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   ¿Contratransferencia aún?

Un contorno en la penumbra. Bordeando la ¿contratransferencia?
  Por Jorge Helman
   
 
“La sombra de mi alma
huye por un ocaso de alfabetos,
niebla de libros y palabras…”
Federico García Lorca

“Percibí un extraño hálito, tan pronto Eugenia entró ese día en su sesión. Hacía seis meses que la conocía y en ese momento intuí que su persona algo quería decirme. No era lo que sus palabras reflejaban; sino más bien una sensación que se filtraba por las rendijas de su propio decir”.
Hace ya varios años, en una sesión de control, una analista describía con estas palabras el sentimiento que la albergaba en su relación con una paciente. Palabras que en este momento, y ante la invitación a escribir sobre ¿contratransferencia?1, acudieron a quien ahora entreteje este texto. Poblado, como está un analista, de múltiples historias (¡propias y ajenas!), lejos de ser un acto casual, la evocación de esta anécdota es el eco del convite que actuó como un disparador.

La descripción hecha por la analista acerca de su paciente era vaga, parecía un contorno perdido en la penumbra… Sin embargo no era un dato desestimable, por el contrario se trataba de un efecto registrado que, aunque difuso, algo trataba de expresar.
Conocemos esta señal como una de las modalidades, entre tantas, de transferencia recíproca o contratransferencia, que mantiene hoy una fuerte presencia en el acontecer clínico. Es cierto que el término “contratransferencia” ha pasado de moda por el fuerte desgaste sufrido durante la época en que prevalecía el pensamiento kleiniano, predominio que a Thomas Kuhn le gustaba llamar paradigma2.

Pero si se repasan los historiales clínicos de los años ’60 y ’70 del siglo pasado, principalmente las revistas de la Asociación Psicoanalítica Argentina, allí se observará una rica exposición de pacientes, cuya fuente interpretativa vertebral transitaba por la contratransferencia, como registro de las transferencias... Con la perspectiva que brinda el paso del tiempo se puede inferir que esas modalidades interpretativas tenían un fuerte sesgo “paranoico”; todo pasaba por ellas… ¡no había nada en la dimensión subjetiva de los protagonistas del acto psicoanalítico que no fuese atravesado por esos conceptos! Operaban en consecuencia como fetiches que en calidad de tales “representaban al todo por una de sus partes”. Lo cual evidenciaba un importante desgaste de estos dos solidarios conceptos.

Por otra parte, el paradigma kleiniano decae, en la década del 80, por la fuerte irrupción del pensamiento de Lacan, y en ese desvanecimiento, queda arrastrada no sólo la idea de “contratransferencia” sino también, por ejemplo, la de “psicopatía” 3. De hecho, ambos vocablos son hoy muy poco frecuentados por los analistas. La “deconstrucción” –término que importamos de J. Derrida4–, producida por el pensamiento de Lacan, causó un impacto enérgico. En este sentido, es útil revisar ese efecto en la comunidad analítica argentina5.
Pero más allá de las palabras que usemos, las llamemos contratransferencia o transferencia recíproca, lo que importa es la sobrevivencia de los conceptos que esas palabras conllevan… ¡Porque invalidar a la contratransferencia conduce inevitablemente a neutralizar el valor de la transferencia!
Y la transferencia sigue siendo hoy una de las nociones vertebrales de la clínica analítica, que definiremos como la clonación de un pasado que se resiste a constituirse como Historia, aunque no es el único concepto que posee esa cualidad. También la “repetición” la acompaña en esa fijación a lo pretérito que se reaviva periódicamente. La escritora colombiana Laura Restrepo definirá a esta última con una poética fórmula: “…el pasado que no ha sido amansado con palabras no es memoria, es acechanza6”.
Si bien ambos conceptos operan como resistencias (¡también como facilitadores!) trayendo noticias del pasado, se distancian por sus ubicaciones tópicas y por sus modos operativos. La transferencia siempre requiere de la presencia de otro sujeto que la movilice y se sitúa como resistencia yoica, a diferencia de la repetición que se ubica como resistencia del Ello y se activa por automatón7.
Es obvio que las transferencias poseen rostros múltiples y variables. Desde aquellas que canónicamente se establecieron como negativas (hostiles y eróticas), pasando por las positivas (eludiendo las idealizadas8, pero recalando en las de “confianza”) hasta las que actualmente podemos clasificar como reales, simbólicas e imaginarias. También es digno de destacar que existen, para seguir un lenguaje consagrado, las transferencias manifiestas y las latentes. En este sentido, es fructífero detenerse en estas últimas que son aquellas que, como dice el poeta granadino del epígrafe, “…huye(n) por un ocaso de alfabetos…”.

