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   Testimonios clínicos de Jacques Lacan

Porvenir del testimonio
  Por Jorge Baños Orellana
   
 
En 1836, a la edad de Cristo, Ralph Waldo Emerson carga la pluma en un tintero en llamas y escribe: “Nuestra época es retrospectiva. Construye tumbas a los Padres. Escribe biografías, historias y críticas. Mientras las generaciones anteriores contemplaron a Dios y la naturaleza de frente; nosotros lo hacemos a través de ojos que nos precedieron. ¿Por qué no podemos también nosotros gozar de una relación primordial? ¿Por qué no alcanzamos una filosofía desde nuestras intuiciones y no desde la tradición, y una religión revelada a nosotros mismos en lugar de la proveniente de la historia de lo revelado a otros?” Son las primeras líneas del exordio de Naturaleza. La Europa romántica, de la que acaba de volver, había incitado a Emerson a atestiguar sus vivencias de lo Absoluto, experimentadas precozmente desde que la tía Mary Moddy le inculcara las técnicas de autoayuda de la Bhagavad-gītā. Debía contenerse pues era temerario inculcar el espiritualismo individualista a los puritanos de Boston; entonces publicó Naturaleza anónimamente. Pero la protesta igualmente estalla cuando, desde el púlpito del Cambridge Divinity College, incrimina de pueril la costumbre dominical de predicar con las pequeñas historias de los Evangelios, e incita a los feligreses a atravesar una espiritualidad sin la muleta de mediaciones discursivas del pasado. Recomendaba, a tales efectos, la eternidad en tiempo presente del paisaje americano, tan distinto al espectáculo mancillado de la naturaleza inglesa donde la historia había clavado un mojón en cada montículo. Si esta crónica nos hace sonreír es porque no hay novedades sin fecha de vencimiento y porque si hoy hay un puritanismo lacaniano –y yo creo que lo hay–, este se define por ser fervientemente emersoniano... Pues se distingue por un antihistoricismo militante, por ofrecer un Lacan despellejado de anécdotas y por alardear de tener el mantra del acceso directo a la lógica de los textos.

Haciendo oídos sordos al testimonio variopinto de los analizantes y conocidos de Lacan y de los asistentes frecuentes a los seminarios, el nuevo puritanismo no ve más que ganancias cuando levita sobre el charco de las habladurías. Estima que prestar atención a ese barullo no sirve a la reconstrucción del contexto de descubrimiento, sino a mantener extendida una pantalla deslumbrante que encegueció la lectura de Lacan realizada por sus contemporáneos. Pero una circunstancia emparienta el puritanismo bostoniano de 1836 con el nuestro: la de que ambos tienen los días contados. No hago profecías. Lo digo por una sencilla constatación de almanaque: a los testigos más destacados de la enseñanza de Lacan les llegó la edad de escribir memorias. Se viene una avalancha de datos fidedignos y fabulaciones que mayormente redundarán en lo sabido, pero también sobresaltarán conjeturas bien establecidas.

Hubo quienes tomaron la delantera a poco de morir Lacan en 1981, bien porque estaban entre sus seguidores más viejos, como Perrier (Viajes extraordinarios por Translacania es de 1985) o Pontalis (El amor a los comienzos, de 1986); o bien porque se limitaron a atestiguar acerca de sus análisis con Lacan, como Pierre Rey (Una temporada con Lacan, de 1989) y Jean-Guy Godin (Jacques Lacan, 5 Rue de Lille, de 1990); o bien porque los impacientaba expresar su alejamiento, como Serge Leclaire al publicar, en 1981, las peripecias de Un encantamiento que se rompe en el que incluyó la foto de una cartita firmada por Lacan proscribiéndole dictar un seminario en la Escuela Freudiana de París. Desde luego, de estos primeros tiempos, hizo época el grueso segundo tomo de La batalla de cien años: historia del psicoanálisis en Francia de Élisabeth Roudinesco del año 1986, retomado y ampliado en su Lacan de 1993. Y aunque tardío (1994) y ajeno al circuito analítico, cabe incluir en esta lista del duelo a Un padre (puzzle) de Sibylle Lacan. Un género aparte es la colección de dichos y ocurrencias reunida por Jean Allouch a partir principalmente de registros de la memoria oral. Iniciada en 1988, con 132 bon mots avec Jacques Lacan, la versión actualizada de 2009 lleva el título de 543 Impromptus de Jacques Lacan (la última de las tres versiones en castellano es Hola… ¿Lacan? Claro que no, con 321 muestras).

