Inicio   |   Login   |   Registrarse   |   Quienes Somos   |   Contacto   |   STAFF     
BOTONERA EN IMAGEN
 
 
 
Facebook Twitter
   Culpabilidad y sacrificio

Fuego, responsabilidad y contingencia (o sobre el tabú de Cromañón)
  Por Sergio Zabalza
   
 
Hay personas que, a lo largo de su recorrido vital, atraviesan circunstancias cuya sugestiva repetición pareciera excluir la dimensión de la mera contingencia o la propia del azar. Hechos luctuosos, trágicos, vejatorios, lacerantes. Cuesta imaginar para esos casos, la ausencia de un predeterminado e ineluctable destino.

El tema resulta tan apasionante como complejo. No en vano, Sigmund Freud se tomó décadas de exigente trabajo clínico y fina elaboración teórica para pronunciarse acerca de esas historias que aparecían marcadas por un sino tan irreversible como fatal. Casos donde –en palabras de Lacan– el orden de la contingencia pareciera ceder su lugar a la hegemonía de lo necesario: aquello que no cesa de escribirse para así condicionar por entero la vida de una persona.
Lo cierto es que poco se avanzaría en la clínica, si el analista quedara tomado por esta impresión que, por mágica y fascinante, no deja de ser tan corrupta como falaz. En efecto: cuando la dimensión de lo necesario se hace hegemónica, el superyó –esa instancia relacionada con la conciencia moral que nos habilita a formar parte, como dice Platón, del rebaño humano– se torna insensato, cruel, atormentador. Se trata del escenario conformado por el eterno retorno de lo mismo: algo así como el fuego eterno del infierno.

Porque, si algo caracteriza a la escucha analítica, es el empeñoso intento por ubicar la fisura, la ranura, por donde introducir la dimensión de la contingencia, ese sinsentido que alberga la responsabilidad del sujeto frente a lo nuevo, lo diferente o lo inesperado. De lo contrario nos hacemos partícipes, a veces con las mejores intenciones (que suelen ser las peores), de la gozosa reproducción de lo mismo.
Se trata de considerar al ser hablante como sujeto de las contingencias y no como entidad sometida a un mandato necesario, cerrado e irreversible. Claro que para ello hay que estar dispuesto a soltar la ilusión de un mundo pleno de sentido donde algún Otro sería el responsable de nuestras vicisitudes y sufrimientos. Admitir nuestra esencial naturaleza contingente arrastra unas dosis de angustia que algunos no están dispuestos a atravesar.

Freud habló del “sentimiento inconsciente de culpa”1 para describir el caso de esas personas sometidas a una suerte de “masoquismo moral”2 con tal de sostener el Ideal que les otorga un ser. Es decir: ubicó en la realidad psíquica la perturbadora tendencia responsable de la repetición sufriente, y para ello no dejó de citar las experiencias clínicas que testimoniaban el desconcertante alivio que algunas personas alcanzan cuando les sobreviene algún contratiempo, tragedia o castigo.3

Un sonado suceso acontecido escasas semanas atrás, en el seno de una pareja conformada por un hombre y una mujer, terminó con la muerte de la dama. En nuestro país, donde la violencia doméstica arroja el horroroso saldo de un femicidio por día, el episodio no hubiera adquirido mayor relevancia si no fuera porque la mujer murió por quemaduras y el hombre, por su parte, revista como integrante de la banda que protagonizó el mayor siniestro en la historia del rock: un incendio que se cobró la vida de casi doscientas personas, entre ellas la madre del músico en cuestión.
Es decir, de nuevo el fuego y la muerte. Cuesta pensar que semejante desastre no está marcado por algún ineluctable destino fatal. Sin embargo, se hace menester desasirse de tamaña tentación. El sentimiento inconsciente de culpa que postuló Freud apunta a la responsabilidad de quien se hace objeto de un oscuro goce.

