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   Culpabilidad y sacrificio

La culpa en la “era pornográfica”
  Por Diana Sahovaler de Litvinoff
   
 
La sexualidad, antes oculta y sofocada, ahora se ostenta desafiando nuestra capacidad de encontrar las nuevas formas en que se esconde la represión. Al deseo, más que tolerarlo se lo promueve, entra en el discurso cotidiano, es eje de las estrategias de mercado; el superyó que antes exhibía su cara restringente, ahora es proyectado a escala social en la forma de un mandato a gozar lo más posible, para lo cual la cultura estará pronta a procurar los objetos con los que se podrá acceder a ese supuesto placer sin límites. El imperativo hacia un goce absoluto a través de bienes que colman toda falta y cambian sin cesar, jerarquiza al objeto a expensas del sujeto.

La culpa, actualmente, no queda ligada a “darse el gusto” sino todo lo contrario, a no poder alcanzar el grado de placer establecido por el mandato social y el ideario personal. El orgasmo nunca parece ser el adecuado, la pareja elegida es sospechada de impedir el acceso a otra mejor, cualquier grado de satisfacción parece poca cosa. No se trata pues de ocultar un desear equivalente a pecar ni tampoco de propiciar la insatisfacción metódica, sino el incentivo a llevar los anhelos a la saciedad, a “sacarse las ganas”. Se resalta en este sentido uno de los aspectos del deseo: el que tiene que ver con la promesa de satisfacción y el velo a la angustia y no aquel relacionado con la falta.

El ofrecimiento de objetos coincide con una sobreoferta comunicacional e informática, un bombardeo de información a través de los medios de difusión o de Internet que pone a disposición la información pasible de ser rastreada por los buscadores acortando tiempos y distancias en la comunicación. Los avances tecnológicos y científicos potencian la sensación de que “todo lo que se desea es posible”. No resulta entonces un medio que prohíbe sino uno que ofrece. El placer está a la vista y garantizado a través de la posesión de bienes adquiribles o del empuje hacia vínculos con los cuales vivenciar un erotismo desatado de antiguas represiones. Pero mientras un malestar insta a explorar nuevos caminos, otro malestar expresa el miedo a la falta de freno.

Tal como lo advierte Freud, los deseos están para ser formulados, no cumplidos. El ser humano anhela pero también teme la realización de sus fantasías; es sabido que un paciente que emprende una terapia pone en juego sus expectativas, pero se incrementan sus resistencias cuando está cerca de lograr lo esperado. Esta “libertad” en la que aparentemente los anhelos pueden cumplirse, es la que genera, paradójicamente, terror y deriva en la respuesta fóbica, mal típico de nuestra época. La fobia intenta en forma sintomática, una suplencia del límite, una prohibición que detenga la promoción a un goce arrasador (que termina ahogando el deseo en el miedo).
Otras patologías típicas de la actualidad, como los trastornos de la alimentación o las adicciones, se vinculan con la reacción ante el ofrecimiento de objetos que prometen satisfacción inmediata, acallando incertidumbres, atacando y uniformando subjetividades individuales, y que suele ser acatado al punto de degradarse en una adicción o bien rechazado en un intento de crear un espacio propio. El hombre retrocede frente a un convite que, de efectivizarse, amenazaría su subjetividad. El objeto está ahora al alcance de la mano, pero se ha escabullido el sujeto.

Se reprocha habitualmente al sujeto el esconderse tras el objeto y recusar vínculos directos y próximos, cuando lo que sucede es que se ve compelido a ello como defensa frente a la orden de transgredir fronteras que amenaza su integridad psíquica. No es la culpa sino una subjetividad que se defiende del arrasamiento, la que hace obstáculo a las tentaciones que empujan a comer, comprar o copular sin límite, aunque en esta negativa se quede en deuda con el mandato superyoico a gozar. Se parapeta entonces tras el objeto, se asimila a él, lo usa como escudo; el mismo goce que lo aniquilaría es ostentado pero desde una máscara vacía. Un personaje que representa, un semblante que adopta, una identidad virtual desplegada en el ciberespacio, la búsqueda de identificarse con protagonistas de la pantalla grande o chica que se “atreven” a salir de las sombras y brillar en la fama para que el espectador quede a resguardo, son formas de protegerse. El auge en el consumo de pornografía mostraría otra forma de cumplir con el ideal sin poner en riesgo la subjetividad.

La reacción contra un autoritarismo extremo hizo que los nuevos padres propiciaran una ausencia de censura e imaginaran como felicidad una vida sin restricciones, poder disfrutar de una libertad total. En el contexto social, se observa en consonancia, un desconcierto en cuanto a parámetros y normas vinculadas con la caída de referencias confiables ya que las figuras que deberían encarnar la legalidad para estimular la selección y precisar metas que favorezcan el bienestar, a menudo ejercen una manipulación engañosa cuando no perversa. El mensaje, generalmente inconsciente, apunta a que es penoso y erróneo estar en falta, que es imperioso sortear la angustia, que es preciso buscar el divertimento y la fiesta. Pero este debilitamiento de la imagen paterna dejó con frecuencia a los hijos en soledad y desorientación; sin límites claros a los que oponerse se da lugar a la apatía. El psicoanálisis nos ha llevado a comprender que es la prohibición la que estimula el deseo, que cuanto menos accesible permanece el ser amado aumenta su valor erótico; cuando todo está ofrecido y a la vista, pareciera que el efecto es la des-erotización.
Aquel que mira la escena erótica que con desparpajo se le ofrece desde afuera, tiene la ilusión de estar él mismo libre de toda atadura represiva. Se genera una equiparación ficticia entre la exhibición sexual y la posibilidad de la unión de los cuerpos en la realidad. Con frecuencia, la escena se detiene en sí misma, queda en mera imagen fetichista en el punto en el que el sujeto vislumbra que eso no es todo, que es necesario un trabajo y un riesgo personal para salir de la soledad, para vencer temores infantiles que deben confrontar con tentadoras propuestas que no se siente capaz de llevar a cabo. No censuramos la curiosidad, el placer de mirar y ser mirado, o incluso aquel aspecto de la pornografía que puede formar parte de la corriente erótica mostrando que tal vez la línea que divide al juego de la realidad no sea tan tajante. Pero “con eso no se juega”, advierte el dicho cuando la broma o la exhibición se torna pornográfica al abordar contenidos reservados a la intimidad, al dolor, a lo irreparable.

