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   ¿Contratransferencia aún?

¿Contra la Transferencia...?
  Por Héctor Yankelevich
   
 
¿Habla hoy alguien de contratransferencia, o es un trasto viejo que ha quedado olvidado en el desván común de nuestro hogar histórico?
Lacan mostró suficientemente, a lo largo de los años ’50 y hasta el seminario “La Angustia”, que esa noción aceptada por Freud de la boca para afuera sólo como resistencia del analista –Melanie Klein recomendaba a quienes sufrían de ese mal tomar aspirina– no era apropiada para tratar la cuestión del surgimiento y del manejo de la transferencia en el análisis.
En efecto, la transferencia analítica no se origina en la demanda del analizante –la llamada transferencia previa–, ya que nadie pide estrictamente un análisis, sólo se pide desembarazarse de un sufrimiento de cuyo engendramiento no se sabe aún lo suficiente.

La transferencia, como suposición de saber sólo puede umbilicarse verdaderamente en alguien para quien analizar sea el deseo más aferrado a su cuerpo que todo otro deseo. Aún aquellos que se ejercitan en la vida, tan poderosos como puedan aparecer, sólo tienen como cometido desembarazarse por un tiempo del de analizar. Son tanto más fuertes, pasionales, disfrutables, cuanto que el deseo de analizar no forma parte de la vida –no le ek-siste–, nada le pone límite ni lo sacia, ninguna respuesta puede colmarlo, y si acaso así lo fuera, sólo sería un goce a tratar como resistencia. Ese deseo no sólo es X para el paciente, lo es también para su camarada de travesía por un territorio ignoto.
O bien, si el analista, ya que es dos, debe para serlo teorizar su experiencia en el momento mismo de la cura, y olvidarlo a la sesión siguiente, eso no debe objetar al hecho de acompañar al analizante por los senderos más escarpados o por territorios intransitables.

Lacan reconocía que hay días en que él quería tomar a algún paciente en sus brazos y otras en que deseaba tirarlo por la ventana. En un seminario tan esencial –“La Angustia”–, sólo una línea.
Un trabajo erudito trataría de leer línea a línea los comentarios que abundan en los Escritos sobre este tema. En lugar de ello, ensayemos de fijar los límites fundacionales que en su práctica, tanto Freud como Lacan, contradictoriamente, establecieron a lo que sucede en la transferencia gracias al deseo de analizar.

Sabemos que Freud creó el análisis comunicando larga y pacientemente a sus pacientes lo que él descubría en el material. Ese saber de sí mismos, hasta entonces inaudito en sus vidas –y en la historia de la humanidad– fue inventado paso a paso y con cada uno. Ese saber, para cada uno, que luego tomará valor de mito, tuvo sentido de acto, fugaz, irrepetible, irreconocible y desmentido luego –ver si no, Dora, cuando la encuentra Félix Deutsch 25 años después–, pero logrando que cada analizante no fuese nunca más el mismo. Freud tampoco.

Freud usaba el término alemán “Deutung” para lo que nosotros conocemos como interpretación. En realidad su uso primero fue más iluminista, dada su raíz (deuten en las lenguas aparentadas con el medio alto alemán significa hablar claro, querer decir, traducir, esclarecer, hacerse entender. Kluge Etym.Wörterbuch d.D.S. Walter de Gruyter, 1975), y suena más a “explicación” o “esclarecimiento”, ya que aclara sobre el sentido sexual, cifrado por el principio del placer. Sólo después Lacan opone la interpretación analítica a la hermenéutica, como el acto de volver a dar al analizante una palabra por él ignorada. En los años cincuenta, en francés, se decía “La ciencia de los sueños”, ya que ésa era su traducción. Hoy decimos que una palabra habrá tenido efecto de interpretación.

