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   ¿Contratransferencia aún?

Contratransferencia, la incapacidad de jugar con otros...
  Por Daniel Ripesi
   
 
“Decirse psicoanalista es el principio de una impostura”.
J. B. Pontalis

“¿Quién es yo? ¿Qué es este intervalo que hay entre mi y mi?”
F. Pessoa

Visto desde una perspectiva winnicottiana se podría decir que la noción de contratransferencia se aplica a un detalle en especial de la experiencia analítica, a la pérdida de la espontaneidad del analista1. De modo que –a partir de la contratransferencia– éste construye una presencia “reactiva” para al analizante, y asume para la dirección de la cura una posición enteramente basada en la impostura. Como consecuencia, bajo el efecto de la contratransferencia, el analista pretende efectivamente “dirigir” la cura. Y es así que, con febrilidad no exenta de agudeza, intenta situar: “posiciones subjetivas”, “formas de goce”, “recorridos de la pulsión”, “lógica del fantasma”, etc., etc., para establecer toda una serie de previsiones (y no tanto conjeturas2) que le permitan calcular una estrategia y afirmar un recorrido en el tratamiento; como si jugara una partida de ajedrez en la que se deben calcular anticipadamente varias movidas con el fin de dominar mejor el terreno de juego, repito: anticipadamente...

Es que Winnicott recorta como dos formas esenciales –y solidarias– de la contratransferencia, la exacerbación del odio del analista y de su… temor3. Quizás no le falten razones, sobre todo con ciertos pacientes, el analista está allí, agazapado y aterrado. O bien, paralizado en una posición que a veces se racionaliza como apego estricto a los principios de neutralidad y abstinencia, pero que en rigor es una contención que ahoga todo latido de su presencia; o bien, en el otro extremo, fenomenológicamente opuesto pero absolutamente equivalente, asumiendo una suerte de “terrorismo interpretativo”4, desde donde adquiere una presencia insoportable para su paciente.
En tales casos, la contratransferencia se hace señal inequívoca de una descompensación en el equilibrio siempre frágil y siempre a punto de perderse en la posición del analista; nos referimos a esa tensión permanente en su quehacer que lo hace oscilar en la experiencia analítica entre un exceso de presencia y una carencia absoluta de su “carne”. La contratransferencia puede presentarse como una forma erudita de rechazo de lo que algunos pacientes imponen en el tratamiento y que al analista le impacta como algo demasiado ajeno, extremadamente extraño, radicalmente “no-yo”. Al analista se le hace necesario entonces domesticar a ese extraño, darle un rostro conocido, controlar –en definitiva– a eso que resiste obstinadamente a sus poderes porque escapa angustiosamente a su comprensión.

En este sentido toda intervención que intenta “esclarecer”, poner “orden en el caos transferencial”, etc., puede resultar una forma activa de contratransferencia, una curiosa forma de rechazo que toma el carácter de una asimilación absoluta al saber del analista (él mismo enajenado en la teoría a la que adhiere), un saber por completo ajeno al juego transferencial. Se recorta de ese modo una arquitectura significante y se da una integración artificial a lo que debería permanecer en estado transitorio de no-sentido.

La contratransferencia pone en marcha una asimilación ansiosa de todo aquello que se muestra demasiado heterogéneo al universo significante que orienta al analista5. El paciente puede llegar a sentir que el analista intenta “comprender lo que le pasa y por qué le pasa”, algo que en sí mismo amenaza prostituir su dolor6. Quizás, guardando alguna relación con esto, Fairbairn hablaba de ciertas intervenciones que le llegan al analizando como la “locura del analista”.
El paciente puede entrar en connivencia con esta disposición aterrada y odiosa del analista ¿Qué nombre podríamos ponerle a esa situación transferencial que parece estar al servicio de aliviar al analista de sus temores, de sostenerlo en su función, de atenuar su odio? Dadas estas condiciones, es probable que en el marco del proceso terapéutico el paciente descubra ciertos aspectos de sí mismo no advertidos hasta entonces, pensando que ese conocimiento será el que incremente sus posibilidades de operar el cambio subjetivo que él espera. Sin embargo, con mucha frecuencia, el paciente se lamenta de que aún cuando ya ha podido comprender intelectualmente ciertos mecanismos de su conducta (sobre todo aquellos que lo conducen al sufrimiento o al fracaso) no puede “cambiar”. En estos casos la experiencia analítica no posee para ellos cualidad transformadora… Estimamos que esto sucede porque la dirección de la cura está a cargo de la contratransferencia.

