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   Testimonios clínicos de Jacques Lacan

Lacan y las transferencias
  Por Gilda Sabsay Foks
   
 
Voy a utilizar algunas ideas de Élisabeth Roudinesco que incluye en su libro Jacques Lacan, esbozo de una vida, historia de un sistema de pensamiento. La historia de Jacques Lacan es la historia de un destino a lo Balzac, la juventud de Louis Lambert, la madurez de Horace Bianchon y la vejez de Baltasar Claës. Pero es también la historia de un pensamiento que, después del de Freud, quiso colocar al hombre en el universo de la religión, de lo oculto y del sueño, con el riesgo de poner en escena la imposibilidad permanente de la razón, de las luces, de la verdad y realizar ese desprendimiento.

En el corazón de su libro, los personajes, los maestros, los amigos, los rivales, los discípulos, el círculo de la familia, aparecen ahí: Koyré, Kojève, Bataille, Heidegger, Sartre, Althusser, Lévy-Strauss, Jakobson. Alrededor de cada uno de ellos se ve la pasión de Lacan de manejar el tiempo, de encontrar los Grandes de este mundo, coleccionar objetos, seducir mujeres, pero también, sobre todo, construir un sistema de pensamiento fundado sobre la determinación del sujeto por el lenguaje.

Roudinesco muestra en su libro cómo este hombre supo analizar finamente las transformaciones de la familia occidental, la declinación de la función paterna, las contradicciones del amor, las ilusiones de la Revolución y la lógica de la locura.
Después de esta introducción voy a tratar de relatar mi propia experiencia. Primero a través de la lectura de Jacques Lacan a quien descubro alrededor del año ‘77. Aunque mucho antes, por casualidad, el azar me puso como testigo increíble de la entrega de Pichon Rivière a Masotta de Les Cahiers de Culture (Cuadernos de Cultura) donde ya había artículos de Lacan, diciéndole “te va a interesar, leelo, vale la pena”. Yo no sabía muy bien de qué se trataba hasta que varios años después me llegaron los Ecrits en francés y empecé a entusiasmarme. Tomé algunos contactos con quienes enseñaban Lacan para comprender un lenguaje totalmente nuevo para mí. Yo venía de una formación freudiana-kleiniana. Mis transferencias tenían que ver con mis analistas, con mis maestros. Pero ya en el ‘72, con la visita de Serge Leclaire, comprendí un poco más lo que quería decir este profesor Lacan, gongoriano, que producía transferencias pasionales. Leclaire, de características distintas, más silencioso, profundo, nos transmitió en aquella visita y luego en el ‘75 y ‘78, una visión personal de Lacan. Con Leclaire establecí una muy rica amistad.

Por esa época empecé a viajar a París, a conocer algunos de los cercanos a Jacques Lacan. En el ‘78 se me ocurrió ¿por qué no conocerlo? Muchas personas me decían “no te va a recibir, te va a cobrar, te va a decir al terminar, es tanto”. Corrían tantos rumores exóticos que finalmente agrandaban esa figura. No me amedrenté. Hablé por teléfono, dije que venía de la Argentina, di mi nombre y me dieron cita para el día siguiente a las once de la mañana. Un detalle clásico, que seguro todos conocen, vivía y trabajaba en la Rue de Lille 5. Recuerdo que salí temprano, caminé por el barrio, profundamente conmovida, porque desde el año ‘74 concurría semanalmente a un grupo de estudios coordinado por Willy Baranger donde estudiábamos los seminarios de Lacan. Esto aumentaba mi interés por este nuevo lenguaje, esta nueva forma de comprender el psiquismo y el inconsciente. Empezaba ya a transferir en esta persona una vivencia de agrandamiento de mi espacio psíquico, como si me abriera ventanas, como si ampliara mi comprensión. Ya en el ‘78 estaba más preparada sobre las ideas que él enseñaba. A las once menos dos minutos toqué el timbre de la Rue de Lille. Me hicieron pasar a una sala en la cual esperé un ratito. Todo eso me parecía entre realidad y fantasía. Algo similar quizás a lo que sintió Freud cuando subió a la Acrópolis. Apareció un señor con su moñito característico, me saludó amablemente y me preguntó “¿qué puedo hacer por Usted?” Le contesté que venía a agradecerle lo que ya sabía de él y mi interés por conocerlo personalmente. Me dijo “le agradezco su agradecimiento” y se puso a conversar conmigo un buen rato. Miré el ámbito mientras después él entró en una biblioteca de donde trajo un ejemplar del último seminario aparecido recientemente. Me puso una dedicatoria muy gentil y ahí terminó esa famosa entrevista con Jacques Lacan.

