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   Colaboraciones exclusivas

Violencia, adicciones, fracaso escolar
  Por Liliana Baños
   
 
Un niño como suele decirse “de la calle” es llevado a una institución de menores en la cual quedará alojado. Quien lo recibe le muestra el lugar y le dice el nombre del instituto. El niño le responde: “Ya sé, yo elegí venir aquí, tenía otros lugares pero elegí venir aquí”.

Sabemos que como tantos niños en la misma situación no eligió en absoluto: no sólo la institución, sino también, como es notorio, muchas y decisivas cosas de su dura vida; pero no importa, él sostiene: “Yo elegí.”
Me gustaría analizar algunas consecuencias de esta afirmación. Se podría hablar de ilusión, de imaginario. Ambas atribuciones son ciertas, pero dejarían de lado lo esencial, que concierne al orden simbólico en lo que tiene de más entrañable para el sujeto: hay una invención acerca de sí mismo.

(Estoy hipotetizando acerca de las condiciones de un decir: no he escuchado a este niño)
En psicoanálisis la elección concierne al registro de la responsabilidad y ésta remite, inevitablemente, a un sujeto al cual llamar.
“Yo elegí” se opone a la segregación, siempre y cuando se den ciertas condiciones mínimas de acogida, desde luego. Nadie podría sostener –el ejemplo es extremo–, el ser acogido en un campo de concentración, aunque, lo sabemos por lo dramático de la experiencia, también allí y en condiciones extremas alguien puede elegir perder la vida antes que volverse indigno.

Ahora bien, cuando alguien es segregado de sí mismo, se convierte en desecho, no en objeto causa de deseo, sino en puro desecho desactivado.
Yo elegí lo separa al que lo dice –o intenta hacerlo, al menos–, de un destino común de esa masa que se llama “los niños de la calle”.
Por el contrario, frente al arrasamiento segregatorio, responder tomando la vía de la afirmación del ser, es el camino de una conducta quizá inevitable, pero inhibitoria.

Cuando digo “afirmación del ser” y opongo esta actitud a la separación del “yo elegí”, me refiero a la reivindicación orgullosa de la violencia, de los códigos de los ghettos, de todo aquello que al igual que el odio reafirma el ser pero deja a uno pegado al objeto, pegado al desecho. El odio liga y ata más fuertemente que el amor cuando pasa al primer plano y termina por desintrincarse de Eros.
Entonces, frente al rechazo, frente a la exclusión la reivindicación eterniza el ser, lo transforma en identidad: soy villero, soy gay, soy adicto, aquello que bien podría tener el destino del síntoma, el que por ser bifronte, por ser ambivalente, en sus tensiones muestra el malestar, las trampas y los caminos de salida.

Es decir, poder pasar del ser al tener; poder hacer algo con eso.
La segregación induce a una reivindicación necesaria, por cierto, pero subjetivamente empobrecedora. (El orgullo gay es un ejemplo claro de esto.)
De no mediar la reivindicación frente al rechazo, ¿quién podría estar orgulloso frente a un posible destino de la sexuación. ¿Cuál sería el orgullo de ser heterosexual, por ej.?
(Algunos personajes públicos, es sabido, se declaran orgullosos de su heterosexualidad; pero el infantilismo de la posición, apenas encubre la debilidad rayana en el ridículo.)

Cuando me refiero al empobrecimiento que significa sostener la reivindicación del ser y por qué no, con el cuerpo, digo: una cosa es el deseo neurótico de reconocimiento, que nunca será suficientemente reconocido, como sabemos, y muy otra estar constreñido a reivindicar el ser ante otro que no sólo no se lo reconoce y por lo tanto no lo aloja, sino que le niega la posibilidad de existir: ¡No sos!, es el mensaje, cuya encerrona tiene varias facetas; una de ellas es la caricatura, la encarnación imaginaria e invertida de aquel Otro que me niega el ser.
La otra encerrona, trágica, diría Ulloa, porque no es simplemente neurótica, tiene el marco de las situaciones en las cuales la verdad de un sujeto coincide con lo real.
Es el mismo atolladero que traba un análisis –y que no habría que confundir con la reacción terapéutica negativa, en la cual el masoquismo triunfa sobre el deseo–, y lo hace cuando los velos caen y el arrasamiento que sufre el paciente se vuelve destino.

(Allí suele terminarse en el pasaje al acto)
Desde luego, las posiciones subjetivas pueden tramarse desde polos opuestos. Hay quienes son inmunes a los llamados a la responsabilidad y persisten siempre en su “yo no fui”. Allí la terapia pierde su carácter de análisis.
En el polo opuesto están los que se culpan de todo y por todo. En estos casos se evidencia transferencialmente que no pudieron elegir aquello que en principio no es elegible: ser hijo; lo cual implica sin contradicción, que en determinado momento uno debe reconocer que ha sido hijo, hijo sometido a las leyes ordinarias de la deuda simbólica. Pero hijos no sólo de un discurso, como suele decirse y bien; también de las circunstancias: no se puede eliminar el azar, ese azar que el narcisismo encubre con su aspiración a la transparencia y la perfección del espejo perfectamente biselado.