En una época –en la que ya no hay tabúes victorianos, en donde el de la virginidad existe todavía, pero en sentido negativo: es vergonzoso conservarla, por lo menos entre la juventud de las clases profesionales; y en la cual en suburbios perdidos en Francia madres del Cuarto Mundo pedían entrevistas a un analista por algún hijo con problemas graves diciéndole “Yo lo deseé”– ¿Qué puede dar sentido, o bien qué puede esclarecer sobre el sentido sexual de los síntomas a lo que sucede, ya que un uso desaforado de la sexualidad es también una defensa? O confesar un deseo una (de) negación por la afirmativa.

Los analistas de los años ’30 se quejaban diciendo que sus pacientes ya no eran los mismos que los de Freud, que abandonaban sus síntomas cuando la interpretación era dicha. Hasta el Hombre de las ratas había dejado caer su obsesión…–habría que notar que el término ab-an-donar tiene en castellano, como en inglés y en alemán– give up, abgiven –el verbo dar en su composición– lo que significa que los síntomas se dan… o se dejan caer en determinadas condiciones, a alguien que no está… en posición de sujeto cualquiera. La diferencia con el abandono puro y simple, de sí, de un hijo, de un bien, es que los abandonos en análisis son el abandono de un abandono.

Lacan comentó esta creencia de que los pacientes habían cambiado, interpretándolo en términos de discurso antes de formalizarlos: la entrada del discurso del analista en la cultura impidió de ahí en más que el uso de la interpretación pudiese jamás ser igual a la de Freud, lo que no significaba que ésta había dejado de ser verdadera. Había, eso sí, cambiado de posición en el discurso. Eso fue lo que lo guió en su variación de estilo. No interpretar desde lo que ya se había convertido en discourcourant del psicoanálisis.

Por otro lado, los pacientes de Freud, del que nos dejó historiales, también sufrían de formaciones de carácter, de problemas graves de narcisismo secundario, masoquismo moral. Sólo que Freud trabajó dándole prevalencia a lo simbólico y al sentido, por encima de otros tipos de sufrimiento. También es cierto que Freud no tenía un gusto muy marcado por las psicosis, sin embargo es su interpretación de Schreber que las hizo accesibles a la inteligencia del análisis. No a su tratamiento, que es estilo singular de los analistas que se abocan a ellas.

La interpretación freudiana, que no era explicativa, ya que otorgaba un sentido desconocido, fue devaluada en un comentario prolijo sobre el funcionamiento de la pulsión y su defensa para comunicarle al paciente cuál era su conflicto. Esto es, le permitía seguir medrando en él. Mientras que Freud, en los años veinte, a un americano, hijo de pastor protestante, que le confesaba en su primera sesión lo inmenso de su sentimiento de culpa, se limitaba a decirle, sobriamente, “¡Usted es un asesino!”. Parece que Brill, pues de él se trataba, salió de su primera sesión muy satisfecho y lo comentó a sus amigos próximos.

A un “acto psíquico” –el término es freudiano: “psychisches Akt”, lo que significa que para Freud había actos inconscientes que producen síntomas o inhibiciones o desencadenan angustia, pueden ser una decisión (Entscheidung), también inconsciente, por la cual se renuncia (Verzichtung) al goce, o se renuncia a alguien o a algo para no renunciar a él– Freud responde con una palabra que es un acto analítico. No necesariamente oracular o polisémica, sino, definitivamente, un acto que hace ostensiva la dirección del Inconsciente.

Sin embargo, la doctrina lacaniana del acto está construida desde un fundamento diferente, que va más allá de Freud, aunque, como lo apuntamos brevemente, estaba ya en su enseñanza. En efecto, se trata de hacer significar un significante por sí solo, lo que pone en cuestión y va más allá de la teoría linguística, desde la cual un significante jamás puede significarse a sí mismo, ya que la significación se produce por oposición y diferencia.
El acto analítico de Lacan es la tentativa imposible de una fulgurancia instantánea en donde los significantes sobre los que reposa el Inconsciente no representen al sujeto para su saber, allí donde el sujeto se desvanece, sino hacerlos significar cambiando el registro pulsional.