El sexo y la violencia explícitos en la época actual, descriptos y graficados en las pantallas, editados y hasta modificados para ser comerciados como espectáculo, la aparente falta de angustia que acompaña las imágenes y discursos más descarnados tanto en el emisor como en el receptor, nos muestran viviendo en una “era pornográfica”. La conjunción del empuje al objeto y la globalización informática presentan a la vida como un show donde todo puede ser mostrado. El propósito de llevar la curiosidad y el conocimiento a su saciedad tiene el efecto de transformar en objeto al que recibe dicho trato, la forma de considerarlo termina objetivándolo. Y un objeto expuesto en su interioridad, no suele causar embarazo ni angustia; no sucede lo mismo cuando se trata de un sujeto. Si se convierte la intrusión en un espectáculo o una noticia, la angustia queda ligada, el goce que despierta participar de la escena cruda de erotismo o destrucción se disfraza de distracción o información.

La explicitación de la violencia intenta aclarar el enigma del sufrimiento y la muerte así como la explicitación en la pornografía intenta aclarar los misterios del sexo. Por supuesto son intentos fallidos. No está “todo dicho” cuando aparentemente se dice todo, y en lugar de la culpa, es la angustia la que aparece como síntoma difuso o como “ataque” que se convierte en el síntoma del momento, como retorno de aquello que se pretende desmentir o renegar. El pudor, la vergüenza y la lástima son interpretados como debilidad o como manifestación de una personalidad amargada o prejuiciosa. “¿No te gusta la alegría?”, preguntaba asombrada la sobrina de una paciente ante la confesión de la tía que no miraba un programa de televisión caracterizado por el lenguaje grosero y las bromas a individuos desprevenidos sometidos a una “cámara oculta”.

Pero no se trata de convocar nuevamente a censuras brutales o hipócritas ni de generar culpas que detengan o castiguen, sino de lograr otra elaboración que contemple la singularidad del deseo propio y el del otro. Generalmente se interpreta el papel de la castración como aquello que traba la realización del deseo, sin embargo resulta ser lo que lo propicia y posibilita, el límite es lo que permite atreverse a desear y a satisfacerse porque habrá un freno que proteja contra la descarga absoluta. Sólo es posible entregarse al placer cuando existe la confianza en que la subjetividad quedará protegida, ya que cuando esto no sucede surge la necesidad de armar fronteras sintomáticas.

En la época actual el hombre es sometido a una presión y un control pan-óptico como objeto consumidor de goce donde se lo insta a “recuperar” el objeto. Ante la angustia que despierta la falta de respuestas frente al sentido de la vida, aparece como solución la oferta de objetos que se enaltecen a expensas de un sujeto que se detiene en su desarrollo y creatividad cuando supone que su “angustia existencial” es una equivocación. Al idealizarse el objeto como representación de completud y solución a la angustia, éste se convierte en modelo de identificación. El hombre quiere devenir ese objeto íntegro, estético, perfecto, contemplarlo y contemplarse en el espejo, en los blogs, los face-books o las filmaciones que sube a Internet donde su vida puede ser un espectáculo para que otros lo miren. Busca cultivar ese “objeto” en los gimnasios, moldearlo con cirugías estéticas, fijarlo con piercings y tatuajes indelebles, ser incorruptible al tiempo y el deterioro del envejecimiento. Y aspira ofrecer esa perfección al otro para completarlo.

Un sujeto altamente informado e instrumentado ante una realidad aplastante y un ideal que abandona dejándolo librado al goce, es invadido entonces por el pánico cuando debe hacerse cargo de su deseo y su destino. Es que se siente un niño, juguete de designios ajenos y es entonces que intenta semblantear el cumplimiento del mandato, simulación que esconde la intimidad para protegerla. Este es parte del secreto del síntoma de nuestro tiempo que nos insta a desentrañar las modalidades en que se manifiesta el conflicto superyoico hoy.


Bibliografía
Freud, Sigmund (1920) “Más allá del principio del placer”. Amorrortu. Bs. As.
— — (1921) “Psicología de las masas y análisis del yo”. Amorrortu. Bs. As.
Karothy, Rolando (2005) Una gota de semen. Lazos. Bs. As.
Lacan, Jacques (1959) “La ética del psicoanálisis”, Libro 9. Paidós, Bs. As.
— — (1962) “La angustia” Libro 10. Paidós. Bs. As.
Sahovaler de Litvinoff D. (2009) El sujeto escondido en la realidad virtual. De la represión del deseo a la pornografía del goce. Letra Viva. Bs. As.
Touraine A. (2005) Un nuevo paradigma. Paidós. Bs. As. 2005.
 
 
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