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Dos referencias lacanianas: Peirce y Wittgenstein
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  Por Oscar  Zelis  y Gabriel Pulice
   
 
Nos preguntábamos qué han de tener en común los diversos juegos lingüísticos para poder ser acreditados como lenguaje, y cómo podríamos entonces definir al mismo, desechada por Wittgenstein su función pictórica-figurativa. En su opinión —y oponiéndose de este modo a una larga tradición filosófica—, no existe tal elemento común. La palabra «lenguaje» no nombra un fenómeno unitario, sino a una clase integrada por un número indeterminado de miembros —los juegos lingüísticos— cuyas pautas de pertenencia no parecen, asimismo, demasiado firmes. Se hace difícil, así, trazar una estricta línea de demarcación entre lo que pertenece al lenguaje y lo que no. Para ilustrar esta dificultad, Wittgenstein nos remite al análisis del concepto de «juego», a propósito del cual cabe preguntase: ¿Qué hay en común por ejemplo, entre el ajedrez, el póker, y el fútbol? Al observarlos comparativamente, sólo percibimos entre ellos algunas reglas y pautas de configuración similares, junto con otras francamente disímiles. Bastan estos ejemplos para concluir que de los miembros todos de la clase «juego» no puede decirse que posean una propiedad definitoria en común. Hay semejanzas, como las hay entre los miembros de una misma familia: uno se parece a otro en la fisonomía facial y el tipo de pelo; a su vez, este otro tiene el mismo temperamento que un tercero, quien por su parte se asemeja en el andar y el modo en que hablan con el primero… Wittgenstein apelará entonces a la expresión: «aire de familia», destacando que su fuerza, como la de una soga, no reside en uno solo de los hilos que la componen, sino en el entrelazamiento de todos ellos. La noción del parecido familiar, por otra parte, reviste especial importancia en su análisis de los conceptos psicológicos, como veremos a continuación.

Es tiempo de examinar algunos de los problemas filosóficos de los que Wittgenstein se ocupa. Es decir, de la teoría de los de los problemas filosóficos, pasamos al tratamiento terapéutico de las diversas enfermedades lógicas. Una de ellas consiste en lo siguiente: cuando hablamos acerca de algo corporal sin que podamos localizarlo anatómicamente, decimos que hablamos del «espíritu». Ahora bien, no siendo posible situar como algo tangible aquello sobre lo que hablamos, tendemos a creer metafísicamente que lo que está en juego no es una entidad física o corporal, sino una entidad de naturaleza espiritual. Una equívoca lógica del lenguaje nos incita a creer que estamos hablando de substancias o de actividades espirituales. He aquí un error muy corriente, que consiste en creer que el significado de una palabra o expresión se identifica con su denotación o referencia: al no haber algo a lo que realmente remitan dichos términos, éstos carecerían entonces de sentido, por lo que sentimos la necesidad de asignarles una denotación o referencia, es decir, que haya algo a lo que efectivamente aludan. Verbos como salir o jugar, denotan actividades observables. Otros como comprender, angustiarse, odiar, también parecen denotar actividades o procesos, sin hacerlo realmente: «El uso de estos verbos —señala J. Hartnack1— da lugar a la confusión de la que habla Wittgenstein (…) Malentendemos la función que realmente cumplen y abrimos así la puerta a unos determinados “problemas filosóficos”». Wittgenstein intenta demostrar lo siguiente: en primer lugar, que no existe un acto de conciencia único, es decir, que cada vez que alguien declara que comprende, o que vio claro, se trate del mismo y único acto; en segundo lugar, que aún en el caso de que semejante acto existiera, no sería acertado ni justo describirlo como un acto de comprensión; y, por último, que de concebir la expresión «ahora lo comprendo» como un informe o comunicado, estaríamos admitiendo algo tan exótico como un informe sobre aquello que jamás ha sido observado. Arribamos de este modo a la siguiente conclusión: al concebir una expresión como «ahora lo comprendo», hay que aceptar que tal informe no informa, es decir, no puede valer como un informe o descripción de algo. Concebir estas expresiones así —a la manera de un enunciado empírico—, equivale a malentenderlas.

En contraposición a la modalidad arbórea de la filosofía tradicional, que busca las raíces sobre las cuales se construyó su objeto, los juegos del lenguaje y los parecidos familiares permiten definir las últimas teorías de Wittgenstein como rizomáticas: un rizoma —como los bulbos y tubérculos— se asemeja más a una red, una multiplicidad, que tiene diversas formas ramificadas en todas direcciones. Cualquiera de sus puntos puede conectar con cualquier otro. No hay un punto central, cerrado en sí mismo, que sirva como núcleo. Modifica su naturaleza al tiempo que va expandiendo sus conexiones, siguiendo las líneas. Si se llega a romper, comienza nuevamente siguiendo otra línea, sin responder a ningún modelo estructural ni generativo. El planteo que Wittgenstein así realiza en el plano del progreso del conocimiento resulta para nosotros de singular interés: para él no existe la posibilidad de una profundización de la verdad, lo que se amplía es la perspectiva de la visión.

A través de su método terapéutico aplicado al lenguaje, Wittgenstein se propone efectuar un proceso de clarificación de las pequeñas causas de los engaños y malentendidos del lenguaje, en el caso por caso. Es el precursor de la «deconstrucción», método preanunciado en sus juegos de lenguaje, a través de los cuales acorrala las fallas más pequeñas, los supuestos que parecen fundamentados, irrumpiendo contra los límites que la estructura misma del lenguaje le impone. Freud, por el contrario, frente al engaño en el cual queda prendido el sujeto en la identificación de su propia verdad toma —en su opinión— otro camino: a través de su formulación del saber inconciente ancla una estructura que pretende fundamentar toda su experiencia: «Las seudo-explicaciones fantásticas de Freud (justamente porque son muy ingeniosas) no nos han hecho ningún favor. Cualquier burro dispone ahora de estas imágenes freudianas para ‘explicar’ con su ayuda los síntomas patológicos2». Wittgenstein anticipa así uno de los efectos nocivos que la difusión masiva de la cultura «psi» ocasionaría con el paso de los años: la obsesión por encontrarle un sentido absolutamente a todo, contando con argumentos supuestamente freudianos para legitimar esa delirante pretensión. No obstante, siempre distinguió el genio de Freud de las banalidades en que degeneraron algunas de sus sutiles distinciones. No aceptaba que por ello fuera oscurantista. Pero la crítica esencial de Wittgenstein se basa en «…la pretensión desmesurada del fundador del psicoanálisis de poner a punto una teoría estructurada de tal modo que deba tener respuesta para todo. Es en este punto que la polémica se transforma en un problema epistémico3». Por nuestra parte, podemos argumentar en defensa de Freud que la «terapia» propuesta por Wittgenstein ubica a este autor en la línea del análisis interminable —resultando a su vez notables los aires de familia con la semiosis infinita postulada por Peirce—, quedando por fuera de su campo de observación aquellos descubrimientos que marcaron de manera esencial la experiencia freudiana, y que derivan en conceptos tales como compulsión de repetición, transferencia, pulsión de muerte, y todos aquellos que sólo cobran sentido en los juegos de la escena analítica…
_____________
1. Hartnack, J.; Wittgenstein y la filosofía contemporánea, Barcelona, Ediciones Ariel, 1972.
2. Wittgenstein, L; Estética, Psicoanálisis y Religión, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1976.
3. Assoun, P. L.; Freud y Wittgenstein, Buenos Aires, Ediciones Nueva Visión, 1992.
 
 
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