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Sobre La cosa y al cruz. Aportes para el debate
  Por Facundo Fontela
   
 
¿Qué relación existe entre Capitalismo y Cristianismo? ¿Produjo el cristianismo, a través de su dispositivo mítico, las condiciones subjetivas necesarias sobre los individuos, que posibilitaron luego el surgimiento del capitalismo? ¿Es un hecho meramente azaroso que este sistema de producción haya surgido en el occidente cristiano, o de hecho, no podría haber nacido en otro lugar? ¿Por qué el capitalismo, nace, precisamente, al interior de una sociedad atravesada por la cosmovisión cristiana? ¿Hay alguna relación entre las configuraciones subjetivas que desata un ideario religioso sobre los sujetos, y la articulación y producción de las relaciones sociales y económicas que se producen en una sociedad? ¿Ha triunfado finalmente, como creemos, el Iluminismo, La Razón Moderna Cartesiana, dejando sin efecto todo intento religioso, divino, como determinante del orden de las cosas, dar cuenta del funcionamiento de la realidad, volviéndolo así un artefacto anacrónico que convive como una especie de ideología disecada entre las luces modernas? ¿Es verdad que los mitos son cosas del pasado, de sociedades humanas primitivas, piezas de museo que nosotros, sujetos modernos, sujetos de Historia, nos hemos encargado de extraer quirúrgicamente del conocimiento de las personas, a fin de construir eso que llamamos ciencia, verdadera linterna del progreso? ¿Por qué las experiencias revolucionaras llamadas socialistas, antagónicas a las determinaciones antropológicas, económicas y sociales que se producen bajo el sistema capitalista, han terminado fracasando en su intento de construir un nuevo hombre, una nueva sociedad, nuevas formas de relaciones sociales, donde no haya clases, explotados ni explotadores, y el comunismo finalmente abra paso al paraíso sobre la tierra? ¿Será como aventura Rozitchner “que su acción política, no alcanzaba el núcleo duro donde reside el lugar mas tenaz de sometimiento”? (Rozitchner, 1997:9)

Estas preguntas, que nos hemos estado formulando, son las que recorren el eje que atraviesan la problemática de La Cosa y la Cruz, libro que plantea, la relación intrínseca que existe, entre la reorganización imaginaria y simbólica operada en la subjetividad por la nueva religión del Imperio romano, y el surgimiento del capitalismo, de un modo, a nuestro parecer, agudo, polémico y brillante, yendo a eso que muchos creen es una especie de enfermedad de sociedades poco desarrolladas que no tuvieron la gracia de ser iluminadas por la Razón que las saque de las cavernas, es decir, rastreando en las configuraciones mitológicas, tan vivitas y coleantes en nuestras sociedades como un nene de siete años, devorando, entre nervios y ansiedad, el cuerpo de Cristo en su primera comunión. Empecemos pues, a desenredar un poco esta madeja.

Rozitchner va discutir contra la visión que le da primacía a la producción económica como forma explicativa del surgimiento del capitalismo, diciendo que para que esta sea posible, previamente debió operarse sobre la subjetividad el desprecio radical por el cuerpo. Es decir, primero el terreno de lo subjetivo, sobre el cual luego interviene el económico. Dicho en palabras de su autor: “Puesto que para que haya un sistema donde paulatinamente todas las cualidades humanas, hasta las más personalizadas, adquieran un precio-valor cuantitativo como “mercancía”, forma generalizada en la valorización de todo lo existente- fue necesario previamente producir hombres adecuados al sistema en un nivel diferente al de la mera economía. La tecnología cristiana, organizadora de la mente y del alma humana, antecede a la tecnología capitalista de los medios de producción y la prepara” (Rozitchner, 1997:10) Vemos la importancia que el autor le otorga a esta preparación previa subjetiva, como condición necesaria para que las nuevas configuraciones económicas puedan introducirse y ser asimiladas por los sujetos. Esta jerarquía que de algún modo establece Rozitchner, entre la determinación simbólico-imaginaria religiosa producida en la subjetividad, y la técnica-económica, será muy importante ya que con la misma trataremos de problematizar hacia el final del texto, para entender cómo es que entonces el modo de producción capitalista ha logrado introducirse en aquellas sociedades que están atravesadas por otros sistemas religiosos que nada tienen que ver con el cristianismo.

Desarrollemos más en profundidad el funcionamiento del mito religioso. Rozitchner va a tomar el concepto freudiano del “mito teórico”, y lo va a utilizar para explicar cómo el mismo funda y configura una determinada cultura. No podemos utilizar el mismo mito para dar cuenta de los distintos modos de sociedades. Hay que rastrear en cada una de ellas cuál fue el que la creo simbólica-imaginariamente con sus profundas consecuencias en todos los órdenes de la vida. Y es aquí donde entra en juego el complejo de Edipo, como mecanismo que determinaría una particular configuración psíquica en los sujetos. El complejo de Edipo como esa instancia que nos permite a cada uno de nosotros el acceso a la cultura, y que la mayor parte del tiempo las masas recrean y reproducen en su misma sintonía. Es en el complejo de Edipo donde se dirimen los modelos e ideales de toda persona y de una sociedad. Y, a diferencia de Freud, es que entonces Rozitchner va distinguir múltiples complejos parentales, cada uno en función de una determinada cultura.

