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   El juego

El pathos del juego
  Por Carlos Gustavo Motta
   
 
Apostar. Jugar todo el tiempo que se pueda, donde la lógica se construye en relación a ganar o perder dejando de lado el espíritu lúdico creador.
Hace un largo tiempo visité Las Vegas. Aún no puedo salir de mi asombro al comprobar la existencia de slot-machines (las famosas máquinas “tragamonedas”) dentro de los baños con acceso público de cualquiera de los lobbies de aquellos megahoteles (esos que resultan tanto más que artificiales que cualquier cinco estrellas conocido y que se precie de tal).
Ser testigo del pathos del juego en aquél paraíso artifical de la compulsión, permite como Freud, reflexionar (tal como lo hace en Psicopatología de la vida cotidiana), en el axioma: “Temo que mis ejemplos hayan parecido simplemente triviales”.
Parafraseando al creador del psicoanálisis, considero que tropezar con cuestiones archisabidas y que todos comprenden, permite reflexionar sobre lo cotidiano y aplicarlo a conceptos analíticos, a su teoría y a su clínica.
El recuerdo, en este caso, no sólo señala mi experiencia personal sino que resulta preámbulo de la característica del jugador, aquel a quien le gusta jugar y que no puede detenerse sin importarle el resultado, puesto que perder es un horizonte calculado, igualmente no esperado.

Una paciente consultó por un comportamiento compulsivo: durante dos años iba a un establecimiento donde se jugaba bingo, todos los días, de lunes a viernes y en el horario de su trabajo. A veces una hora, a veces dos. Llegó a acumular una deuda de juego por veinte mil dólares (¡!) que no sólo le costó una intensa mortificación, sino su matrimonio. Como consecuencia de esa deuda, el marido no soportó la situación culminando el episodio en divorcio.
Un joven profesional, inhibido por la seducción hacia las mujeres, decide juntar fuerzas con el alcohol para hacerles frente. Por cada frustración amorosa se “refugia” en el hipódromo, donde encuentra una combinación letal: apostar a los caballos/beber.

Un abogado cansado de perder litigios, decide ir al casino y apostar a la ruleta, con el favorecido azar que le permite ganar una pequeña fortuna, pero al mismo tiempo, lo conduce a estar más presente frente a la mesa de juego, que al Palacio de Tribunales en donde a su decir “se jugaban sus contiendas”. Cambia un palacio por otro, donde las ganancias comienzan a volverse, poco a poco en su contra y no solo pierde litigios sino que pierde dinero. Y mucho.
Un joven empresario viaja al Sur para ir al casino en la ciudad de San Carlos de Bariloche. Manejando ebrio y frente a una lluvia torrencial camino al casino, atropella a un adolescente en bicicleta. Lo mata en el acto. Mientras se encuentra en la comisaría detenido, pensaba en las jugadas que había perdido, puesto que esa noche tenía una “corazonada” certera.

Así llegaron estos analizantes a sus primeras entrevistas con un denominador común, la sustitución de la angustia por una causa que justifica sus acciones comprometidas en nombre del juego.
Freud no dudaría en darle sentido a estas acciones compulsivas donde la furia de los artificios son equivalentes de la antigua compulsión onanista: “Lo irrefenable de la tentación, los solemnes y nunca respetados juramentos de no volver a hacer, el placer atolondrado y la mala conciencia de que uno se arruinaría (suicidio), se conservan inmutables a pesar de la sustitución”. Párrafo escrito en Dostoievsky y el parricidio donde en la parte final del breve ensayo, comenta el texto del escritor ruso El jugador y el de su excelente amigo y espléndido escritor Stephen Zweig, Veinticuatro horas en la vida de una mujer.

Mas el sentido mencionado debe emerger, en todo caso, en la clínica del uno por uno. Construir argumentos que apunten a generalidades vagas o comportamiento repetidos, para luego ser catalogados a la manera de un manual, es la tentación de una dirección en la cura prêt-à-porter y en este sentido, el psicoanálisis posee un diseño avanzado que le brinda a cada uno herramientas específicas para vérselas con su propio goce.
¿Acaso no hay una cultura de lo anónimo en donde pueden nuclearse fóbicos, alcohólicos, adictos a las drogas, adictos a las compras, al trabajo, jugadores, y tantos otros significantes que alcancen a los mal denominados síntomas contemporáneos?

