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   El juego

Perder la cabeza por una cabeza
  Por Mariela  Coletti  y Débora Blanca
   
 
“Por una cabeza, de un noble potrillo… y que al regresar parece decir, no olvides hermano, vos sabés no hay que jugar… por una cabeza, todas las locuras, tu boca me besa, borra la tristeza, calma la amargura. Por una cabeza, si ella me olvida, qué importa perderme mil veces la vida, para qué vivir… Cuánto desengaño, por una cabeza, yo juré mil veces no vuelvo a insistir… Basta de carreras, se acabó la timba, un final reñido yo no vuelvo a ver, pero si algún pingo llega a hacer pica el domingo, yo me juego entero, que le voy a hacer…”1

¿Cuál es el sufrimiento de un jugador compulsivo?
Desde ya, pensamos al juego compulsivo como algo distinto del síntoma neurótico.
El síntoma neurótico remite a conceptos tales como represión, retorno de lo reprimido, cuerpo extraño, desplazamiento, condensación, sujeto del inconsciente, entre muchos otros. Ahora bien, ¿qué se observa en el jugador compulsivo?
En principio, tal como lo dice su nombre, la pulsión, lo que pulsa por emerger y encontrar una salida, que siempre es la entrada al mismo lugar, siempre el encuentro con la misma puerta.
Recordemos lo mudo de la pulsión, la búsqueda de satisfacción, la ligazón con el autoerotismo. Predomina el movimiento de desplazamiento (metonimia) y el vacío de metáfora respecto del juego. Se impone lo mudo, su tiranía, el quantum desbordante de pulsión de muerte (goce) y entonces, lo autodestructivo, la imposibilidad de ligar. El mecanismo de denegación (desmentida) relanza al jugador siempre al mismo lugar, al lugar de la pérdida,... de “perder la cabeza”. El jugador compulsivo no busca ganar, sino jugar, encontrando entonces siempre el mismo destino: terminar en ruinas, devastado.

Alguien hace girar la ruleta, arroja la bola allí, el jugador se sumerge con ella, se amalgama, se metamorfosea, se confunde, se entrega, da vueltas y vueltas y vueltas hasta que eso se detiene azarosamente en un número, número que rechaza la letra, número que sólo atrae otros números… interminablemente. Vueltas de la ruleta, vueltas de la pulsión.
Freud enunció2 que es necesario un nuevo acto psíquico para pasar del autoerotismo al narcisismo, y es la identificación. ¿Cómo se constituyó este acto psíquico en un sujeto que juega compulsivamente? ¿Con quién/qué se identificó o se identifica? Si algo de este mecanismo fue alterado, es importante entonces pensar en el Yo del jugador, en las fisuras de su estructura imaginaria, en la imagen deformada y deformante de su cuerpo, de la realidad, del tiempo, del espacio, de sus objetos de amor, de sus objetos de terror.

Fisuras también en el registro simbólico, aquel que está ligado a umbrales, a más y menos, a los signos de puntuación, a las diferencias, a la inscripción de la función del padre, de la ley. Registro que al estar notablemente fallado le impide al sujeto hacer duelos, elaborar, olvidar, cicatrizar.
El jugador es un juguete melancolizado del juego macabro de la repetición gozosa. El jugador no soporta la espera, el tiempo, la angustia (¿hay angustia o dolor?), la ganancia sin previo pago y entonces sin someterse a pérdidas. Muchas veces no soporta el esfuerzo, que es menos inmediato que el sacrificio, no soporta el compromiso con él o los otros, generando esto en repetidas ocasiones la desvinculación respecto del otro, el borramiento del lazo social.
Un registro simbólico fallado lleva al jugador a creer que la relación sexual es posible, y se enamora entonces de la ruleta, de la máquina tragamonedas, de los naipes.
Se enamora del azar, de lo contingente, lo hace religión y él es el primer creyente.

¿Se presenta como algo facilitado para este esclavo del “dios azar” el lazo social con sus semejantes? Esta pregunta se asocia a cierta justificación respecto de nuestra propuesta de trabajo psicoanalítico grupal con estos pacientes.
Proponer un dispositivo grupal ¿Está ligado a propiciar una identificación a otro nombre que no sea el de jugador compulsivo? ¿Tienen otro nombre? ¿Cuál es el beneficio del trabajo grupal? ¿Cuál o cuales los riesgos?

En principio diremos que, respecto de la población que demanda tratamiento, son numerosas las situaciones en que el sujeto se presenta como un sujeto aislado, con graves dificultades para hacer lazo social, autoexcluídos, solos. Un sujeto comprometido absolutamente con el azar, con lo mágico, con un mundo de fantasías, de certezas, con un empecinado desafío a eso (representado por la ruleta, los naipes, tragamonedas) que lo “gana” para tornarlo un perdedor sacrificado. Perdedor cada vez más sordo, más ciego, más mudo pero que va adquiriendo una identidad, la de jugador compulsivo. El jugador se piensa como “excepción”, no como semejante dando cuenta ésto de un problema del narcisismo.
Son sujetos que han respondido a situaciones de pérdidas importantes (de trabajo, de pareja, “corralito 2001”) entrando en una escena, la del juego, en la que se garantizan las pérdidas permanentes, irreparables, imparables, pero en la que queda garantizado también el olvido de lo perdido, la distracción, la entrega, la satisfacción pulsional, la ausencia de confrontación con la castración, con la falta. Eligen perder la cabeza.

