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   Testimonios clínicos de Jacques Lacan

Final de juego
  Por Mario Pujó
   
 
Testimonio. El adjetivo testimonial sufre una constante devaluación en el campo político. Se califica como tal a una fuerza cuando, aún expresando sus auténticas convicciones, no manifiesta con ello una decidida vocación de poder. El carácter testimonial de algunas candidaturas ha sido recientemente tildado de farsesco, y denunciado como una burla electoral. Sin embargo, lo sabemos, un testimonio supone un gran compromiso personal y una fuerte implicación subjetiva. Lacan se sirve de la etimología para fundamentarlo: testis reenvía a testículos, y el que testimonia los pone necesariamente en juego. Algo sobre lo que nos advierte de entrada en la escucha de las psicosis: en su delirio, el psicótico da testimonio. Y lo que proponía a quien pretendiera ser reconocido como psicoanalista de su escuela: dar testimonio de su análisis. Consecuentemente, siempre afirmó sostener su enseñanza desde una posición analizante. Por su parte, de un extremo al otro de su obra, en el relato de sus sueños, sus lapsus, sus historiales, Freud da testimonio de su inconsciente. Lo que corrobora que el psicoanálisis no es sólo un tratamiento o una forma de psicoterapia sino, más radicalmente, una experiencia. Una experiencia del deseo, una experiencia de la falta en ser. Razón por la cual, si el discurso universitario se ha demostrado eficaz en la enseñanza del psicoanálisis, es la modalidad del testimonio la que se evidencia apropiada a su transmisión. Nunca más psicoanalíticamente oportuno entonces, que convocar al testimonio para aproximarnos a la clínica de Lacan. Aunque, personalmente, de esa clínica sólo pueda hablar de oídas. ¿Habría podido ser de otro modo? Quizás sí y, por ello, me propongo relatar mi experiencia del entorno en que se desenvolvía esa clínica, la clínica de quien sería quizás abusivo llamar “el último Lacan”, y más apropiado nombrar como “Lacan, al último”.

El Seminario. «Quest-ce que ça veut dire... dire?». Lacan alargaba intencionalmente la duración de la ‘i’. Fue lo primero que llegué a escuchar. Una voz gruesa, pausada, variable en sus tonalidades, imprevisible en su modulación. Había llegado tarde, como me ocurría en esa época, y el seminario había comenzado. Su título, «Moment de conclûre», hacía presumir que probablemente fuera el último. La Facultad de Derecho estaba colmada. He leído distintas descripciones del auditorio y, en general, se lo ha retratado bien: cables de grabadores y micrófonos se entrecruzaban, un adiestrador de gallinas hacía su numerito en la entrada; Gloria, su secretaria personal, permanecía sentada ante el estrado. En el pizarrón, una serie de cadenas de nudos dibujados sobre papel con marcadores de color. Lacan resoplaba de pie. Miraba al pizarrón. Se daba vuelta, y hablaba otro poco. Pero algo del dibujo en el pizarrón le disgustaba. Y volvía a detenerse. Me sorprendía la juventud de esos estudiantes que tomaban nota con absoluta atención. Aunque, con el tiempo, comprobé que no era sólo mi todavía precario francés; nadie entendía claramente adónde nos conducía todo eso. Pero se compartía la sensación de que un saber riguroso e inextricable se elaboraba ante nuestros ojos.
Lacan se desplazaba lentamente. En el ’77 debía tener 76 años y, a mis 24, me parecía un hombre mayor. Muy mayor. Pero no, desde luego, un viejecito apacible. Una presencia imponente. Una figura de autoridad.
La escena se repetía algunos martes al mediodía, dependiendo de los recesos. Podían ocurrir muchas cosas. A veces, todo transcurría más o menos normalmente desde el comienzo hasta el fin. Otras, Lacan increpaba repentinamente a Soury y lo instaba a pasar al estrado. A disgusto, Soury señalaba un error en el trazado del nudo. Lacan se fastidiaba. No era un lapsus, era un error. «Un error grosero». Y emprendían una discusión que ya nadie tenía intención de seguir. El auditorio se vaciaba, y ellos permanecían debatiendo en el “planeta borromeo”. Cierta vez Lacan llegó retrasado. A causa de un apagón de dos horas, no había podido preparar su curso esa mañana. Frustración, resignación, ninguna protesta. Todos nos retirábamos en calma. Quedaba, no obstante, la duda: ¿no habría podido improvisar?

