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   Colaboración

El potlatch
  (para un estudio de la función del dinero en psicoanálisis)
   
  Por Guillermo Cichello
   
 
“Todo sucede como si la colocación en un primer plano de la problemática del deseo requiriese como su correlato necesario,
 la necesidad de estas destrucciones que se denominan de prestigio,
en la medida en que se manifiestan en cuanto tales como gratuitas”.
Jacques Lacan, La ética del psicoanálisis1

El gran etnógrafo Marcel Mauss, en su famoso ensayo sobre los dones2, consignó un curioso modo de intercambio en las sociedades de Melanesia, Polinesia y el noroeste americano. Se trata de un fenómeno inscripto en el conjunto de prestaciones económicas de esas tribus, pero que rebasa el sentido mercantil –que con independencia se desarrolla a la par-, y adquiere significaciones morales, jurídicas, diplomáticas, religiosas e incluso estéticas. Esa forma típica, conocida como potlatch, implica la serie de dones que alguien –en representación de su clan, tribu o familia- ofrece a otro grupo, en señal del interés por el afianzamiento de ese lazo social. Si bien muchas veces se trata de la ofrenda de bienes o riquezas, también incluye el ofrecimiento de grandes fiestas, ritos, comidas, servicios militares, danzas, mujeres o niños, en los que el rasgo que otorga valor a ese don es el carácter dispendioso, su prodigalidad. Quien recibe ese potlatch implícitamente carga con la obligación moral de devolverlo abundante y dignamente, lo que tiende a asegurar la circulación incesante de esos bienes, favores, servicios, méritos, obsequios que tejen la enorme trama de alianzas de los distintos grupos.

Ahora bien, existe una práctica ritual específica dentro de ese gran conjunto de actos de desprendimiento, que no parecería en principio orientado a la satisfacción del donatario –con lo que cuesta considerarla un regalo-, sino a la destrucción puramente suntuaria de riqueza (“matar la riqueza”, dice una de esas tribus): el donante mata sus esclavos, quema ricos aceites, hunde sus cobres y monedas en el mar, destruye sus casas, colchas o canoas “por el placer de destruir” –dice Mauss-. En esa realización solemne de potlatch en honor del otro, le testimonia su reconocimiento y el valor que le asigna, en la misma medida en que muestra en la escena ritual las cosas de las que es capaz de desprenderse por él. “El consumo y la destrucción no tienen límites –asegura Mauss-. En algunos potlatch hay que gastar todo lo que se tiene, sin guardar nada”.3

Además, en ese acto, en esa dilapidación de su fortuna, pone en juego su nombre, su prestigio4, lo que conduce tácitamente al establecimiento de una jerarquía y de la organización política del grupo. Los haïda, tribu consagrada a la extracción –y a la veneración- del cobre (considerado no sólo objeto de intercambio mercantil, sino cosa sacra), registran en sus narraciones históricas, la siguiente admonición proferida por uno sus jefes: “Seréis los últimos de los jefes, ya que no sois capaces de tirar cobres al mar, como lo hace el gran jefe5. No se trata, como se ve, del establecimiento del status político, del orden de prestigio basado en la lucha por la riqueza, o en su acumulación, sino, por el contrario, en la capacidad que un sujeto tiene de desprenderse del conjunto de sus bienes. Si bien en el horizonte de esa circulación se computa la posibilidad de ser, en algún momento que no puede precisarse, homenajeado por un potlatch, esa recepción es contingente y no puede ejecutarse el desprendimiento con ánimo especulativo, de ganancia inmediata, si no se quiere ser merecedor de un desprecio muy acentuado 6.

Si concibiéramos al potlatch como un producto absurdo del pensamiento salvaje o lo pusiéramos en la cuenta del masoquismo de tribus primitivas que destruían en fiestas demenciales sus utilidades, perderíamos de vista una verdad de la estructura. La institución del potlatch demuestra que el valor y la dignidad de un sujeto se hallan íntimamente asociadas a su capacidad de perder algo de sí, entregándolo a la circulación que funda el lazo social (porque el que se niega a dar se deroga el derecho a recibir); demuestra que éste tiende a consolidarse con la transmisión y no con la acumulación de bienes. Pero fundamentalmente, el hecho de que se dilapiden, se destruyan los objetos patentiza que lo dado y recibido –lo que se lanza a la gran rueda de la circulación- no son bienes, sino signos (signos de amor, sin duda, no otra cosa son los dones). Se da, entonces, nada -puro signo-, por nada, porque a diferencia del tráfico comercial, donde el intercambio exige la devolución inmediata de un equivalente del objeto dado, el que cede sus cosas en potlatch se aviene a perder, a poner en juego, a arriesgar. No es una inversión a plazo fijo que asegura cobrar, con usura, exactamente a los 30 días.
¿Qué consecuencias para un estudio sobre el dinero en psicoanálisis podrán derivarse de este particular rito de remotos aborígenes, tan alejados de nuestra cotidianeidad? Sin pretender abordar las múltiples aristas que presenta el tema del pago de un psicoanálisis, diremos que el potlatch roza bastante próximamente la cuestión En el analizante, mide su capacidad de donar el objeto, su disposición a cederlo a la circulación, de perder ese goce retentivo, sin certeza de recupero ni como inversión económica, asumiendo el riesgo de ganar su dignidad de sujeto de deseo. ¿Hasta qué punto desea la cura, desea desprenderse de su sufrimiento y qué esta dispuesto a dar, a pagar por ello?

Como analistas, si postulamos que la lógica del pago de honorarios no es la de la compra-venta de un servicio, podemos negarnos a atender, por razones éticas, a determinados individuos por más que tengan el dinero para pagarnos. En otras oportunidades, por las mismas razones, nos vemos llevados a seguir atendiendo a alguien que atraviesa una coyuntura económicamente adversa y no puede pagar. Sostenemos ambos, paciente y analista, la apuesta, la deuda y el tratamiento. En la clínica nos derogamos, muchas veces de manera instantánea, nuestra posición de analistas, si actuamos con avara voracidad de lucro, con empeño de ganancia inmediata, haciéndonos merecedores de las imprecaciones que Mauss registraba en las tribus estudiadas. Es preciso que los analistas estemos dispuestos, en determinados casos, a tirar nuestros cobres al mar, en honor del sujeto que nos confía su sufrimiento.
_____________
1. Seminario 7, pág. 283 –editorial Paidós-. En diversos lugares Lacan se ocupa del potlatch; además del citado, en el seminario 4, “La relación de objeto” (clase del 23 de enero de 1957) y en el seminario 19, “…o peor” (clases del 9 de febrero y del 19 de abril de 1972)
2. Cf. el Ensayo sobre los dones. Razón y forma del cambio en las sociedades primitivas, en su libro Sociología y Antropología. Editorial Tecnos. Madrid.
3. Mauss, op.cit. pág. 199.
4. Se dice que quien derrocha de ese modo ceremonial su fortuna la pone –según las expresiones consignadas por Mauss- “a la sombra de su nombre” o que su nombre “toma peso” por el potlatch que da (op. cit. pág. 204/205). Vemos que es una ética antinómica a la implicada en lo que Lacan llama la “vía americana”, que ofrece al sujeto toda suerte de bienes tentadores para resolver el problema del deseo (cf. Seminario 7, “La ética del psicoanálisis”, pág. 264).
5. Mauss, op.cit, pag. 209, nota 199.
6. Mauss hace la lista de imprecaciones de las que son objeto los que actúan con esa avidez (op.cit. pág. 201, nota 144).
 
 
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