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   Niñez y desamparo

Recursos de amparo
  Por Juan Carlos Volnovich
   
 

Nacemos frágiles, precarios, indefensos. A diferencia de otras especies, incapaces de conservar la vida de manera autónoma, en muy escasa medida tenemos un conocimiento instintivo de los peligros que nos acechan. Peligros reales que vienen de afuera. Peligros pulsionales que vienen de adentro aunque ese “adentro” haya sido, alguna vez, afuera internalizado. El desamparo no es otra cosa que la exposición traumática a los peligros externos e internos que la presencia del Otro vanamente intenta atenuar. Porque por encima de los demás peligros se halla el de la pérdida del objeto –del objeto protector contra todas las amenazas de desamparo–. Las fobias en la infancia –la fobia a la soledad, a la oscuridad y a las personas extrañas– pudieran entenderse, así, como reacciones normales, maneras de procesar el peligro y maneras de elaborar la incertidumbre que el riesgo de perder el objeto protector instala. “Otras –las fobias a los animales pequeños, a las tormentas, (nos dice Freud)– se nos muestran más bien como restos atrofiados de una preparación congénita a los peligros reales, tan claramente desarrollados en otros animales. Con respecto al hombre, sólo es adecuada la parte de esta herencia arcaica que se refiere a la pérdida del objeto. Cuando tales fobias infantiles se fijan y se hacen más intensas, subsistiendo hasta años ulteriores, muestra el análisis que su contenido se ha unido a exigencias instintivas, constituyéndose también en representación de peligros interiores.”1


El psicoanálisis, que tanto ha hecho para visualizar el desamparo infantil como trauma original, se encargó, también, de reforzar los prejuicios sexistas que ligaron, a la manera en que los sinónimos se unen, el temor a perder el objeto protector con el temor a perder a la madre amorosa, ocultando, así, que la pérdida del objeto protector se identifica más con el ataque incestuoso. Y éste, el ataque incestuoso se corresponde, casi siempre, con el abuso sexual del padre. Así, el desamparo infantil en estado puro, el desamparo condensado y amplificado, hace evidencia sólo en la experiencia del incesto paternofilial. Y esto es así porque en el incesto paternofilial cuando se potencia la pérdida del amor interior (la pérdida del amor del superyo y del Yo) con la pérdida del amor exterior (la del objeto protector devenido padre abusador) solo queda como recurso la desimbolización, la caída de la posición subjetiva producto del arrasamiento. De modo tal que la constitución del sujeto comienza a partir de la herida que dejó abierta el desamparo original del bebé frente a la mamá o a los adultos responsables de la vida o de la muerte. Fundamentalmente, la herida que dejó abierta el desamparo original frente al padre abusador.


Pero aun cuando no hubiera un ataque abusivo real; aun cuando el abuso no se hubiera cometido, la situación de extrema indefensión, la experiencia de inermidad, abre una marca que el “Otro” graba y que, de ahí en más, nos predispone a la subordinación. Ese desamparo inicial, ni por lejos queda abolido con la adquisición de logros que en la gradual maduración garantizan la autonomía y la independencia. El desamparo inicial persiste a lo largo de la vida y su evolución permanece incorruptiblemente unida a los vaivenes de la presencia o la ausencia del Otro. Pues bien: el caso es que la nuestra tiende a ser una cultura sin Otros. O, al menos, sin un Otro simbólico ante quien el sujeto pueda dirigir una demanda, hacer una pregunta o presentar una queja. La nuestra tiende a ser una cultura colmada por Otros vacíos.


No hay Otro en la cultura actual y todavía está por verse si el mercado reúne las condiciones de Dios único capaz de postularse para ocupar el lugar vacante que el Otro tuvo en la modernidad2. Más bien parecería que los nuevos tipos de dominación remiten a una “tiranía sin tirano”3 donde triunfa el levantamiento de las prohibiciones para dar paso a la pura impetuosidad de los apetitos. El neoliberalismo ha descubierto –y está imponiendo– una manera barata y eficaz de asegurar su expansión. Ya no intenta controlar, someter, sujetar, reprimir, amenazar a los individuos para que obedezcan a las instituciones dominantes. Ahora, simplemente destruye, disuelve las instituciones de modo tal que los sujetos quedan sueltos, caen blandos, precarios, móviles, livianos, bien dispuestos para ser arrastrados por la catarata del mercado, por los flujos comerciales; listos para circular a toda prisa, para ser consumidos a toda prisa y, más aun, para ser descartados de prisa4. La cultura actual produce sujetos flotantes, libres de toda atadura simbólica. “Al quedar recusada toda referencia simbólica capaz de garantizar los intercambios humanos, sólo hay mercancías que se intercambian sobre el fondo de un ambiente de venalidad y nihilismo generalizado... El neoliberalismo está haciendo realidad el viejo sueño del capitalismo. No solo amplía el territorio de la mercancía a los límites del mundo en el que todo objeto ha llegado a ser mercancía, también procura expandirlo en profundidad a fin de abracar los asuntos privados, alguna vez a cargo del individuo (subjetividad, sexualidad) y ahora incluirlos en la categoría de mercancía.”5