No sabemos qué resortes subjetivos se agitaron en el episodio que nos convoca. Sin embargo conviene sostener algunas preguntas. Por ejemplo, una periodista4 se interrogaba si la sentencia que dejó libre de culpa y cargo a los integrantes de la banda no está relacionada con la muerte de esta mujer a manos del fuego. Habida cuenta de la cerrada negativa de los músicos para cuestionar su responsabilidad en aquel suceso, “la necesidad de ser castigado” y “el sentimiento inconsciente de culpa”5 freudiano aportan un rico horizonte de conjeturas. Desde esta estricta perspectiva, veamos ahora cómo ciertas vertientes discusivas precipitarían el retorno de aquella tragedia al obturar la dimensión contingente que facilita la concreción de un duelo y la correspondiente asunción de responsabilidades.

El Tabú de Cromañón. Cinco años atrás, en un artículo publicado en un diario de esta capital, hacíamos referencia a la dificultad para hacerse cargo expuesta por los integrantes de Callejeros6. Desde entonces, excepción hecha por las intervenciones de los protagonistas o la de algún que otro periodista, es notable la escasez o inconsistencia de opiniones acerca de las consecuencias y avatares que dispararon el siniestro.
La ausencia o pobreza de discursos invoca la actualización de las tragedias. Porque, cuidado: no es cortando una calle como se concreta un duelo, sacralizar el recuerdo es convocar al olvido. La memoria se hace efectiva cuando corre “libre como el viento”7, es decir cuando –por ejemplo, para este caso– los efectos del trauma devienen en políticas auspiciosas para la educación y el cuidado de los jóvenes. Por lo pronto, la marcha del actual gobierno de esta ciudad va exactamente en la vía contraria. Pero además, echemos un vistazo a las vertientes discursivas esbozadas a partir de del luctuoso suceso.

Basta recorrer la galería de patéticas mostraciones con que el escenario de la ciudad supo engalanarse. A las patéticas y mezquinas discusiones de los políticos se sumaron las infantiles declaraciones de los integrantes del grupo Callejeros, la lógica del linchamiento frente al domicilio de Chabán, la exclusión de la obra a la que un cantautor (León Greco) fue inducido por algunos familiares y la censura a El Tigre escondido, la película de Luis Barone que contaba a Omar Chabán entre los miembros del elenco.

Lo cierto es que en gran parte de la sociedad argentina, los discursos en torno a la fiesta y el duelo en el ámbito adolescente están teñidos por esta tragedia que se llevó la vida de casi doscientos jóvenes y el bienestar psíquico y moral de otras tantas familias. Así como el fenómeno de los school killers irrumpe en casi todos los casos en las naciones desarrolladas, en el atroz episodio que nos convoca confluyen una larga serie de factores que, en mayor o menor medida, integran desde siempre el costado más oscuro y doloroso de las sociedades de consumo en el mundo periférico: corrupción endémica, improvisación o ineficacia del gobierno, ineptitud de la justicia, policías más dispuestos a reprimir que a cuidar, empresarios inescrupulosos, artistas que ni siquiera cuidan a sus familias o a sí mismos, ausencia de responsabilidad individual y colectiva.
A todo este panorama se sumaba, por lo menos al momento del siniestro, una cultura del aguante –fiel ejemplo de una postura sacrificial– por la cual cierto sector del público se prestaba a un maltrato que tanto aseguraba su cómodo lugar de víctima como la idealización de quienes –sin embargo– le negaban la debida protección.

En efecto, músicos que declaman su compromiso con sus seguidores pero que, sin embargo, se muestran renuentes a invertir en el bienestar del público, más aún: toman provecho de los mártires del “gatillo fácil”, del que –por ejemplo– fue víctima Walter David Bulacio, en abril de 1991, en ocasión de un recital de grupo musical Los Redondos.