Los años noventa trajeron una segunda ola menos pretenciosa, con incrustaciones de retratos y anécdotas de Lacan inopinadamente incluidas en artículos teóricos o previsiblemente agitadas, a modo de exemplum, en el trámite de las efemérides de instituciones lacanianas. A veces, excusas menores dieron pie a registros valiosos (v.gr. el testimonio de François Cheng en ¿Conoce usted a Lacan?). Más tarde, la perspectiva que trajo el vigésimo aniversario de la desaparición de Lacan animó a ensayos más parecidos a lo que creo que traerá el porvenir, particularmente con El día que Lacan me adoptó: mi análisis con Lacan de Gérard Haddad y la novedad de híbridos más atrevidos a cruzar memoria y teoría, como la compilación de Travailler avec Lacan (el parecido con el título de Paul Roazen Cómo trabajaba Freud: cometarios directos de sus pacientes es lamentablemente casual). Pero creo que, por su carácter de publicación póstuma, Un amor de transferencia: diario de mi control con Lacan 1974-1981 de Élisabeth Geblesco es el título que mejor dejaría entrever las memorias que están siendo hoy escritas en silencio y los papeles resguardados discretamente que, a sabiendas o no, verán la luz cuando sus autores no estén más. No atribuyamos toda la sensatez y el abuso, la astucia y la osadía, la discreción y la insolencia de las memorias de ultratumba al patrimonio lacaniano; Melanie Klein ejemplifica las dos alternativas de una posteridad calculada y de otra asaltada: ella misma corrigió, en su lecho de muerte, las pruebas de imprenta del caso Richard que retuvo quince años; mucho después, en 1999, Claudia Frank desenterró los cuadernos de los casos Grete, Rita, Inge y Erna del período berlinés (la edición inglesa es de 2009, no hay noticias de que se prepare una en castellano).

La política de los papeles póstumos trae a la memoria otras formas menos luctuosas de atenuar el gesto enunciativo. Por ejemplo, la del anonimato de En Face: Confession d’un psychanalyste, o la del travestismo de hacer pasar testimonio por ficción de Betty Milan, cuando catalogó El loro y el doctor, relato de su análisis con Lacan, como una novela, o la del disimulo de la permutación de identidades en Psicoanalizar, cuando el mencionado Leclaire empleó la estratagema, ya usada por Anna Freud (en “La relación entre fantasías de flagelación y un sueño diurno”) y la princesa Bonaparte (en “Notas acerca del descubrimiento analítico de una escena primaria”), de relatar un fragmento de su análisis personal (con Lacan) como si fuese uno de la propia clínica. Son efectos del tironeo entre el deber de rendir testimonio y la preocupación, también legítima, de perjudicar o perjudicarse en vano.

La palabra testigo deriva del latín testis cuya etimología, explicada por los mismos romanos, viene de qui tertius stat (el que está en posición tercera, el que presencia imparcialmente un litigio entre dos) y de ninguna manera del testiculus latino; aún así, esos romanos estaban advertidos de que la condición tercera del testigo podía resultar falaz o peligrosa, por eso embrollando la tarea de futuros filólogos estableciendo la regla tribunalicia de que el testis debía declarar sosteniendo sus testiculi, ya para hacer gala de heroísmo, ya como prenda de garantía de decir la verdad. Así es que, más allá de lo que se juzgue de su Diario y sus escenitas con Lacan, Geblesco expresaría lealmente las marcas del malestar, la megalomanía y la resignación del testimonio cuando dice: “Al escribir, siento una repulsión tan grande que no sé si podré hacerlo. Me obligo porque pienso que sólo el hecho de que todas las entrevistas sean anotadas le da un valor a lo que escribí hasta ahora, que algún día se insertará en la historia del psicoanálisis; no por sí mismo, sino por lo que se podrá leer más tarde sobre Lacan, en intersección con otras opiniones”.