La cultura actual produce sujetos líquidos, eternamente desamparados. Y ese desamparo busca refugio en las bandas, en las sectas, en las drogas, en la identificación con el Otro mortífero y feroz. Los jóvenes desamparados buscan refugio en las bandas. Cuando el Otro falta, quedan abandonados. Abandonados6, al margen, en el límite de la vida y el derecho, periféricos en ciudades donde se convierten en presas fáciles para todo aquello que el mercado ofrece (mercancías portadoras de una única ilusión: la de ser capaces de satisfacer sus necesidades).


Cuando el Otro falta como objeto protector la banda se ofrece como cuerpo, como nombre, como ética y estética. La banda tiene un código común a todos, junto a la identidad que ofrece, exige subordinación. No obstante, las formas de transgresión llevadas a cabo por las “minorías marginales” no se agotan en la respuesta desordenada a la legalidad hegemónica. Hay algo en el devenir de estos grupos, que está al servicio del puro desorden, algo del deseo social circula por allí de modo tal que las oposiciones bipolares: normal-patológico, trabajadores-desocupados, integrados-excluídos, no logran abarcar ni la plenitud de la energía que allí está en juego, ni el vacío social que los alberga.
Pese a la fascistización jerárquica que inunda las patotas delincuenciales, las pandillas, y todo tipo de circuitos de infractores, estos modos de organización –o más bien, de desorganización– marginal, cobijan la desmesura de una potencia incapturable que hace peligrar la integridad y la perpetuación del sistema de ligaduras sociales tal cual como está instituido.


La voluptuosidad del margen –a despecho de las re-territorializaciones perversas y de las recuperaciones fascistoides– desborda con su desmesura la confiscación molar7 que la amenaza.


Los jóvenes desamparados buscan refugio en las sectas. Cuando el Otro falta como objeto protector, las sectas se ofrecen como sustituto. Los riesgos son conjurados por la presencia de maestros, figuras carismáticas, pastores que se ofrecen como portadores de verdades absolutas. Certezas de los fundamentalismos, de los integrismos, que tienen como principal objetivo atenuar el desamparo producto de la ausencia de un Otro. Si Freud consideraba a las necesidades religiosas derivadas del desamparo infantil y de la nostalgia por el padre –“Me sería imposible indicar alguna necesidad infantil tan poderosa como la del amparo paterno” dice Freud, y se refería a las religiones oficiales–, tal parecería ser que la adhesión a las sectas ha venido a exagerar y caricaturizar la apelación a ese recurso probando que la salida de la religión no impide la emergencia de violentas llamaradas de religiosidad.


Los jóvenes desamparados buscan refugio en las drogas. Cuando el Otro falta como objeto protector, las drogas se ofrecen como sustituto y así se inscribe la adicción: surgido del campo del deseo el Otro queda inscrito en lo real de la necesidad. Y las toxicomanías no son otra cosa que la versión más consumada de las exigencias del mercado que evalúa la inclusión o la exclusión social en función antes que del consumo, de la velocidad de consumo; y antes que de la velocidad de consumo, de la velocidad del descarte.


Los jóvenes desamparados, abandonados por un Otro, tienden a ocupar su lugar, a convertirse en ese Otro. Asumen su omnipotencia, el derecho a decidir como dioses sobre la vida y la muerte de sus semejantes, a ejercer los más crueles hechos de violencia. Y ahí van los medios, siempre listos para poner a circular y reforzar esa imagen que bien vende de jóvenes, cuando no niños, asesinos a los que se les destinará con apoyo y consenso de la población bienpensante mano dura, represión y leyes estrictas.
___________________
1. Freud, S: El Malestar en la Cultura
2. Dufour, Dany-Robert: “¿El Mercado será el nuevo gran Sujeto?” En : El arte de reducir cabezas. Sobre la servidumbre del hombre liberado en la era del capitalismo global. Paidos. Buenos Aires. 2007. “El Mercado puede ser todopoderoso como Dios pero tiene sobre Él la ventaja de ser verdadero, en realidad es la única realidad en un mundo de ficción”
3. Arendt, Hanna: Du mensonge a la violence. Calman Levy. París.1972.
4. Virilio, Paul: La inseguridad del territorio. Asunto Impreso. Buenos Aires. 2000.
5. Dufour, Dany-Robert: El arte de reducir cabezas. Sobre la servidumbre del hombre liberado en la era del capitalismo global. Paidos. Buenos Aires. 2007.
6. Agamben, Giorgio: Infancia e Historia. Adriana Hidalgo Editora.
7. Molar: para el Esquizoanálisis (Deleuze y Guattari) se opone a “molecular” y alude a la conservación y control de la energía.

 
 
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