Lo máximo que ha podido lograr el paciente con su nuevo conocimiento de sí mismo es medir cuán poco alcance tiene su “fuerza de voluntad” para producir el cambio esperado. Ha sumado “racionalidad” pero poco puede hacer él para alterar su propio compromiso inconsciente en el cumplimiento de un destino que lo apena y abochorna. Y para colmo –en muchos casos– la comprensión intelectual ganada en el tratamiento psicoanalítico termina reforzando el circuito que conduce y precipita en el malestar. Beneficio secundario del síntoma, fuerza coercitiva de la compulsión a repetir, factores resistenciales, etc., encuentran entonces el reforzamiento (con el “autoconocimiento” logrado en el tratamiento) de una estructura argumental que el paciente construye con agudeza psicoanalítica y que ahora “le explica por qué es como es y por qué hace lo que hace” (y dicha explicación parece eximirlo de alcanzar un estado diferente de cosas).

Frente a esto, el paciente –tomándose como testigo– o bien, puede entregarse al goce suplementario de un autorreproche desvalorizante (por verificar que no puede cambiar), o bien, dispensarse una auto conmiseración que invoca como un sabio “aceptarse tal cual es”. El tratamiento ha puesto así en evidencia ciertas tendencias subjetivas compulsivas pero esta “puesta en evidencia” no alcanza para producir cambio alguno. Sucede que, en rigor, este tipo de conocimiento (totalmente inoperante) que el paciente toma de sí mismo en el curso del tratamiento, y que le impone la necesidad de un cambio subjetivo, está enteramente basado en la “expectativa de cambio” que impulsa el propio analista (que rechaza con energía –contratransferencialmente– cierto comportamiento en su paciente por considerarlo “claramente neurótico”, más tarde, algunas veces, el diagnóstico se completa con una acusación: “están operando las resistencias”). En tales casos es el analista (y no el propio paciente) quien anima –del modo más sutil o más grosero– que éste opere un cambio en su conducta. ¿No debería ser justamente al revés?, que si se desea construir con el paciente una experiencia de carácter transformador en el marco del tratamiento, el analista tendría que poner en juego una suerte de aceptación total de la posición subjetiva de su paciente y de las circunstancias que de ella derivan. El analista no debería dejarse ganar por el terror de constituirse por esto en un “cómplice” del goce mortífero de su paciente.

“Aceptación” no debería suponer una actitud de obsecuente o cordial permisividad por parte del analista. Éste puede poner, incluso, en casos extremos, algunas restricciones a ciertos funcionamientos del paciente (dentro o fuera del tratamiento), como condición de continuidad de la psicoterapia. Pensemos en aquellos pacientes que se ponen a sí mismos (a otros –o incluso al propio analista–) en situación de riesgo. En esos casos el analista impone estrictas condiciones para preservar el proceso analítico, pero las razones teóricas o “clínico estratégicas” de estas decisiones son especulaciones ad hoc; el primer impulso para tales decisiones (imprescindibles en muchos casos) proviene de la profunda angustia, de los temores más arraigados, de los prejuicios menos confesables y de las repulsiones e ideales más obstinados del propio analista que de ciertas actitudes mórbidas del paciente.

¿Es entonces censurable que el analista prohíba –o sugiera– ciertas pautas a su paciente cuando se juzga que éste se está comprometiendo en una situación de verdadero riesgo para su vida o la de otros (vía acting out, “pasaje al acto”, etc.)? ¿Debería abstenerse de intervenir? Sin duda al tomar ciertas decisiones que se juzgan perentorias, el analista está en todo su derecho (quizás decir que está “en su responsabilidad” sería más discutible): el analista teme que si su paciente “sigue así” su mujer lo abandone (y pierda de ese modo el único sostén de su delicado equilibrio emocional), que lo echen del trabajo (y pierda los pocos vínculos sociales que todavía conserva), que se enferme gravemente o que se vuelva completamente loco, etc., de modo que, da indicaciones que preserven al paciente de dichos riesgos7.

Esto corresponde al management clínico y nada tiene que ver con la búsqueda de un “cambio terapéutico”, sólo sitúa las condiciones mínimas necesarias que para ese analista en particular8 pueda trabajar con un determinado paciente. Son indicaciones que buscan instaurar el marco mínimo posible para el trabajo de “ese” analista (y esto, en base a disposiciones y directivas que deberían llegarle así al paciente –como las pautas que le impone ese analista en particular y quizás no otro–, y nunca establecidas con fórmulas interpretativas o en forma de misteriosos “actos analíticos”).

