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   Colaboración

El cártel y la formación del analista
  Por Néstor Bolomo
   
 
Sostener el psicoanálisis en extensión en las coordenadas del discurso analítico ha sido desde siempre un problema. El análisis de los analistas “más un poco de realismo y sentido común”, se han mostrado –es lo menos que podría decirse– insuficientes. La dominancia –si se permite el pleonasmo– del discurso del amo y su variante universitaria son sobradamente manifiestos como para insistir en ello.
Estas cuestiones no están “relacionadas con” la formación del analista. Son las cuestiones mismas que ella debe enfrentar y franquear.
Lamentablemente, es corriente emplear el significante “formación” para designar una práctica lisa y llanamente universitaria.

Conviene recordar –aunque sea reiterativo– lo que ya se sabe: el saber en psicoanálisis es de otra naturaleza, el sujeto afectado por ese saber también lo es y la articulación de uno y otro y las condiciones que la posibilitan son también, otras. No se trata de la distribución de un saber sino de un campo de enunciación en el que un saber se produce al mismo tiempo que se recorta, como su efecto, un sujeto. Ese campo –y es lo que regularmente se soslaya– es un campo de deseo. Y no es lo mismo la prevalencia de un deseo obsesivo o de un deseo histérico o aún de un deseo perverso en la operación que apunta a la producción de un saber y el sujeto que le es correlativo, que la existencia de condiciones –que son siempre condiciones de discurso– que hagan posible –con los rasgos de fugacidad, de pulsación, de instantaneidad que le son propios– la presencia del deseo del analista en ese campo.

Lacan propuso un dispositivo, no el único, pero muy específico, para el análisis en extensión y la formación del analista. Lo llamó cártel. El cártel es una práctica de discurso, esto es, propicia un lazo entre los sujetos y con el saber, congruente con el discurso analítico. En ocasiones se desvirtúa y convierte en una instancia burocrática para todo uso, en otras es objetado como una suerte de aparato innecesariamente sofisticado, “demasiado lacaniano”. O degradación o rechazo: algo que también ocurre en muchos medios con el dispositivo analítico. Puede tratarse de desconocimiento, interés –o desinterés– o ingenuidad. Pero probablemente no pocas veces, de resistencia.
En nuestro caso, es la percepción de una esterilidad de las prácticas docentes (en relación a esto de lo que se trata: la formación analítica) lo que nos ha llevado a renovar la apuesta al cártel.

Se trata, como es sabido, de un pequeño grupo de entre cuatro y seis integrantes que se reúnen alrededor de un tema decidido libremente sin otra condición que el deseo de trabajar juntos, sin jerarquías o relaciones de dominio derivadas del prestigio, el poder, los cargos, el currículum o los antecedentes que cada uno pueda o imagine que pueda acreditarse. Ello por supuesto no entraña borramiento de las diferencias sino que ellas dependen y resultan de lo que cada uno puede producir y decir, en su trabajo y en la interlocución con los otros. Y –nuevamente– no hay razones tampoco para que tales diferencias se traduzcan a posteriori en relaciones de dominio o de maestría entre sus miembros.
Lo mismo cabe decir respecto de la dirección y la orientación del trabajo: la “libertad” en la elección del tema es la libertad marcada y determinada por el deseo de cada uno y la dirección no puede sino ser la que surja de ese recorrido y ese trabajo.

Para algunos, las afinidades, simpatías, amistades previas pueden ser propicias y estimulantes para el trabajo. Otros preferirán los riesgos y las sorpresas que una conformación al azar del grupo puede deparar. En cualquier caso –al igual que en el análisis– si la transferencia imaginaria inicial puede poner en marcha un trabajo, su consolidación puede más tarde o más temprano detenerlo. Lograr una transferencia que se reduzca a ser el punto mínimo que permite la enunciación y que se renueva con ella es tal vez un horizonte que conviene a esta práctica.
En cualquier caso el tiempo del cártel no es infinito –uno o dos años como máximo– y al cabo debe comunicar el resultado de su trabajo y disolverse.
No concebimos el cártel como un “órgano de base” –como en su momento pudo serlo, en épocas y situaciones diferentes, en la escuela de Lacan– que estaría sosteniendo un vértice o una supuesta cima. Tampoco como una unidad organizativa o una “célula básica”.

Al concebir el cártel Lacan insistió en un lugar al que llamó más uno, un puro lugar que conviene no soslayar, precisamente porque se tiende espontáneamente a obturarlo. Es la existencia de ese lugar lo que descompleta un grupo y contribuye a neutralizar el efecto de cierre que siempre se proyecta sobre él. Ese lugar tiene que ver con lo real o tal vez con lo imposible del grupo o con ese sitio desde el cual algo puede decirse. Puede, ciertamente, ese lugar, encarnarse, pero seguramente, no siempre en la misma persona sino más bien circular en el cártel y en todo caso localizarse o captarse su localización en forma retroactiva.
Es por ello que no promovemos ninguna elección de “más unos” que suelen devenir, más tarde o más temprano en “representantes”, o ser tomados de antemano bajo esa figura siempre dudosa del “referente”.
Esta propuesta no desestima, pues la transferencia pero busca restringir esos resortes en los que se vuelve ejercicio –a veces obsceno– de poder y prefiere subrayar la transferencia al psicoanálisis y las transferencias, en plural, circulando en el seno del grupo, operando como causa y como efecto de su práctica.

Está de más decir que la actividad en un cártel no requiere ni proporciona antecedentes curriculares, títulos, jerarquías, rangos ni nominaciones. No otorga certificados de asistencia y por qué no decirlo, tampoco “salida laboral”.
Pero, si los hados son propicios, puede ser una experiencia que permita aproximarse a cuestiones que son siempre difíciles pero están en el surco mismo de la práctica del analista: la práctica de la lectura, el lazo con otros analistas, la formación, en lo que se ha llamado una comunidad de experiencia, las posibilidades –y los límites y los impasses– del reconocimiento recíproco, la autorización.
 
 
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