramos diferentes”. Por lo tanto subjetivar la queja, implicarla subjetivamente, con el monto de angustia concomitante como señal, fue el camino elegido.
En ese momento de las entrevistas decía: “ya no es todo o nada”, “en todos lados hubo buenos y malos, a mí me traicionaron los míos”. “¿Qué triste, no?”
La tristeza empezaba a desplazar al odio. La barra caía sobre él Otro, la división subjetiva se vislumbraba. El primer paso había sido dado. “Quiero dejar de ir al bingo”.

La paciente dice: “voy al tragamonedas”. Señalo: A manera de exclamación: ¡Bingo tragamonedas! Ella ríe, cuando se refería al bingo, lo separaba del tragamonedas. Yo promuevo abrir otra vía, otro recorrido introduciendo el equívoco en el momento oportuno. Por mucho que ella lo intentaba separar, seguía yendo al bingo-tragamonedas –así era como se representaban esas palabras–, con las cuales ella aún no podía jugar.
Abrir la posibilidad del equívoco –en el campo de la neurosis– y no comprender, ya que la comprensión nos conduce a la identificación con la persona que consulta y nos aleja del sujeto en juego en el psicoanálisis.
Digo “en el campo de la neurosis” porque me parece fundamental el diagnóstico diferencial para tener en cuenta dónde ubicarnos y desde qué lugar intervenir, ante la posibilidad de que este tipo de presentaciones –así se las llama– encubran algún fenómeno elemental que nos posibilitaría escuchar una psicosis.

Al encontrar alguien que la escuche y no le diga “qué hacer”, –aunque ella inicialmente lo pedía, con relación al saber médico– comienza a preguntarse: ¿qué hacer con el dinero? Es a partir de ese momento cuando programa arreglos en su casa deteriorada.
Comienza a dar lugar al despliegue de su historia. Virando desde: “hacer las cosas para los demás” a “desarrollar mis conocimientos”. En ese contexto se produce lo que ella llama “una recaída”. Dice: “Fui al bingo”, “una recaída... ¿está mal?” Hago un gesto, como diciendo no saber, quitando de esta manera el soporte especular buscado ante su mirada como: “adicta al juego”, lugar de goce que resistía a entrar en la contabilidad significante. No responder a su pregunta permite que continúe el recorrido. La respuesta a esa pregunta sea cual fuere, taponaría la posibilidad de que se abra otra vía.
También podría decir que no respondiendo posibilito que el mensaje vuelva –del lugar del Otro– de manera invertida.

A su pregunta: “¿Está mal?” Dirigida al lugar del saber, la respuesta silente del lugar del Otro daría lugar a: ¿Usted qué desea? La posterior angustia, “ganas de llorar”, y la tristeza por “lo mal que la estuve pasando últimamente”, fue una muestra del pasaje de la agresión a los otros –discurso en el plano imaginario– a la tristeza como respuesta a la pregunta con relación al deseo.
Me parece oportuno recordar que en el discurso del analista, éste debe ocupar el lugar de la ignorancia, –docta ignorancia–, para que de este modo sea el sujeto el que se ponga a trabajar, si no ocurriera esto se invertiría la demanda, quedando el analista como demandante en vez de deseante. Esto lo podríamos escuchar o comprobar mediante lo que denominamos acting out, y ocurre cuando el lugar del analista queda ocupado por el saber que en este caso sí ocupa lugar (contrariamente al slogan publicitario de hace unos cuantos años) y tapona el discurrir asociativo.

En ese caso el acting out lo podríamos pensar como correctivo del lugar donde está ubicado el analista.
Cuando ella concurre diciendo: “tenía ganas de ir al bingo”, “fui y gané”, “le gané al bingo”; lo diferencio de un acting ya que produce un desplazamiento, un corrimiento, una distancia con relación al no poder evitarlo, que se resume en la palabra “juego”.

Para lo singular de esta paciente jugar fue separarse del bingo-tragamonedas. Por ese motivo es que tomé sus palabras cuando dijo: “le gané al bingo”.
Le ganó porque pudo jugar con él, (con el bingo y con el significante bingo-juego), a diferencia de bingo-tragamonedas. Este último lugar de goce, condensación de dos palabras sin corte –bingo-tragamonedas– le permitiría no enfrentarse a la frase “ser un parásito” –que la reenviaba a su historia, aún no revisada–. Aclaro que a V. la apasionaban los escritores revisionistas de la historia argentina.
Entre ser un parásito o “adicta al juego”, aún persistía la segunda opción aunque ya comenzaba a virar a una tercera opción en la línea del objeto del deseo y no de la demanda, aunque solamente a través de las sucesivas repeticiones de las demandas se pudo circunscribir algo del objeto del deseo, con relación al conocimiento, el estudio, la historia y valga el juego de palabras el revisionismo histórico por ella mencionado con el cual yo jugué en más de una oportunidad (revisionismo histórico y revisar su historia).

En una de las últimas entrevistas, dice: “es la primera vez que quiero que vengan a mi cumpleaños, no quiero que se desintegre mi familia”. Se puede observar un anudamiento diferente con relación a los otros, ya no se escuchaba repetidamente las palabras: “bronca, enojo, odio”, dirigido a sus familiares, un nuevo posicionamiento con relación a su historia había surgido.
 
 
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