El joven Bulacio murió a causa de los golpes recibidos en una comisaría luego de asistir al recital. Su nombre se transformó en un emblema que, por un lado, los seguidores de Los Redondos reivindican –tanto sea en su lucha contra la persecución policial, como para justificar bizarras actitudes– pero que del cual, por otro lado, los admirados ídolos se han servido para generar una mística contestataria, sin hacerse cargo de las consecuencias.
Ahora bien, como no podía ser de otra manera, la mayoría de los discursos en torno a la tragedia de Cromañón adolecen de los estigmas que el fetiche de la mercancía genera en las sociedades que se abrigan al calor del consumo. Es decir, estas posiciones discursivas cargan con nuestros lastres más pesados, entre ellos una enorme dificultad para atravesar los duelos, propia del horror a la muerte que insufla el esteticismo de la actual subjetividad, cuestión que explica la repetición de hechos criminales, dolorosos, luctuosos, etc., junto con el hábito de eludir responsabilidades por los pesares que nos aquejan en forma casi cotidiana.

Desde esta perspectiva, encontramos algunas vertientes que se distinguen por su reduccionismo. Por ejemplo, además de la consabida satanización de Chabán, tenemos aquellos para quienes Cromañón constituye un hecho eminentemente criminal, como si hubiera existido un ser malvado ocupado en elucubrar con toda intención el desastre ocurrido. Más desvariado aún resulta quienes se agruparon en torno a la delirante idea según la cual Cromañón consistiría en un hecho de terrorismo de Estado. ¿Qué tiene que ver el incendio de aquella noche con un plan sistemático de desaparición forzada de personas y apropiación de bebés?

Al respecto, no se puede menos que experimentar perplejidad primero y rechazo después, al leer la comparación que efectuó una dirigente política, aspirante en ese momento a un escaño por la ciudad de Buenos Aires, en ocasión de una entrevista publicada en el diario Página/12, el lunes 29 de mayo de 2007. En efecto, suena cuanto menos bizarro equiparar el siniestro que dejó sin vida a doscientos jóvenes que presenciaban un recital de rock, con el genocidio planificado por el terrorismo de Estado que diezmó a decenas de miles de personas. Lo que está en juego, no se trata de magnitudes sino de una perversa argumentación. Por eso, resulta sorprendente que aquella disparatada comparación provenga de una profesional de la filosofía, de quien bien podríamos esperar términos más sensatos con que enhebrar alguna lógica digna de respeto. Lo que esta legisladora debería hacer es repasar la misión docente que Platón y Aristóteles destinaba a los políticos.

Porque si, tal como bien señala Freud, se necesita mucha madurez para aceptar los designios del azar, poco favor le ha hecho a los familiares de Cromañón el exacerbar su dolor con comparaciones improcedentes que impiden el indispensable trabajo del duelo.
Lo cierto es que todas estas variantes discursivas se apoyan en el mismo eje: la existencia de un Otro completo que –desde las sombras– planeó, ejecutó y se aprovechó del desastre. Esta perspectiva atenta contra la asunción de responsabilidad que a cada uno le toca en tanto sujeto, no sólo frente a la efectiva tragedia acontecida sino, también, respecto a la contingencia que nos constituye.
Queda para considerar qué otros sacrificios nos esperan por el sentimiento inconsciente de culpa y la necesidad de castigo que alimentan los cínicos que cargan sus desaguisados a cuenta del Otro o que ahora, siempre en nombre de la paz y la concordia, reivindican a carniceros como Videla.