¿Cómo funciona ese mito en la producción de sujetos? ¿Cómo los prepara para un sistema social basado en la depreciación del cuerpo, en su cómputo y su cálculo como generador de plusvalía? León va a decir, que ese complejo parental es el cristiano, distinto del judío, del griego clásico y de cualquier otro. Porque el cristianismo también tiene su triángulo edípico, y es éste el que sentó las bases subjetivas que posibilitaron que un modo de producción como el capitalista, gozara perverso él también del momento único de la génesis. ¿Qué encontramos en el Edipo cristiano del Nuevo Testamento? Que María, es madre Virgen, inseminada por un Dios-Padre abstracto, que dan vida a un hijo, Cristo, identificado con Dios, que sacrificará su cuerpo terrenal en la cruz por lo eterno del espíritu, para demostrarles a todos, inmortalidad mediante, su condición divina junto con la de la Madre Virgen y el Dios-Padre. Un triángulo sin lugar a dudas psicótico, delirante, que pone de relieve la ausencia de lo carnal fundante, y en donde sus tres componentes están elevados a la infinitud sin cuerpo. Diferente al mito judío, dirá Rozitchner, donde su complejo parental está formado por un Dios pero con características antropomórficas, una Madre que engendra con el marido y que por ende no tiene nada de absoluta, y un Hijo que no se considera hijo de Dios sino que se sabe nacido de una madre y un padre mortales. Vemos aquí la carencia del componente divino operando, que no hay negación de la carne, del cuerpo. Que a diferencia del judío, en el Edipo Cristiano se oculta la madre, lo materno-femenino, ese lugar arcaico de la primera etapa del niño cuando nace, organizadora de las primeras experiencias en unidad simbiótica con el cuerpo que le dio vida, una relación sin relación, donde no hay dos, solo hay uno, solo hay Cosa, y que es a partir de esta experiencia primigenia que se nutrirá el sentido de todo pensamiento. Con la Virginidad de María se produce el robo de la Cosa, la negación de la mater sensible, dotadora de afecto que abre sentido, el fundamento de la materialidad histórica en tanto que las primeras significaciones van surgiendo en la “coalescencia de afectos, sabores, olores, sapiencias rugosas o lisas, cavidades húmedas de un cuerpo erógeno […], ritmadas y conglomeradas por la melodía sonora de la voz materna que sintetiza y ordena el caos de las sensaciones y de las cualidades” (Rozitchner, 2008: 74) Ley Cristiana que va a disciplinar en el cuerpo la sustancia sensible, el goce, imponiendo la sustracción del plusgozar, habilitando así la extracción de plusvalor.

Ley Cristiana que ya no es más externa, como en el Antiguo Testamento, donde los judíos circuncidan el pene del niño para insertar allí un límite a todo el cuerpo, que les prohíbe tomar a la madre como objeto sexual amenazando con castrarlo. El cristianismo hace su aporte innovativo en las tecnologías de dominación: internaliza la Ley mediante la circuncisión del corazón. Ya no hay más una ley exterior a cual se pueda desafiar y enfrentar, y así mismo en ese enfrentamiento, poder conquistar algún tipo de goce como cuando San Agustín, de niño, roba las peras movido solamente por el deseo de lo que se le estaba prohibido. Y que esta infracción subjetiva, va a decir León, permite su prolongación en el enfrentamiento colectivo y social de las leyes opresoras. San Agustín, ya adulto, ya cristiano, se dará cuenta que lo único que hace la prohibición es acrecentar el deseo de la acción ilícita, y que por lo tanto hay que tatuar de otra manera el sentido de justicia y de obediencia. Porque en el judaísmo, la misma pena de los vicios, la muerte (“morirás si pecares”), se convierte en arma para la virtud en el Nuevo Testamento, donde la justicia se cumple muriendo: “muere porque no peques”, nos reza su terrorífico slogan, aniquilando de antemano la posibilidad de enfrentar el poder, de actuar libremente siguiendo nuestras pulsiones, nuestra líbido. Se peca incluso con el mero pensamiento sin siquiera llevar a cabo el acto. Entonces ahora, con la religión cristiana, cada sujeto pasa a ser la Ley misma; es más, ya no hay más un “yo”, ahora solo hay Cosa, Cosa Cristiana que deviene en cosificación capitalista. Con Cristo se cumple la justicia muriendo. Triunfa la Ley de la Muerte religiosa, metiéndola “en el cuerpo mismo de la propia vida pulsional y subjetiva” (Rozitchner, 1997: 334), donde sacrificamos previamente el cuerpo a Dios para purificarlo del pecado antes de que peque. Es decir, sacrificar obedientemente nuestro cuerpo a la plusvalía, al modo de acumulación y sometimiento capitalista, para obtener la gracia divina de la vida eterna del espíritu, en el pandemónium psicótico del reino de los cielos.

ESTE TEXTO CONTINUA EN UNA SEGUNDA ENTREGA
 
 
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