Desde ya, lo difícil de abordar es lo impulsivo, que no se adecua nunca al disfraz del síntoma neurótico. Esto no es sintomático sino impulsivo, sin metáforas. La sala de juego se presenta como reproducción de una escena endogámica y en este punto surge la importancia de pensar en lo grupal como recurso para lograr una salida exogámica, para lograr nuevas identificaciones que sacudan la identidad coagulada en el nombre jugador compulsivo “yo soy”.
Lo grupal se presenta como escenario privilegiado de regresiones, proyecciones, transferencias varias, confrontación con las diferencias, con los personajes que cada uno juega, conciente e inconscientemente. La multiplicidad de voces, de escenas, de relatos, de recuerdos y de olvidos. La multiplicidad de duelos, de pérdidas, de lo que hay que hablar para no actuar, de las que hay que encontrar nuevos sentidos, nuevas versiones. Pérdidas frente a las cuales irrumpe como primer mecanismo el no querer saber nada de ellas y entonces, salir corriendo, solo a jugar a que no pasa nada, a que allí me van a salvar, allí me entienden, me dan un lugar, somos todos hermanos, solo necesitamos suerte, un poquito de suerte... para retornar al paraíso ¿Quién dijo que es imposible?

Ahora bien, trabajando con grupos se debe estar advertido del terreno resbaladizo que implica a veces la identificación masiva, el regodeo gozoso y que entonces el grupo terapéutico pueda transformarse en un anexo del casino, en un compinche, en un cómplice, y entonces nuevamente lo endogámico.
En esta patología, este terreno resbaladizo suele estar latiendo permanentemente y, en este sentido, es quien coordina el que deberá establecer cortes, diferencias, creación de nuevos nombres, de nuevos sentidos, nuevas escrituras (que no sean precisamente las Sagradas, porque de esto ya saben).
Quien coordina debe sostener y muchas veces soportar lo transferencial que, diría que en numerosos casos, difiere bastante de la transferencia pensada en la neurosis.
Hablamos de una transferencia ligada a un gran vacío (y no tanto a la falta), a lo pulsional, a lo desligado, a lo destructivo, a lo masivo, a lo desmentido, a lo mudo, a lo sordo. Lo importante aquí es que el terapeuta no sea aplastado por la intensidad de estas transferencias, de modo que puedan volverlo a él sordo, mudo, vacío de recursos, destruido… De hecho, el trabajo con estos grupos genera un cansancio diferente.

Desde el recorrido que estamos realizando con estos pacientes, insistimos en la importancia de la función de corte en las intervenciones del terapeuta. Fácilmente estos pacientes pasan de la palabra al palabrerío, al bullicio, al blablabla, que no dice nada pero al mismo tiempo despierta la necesidad del bullicio de la sala de juegos. Fácil y rápidamente pasan de la falta, que está implicada en la palabra elaborativa, al vacío de la palabra melancolizada, que pulsa hacia lo mudo.
Esto da cuenta, entre otras cosas, de lo fallado de la separación entre el deseo y el goce, y cuando en sesión se hace presente solo éste y multiplicado por lo grupal, hay que cortar, establecer diferencias (impulso-reflexión, yo-no yo, sujeto-objeto, jugador-juguete etc.). Convocar a la metáfora.

En muchas ocasiones, es a través de la utilización de ciertos recursos como tomar una escena y dramatizarla, el uso de objetos como telas, pelotas, almohadones (que funcionan como objetos transicionales), un recurso plástico, textos o músicas con el posterior pedido de escritura, etc., que procuramos estos cortes respecto de lo que no dice nada pero que propicia la compulsión. A partir del encuentro con un código nuevo, propiciar el pasaje de una escena que comienza a devastar al sujeto deseante a otra escena donde el sujeto hable y diga otra cosa.
Al decir de G. Scheines: “estos personajes no son jugadores sino juguetes… no se entregan al juego sino que se pierden en él, no dominan ni pueden entrar o salir libremente de su juego favorito, sino, por el contrario, son atrapados en sus redes de las que, a menudo, no pueden librarse… Padecen el juego, lo sufren masoquistamente.”

Se trata entonces de sostenerlos en la posibilidad de sustituir la compulsión por la reflexión, el autoerotismo por el lazo social, el ser gozado por el ser deseante, el vacío por la falta, heridas infectadas por cicatrices, nombre coagulado por multiplicidad, mudez por silencio… en fin, sostenerlos en la posibilidad de sustituir el perder la cabeza por otra perdida que es vital, pérdida ésta que otorga vida: “la pérdida de la creencia en que el paraíso es posible” (y entonces indefectiblemente el infierno).

1.. Por una cabeza, Tango de Carlos Gardel y Alfredo Le Pera
2. Freud, S.,” Introducción al narcisismo”, en AE, tomo XIV.
 
 
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