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   Culpabilidad y sacrificio

Culpabilidad y sacrificio
  Por Marta Gerez Ambertín
   
 
“¿El mundo está fuera de quicio? ¡Oh suerte maldita!
¡Qué haya nacido yo para ponerlo en orden!”
Hamlet. Shakespeare.

1. Sacrificio, violencia y angustia. Desde 1960 Lacan vincula el sacrificio al patetismo del suplicio y la mutilación humana, esto es, a la más franca violencia. Dirá: (hay) “... un lado implacable de la relación con Dios, con esa maldad divina que hace que siempre sea con nuestra carne con la que debemos pagar la culpa y la deuda (Lacan.1963:238).

Se trata de un avance de Lacan, sin duda. Pero, un simple vistazo a las prácticas sacrificiales –y los mitos en torno a las mismas– de la Antigüedad confirma el aserto lacaniano, sólo que Lacan hace tal afirmación cuando los mitos se volvieron muy precarios en nuestra contemporaneidad. Sin embargo, si gran parte de los teóricos de las religiones primitivas acude a la idea de “apaciguamiento” de la ira divina –siempre motivada por desaguisados humanos– para explicarlas, o a un intercambio entre hombres y dioses (el conocido do ut des) no son tantos los que avanzan, como Lacan, en la idea de pago con “nuestra carne” para completar al Otro, para asegurarse, a través de esa dolorosa experiencia, que ese Otro existe… en tanto precisa del sacrificio humano. En la explicación “contractual” –los hombres realizan “ofrendas” y obtienen a cambio victorias, cosechas, salud, etc.– se descuida un aspecto crucial: lo más importante del “contrato” no son los dones divinos sino la existencia misma del donante divino. Si el Otro está desquiciado (incompleto), cada sujeto (como Hamlet) se impone el deber de restaurarlo… sacrificándose, con lo cual se asegura lo verdaderamente importante: el Otro existe y puede brindarle su amparo.

El asunto sería de mero interés erudito si se tratara de prácticas remotas ya superadas. Mal que pese, el siglo pasado ha sido testigo tanto de la persistencia como del paroxismo de lo que Freud llamó “la miseria de la masa”. Aun así, no sería tarea primordial del psicoanálisis profundizar en ella; pero sí lo es ahondar en su expresión clínica donde advertimos que de tenues a severos sacrificios o autosacrificios es posible llegar al extremo del asesinato o el suicidio.
Sacrificio y culpabilidad, en Freud-Lacan, remiten al intento de encubrir la incompletud del Otro para tornarlo garante de la vida humana misma, de un orden simbólico asediado por la amenaza de lo real. Lo que me permite afirmar que el sacrificio remite tanto a la organización simbólica como a eso que queda fuera de ella, lo real. Alienación y separación entre lo simbólico y lo real siempre acechante.
Los avances de la teoría lacaniana en torno a la compulsión de repetición demostrarán que, aunque el sacrificio posibilita al sujeto escapar de la angustia tras el intento de asegurar su lazo (comunión) con el Otro, tiende asimismo una trampa mortal: cuando se cae en la fascinación del sacrificio ya no es posible aplacar la exigencia del Otro que oprime más allá de todo pacto e intercambio. Ábrese, entonces, una vía para la intrusión del superyó y, por tanto, para la posible reinstalación de la angustia.

Con el sacrificio el sujeto acaba cediendo la causa de su deseo al Otro para, así, transitar por la pasión de la ignorancia. Se hace siervo del goce del Otro oscuro al que está conminado a seducir y al que se vincula en pos de una opaca culpabilidad a la que Freud nombra como necesidad de castigo y nosotros culpa muda –ya que en la pulsional necesidad de castigo no hay registro de falta alguna–. Allí no se negocia con el significante.
Trabajé en mi libro Entre deudas y culpas: sacrificios la espinosa cuestión de la “necesidad de castigo” o “necesidad de ser castigado por un poder parental” que no responde a la culpa conciente ni a la inconsciente sino a la “satisfacción pulsional”, esto es, al registro de la culpa muda: circulación silenciosa de la pulsión de muerte.