Vincennes. Mayo del ‘68 era sólo un recuerdo. Un hermoso sueño que se evocaba con nostalgia. Con la crisis del petróleo, la sociedad francesa se había vuelto a cerrar. Y desconfiaba. Terre d’asile de los bien pensantes, para la “Francia profunda” «el extranjero viene a comerse nuestro pan». La Universidad de Paris VIII era todavía una isla. Un retoño que entregaba generosamente sus flores. A finales de septiembre, la inscripción a las facultades acababa de cerrar. Había llegado... tarde. Después de seis meses en combi por Europa, no era tanto el encanto parisino como el espanto argentino el que primaba. Mi amigo G. me facilitó una llave: «Explicáles que sos latinoamericano y que no querés volver». Fruto de las reformas del ‘68, Vincennes palpitaba convulsionada, hiperpolitizada, multiétnica, pero, sobre todo, permaneciendo solidaria. Esa credencial universitaria y una cuenta de banco abrieron la cerradura de la carta de residencia, renovada año tras año desde el ’77 hasta el ’81. Podía estudiar y trabajar legalmente medio turno.
El Departamento de Psicoanálisis fundado por Lacan y dirigido ya entonces por J.-A. Miller, no ofrecía una carrera de grado, pero sí la posibilidad de obtener un doctorado de tercer ciclo. Se dictaban variadísimos cursos basados en proyectos de investigación de algunos de los exponentes más notables de la generación intermedia. Valían como unidades de valor para otras carreras, a la manera de materias optativas. Recuerdo las palabras con las que mi amigo E. me recomendó asistir al curso de Miller: «Tenés que ir. Es como Masotta pero mejor». Una comparación improbable, aunque era cierto que su modo de discurrir lindante con lo universitario despertaba un tipo de transferencia similar. Llegar en metro hasta Château de Vincennes y viajar diez minutos en bus, convertían por sí mismo al recorrido en una excursión. Una excursión extenuante, en la que raramente se podía hablar con alguien. Los compañeros de curso se trataban de usted. Desde 1975, la revista Ornicar? −Bulletin périodique du Champ Freudien– se editaba en estricta consonancia con lo que allí se producía, estableciendo, además, la versión de las últimas lecciones del Seminario. Vincennes consumaba una suerte de trasvasamiento generacional, junto a la elaboración de un discurso masivamente transmisible. Buena parte del futuro del lacanismo y de su extensión internacional se preparaban allí.

L’École Freudienne de Paris. L’Hôtel des Alliés, sobre la Rue Berthollet, no tenía ninguna estrella. Tenía, en cambio, buen precio y mejor ubicación. Dando la vuelta, sobre la Avenue Claude Bernard, estaba la sede de l’École. De modo que desde el principio frecuenté asiduamente su biblioteca. Me gustaba hojear las Lettres y rastrear la desgrabación de los breves comentarios de Lacan luego de la exposición de algún miembro de su escuela. De ello resultó, entre otras cosas, un “Ordenamiento cronológico de las obras de Jacques Lacan” bastante completo, publicado en la revista Imago No. 6 (octubre del ‘78), retomado en el ’80 por Américo Vallejo en su Vocabulario lacaniano, y vuelto a editar tiempo después en portugués en el libro Lacan – A través do espelho de mis amigos Cesarotto y Souza Leite.

Comandada por la generación mayor, el clima de los cursos y conferencias en la Escuela era más bien solemne. La diversidad y la pluralidad de las orientaciones eran notorias, signando desde su inicio el carácter freudiano de la institución concebida por Lacan. Porque si lo que allí se producía guardaba una clara concordancia con distintos aspectos y épocas de su enseñanza, no se limitaba a una explicación de la misma. Ensayaba su ampliación conceptual a campos diversos como la pediatría, la pedagogía, el derecho, la medicina, la literatura, la historia, la antropología, la filosofía, la historia de la ciencia, las matemáticas, y su aplicación al terreno de la psicología institucional, el psicoanálisis con niños, el tratamiento del autismo, el psicodrama, la dinámica de grupos, la interpretación del dibujo infantil. El relevamiento de la amplitud del campo freudiano auguraba un inevitable babelismo pero, al mismo tiempo, representaba una apuesta en favor de la creatividad. La figura del “analista no practicante” intentaba asegurar el rigor de las elaboraciones teóricas. Pero la mayor parte de la vieja guardia tenía su propia formación y su prestigio ganado en otras instituciones. Todo lo cual hacía presagiar un estallido con la previsible desaparición del timonel. E. me lo había advertido de entrada: “lo que está en juego es la posteridad de Lacan”.

