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   Testimonios clínicos de Jacques Lacan

Hacer saber / saber hacer
  Por Carlos Brück
   
 
Como un deslizamiento del imperativo de la abstinencia puede advertirse en los círculos psicoanalíticos, la dificultad de colocar el pronombre “Yo” en los textos que escriben los analistas. Esto no quiere decir que se eviten los relumbrones narcisistas, aquellos que –siguiendo la indicación de Poe en uno de sus mas intrigantes textos– solo pueden advertirse, si y solo si, se coloca al trasluz el texto escrito con tinta de limón. Una sustancia que no se hace legible a simple vista. En esta línea de la escritura correcta, recuerdo que hace ya unos cuantos años, reunido con un grupo de colegas, leí unas notas sobre mi encuentro casi adolescente con Oscar Masotta, prestando atención en el ensayo a ciertos detalles. Entre ellos que su ventana daba en diagonal al consultorio de, en aquel entonces, mi primer analista. Y que un gato se paseaba casi insultantemente por el living del dueño de casa quien había terminado de escribir un texto cuyo título, precisamente en primera persona, decía “Yo cometí un happening”. Mis notas intentaban dar cuenta, desde algún lugar menos previsible, de la modalidad de recepción del psicoanálisis en nuestro país y los rasgos poco canónicos de algunos de sus protagonistas. En los tiempos argentinos en que Jacques Lacan comenzaba a ser un nombre propio. A la lectura de esas líneas sucedieron varios comentarios, pero recuerdo uno que trato de ser piadosamente terminante: “como ensayo es demasiado autobiográfico”. No hubo más opiniones, porque ese “demasiado” unido a la supuesta exaltación de la presencia del narrador, dejaba fuera de lugar al texto y a mis intenciones.

Años después leyendo una crónica de Tom Wolfe sobre la irrazonable reunión social entre los Blacks Panthers y los millonarios Vanderbilt intercambiando caviar y afirmaciones sobre la toma del poder (en lo que podría llamarse un fresco social), me di cuenta de que mis notas iban en esa misma dirección. Buscando encuadrar un acontecimiento, una época, desde el género testimonial. El dar testimonio, ubicándose entonces en primera fila, tiene una historia que casi se confunde con el nacimiento de la retórica, pero que implica imponer al acontecimiento una afirmación personal: “yo estuve ahi” con todo lo que esto significa como reivindicación y pertenencia. Por eso es que el testimonio, en su mejor perfil, alude a una posición desde la que se habla. Pero también, desde su cara menos fotogénica, a cierta necesidad de proclamarse en una presencia.

Por eso es que la Autobiografía, fragmento del testimonio, puede también llamarse Memorias o definirse más rústicamente como un Diario que se propone historiar. Y al que se le habla desde un yo a otro yo: “Querido diario”. Si la tradición del testimonio –valga el juego de palabras– tiene su historia, esta puede ser tan fantástica como la de Ulrico Schmidl relatando lo que encontraba en esta Terra Incógnita que después se llamaría América. O tan apasionada por el efecto de transmisión que se designo por vía de Lacan y dentro de algunos espacios psicoanalíticos como “pase”. Sea como fuere, historia fantástica o pasaje de analizante a analista, el testimonio no puede abandonar su condición de relato en donde alguien nos cuenta lo sucedido. Eso que Michel de Certau, canon de la historiografía, define como propio de colocar en eslabones continuos lo pasado y lo presente. Claro que si Freud afirmaba que sus historiales eran leídos como fragmentos literarios y que eso no dependía de él sino del material en cuestión, podríamos suponer que las historias de unos análisis relatados por quienes hablan desde la posición de haber sido analizantes, también mantienen en el relato autobiográfico algo que hace al material en cuestión. Ese artificio, esa enfermedad artificial, la transferencia, que le da sustancia al testimonio. Algo de esto es lo que respira en algunos relatos de pacientes que pueden presentarse a si mismos: Jacques Lacan, Calle de Lille Nro. 5 de Jean-Guy Godin, Una temporada con Lacan de Pierre Rey (donde sucede que alguien que llega a la consulta porque no puede continuar escribiendo, concluye, en el ejemplo más claro del working in progress, publicando un libro sobre su análisis).

Pero también Diario de mi análisis con Freud de Smiley Benton o Escrito en la pared de Hilda Doolittle donde su autora /analizante relata cómo guarda silencio ante una intervención del Maestro que golpea con su puño el sillón para rubricar una afirmación intempestiva: ¡usted cree que soy demasiado viejo como para enamorarse de mi!
¿Afirmación intempestiva o vacilación calculada? Porque Doolittlee sigue relatando el curso del análisis que llega a su fin, a posteriori de la clausura del síntoma alucinatorio que sostenía su mirada.
Estos textos, como otro cualquier testimonio, atestiguan sobre lo perdido y lo que el relato ubica allí: donde algo ya sucedió. Y esa ausencia la hacen pasar por el escrito sin que se conviertan en testimonios vivientes (lo que Borges llamaría alegorías y a mi se me ocurre describirlos como mascarones de proa o mascaradas).

Ese fue el destino/desatino al que se prestó gustosamente el Hombre de los lobos. Llevado de congreso en congreso para ser tocado y en la imposición de manos que le hacían y recibían muchos analistas, tocar a quien estuvo ahí.
Transferencia entonces como movimiento de apropiación, el mismo que se puede comprender en el Louvre cuando una muchedumbre se apretuja sacando fotos a La Gioconda en lugar de llevarse las postales que están a la venta. Quizás es por eso que ciertos conjuntos sociales no están dispuestos a ser retratados a menos que puedan vender cara su imagen.
El testimonio, tan imperfecto como la fotografía, conduce entonces a la manera de la pasión a algún lugar que es la ausencia, pero también nos lleva a presenciar una escena en la que algo nos toca sesgadamente.
El testimonio lleva siempre la bandera de un nombre del padre, plantea casi inevitablemente un sentido, una dirección que va hacia un punto culminante. Que en el caso del psicoanálisis se dirige a la interrupción o la conclusión de una travesía, a la salida, al exit o al éxito.

Aun así son más escasos los testimonios que historizan un fracaso, aunque la posibilidad de la rectificación haya sido una de las cualidades de Freud o de Lacan.
Ninguno de los dos dudaron en hacer público ésto (en una carta a Fliess de 1897 o en aquel seminario en donde Lacan dice haber cometido “una impropiedad conceptual”). Creo –momento de concluir– que aquí reside el núcleo duro del testimonio, ese plus que se anuda a la trinidad del relato/transferencia,/ausencia y que puede definirse como el pasaje de lo privado a lo público. Por ello es que un testimonio no participa de la lógica de la obligación (como decía Cortazar en Historias de cronopios y famas: “no vamos porque hay que ir”). El testimonio se da, se brinda, se ofrece para transitar del hacer saber al saber hacer. Y quien quiera oír que oiga.
 
 
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