Lacan reformula los desarrollos freudianos, levistraussianos y los propios sobre la cuestión del sacrificio a partir de sus teorizaciones sobre los Nombres-del-Padre, los goces y el objeto a. En el Seminario de La Ética el goce no está desvinculado de la ley, pero refiere al desarreglo de la ley. Así entonces, el sacrificio está indisolublemente ligado a los Nombres del Padre (finalmente pluralizado en 1963) y sus paradojas. La conjunción de la ley con el deseo no discurre sino encabalgada a “la suposición del goce puro del padre” (Lacan, 20/11/1963) y, a la vez, es como “imperativo de goce” como Lacan define al superyó.
Tal su enunciación en el Seminario XI : “El padre, el Nombre-del-padre, sostiene la estructura del deseo con la de la Ley pero la herencia del padre, que nos designa Kierkegaard, es su pecado” (Lacan, 1964:46). Si la herencia del padre es, entre otros legados, también el de una mácula, una manera de encubrirla, de borrarla, es por la vía de culpabilidad y sacrificio. A partir de allí el sujeto puede suponer que tiene un lugar en el deseo y/o goce del Otro y que puede concitar su amparo.

El ofrecimiento sacrificial es la manera de responder a la culpabilidad, ya que tras el anhelo de salvar al padre se esconde otro: el de su asesinato. La erótica sacrificial al padre supone que el pago por la falta siempre excede la dimensión de la misma: el castigo no es proporcional al crimen, siempre se paga de más. Y se paga de más porque también se reprocha de más: y allí el superyó que se potencia en la compulsión de repetición.

2. Sacrificio y goce del Otro.
Respecto al reproche cabe destacar la afirmación lacaniana: “si incorporamos al padre para ser tan malvados con nosotros mismos, es quizás porque tenemos muchos reproches que hacerle a ese padre... El reproche es odio a Dios, reproche a Dios (al padre) por haber hecho tan mal las cosas” (1959-60: 366). En suma, por no ser perfecto.
¿No proviene de allí el reproche del sujeto contra sí –“ser tan malvado contra nosotros mismos”–: desde el reproche al padre, luego incorporado a la subjetividad como superyó? A cada golpe de reproche, un golpe del látigo del padre… por haber anhelado el parricidio.

En un solo movimiento se recupera la erótica mortífera-sacrificial hacia el padre, el superyó se erige en su nombre y el sacrificio responde a su imperativo de goce.
La apuesta sacrificial pretende pacificar todo y ajustar todo: la lengua, el habla, la cultura, la sexualidad, el amor, el deseo, la violencia, los mercados, el planeta, etcétera. Sin embargo, muchas veces el sacrificio, queriendo hacer del Otro inconsistente un Otro sin fisuras (bien-dicho/bien-hecho: de una sola y completa pieza) llega a excesos, se sacrifica de más como en los casos de Holocausto y Shoá –exterminio–. Paradojas del sacrificio que atraviesan las subjetividades. Tras la pretensión de arreglarlo todo, se termina aniquilando todo.

De allí que la cuestión del sacrificio en Lacan esté en las antípodas de los desarrollos de Girard y Rosolato para quienes el sacrificio es promesa de pacificación; para Lacan, en cambio, el sacrificio no calma la violencia, al contrario, la potencia. Sólo puede aspirarse, en el mejor de los casos, a una economía del sacrificio.

Por lo general, en la vida cotidiana, se produce complicidad entre sacrificador y sacrificado, aunque innegablemente en todo tiempo y lugar, algunos sujetos y grupos hayan podido ejercer una resistencia tenaz a la procura de aniquilación; hayan podido apelar al deseo más allá del goce claudicante del sometimiento. Como decía Hannah Arendt “algunos no se doblegarán” (1962:353).
Pero, ¿por qué algunos y no todos?, ¿por qué el goce sacrificial ejerce una atracción universal?, ¿qué se juega en ese ofrecimiento descarnado de un hijo para salvar al padre?, ¿por qué todo hijo estaría tentado a sucumbir al ofrecimiento sacrificial?, ¿qué detiene el goce sacrificial de algunos?, ¿qué precipita al goce inmolante en otros?

Dirá Lacan: “Se trata de algo (...) enmascarado en la crítica de la historia vivida. Se trata, de las formas más monstruosas y pretendidamente superadas del holocausto, del drama del nazismo.
… la ofrenda a los dioses oscuros de un objeto de sacrificio es algo a lo que pocos sujetos pueden no sucumbir, en una monstruosa captura.
La ignorancia, la indiferencia, la desviación de la mirada, puede explicar bajo qué velo sigue todavía oculto este misterio. (...) el sacrificio significa que, en el objeto de nuestros deseos, intentamos encontrar el testimonio de la presencia del deseo de ese Otro que aquí llamo el Dios oscuro
” (1964:277-8).