¿Pero no hay algún testimonio que no sea opinable, que no sea objetable en psicoanálisis?, ¿no hay alguna excepción en la que se proscribe afrontar un testimonio con otro nuevo (desplazando al testigo anterior de su posición tercera a la posición segunda del procesado)? Sí lo hay, o al menos eso se suponía del pase. Hasta ayer reinaba la convicción de que mi analista nunca osará levantar la mano para negar o relativizar abiertamente mis dichos el día en que me consagren AE, pasante nominado. Pero hace diez meses quedó asentado un precedente de renombre que desbarata (felizmente) ese privilegio de excepción concedido al pase. Al respecto, consúltese la discreta pero innovadora disputa acontecida, entre un AE recién nominado y su ex analista, en lección del 25 de marzo de 2009 de Jacques-Alain Miller: el analista replica autorizándose en la fórmula: “en todo caso, es mi testimonio”.*
Agreguemos, que los testimonios tienen, además, una direccionalidad o un regímen de historicidad, como dice François Hartog. Podría creerse que, al menos en sus intenciones declaradas, todos apuntan a la misma dirección, la de recobrar el pasado para que futuros analistas lo atesoren. No es así. También puede atestiguarse para privarlos de ese pasado, para persuadir de que ese pasado está perdido irremediablemente: que no hay porvenir para el psicoanálisis pues se desvanecieron sus condiciones de posibilidad, que la actualidad no merece su herencia ni tiene manos para recibirla. Esta parece ser la dirección testimonial de Charles Melman en el libro-diálogo El hombre sin gravedad: gozar a cualquier precio:

Melman: Asistimos al final de una época, a una liquidación, en términos analíticos diríamos una liquidación colectiva de la transferencia. Lebrun: ¿Quiere decir de toda transferencia, de la noción misma de transferencia, de ese lugar afectivo particular observado por Freud? Melman: Sí, de la transferencia en tanto que es susceptible de aplicarse a personas tanto como a bloques de saber. Ya no haya autoridad, ni referencia, no tampoco saber que se sostenga…
Se encuentra liquidado el lugar de la instancia fálica… En efecto, es el sexo que nos complica la vida… nos van a liberar de él… No hay más división subjetiva, es un sujeto en bruto que no se interroga sobre su propia existencia. Lebrun: Esa desaparición ¿nos lleva a un saber puramente instintivo, a un ser cuya conducta estaría determinada por adelantado? Melman: Tiene razón, ya no sería necesario determinar o elegir nuestras acciones: se encontraría como en el animal.
La ligereza de sus dictámenes apocalípticos hace pensar en La muerte de Sardanápalo de Delacroix: sabiéndose asediado por la muerte próxima, el déspota Sardanápalo decreta liquidar todo lo que ama de este mundo: degollar a sus mujeres y pajes, a sus caballos y perros predilectos, echar al fuego los bienes más preciados. Sin embargo, el verdadero paralelismo lo encuentro en las últimas páginas de Memorias de ultratumba de Chateaubriand. Como almas gemelas, los dos libros coinciden en las nostalgias y el diagnóstico catastrófico de la actualidad de su París, aunque los separen 161 años:

Chateaubriand 1841: Una reputación apenas palpita una hora; un libro envejece en un día, y los escritores se suicidan para llamar la atención… No se imaginan otros medios de conmover que escenas patibularias y costumbres vergonzosas.
Melman 2002: Hoy en día ya no es posible abrir una revista, admirar personajes o héroes de nuestra sociedad sin que estén marcados por el estado específico de una exhibición de goce.
Chateaubriand 1841: Ya no brotará genio humano alguno de esos pensamientos que llegan a ser patrimonio del universo.
Melman 2002: Una formidable libertad, pero al mismo tiempo absolutamente estéril para el pensamiento ¡Nunca hemos pensado tan poco algo!
Chateaubriand 1841: Sí, la sociedad perecerá, la libertad que podría salvar al mundo no marchará porque no se apoya en la religión.
Melman 2002: Por lo menos en Francia se desarrollaba una vocación, la de servir al Estado, en el sentido noble y digno del término. Ya no ocurre eso… La enseñanza laica sale de una cuna: la enseñanza religiosa, quedó mucho tiempo marcada por ese origen, ya no tenemos más que escuelas profesionales.
_____________
*. http://www.eol.org.ar/template.asp?Sec=publicaciones&SubSec=on_line&File=on_line/jam/curso/2008/09_03_25.html
 
 
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