__________________
1. Sigmund Freud, “El yo y el ello” en Obras Completas, A. E. tomo XIX, página 28.
2. Sigmund Freud, “El problema económico del masoquismo” en Obras Completas, A. E. tomo XIX, página 171.
3. Sigmund Freud, “El yo y el ello. Vasallajes del yo”. en op. cit, página 53.: “Fue una sorpresa hallar que un incremento de este sentimiento de culpa inconsciente puede convertir al ser humano en delincuente. Pero sin duda alguna es así. En muchos delincuentes, en particular los juveniles, puede pesquisarse un fuerte sentimiento de culpa que existía antes del hecho (y por lo tanto no es su consecuencia, sino su motivo), como si se hubiera sentido un alivio al poder enlazar ese sentimiento inconciente de culpa con algo real y actual”.
4. Flor Monfort, “Todos los fuegos el fuego” en Suplemento Las 12 de Página/12 del viernes 19/2/2010, página 6.
5. Sigmund Freud, “El problema económico del masoquismo” en op. cit., página 175: “La condición de inconciente del masoquismo moral nos pone sobre una pista interesante. Podríamos traducir la expresión «sentimiento inconciente de culpa» por «necesidad de ser castigado por un poder parental»”.
6. Cromañón: La dificultad de hacerse cargo, Clarín del 26 de mayo del 2005.
7. “La memoria”, Canción de León Gieco.
 
 
© Copyright ImagoAgenda.com / LetraViva

 