Lo cierto es que la transferencia y su sombra, la contratransferencia, implican necesariamente un vínculo. Cualidad que las distancia también, conforme se señaló anteriormente, de la repetición. Ese vínculo, en el acto analítico, se involucra, como se ve en la grafía de la cinta de Moebius, de modo tal que resulta, por momentos indiscernible. El pensamiento de “contratransferencia” está condicionado fuertemente por la acción de la transferencia. La experiencia analítica testimonia que en numerosas oportunidades los analistas dicen lo que los pacientes musitan, murmuran, insinúan o callan. Este accionar se denomina técnicamente “transmisión de inconsciente a inconsciente”, y posee un fundamento teórico y clínico muy sólido.

Conforme se ha establecido, con sentido académico riguroso, sentimientos, afectos y emociones no son objeto del proceso represivo. Éste apunta directamente al representante psíquico de la pulsión, mas no a sus efectos concomitantes. ¡Aunque, por supuesto, el sujeto se ve afectado, precisamente, por ellos!
No obstante, los sentimientos pueden ser coaccionados, canjeados (generalmente, por angustia, que es “la moneda de cambio por la cual se intercambian todos los afectos”) o suprimidos, pero no sufren el proceso represivo. Dejemos que las propias palabras freudianas, estampadas en la Metapsicología9, lo digan: “En la propia naturaleza de un sentimiento está el ser percibido, o sea, conocido por la conciencia. Así pues, los sentimientos, sensaciones y afectos carecerían de toda posibilidad de inconsciencia (…) Cuando reconstituimos el verdadero enlace (entre una representación y otra), calificamos de ‘inconsciente’ el sentimiento primitivo, aunque su afecto no fue nunca inconsciente y solo su representante sucumbió al proceso represivo”.10

Traduzcamos el sentido de lo expresado. En lo inconsciente, no existen afectos, tan solo representaciones; la represión solo las ataca a éstas. No a los sentimientos ni a la pulsión que, en otro orden de cosas, es una construcción que fusiona biología e intersubjetividad histórica y posee un carácter irreductible (¡Por ello se habla de “compulsión a la repetición” y es, en términos de Restrepo, remisa a ser domesticada con palabras!).
Para Freud, siguiendo la lógica descripta en el capítulo VII del Libro de los Sueños11, el inconsciente alberga representaciones; son los únicos “habitantes” que lo pueblan. Los afectos, en sus diferentes modalidades, solo pueden morar en la conciencia (o más precisamente, en el interior del sistema percepción-conciencia). Este último es quien puede registrarlo conforme al parámetro de placer-displacer12. Metapsicológicamente se puede afirmar que los sentimientos se encuentran tan solo en calidad de potencialidades inconscientes, pero no son más que consecuencias de circuitos representacionales. Los ecos de las representaciones reprimidas, para mudarse en sentimientos, emociones o afectos, deben, necesariamente, arribar al sistema conciente quien los calificará y los materializará en calidad de tales.

Se puede, en consecuencia, afirmar que los afectos son efectos de combinatorias representacionales.
En esta misma dirección, es importante resaltar el aporte que la semántica suministra. La voz “sentido” posee dos significados divergentes y convergentes; disímiles pero enhebrados entre ellos. Efectivamente, lo que le concede “sentido” al término en cuestión es el artículo que lo antecede; es así que “el” sentido se dirige al significado; en tanto, “lo” sentido apunta a lo vivenciado.
El develamiento de los afectos, emociones y sentimientos se realiza por medio de la contratransferencia; que es el préstamo que el inconsciente del analista facilita para la lectura del inconsciente del paciente. De modo tal que, aunque vergonzante para algunos, la contratransferencia constituye el instrumento que posibilita al acto analítico13.

Una reflexión final. El motor de este texto ha sido una interrogación: ¿contratransferencia? Luego del recorrido realizado, quien ahora escribe sustraerá los signos de pregunta, por cuanto en lo que se ha desarrollado se estableció que la contratransferencia sigue siendo aun hoy un concepto imprescindible en tanto revista como el reverso de la transferencia y no sea una mera proyección del analista. Dicho en otros términos, la experiencia clínica demuestra que aun hoy sigue siendo un operador indispensable en el interior de un tratamiento.