Salí de la Rue de Lille y sentía que flotaba, creía que podía levitar. Sabía que había sido una experiencia muy particular que marcaría en mi vida, cosa que ocurrió, un cambio en mi manera de comprender el psicoanálisis. Si bien puedo decir que no soy lacaniana a ultranza, las ideas lacanianas modificaron mi forma de pensar. La transferencia sobre Lacan ya estaba hecha antes de la entrevista, pero ésta redobló una vivencia de estar frente a un ser excepcional. No sólo por lo que él hablaba, sino por lo que representaba esa figura. Además de cambiar el psicoanálisis, motivó la lectura de filósofos, antropólogos, epistemólogos, lingüistas, promoviendo algo muy importante: que los psicoanalistas leyeran, comprendieran, ampliaran.

Por distintas circunstancias personales y sobre todo por la amistad que establecí con Serge Leclaire tuve la fortuna de conocer a un buen amigo mío, aún vivo, Moustapha Safouan que mantiene hasta el presente una transferencia sobre el Maestro con la misma intensidad que cuando lo conocí en la Escuela de Lacan, la primera vez que fui a escuchar un seminario. Lacan producía y produce transferencias intensas. También conocí a quienes estaban muy disgustados con él, mostrando transferencias pasionales negativas. Cosas de esperar en figuras controvertidas, excepcionales, inquietas, sabias, que abren ventanas y se adelantan a ciertas formas de comprender que a los contemporáneos se les hace muy difícil valorar.

Seguí viajando a París y mis contactos han sido siempre de ambientes lacanianos muy diversos, el de Miller por un lado, por otro el de Cercle Psychanalytique, Espace Psychanalytique liderado en su origen por los Mannoni.
Por ejemplo, tres instituciones distintas, pero todas atravesadas con una apasionadísima transferencia hacia el Maestro, aunque difieran mucho entre ellas. En alguna medida me hace recordar las dificultades que tuvo Freud mismo con sus discípulos. Aunque algunos de los lacanianos que yo traté se alejaron un poco, nunca perdieron su pasión por él, por su rigor, por su creatividad y por la diversidad de elementos que investigaba para comprender el alma humana.
Creo que fue un lector muy particular de Freud, con una transferencia tal vez ambivalente. En el ‘32 publica su tesis doctoral como psiquiatra sobre psicosis paranoica. Siempre me llamó la atención que nunca hubo un encuentro personal con Freud. Sí menciona con simpatía a Melanie Klein, aunque no creo que la haya conocido, también con simpatía a Winnicott. Creo que él revolucionó al psicoanálisis francés y tal vez al psicoanálisis mundial.

Lamento no haber podido disfrutar de sus exposiciones clínicas que hacía con fineza y claridad. Era un psiquiatra semiólogo de excelencia.
No todos sus múltiples discípulos, como Pontalis, o Laplanche, o Widlöcher –paciente de él–, conservan la misma transferencia pasional positiva. Sí la conservan Guy Rosolato, otro amigo mío, o Conrad Stein –aunque no fue analista lacaniano–. Estoy hablando de la primera época, después están los más jóvenes.

Volviendo a la Argentina, yo no llegué a conocer a Masotta, pero se le debe a él haber podido impulsar el conocimiento de la obra de Lacan. Obra que debe ser abordada, discutida, pero nunca desconocida.
Para mí es un honor y tal vez tengo dificultad para transmitir en palabras lo que significó haberlo conocido y tener vínculos con todo este primer grupo de apasionados, producto de ese contacto directo con Lacan. Por ejemplo tengo una amiga en París, de la primera época –pero no muy conocida– Andrée Lehmann. Muy jovencita ya era de la “banda”, como dicen ellos de la banda parisina. Sigue manteniendo un gran rigor en su trabajo, estimulada por Lacan a dedicarse a medicina psicosomática. No muchos saben de ese interés, pero son pequeñas comunicaciones del interés y seriedad que tenía Lacan por otros temas que no fuera el lenguaje propiamente dicho. Para él lo psicosomático era también lenguaje.
Las situaciones locales son complicadas. No podría decir exactamente cómo es la transferencia hacia Lacan en la Argentina. Sí conozco un poco lo que pasa en París. Diría que la formación, la cultura de los colegas lacanianos de la primera época, de la segunda y tercera generación son profundas, serias y con permanente interés de descubrimiento. De todas maneras, uno podría preguntarse si esa pasión con esa figura gigantesca produce una especie de hechizamiento. También si en la clínica esto se revela como muy eficaz. Muy difícil contestar eso. La eficacia o no eficacia depende también del arte. Si Freud decía que el método psicoanalítico, como él lo llamaba, debía adaptarse a cada psicoanalista. Si funciona para un psicoanalista lacaniano, puede funcionar para un psicoanalista winnicottiano, kleiniano, freudiano, o siendo muy optimista, que todo eso configure el acervo con que un buen análisis, un buen aprendizaje de lo que nos brindan los maestros, estructure un buen analista.
 
 
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