“Aceptación total” podría querer significar otra cosa muy distinta que “permisividad”. El paciente llega al tratamiento con una cantidad de recursos, que pueden resultar más ricos o más pobres, con los que busca controlar la difícil experiencia de ese particular “estar con otro”. Muchos de esos recursos puede estar en el borde de lo delirante (bajo la forma de un control omnipotente respecto del analista que puede resultarle asfixiante, caprichoso, hostil, molesto, antisocial, etc.). Estas posibilidades de control de la experiencia clínica son las que hay que ponderar y eventualmente aceptar completamente, sin que sean rápidamente pensadas como lo que el paciente debería tener que cambiar “para poder estar mejor”. Para los pacientes graves, hay sólo un “mínimo” de analista –por así decirlo– que ellos pueden soportar y usar, el “resto” es un objeto extraño, bizarro, extremadamente inquietante que debe caer bajo un control exasperante, omnipotente, extenuante para el analista. En fin, la contratransferencia invierte la ecuación: sólo hay un mínimo de paciente tolerable, el resto debe controlarse…

Para Winnicott, es justamente en la experiencia del jugar en donde un sujeto pone bajo cierto control y “en una zona limitada” lo inquietante, lo extraño, lo aterrador. Paralelamente, todos recordamos la definición que él daba de la psicoterapia como la “superposición de dos áreas de juego, la del paciente y la del analista”, habitar esa zona no es nada sencillo, hasta cierto punto uno y otro ponen en contacto dos fragilidades. El proceso terapéutico es un “jugar juntos” en una relación de confianza. Si el paciente no puede jugar –advierte Winnicott–, algo debe ser hecho para que se le posibilite llegar a ser capaz de hacerlo, sólo después la psicoterapia podrá comenzar. Si es el terapeuta quien no puede jugar, entonces no está capacitado para la tarea. Por otra parte, el jugar es esencial porque únicamente en el jugar el paciente es creativo, y puede llegar, en el curso de un tratamiento, al verdadero contacto y descubrimiento de sí mismo. Tal como lo expresaba magníficamente F. Pessoa quien se preguntaba “¿Quién soy yo, finalmente, cuando no juego?”.

Finalmente, Winnicott advierte a los analistas sobre el peligro de obstinarse en lo que podríamos considerar un jugar “solo”, haciendo su propio juego e involucrando a sus pacientes en esa tarea –pretendidamente– “analítica” (y que aquí suponemos comandada por la contratransferencia del analista). La interpretación que cae por fuera de una zona de juego compartido entre analista y paciente, es, para Winnicott, un mero intento de adoctrinamiento que solicita sumisión y acatamiento de parte del paciente. Para jugar, y enriquecerse con esa experiencia, para lograr una sorpresa de sí mismo en un territorio algo desconocido, es necesario, entonces, la posición espontánea del analista, un estado de trabajoso no-saber9 para que sea la propia experiencia compartida la que defina los encuentros y desencuentros en una búsqueda que no anticipa sus objetos. Son momentos, duran poco, rápidamente uno termina creyendo que sabe y acotando el valor potencial del campo significante y de la experiencia que hace al encuentro con una verdad subjetiva.

_______________
1. Al final de este artículo volveremos sobre la expresión “espontaneidad del analista”.
2. Se entiende la diferencia, una intenta controlar, anticipar para tomar recaudos, la otra aventurar circunstancias posibles en una experiencia siempre misteriosa.
3. “El odio en la contratransferencia”, Escritos de pediatría y psicoanálisis, Ed. Laia, Barcelona.
4. La expresión pertenece a Pontalis, es su modo de caracterizar cierta actitud clínica de los analistas kleinianos.
5. Ese universo que todos portamos y que impregna no solo nuestra clínica sino también nuestra vida.
6. F. Pessoa: “Ser comprendido es prostituirse”.
7. M. Klein no acordaba con ninguna intervención de este tipo, solo se abocaba a trabajar “con el fantasma inconsciente”.
8. Aún cuando sus consideraciones pudieran tener “consenso” en el círculo psicoanalítico en el que se inscribe.
9. No se trata de una posición en la “ignorancia” sino de una que se conquista apenas y por momentos, desandando “saberes” demasiado arraigados.
 
 
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