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   Colaboraciones exclusivas

De “La insensibilidad del analista” a “El odio en la contratransferencia”
  Por Eduardo Smalinsky
   
 
El concepto de contratransferencia atravesó diferentes momentos: su ocultamiento, su discusión como herramienta clínica, su disolución como concepto según se lo comprendiera y también su inadecuada utilización.
Strachey en su comentario a los escritos técnicos afirma que el tema de la contratransferencia fue específicamente evitado por Freud, quien estimaba que era un aspecto vulnerable del psicoanálisis que ponía de manifiesto lo imprescindible del análisis del analista. Así en 1913 le escribe a Binswanger “El problema de la contratransferencia es de los más difíciles, teóricamente es sencillo de solucionar, el afecto que se le otorgue al paciente debe ser dado concientemente por el analista según la necesidad, nunca debe ser dado en forma directa desde el inconsciente. Por ello es necesario reconocer y superar la propia contratransferencia. Tratar a un paciente de manera distante cuando en realidad se teme y/o se desea su proximidad, es una injusticia hacia el paciente y un error técnico”.

Freud centraliza en la experiencia el mayor peso de la dificultad. Otra analista, Paula Heinmann considera que la respuesta emocional del analista dentro del análisis constituye un instrumento de investigación extraordinario para registrar aquellos aspectos no susceptibles de ser rememorados.
La finalidad del análisis del analista apunta desde esta perspectiva a que tolere dicha respuesta emocional, que no la descargue (que es lo que hace el analizante) con el fin de subordinarla al análisis. Si un analista desconsidera sistemáticamente todo aquello que experimenta bajo transferencia, su trabajo se empobrecerá. Es interesante en este sentido rastrear en los orígenes del psicoanálisis las vicisitudes de estas cuestiones.
Es muy conocida la tempestuosa relación analítica que existió entre Freud y Ferenczi.

Ferenczi fue el primero en mencionar el concepto de contratransferencia. Freud fue no sólo su analista, sino también su maestro y de algún modo su padre, y como tal recibía de Ferenczi todo tipo de demandas. Se trataba de una intensa demanda transferencial que lo llevó en 1932 a escribir un artículo que tituló “La insensibilidad del analista”, se refería concretamente a su analista, a Freud. Ferenczi en 1930 le escribe a Freud: “Al comienzo fue Ud. mi venerado maestro, luego se convirtió en mi analista pero no consintió en llevar mi análisis hasta el final, me pesó que Ud. no llegara a ver en mí los sentimientos negativos y no los condujera a la abreacción. Esto me llevó a ya no contar con su aprobación y a no sobreestimar la importancia que yo tenía para usted.”

Freud le contesta: “Me siento decepcionado, no me parece que sus investigaciones lleven a un puerto deseable. Sin embargo, como a un hijo espero su regreso, creo que se trata de su tercera pubertad.” Sin embargo, Ferenczi continuó con la dirección que le imprimía a su trabajo y en 1932 escribió “Confusión de lenguajes entre los adultos y el niño” que causó tanto malestar en Freud que le solicitó a Ferenczi que se abstuviera de presentar dicho artículo en el Congreso de Wiesbaden, Ferenczi igualmente lo presentó y Freud le escribió: “Ya no creo que Ud. se vaya a corregir, desde hace 2 años se aparta de mí planificadamente, se muestra inaccesible a mis reparos.” Ese mismo día Ferenczi anota en su diario “Reformarse o morir”. Muere a los 7 meses aquejado de una enfermedad hepática y medular.

Freud, en “Análisis terminable e interminable” de 1937 dice refiriéndose a Ferenczi pero presentándolo como la “Historia de un caso”: “Un hombre se hace objeto analítico de otro a quien considera superior, esto le trae pleno éxito, sin embargo, años después y sin causa observable sobreviene una perturbación, entra en oposición con quién era su analista y le reprocha no haberlo analizado hasta el final, que tendría que haber advertido una transferencia negativa. El analista se disculpa diciendo... A) En esa época no existía una transferencia negativa. B) En el caso de que hubiese existido no hay garantías de que hubiese sido reconocida por el paciente. C) Por último no toda buena relación entre analista y analizado ha de ser estimada como transferencia.