Fin de ciclo. A partir del ’78, ser argentino dejó de ser una curiosidad. Los rostros europeos por televisión generaban empatía. El mundial de fútbol atrajo la atención sobre los crímenes de la dictadura y el terror de Estado en Argentina. Se debatía si el seleccionado francés debía participar o no. El «ángel rubio» había sido descubierto intentando infiltrarse en los organismos de solidaridad. Massera montaba su centro piloto en París. La paranoia cundía. Entre los concernidos, se discutía si era conveniente para los lacanianos argentinos que Lacan sumara su nombre a una solicitada condenatoria firmada por intelectuales notables... Buenos Aires se perfilaba como la capital natural de una promisoria Lacanoamérica plena de recursos renovables.

Año tras año crecía no obstante entre nosotros la añoranza. En el Seminario («La topología y el tiempo») había hablado Nasio. E. lo celebraba entusiasta como un genuino triunfo de la argentinidad. Meses después me avisa que alguien vendría desde Argentina para hacer una presentación sobre Lacan. Había que pedir invitación y, al retirarla, se me advirtió: «vendrán algunos». La sala era pequeña. Una veintena de asientos. Miller había presentado a M. que desarrollaba una exposición un tanto filosófica. El noúmeno kantiano, el real lacaniano... E. me codea. Lacan entraba del brazo de Gloria para sentarse en la fila de al lado, un asiento evidentemente reservado para él. Encandilamiento. Luz. (Un plato volador en el living de casa). Lacan se da vuelta. Me mira. Sus ojos desbordan los cristales. El instante disuelve la temporalidad. E. me codea. «Dejá de mirarlo». Efímera eternidad. Cinco minutos después Lacan está completamente dormido. ¿Senilidad? Probablemente. Pero también, decididamente, acto. ¡Explicarle Lacan a Lacan! Quedaba, no obstante, la duda: ¿para qué entonces se había desplazado hasta allí?
En el ’80, la velocidad de traslación de la tierra se acelera. Diciembre del ’79: Lacan disuelve su escuela. Delenda est. Revuelo. Judicialización. Las cartas vuelven a repartirse. Los liderazgos se reformulan. El reclutamiento está a la orden del día. En marzo del ’80 muere Sartre. Una procesión conmovedora. Y, al mes siguiente, Barthes. En Julio, Lacan hace el Seminario en Caracas. En noviembre, Althusser estrangula a su mujer. L’École de la Cause Freudienne. L’Association freudienne. El Centre Freudien de Recherches Psychanalytiques. La Edelp. Y muchas otras. A partir de la muerte de Lacan, el Seminario reivindica derechos de autor y también sus versiones alternativas. Una lectura bíblicamente inagotable. Los seminarios sobre el Seminario se multiplican.

¿Pero qué del Lacan de carne y hueso? Muchos años después visité 5, Rue de Lille. La cour, primer piso por escalera. Las habitaciones pequeñas, a escala parisina. «¿Cree usted que, como lo ha escrito un periodista, algún analizante podría quedar olvidado en esta sala de espera?», me pregunta M. Abdoulaye Yérodia, el marido de Gloria, que oficiaba de anfitrión. Habían pasado quince años de la muerte de Lacan y visitaba por vez primera su consultorio. Parecía fácil hacerlo en su ausencia. Lo que, al escribirlo, me hace pensar que la proximidad de la presencia de Lacan no facilitaba el acercamiento. Más bien lo contrario. Aliviado, alguien contaba que, al consultarlo sobre su formación, Lacan le había sugerido analizarse con un tercero. ¡Como si se hubiera puesto a salvo de sus fauces!
Del aura de esa presencia retengo una clave que tal vez sirva para orientarse en los vericuetos de una clínica inimitable. Para hacer como Lacan, no hay que imitarlo. Lo que nos aligera, por cierto, de una tarea imposible.
 
 
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