Sin embargo, trasladaremos esos signos de pregunta que hemos desterrado del vocablo “contratransferencia” hacia otro sitio. ¿Por qué causa algunos analistas buscan “objetividades”, cuando en realidad su material de trabajo es la “subjetividad”? ¿No ponen, acaso, en esta última su propia subjetividad, su propio inconsciente en juego para leer el inconsciente de sus pacientes?
En numerosas oportunidades históricas, el imperialismo del pensamiento médico14 se ha infiltrado perniciosamente en el razonar analítico, lo ha torcido y lo ha desviado; por ello, si bien en medicina es válida la objetividad debidamente estandarizada, el análisis de la singularidad de un sujeto se resiste a ser secuestrado en un protocolo, porque éstos “masifican” a la subjetividad singular y al hacerlo así, desvanecen la calidad del “hecho único e irrepetible” (¡rigurosa definición de “singular”!).
Esa intersubjetividad jugada en el acto analítico, que arrastra tanto a la transferencia como a la contratransferencia, es la que concede riqueza y originalidad a un análisis… ¡siempre instalado como “análisis profano”, resistente a canonizarse y a sacralizarse!


_______________
1. ¡Signos de interrogación que, al encerrar al vocablo, lo conflictúan y lo “ponen en tela de juicio, en torno a su validez”!
2. Kuhn, Thomas - La estructura de las revoluciones científicas - Fondo de Cultura Económica - Breviarios - Madrid - 1978 - Edición original de 1962 de University of Chicago Press.
3. Tan solo con el ánimo de puntuar dos referencias bibliográficas, me resultó sugestivo el haber encontrado –en el estante superior de mi biblioteca, allí donde habita aquello que “ya está fuera del alcance de la mano”–, dos ejemplares que testimonian la literatura de esa época:
Bleger, José - Simbiosis y ambigüedad – Estudio Psicoanalítico - Paidós – Biblioteca de Psiquiatría, Psicopatología y Psicosomática - Buenos Aires – 1967.
Rascovsky, Arnaldo y Liberman, David - Psicoanálisis de la manía y psicopatía - Paidós – Biblioteca de Psiquiatría, Psicopatología y Psicosomática - Buenos Aires – 1966.
4. Derrida, Jacques: La deconstrucción en las fronteras de la filosofía (La retirada de la metáfora) - Paidós (Colección: Pensamiento Contemporáneo) – Barcelona – 1987.
5. Helman, Jorge - Legacies - (Herencias) - Clinical Studies: International Journal of psychoanalysis - Volume 3, Number 2 - New York - USA. - 1997. Y Helman, Jorge - Villa Freud y sus alrededores. Microcosmos e identidad – Texto integrante del libro Delirios de grandeza - Mitos Argentinos: Memoria, identidad y cultura - Buenos Aires - mayo de 2000. Editorial Beatriz Viterbo – Rosario - agosto de 2005.
6. Restrepo, Laura – Demasiados héroes – Alfaguara – Montevideo – abril de 2009.
7. Freud, Sigmund – Inhibición, síntoma y angustia – (1927) - Obras Completas correspondientes a las ediciones españolas de Biblioteca Nueva (1948) y Amorrortu Ediciones de 1978; a la edición alemana de Conditio Humana - Buchdrukerei Eugen Göbel, Ed. S. Fischer Verlag GmbH - Frankfurt am Main de 1975. En adelante se mencionará solo la fecha de factura. Y Lacan. Jacques - Seminario XI - Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis - Barral - (fecha original: 1964/65) - Madrid (España) - 1976.
8. Las transferencias idealizadas poseen una cara ambigua, porque si bien se visten de positivas, al sacralizar la palabra del analista, despojan a su interpretación del “espíritu crítico” necesario para la convalidación de la misma. En esas condiciones, la interpretación queda inerme y sin referente de contrastación. Por ello, esas transferencias terminan siendo negativas.
9. Freud, Sigmund - Trabajos Metapsicológicos – Artículo La Represión – Capítulo III – Sentimientos inconscientes – 1915.
10. El sublineado me pertenece.
11. Freud, Sigmund – La interpretación de los sueños – 1900.
12. En esta dirección, hay un importante texto de consulta que es Green, André - La concepción psicoanalítica del afecto - Siglo XXI Editores - México - 1975.
13. Es válido recordar que estas transferencias latentes requieren de una intuición o inteligencia que permita escuchar “las entrelíneas” de lo expresado por un paciente (… “Paciente” ¡otro término hoy en desuso y sustituido ahora por “analizante”!) La voz “inteligencia” (Del lat. Intelligentĭa) implica “poner cosas en el medio”; o para una interpretación más “folklórica”: “leer entrelíneas”.
14. Clavreul, Jean - El orden médico - Editorial Argot - (original 1978) - Barcelona - 1983.
 
 
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