Podemos pensar estas cuestiones desde la ética del psicoanálisis, porque no apelamos desde él a una posición abstracta e idealizante en relación al Bien Supremo, sino a la ligazón de las posiciones éticas con el campo del Otro.
Frente a la moral de los bienes, la ética es la del valor, es decir del deseo: si queremos un bien, Lacan lo mostró impecablemente en su seminario, ese bien es valorado –es la lección que aporta la histérica–, sólo porque el Otro lo desea.
Por ello la deseabilildad de la cosa está más allá de la misma cosa, que es precisamente un bien porque el valor se encarna. En la queja de la víctima, esta dialéctica se pierde.

La queja de la víctima trae una verdad hermanada a una demanda; mas el lugar de la víctima como tal consiste en reduplicar especularmente el sitio que se le ha otorgado: ubicarse como desecho del Otro implica quedar atrapado en una trampa narcicista –puede, y de hecho lo hay, un orgullo abrumador en juzgarse desecho, en identificarse con ese detrito–; como si sólo se pudiera entablar demandas desde un lugar de segregación: así el segregado se autosegrega.
El rechazo, lo sabemos, es un llamado al fundamentalismo, una invitación a situarse exclusivamente un plano especular donde sólo hay duplicaciones e inversiones de la duplicación que confirman a esta.
Conocemos el caso del grupo musical bahiano Olodum, que reivindica sus orígenes en la negritud africana. Cuando coronaron no hace tanto tiempo, una reina de la belleza, le negaron el premio al enterarse el jurado que no era una negra “pura”.

Llegamos así al que bien podemos denominar “terrorismo de los orígenes”.
En semejante espiral en torno al odio, al rechazo, a la segregación, podemos captar por lo vivo los efectos paradojales del asistencialismo. Con sus mejores intenciones termina victimizando a las víctimas. Cuando alguien en estado de necesidad recibe comida y la tira, por ejemplo, podemos leer “no es esto lo que demando”.
El acto asistencialista pone el acento en la necesidad del otro, no en su demanda.
No estoy valorando, en absoluto, la asistencia social. Señalo, simplemente, que en virtud de la estructura subjetiva alguien puede vivir a lo dado como algo arrojado, por más valor que tenga. Así quien lo recibe no lo apreciará como donado.
No es lo mismo arrojar sobras que donar, es decir, dar lo que no se tiene a quien no lo es.
Del mismo modo, la dádiva puede generar una eterna boca abierta que sólo sabe recibir y que está condenada así a la pasividad.


Para terminar quisiera tomar otro aspecto del lazo social: el sitio del niño.
El lugar del niño es un indicador social. Allí donde el lazo sea neurótico, todo niño tendrá metafóricamente el lugar de hijo. Pero cuando el lazo es perverso, el niño se convertirá en objeto, en mercancía. No asombra así que sea el destinatario del mercado de consumo y en su extremo más feroz el destinatorio del mercado de la pedofilia.
Actitud filicida que atenta contra el Nombre del Padre. Donde hallamos la anomia, el anonimato como exilio del sujeto, estamos ante la negación radical de la herencia simbólica. No hay filiación sin herencia. ¿Qué hacer ante esto, cuya consecuencia directa es la ausencia de internalización de la ley, término con el que me refiero no al derecho sino a la ley de la alteridad que reside en el Otro?

Y esa es la razón por la cual –la delincuencia suele mostrarlo de manera sin duda llamativa, patética–, muchas veces, ante circunstancias catastróficas, el que ocupa el lugar de resto se convierte en algo que se toma por absoluto, haciendo sentir a otros que tienen sus vidas en sus manos. En este sentido se puede decir que el resto desechable y el lugar de absoluto están entre sí en banda de Möebius.
El psicoanálisis puede ser la punta de lanza para desmontar masificaciones, las identificaciones que las acompañan y las nutren, las totalizaciones tranquilizadoras.
Queremos singularizar posiciones subjetivas y no “armar una clínica de la pobreza”.

Por ejemplo, podemos distinguir cosas que se confunden. No es lo mismo buscar en el otro el punto de angustia, para gozar de él tomando –el ejemplo de Sade que Lacan transmite–, “la piel del imbécil”, plano en el cual, de otra parte, también el perverso fracasa tras efectuar sus estragos en el otro; no es lo mismo, decíamos, que la “crueldad de la ignorancia”, el padre que pega a los hijos cuando hay lazo de filiación: suelen ser padres que pegan porque han sido castigados. A veces no lo hay y la crueldad es pura perversión.

Vale la pena citar un ejemplo. El film “La virgen de los sicarios”, del cual destaco la escena en la cual un adolescente que ha matado a decenas, es incapaz de matar a un perro que sufre, punto de ternura, punto de quiebre para tal sujeto.
Quizá desde el psicoanálisis podamos más entender, conceptualizar que transformar.
Pero entender es también hacer.
Nos orienta en una práctica compleja en la cual lo político nos cruza estructuralmente.

Nota: Trabajo presentado en las jornadas “Prácticas en el campo de la salud mental”,
en Rosario, el 12 y 13 de junio de 2009
 
 
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