Una advertencia: tampoco este catálogo es de quitapenas, como Freud los llamaba. Prefiero el concepto de brújula que Lacan menciona en relación a la angustia. Esta brújula es muy particular en la clínica, puesto que no solo señala el Norte del analizante, sino que se dirige a su objeto a, un resto que bajo la forma del desconcierto paradójicamente alcanza al deseo.
El relato breve de los analizantes precedentes resulta necesario para señalarles que ninguno de ellos es neurótico. Que todas sus certezas no se debían al campo del azar y que esa vida signada por el juego, marcaba la presencia del Otro bajo una forma aceptada por la sociedad, pero que los dejaba por fuera del lazo social. Si como psicoanalistas pudiéramos establecer que porque la acción compulsiva frente a la existencia de al menos cinco de las circunstancias señaladas en el DSM IV-R son signos de estar frente a un jugador compulsivo, nos encontramos en serios problemas1.

Todos los debates realizados contra el psicoanálisis, favorecen las clasificaciones que no dejan de ser normativas y que siempre se alejan del concepto de cura analítica, tal como muy bien se refleja en El libro negro del psicoanálisis.
Ni negro, ni blanco. El psicoanálisis tiene matices. Y esos matices se encuentran a resguardo de la singularidad que no puede anexarse al criterio universalizante de un Para-Todos. 
_____________
1. Para un jugador con características compulsivas, el juego se transforma en que cualquier apuesta o participación, para sí mismo o para otros, (sea por dinero o no, sin importar lo pequeño o insignificante que sea el monto), –allí donde el resultado sea incierto o dependa del azar o la habilidad–, en un desafío a cumplir. Jugar de manera compulsiva es síntoma progresivo que puede estabilizarse. De acuerdo con el Manual de Trastornos en Salud Mental, una personalidad compulsiva y adicta al juego se caracteriza por: no poder ni querer aceptar la realidad. De ahí el escape hacia el mundo de los sueños que representa el jugar. Inseguridad emocional. Un jugador compulsivo sólo se siente emocionalmente confortable cuando está “en acción”. No es raro escuchar a un miembro de Jugadores Anónimos decir que: “El único lugar donde sentí que pertenecía de veras, era sentado frente a una mesa de juego. Allí me sentía seguro y confortable. Nadie me exigía demasiado. Sabía que me estaba destruyendo pero al mismo tiempo tenía cierta sensación de seguridad.” Inmadurez. Un deseo de tener todas las cosas buenas de la vida sin ningún esfuerzo de su parte, parece ser el patrón común del carácter de los jugadores compulsivos. Muchos miembros de Jugadores Anónimos aceptan el hecho de que no estaban dispuestos a madurar. De manera inconsciente, sentían que podían evitar la responsabilidad de la madurez jugando a la ruleta o a las cartas, y así la lucha por escapar de la responsabilidad, se convirtió finalmente en una obsesión inconsciente. El jugador compulsivo, también parece tener una urgente necesidad interior de ser “alguien importante” y necesita sentirse todopoderoso. El jugador compulsivo está dispuesto a hacer casi todo (a menudo actos de naturaleza antisocial) con tal de mantener la imagen que quiere que otros vean de él. Preocupación por el juego (por ejemplo, idear formas de conseguir dinero para jugar); necesidad de jugar con cantidades crecientes de dinero para conseguir el grado de excitación deseado; fracaso repetido de los esfuerzos para controlar, interrumpir o detener el juego; inquietud o irritabilidad cuando se intenta interrumpir o detener el juego; el juego se utiliza como estrategia para escapar de los problemas; después de perder dinero en el juego, se vuelve a jugar para intentar recuperarlo; se engaña a los miembros de la familia, terapeutas u otras personas para ocultar el grado de implicación en el juego; se cometen actos ilegales como falsificaciones, fraude, robo o abusos de confianza para financiar el juego; se han puesto en riesgo o perdido relaciones interpersonales significativas, trabajo u oportunidades profesionales por causa del juego; se confía en que los demás proporcionen dinero que alivie la situación financiera causada por el juego. La Asociación Americana de Psiquiatría indica que hay juego patológico cuando se dan al menos cinco de estas circunstancias.
 
 
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