   Otros artículos de este autor
 
» Imago Agenda Nº 191 | septiembre 2015 | Silencio: esa puta soledad de la lengua 
» Imago Agenda Nº 189 | febrero 2015 | Púberes en peligro   Saber hacer allì con lo imprevisto
» Imago Agenda Nº 186 | noviembre 2014 | Kafka, la familia y el Hospital de Día 
» Imago Agenda Nº 181 | junio 2014 | La gavilla de zombies asesinos y consumidores 
» Imago Agenda Nº 181 | junio 2014 | Realidades violentas: ¿contra los hijos o contra el Padre? 
» Imago Agenda Nº 180 | mayo 2014 | Cuatriciclos: papá ya no lo sabe todo 
» Imago Agenda Nº 179 | marzo 2014 | El sexo del nombre o el nombre del sexo 
» Imago Agenda Nº 178 | enero 2014 | “…Io antes de hablar, quesería decir algunas palabras”  
» Imago Agenda Nº 174 | septiembre 2013 | Autismo ministerial 
» Imago Agenda Nº 171 | junio 2013 | Elección sexual: la ropa del síntoma 
» Imago Agenda Nº 169 | abril 2013 | Dos familias de locura 
» Imago Agenda Nº 168 | marzo 2013 | ¿Amor o crimen subjetivo? 
» Imago Agenda Nº 165 | noviembre 2012 | El gobernante, la justicia y el pudor  
» Imago Agenda Nº 163 | septiembre 2012 | Uno vuelve, entre el centro y la ausencia 
» Imago Agenda Nº 160 | junio 2012 | ¿Testigo o superstite? 
» Imago Agenda Nº 159 | mayo 2012 | Presencia y ausencia del amigo 
» Imago Agenda Nº 158 | marzo 2012 | Bisnieto de rabino, hijo de un psicoanalista 
» Imago Agenda Nº 157 | febrero 2012 | Filicidio: niños liquidados 
» Imago Agenda Nº 156 | diciembre 2011 | La salud lacaniana: Del consumidor subsidiado a la responsabilidad subjetiva 
» Imago Agenda Nº 155 | noviembre 2011 | Violencia Rivas quiere ser mamá 
» Imago Agenda Nº 153 | septiembre 2011 | Entrevistas con padres  Qué hay para escuchar; qué hay para perder
» Imago Agenda Nº 148 | abril 2011 | Japón: ética, arte y ultraje bajo el mismo cielo 
» Imago Agenda Nº 147 | marzo 2011 | Patagones: El despertar de la primavera 
» Imago Agenda Nº 146 | diciembre 2010 | La mano del fantasma: entre Niñez y Adolescencia 
» Imago Agenda Nº 145 | noviembre 2010 | Gordos: el reverso del yuppie 
» Imago Agenda Nº 144 | octubre 2010 | Servicio cínico voluntario (o sobre la moral del bufón) 
» Imago Agenda Nº 140 | junio 2010 | El porvenir de la diferencia 
» Imago Agenda Nº 137 | marzo 2010 | Síntoma y pubertad  La latencia de que adolece todo significable
» Imago Agenda Nº 134 | octubre 2009 | “Tratame bien”... o sobre la máscara y el nombre 
» Imago Agenda Nº 133 | septiembre 2009 | Hambre y amor 
» Imago Agenda Nº 129 | mayo 2009 | Los muros se hacen del lenguaje 
» Imago Agenda Nº 128 | abril 2009 | La "previa" y los semblantes 
» Imago Agenda Nº 127 | marzo 2009 | Vacaciones: La invensión del regreso 
» Imago Agenda Nº 126 | diciembre 2008 | Decepción, vulnerabilidad e identificación en la adolescencia 
» Imago Agenda Nº 125 | noviembre 2008 | La "vida inútil" del analista 
» Imago Agenda Nº 121 | julio 2008 | Apropiación, desamparo y transmisión simbólica 
» Imago Agenda Nº 120 | junio 2008 | La imagen del Otro 
» Imago Agenda Nº 118 | abril 2008 | Pasar el tiempo en Gesell  (o sobre la declinación del prójimo)
» Imago Agenda Nº 117 | marzo 2008 | Padre e hija: la filiación en el cuerpo  (una diferencia entre psicoanálisis y literatura)
» Imago Agenda Nº 114 | octubre 2007 | Salud Mental:  "Un quilombo de la puta madre"
» Imago Agenda Nº 107 | marzo 2007 | El juego de la transferencia  Estética o intemperie en el momento de concluir
» Imago Agenda Nº 105 | noviembre 2006 | Viagra entre los jóvenes  Un tema para nunca acabar
» Imago Agenda Nº 102 | agosto 2006 | Un requiem de dulce de leche 
» Imago Agenda Nº 99 | mayo 2006 | Freud: hacer algo con el nombre 
» Imago Agenda Nº 98 | abril 2006 | El zapping de la memoria.  (o por qué le pegamos a los viejos)
» Imago Agenda Nº 97 | marzo 2006 | Cromañón: urgente una mujer 
» Imago Agenda Nº 96 | diciembre 2005 | El secreto mafioso del síntoma 
» Imago Agenda Nº 94 | octubre 2005 | 2046: Fin del psicoanálisis 
» Imago Agenda Nº 91 | julio 2005 | ¿De quién es el duelo?  Algo más sobre el caso de Romina Tejerina
» Imago Agenda Nº 89 | abril 2005 | Cuando el arte no hace un lugar  (o sobre la noción de Hospitalidad del Síntoma)
» Imago Agenda Nº 87 | marzo 2005 | Cadáver exquisito 
» Imago Agenda Nº 79 | mayo 2004 | Nota al pie: una perspectiva topológica del Hospital de Día 
» Imago Agenda Nº 45 | enero 2000 | Una peste que entra por los ojos  (reflexiones a partir de La Invención de Morel)
» Imago Agenda Nº 45 | enero 2000 | Caballeros Damas ¿La anatomía es el destino? 
» Imago Agenda Nº 45 | enero 2000 | El revo-ltril  
» Imago Agenda Nº 45 | enero 2000 | Los “nuevos síntomas”, de los analistas 

 

 
» Fundación Tiempo
Posgrados en Psicoanálisis con práctica analítica  Inicios mensuales. Duración: 12 meses.
 
» AEAPG
Curso Superior en Psicoanálisis con Niños y Adolescentes  Inscripción 2019
 
Letra Viva Libros  |  Av. Coronel Díaz 1837  |  Ciudad de Buenos Aires, Argentina  |  Tel. 54 11 4825-9034
Ecuador 618  |  Tel. 54 11 4963-1985   info@imagoagenda.com