Son interesantes estos argumentos Freudianos, muy semejantes a los que menciona en “La negación”, como la leyenda del caldero: un sujeto le reclama a otro un caldero y el primero le contesta 1) Ya te lo devolví. 2) Nunca me lo prestaste. 3) Ese caldero no existe.
Por otra parte es significativa una carta de Freud a Ferenczi de 1910 en que le dice: “... es cierto, debí haberlo retado y así hubiéramos llegado a un arreglo, pero fui débil, yo tampoco he superado la contratransferencia, no pude con Ud. como no puedo con mis hijos, porque los quiero y por eso me dan pena”. Es sorprendente y enriquecedor este reconocimiento por parte de Freud y es una clara evidencia de cómo los sentimientos, en tanto no se los consideren, constituyen un obstáculo insalvable para el analista.

Quien se ocupó del sentimentalismo como obstáculo al análisis fue Winnicott, en su artículo sobre “El odio en la contratransferencia” de 1947, dice que un analista debe ser conciente de la contratransferencia como para separar y estudiar sus reacciones objetivas ante el paciente. Ante todo no debe negar un odio que realmente existe en el mismo, y que debe ser separado y mantenido en reserva.
En ciertas etapas de ciertos análisis el paciente busca el odio del analista, y lo que se necesita es un odio objetivo, si no lo encuentra será imposible que se crea capaz de encontrar amor objetivo. Esta conclusión se funda en la hipótesis de que la madre odia al niño antes de que éste la odie a ella y antes de que pueda saber que ella lo odia. Este odio original lo extiende al análisis, es decir que el analista odia al analizante antes de que éste lo odie a él y antes de que sepa que el analista lo odia. Algunas de las razones que da son:

El niño y el analizante no son una concepción mental de la madre y del analista. No se producen mágicamente. Constituyen un peligro para la integridad de la madre y del analista, interfieren en su vida profesional y privada, provocan preocupación. Las demandas del niño y del analizante pueden ser voraces, crueles y desconsideradas. La madre y el analista deben ocuparse durante mucho tiempo de sus tendencias orales y anales. El niño y el analizante se desilusionan con frecuencia de su madre y de su analista, no tienen idea ni les interesa lo que su madre y su analista hacen por ellos, son suspicaces y muchas veces rechazan lo que se les da o lo que se les dice, esto hace dudar a su madre y a su analista. Si la madre y el analista se equivocan en los comienzos pagarán un gran costo por ello. El niño y el analizante son provocadores, pero la madre y el analista deben abstenerse de caer en esa provocación.
Es decir que lo más notable de una madre estriba en su capacidad para recibir tanto daño del pequeño y para odiar tanto, sin pagarle a él con la misma moneda. El sentimentalismo no sirve de nada en los padres ya que, contiene una negación del odio y en ese sentido no es útil para el niño.

Winnicott plantea que el analista debe ser paciente y debe dar muestras de querer dar lo que en realidad solamente da debido a las necesidades del paciente, el paciente en estos casos no está en condiciones de advertir que el odio del analista es engendrado por las cosas que el paciente hace en su cruda manera de amar.
Lo que quiero señalar con lo afirmado hasta el momento, es acerca de la dificultad con la que nos encontramos los analistas ante la aparición de aspectos subjetivos en nuestra práctica. Sabemos que la posición del analista no es la de sujeto, pero en tanto el analista tenga que cargar inevitablemente con su persona, la posición subjetiva de ésta encontrará alguna forma de manifestarse. ¿Por qué darle a esos aspectos un trato standard, porque no considerarlos dentro del caso por caso, porque no suponerlos como efectos de una clínica bajo transferencia?
 
 
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