El campo lacaniano lanza una “valerosa mirada” a esa variedad de goce que es el sacrificio: ¿cuál es esa horrorosa apuesta al suplicio sacrificial al que pocos sujetos no sucumben? Tendremos cautela al responder a este enigma.

3. Coartadas a la fascinación del sacrificio
. La tentación sacrificial está ligada a los impedimentos de un duelo por el padre ideal. Salvar al padre parece ser la consigna universal de todo hijo: hacer del padre un inmaculado, un súper-Otro-perfecto; podemos recurrir a la metáfora de Súperman: hacer del padre ideal un Súper-Man. Pero, si se quiere salvar al padre, es para tender un manto protector que cobije y extirpe la responsabilidad de cada sujeto de implicarse en sus deseos y goces: tremenda y auspiciante empresa la de enfrentarse con la propia orfandad y con la irremediable herencia de la inconsistencia del padre.

La apuesta al salvataje imposible del padre ideal precipita al goce sacrificial; rehusarse a ella –atravesando los laberintos del duelo inacabado por ese padre–, en cambio, hace posible otra apuesta: la economía del sacrificio. Transitar los caminos del deseo anudado a la castración enfrentándose a lo inadmisible: “el padre está en pelotas”. En el mito bíblico sólo uno de los hijos se atreve a mirar la desnudez (precariedad) de Noé, los otros dos desvían la mirada, y, al hacerlo, lo cubren y encubren. No es fácil reconocer que el padre “está en pelotas”, mucho menos que el Otro pueda estarlo.

Y cuando no se soporta la precariedad del Otro que no puede oficiar de Súper-protector, de Súper-Man, una manera de intentar elevarlo a la condición de garante pleno es ofrecerle una libra de carne: del cuerpo propio o de los seres que más amamos. En Entre deudas y culpas: sacrificios trabajé el mito de las Ifigenias (de Áulide y Taúride) de Eurípides a partir de las que se gestaron más de 40 obras. El recorrido por ellas permite afirmar que el debate y enigma “ifigénico” incluso hoy se hace escuchar en los divanes, no hay paciente que no lo transite. Trátase de la tentación de todo hija/o de ofrecer, a cualquier precio, su vida al padre, claudicando en su deseo y postrándose al goce del Otro, tal como se postra Ifigenia al goce de Agamenón.

El sacrificio persigue, en un sólo movimiento, dos operaciones: captar la falta del Otro y, al mismo tiempo, encubrirla para velar su inconsistencia o –extremando nuestra posición– la inexistencia del Otro.
Aunque para Lacan todos podemos ser tentados por el goce o la fascinación del sacrificio, destaca que “algunos” pueden rehusar su ofrecimiento, escapar de esa monstruosa seducción. Son aquellos en los que la apuesta al deseo –única barrera al imperativo del superyó– está por encima del goce y pueden rehusarse a la monstruosa captura del sacrificio. Para eso, empero, será preciso atravesar el duelo por el padre ideal –ir más allá del padre–: soportar que apenas es un Man –un hombrecillo– y no un Súper.

Cuando los dados han sido lanzados y el sujeto ya no puede dar la espalda a las miserias del padre, a las miserias del Otro, confirma que éste es inautentificable y no queda más remedio que apostar a su deseo. Sólo allí podrá hacer economía de sacrificio atreviéndose a crear desde la nada y en desamparo. Para ello es preciso transitar el análisis y su fin.

Bibliografía citada
Lacan, J. (1962-63). El Seminario. Libro 10. La Angustia. Bs. As. Paidós. 2006, pág. 238.
Lacan, J. (1964). Seminario XI. Los cuatro conceptos fundamentales. Barcelona. Barral. 1977, Pág. 46. pág. 277/8.
Lacan, J. (1959-60). El Seminario. Libro 7. La ética del psicoanálisis. Bs. As. Paidós. 1988, pág. 366.
Arendt, H. Eichmann en Jerusalem. Barcelona. Lúmen. 1999. pág. 353.
 
 
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