En cuanto a Freud, son sus traductores y comentadores los que no lograron leerlo y mostrar la relevancia del acto inconsciente del paciente, productor de síntomas, que se encuentra por doquier en su escritura, sin que haya un único término para designarlo, ni un trabajo que lo enseñe por escrito. Lo que muestra que su transmisión es en acto.
El acto es acting out calculado que no gasta ni diluye el sentido, liberándolo como efecto por ir contra la significación fálica. Lo que cambia en la dirección de la cura: no es ya el analista que interpreta al paciente, sino éste que se ve en la necesidad de encontrar el sentido en el semblant del analista. Que debe, forzosamente, ser el semblant más verosímil. Allí es donde se juega la ética del analista y no en su contratransferencia, que supondría que su rol en la cura sea la de otro sujeto.

Estamos pues ante los dos límites fundantes que marcan el espacio de toda intervención en el análisis. El freudiano y el lacaniano. Si se repite el primero, sin más, comunicándole al paciente lo que surge como “material” y llama a ser interpretado, el analizante anticipa el saber que se le transmite y la interpretación se degrada en explicación terapéutica. Ineficaz.
Si se repite el segundo, imitando a Lacan, cuya invención es genial, la práctica del acto, de no modularse según el paciente, su consecuencia no es sólo que el analizante se pliegue a la dirección de la cura, sino que ceda la dirección de su vida. Ravageant.

Esta disyuntiva, creemos, en distintos períodos de la historia del psicoanálisis produjo análisis y analistas silenciosos, que suponen que el dispositivo solo y el silencio interpretante, puntuando o no el término de la sesión, puede ser eficaz. Sí, lo es, pero no es suficiente.
Hay un lugar de no saber que debe ser preservado, desde donde haya una decisión inconsciente en el analista, ya que si es así, es el inconsciente compartido, el de la cura, más acá del pensamiento, desde el goce, que decide.
Contratransferencia no sólo es un nombre erróneo, que oculta la problemática de saber soportar un deseo que no es subjetivo, ya que sólo se es analista en el retorno del acto o de la interpretación como producción de efecto de sentido. También oculta el carácter positivo de la resistencia. Que permite la cura siempre y cuando la interpretación le llegue al analista un tiempo antes que al analizante. Interpretación que sólo se logra cambiando de posición en la transferencia.

Suponer un sujeto al saber es una operación que precede al análisis. Ha existido desde siempre en la búsqueda de un maestro que guíe en el saber, que lleve a él. La suposición –suppositio– es el acto de encontrar un sujeto para un término, que Lacan toma de la lógica medieval, Anselmo de Canterbury entre otros. Lo que Lacan le añade a una gramática escrita y pensada en latín y no en griego, es que en la suposición no puede no haber atribución –real y no sólo lógica– de goce –por consiguiente de represión de lo supuesto– en lo substancial de esa hipótesis.

Nos queda lo reprimido originario, lo real del Inconsciente, ya que no podemos no construirlo si pretendemos analizar.
Cuando escribimos que el rol del analista es devolver al analizante una palabra, por él desconocida, de lo que se trata es que esa enunciación no siempre ha sido ni es necesario que haya sido realmente pronunciada. Es aquí que el analista trabaja como un equilibrista en la cuerda floja y sin red de seguridad. Ya que ser analista en acto es prestarse con su cuerpo a devenir superficie donde las trazas de goce de quien ocupa el lugar de sujeto formen ideas sobre su lugar como objeto del Otro, ideas que llegan de ese objeto y forman frases, y no sólo de la cadena significante y su retórica. Lograr que esas ideas sean efectivas permiten que el objeto sea deducible, no según una lógica formal sino por la modal por Lacan inventada.

Habrá otros significantes que los de la cadena que remitan a lo que del objeto no es visible o no se ha formado y hay que hacer apare-ser.
En este sentido la transferencia del analista –suposición de un saber en el analizante por el propio analista no sabido– necesaria para poder analizar, no puede reducirse a ser positiva o negativa.
¿Las dos? Si es así su lógica en el tiempo sólo se transmite en acto.
 
 
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