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   Lo Real como límite en psicoanálisis

No hay clínica de lo real, sino por añadidura
  Por Hugo Dvoskin
   
 
“Sabía de la angustia con que el analfabeto se atiene a
 esquemas invariables (…) de la energía que cuesta ocultar
 su condición de analfabeto”.
 Michael, en El lector

1.El texto “La detención de las asociaciones” concluía con una frase que me acompaña desde hace un tiempo “¿acaso lo real lacaniano sea el nombre de la pulsión de vida freudiana?”.1 Esta frase pone en cuestión la supuesta y obvia relación entre goce parasitario y pulsión de muerte.

El psicoanálisis padece sin discontinuidad la pérdida de lo sexual como núcleo del conflicto intrapsíquico. Si la Cultura logró absorber el término libido que Freud había vuelto a la vida, para asimilarlo al de energía psíquica… los psicoanalistas acompañaron ese movimiento que vaciaba a la clínica de piedra fundante. Asimismo, Freud promovió a partir de 1915 reformulaciones sobre el modelo pulsional que cobraron un armado coherente con “El problema económico del masoquismo”.2 Freud logra resolver no sin paradojas que la vida sexual, lejos de apuntar a un descenso de la energía, requiera de un recorrido que tiende a aumentarlo. Esta exigencia es consistente con lo que habitualmente denominamos placer preliminar. A esta problemática tan delicada, los psicoanalistas, fascinados con la palabra “muerte” que forma parte del concepto pulsión de muerte, transformaron este concepto en una tendencia hacia la propia ruina y la asociaron con el masoquismo. Sin embargo, ya desde lo energético la pulsión de muerte queda muy lejos del masoquismo. Mientras la pulsión de muerte tiende a la mínima tensión, el masoquismo sólo puede pensarse como un aumento desmedido de la misma en los límites del propio aparato. La pulsión de muerte, fuerza conservadora que administra la energía para poder recorrer los mismos caminos que la Cultura y los significantes ofrecen, conduce a la muerte por sus derroteros lentos y seguros. La sexualidad, el masoquismo, la pulsión de vida van a la búsqueda insaciable que hace zozobrar a aquellos caminos predeterminados y que encuentra la muerte sólo a veces y en cortocircuito.

Pero la psicología que todo lo puede y todo lo explica logró por esa vía hacer pie en nuestra práctica. Con frases tales como tendencias masoquistas, mucha pulsión de muerte, la persona se boicotea, un ello indómito o en la versión más sofisticada del lacanismo un exceso de goce se pretendía y se pretende dar cuenta de las dificultades en la cura y explicar sin más los límites de la práctica. La psicología logra imponer su lógica de “Dr. Jekyll and Mr. Hyde”: un diablo habita en el cuerpo del ser humano y se trataría de sacarlo, dominarlo o “acotarlo” en la actual terminología. Planteado de esta manera, los problemas de la dirección de la práctica quedan del lado del analizante y en cada una de esas explicaciones domina, aun cuando no se lo explicite, el componente genético o congénito. La exigencia de implicación con que se machaca al sujeto excluye al analista y se disuelve en la biología. Si la biología no alcanza, el analizante debe ceder algo. Si además se “empecina” en no hacerlo, corre el serio riesgo de que sobre sus hombros recaiga el peso de sentirse o ser acusado de alguna de las formas de miseria que se le adjudican a quien se queda con su ruinoso goce.

2.Paciente: “Ahora entiendo, dejé mi anterior análisis porque allí había algo que me resultaba expulsivo. Con relación a ese tema me decía cosas que me hacían doler. Me insistía, a veces en forma agresiva, con que tenía que dejar esa relación”.
Analista: “¿Por qué dirás ‘me resultaba expulsivo’ y no simplemente que había sordera de parte de él, que había algo que no se escuchaba?”
“Me resultaba expulsivo” queda en una zona intermedia, la responsabilidad cae mucho más del lado del analizante que del analista. Refiere probablemente a una toma de posición del analista que supuestamente el analizante no tolera y que justamente coincide con la imposibilidad de dejar “esa relación”. Por efecto de ese análisis, con sutileza, el paciente había aceptado el lugar que el analista le proponía: culpable por no soportar los avatares de la cura, miserable por no dejar su goce. La sordera, ausente hasta ahora en el discurso, se trasforma en un significante antónimo3 a expulsivo porque pone el asunto en las antípodas al señalar que no se trata de hacer ceder un goce sino de escuchar un deseo más allá de los sinsabores que esta relación generaba al paciente. Situado el deseo, éste tendrá su precio, el cual eventualmente, podría ser excesivo. Pero eso se refiere a otro tiempo del análisis, allí cuando ese deseo haya quedado situado y pueda encontrar vías alternativas si se encontrara con imposibilidades. El analizante ofrece su versión ligeramente melancolizada de aquellas intervenciones en las que su anterior analista simplemente no leía el deseo que se anudaba a aquella satisfacción. A la pregunta que el analista no tuvo “¿qué deseo se juega ahí?”, al paciente le había llegado una respuesta que se transformaba en una demanda y en una exigencia: que abandone cierto goce. Aunque quizás sea obvio, no es innecesario agregar que lo que está en juego ahí es la suposición de que ese goce le hace mal, un goce perjudicial. Le hace mal, se perjudica, masoquismo, goce, pulsión de muerte, ceder, una línea de ideas sin fisuras que llevan al sujeto hacia el punto melancólico y culpabilizado. Podría acaso formularse que el deseo del paciente era un real del analista, la x incomprensible que le lleva a exigirle que abandone la relación. La sordera del analista era un real del paciente que si bien no le impidió dejar ese tratamiento, lo empuja hacia una implicación donde no la hay, la de querer perjudicarse.
La política de “estar siempre implicado” es convergente con esta modalidad. Si tal como se supone el sujeto está implicado en todos y cada uno de sus padeceres, será que padeceres es lo que quiere. Como padeceres nunca faltan, la teoría se confirma. Las teorías de las enfermedades psicosomáticas que hacen cargar a los pacientes con la responsabilidad de sus enfermedades físicas y los clichés tales como “se hizo un cáncer” agregan leña a esta hoguera en la que los pacientes se queman. Sin decirlo, se promete que sería posible una vida sin padeceres porque estos provienen del propio sujeto.

3.Hanna, guardiana de Auschwitz, es analfabeta. Trece años después de la guerra, Michael, el protagonista de El lector4, se enamora de ella. La historia de ellos es desde el comienzo ajena a aquellos funestos episodios. Su analfabetismo la ha llevado por los pequeños callejones que el mundo ofrece en los que se puede coexistir sin saber leer. Cada vez que eso podría saberse, ella abandona trabajo, ciudad y relaciones. A la hora señalada, cuando la invitan a un ascenso que implica llegar a la parte administrativa en el trabajo y salir de los avatares prácticos, abandona la ciudad en que conoció y se vinculó con Michael. Él tiene solo quince años, ella treinta y seis. El explicará la ruptura con la teoría de haberla traicionado a ella o de haber sido traicionado. Le ha leído libros, la carta del restaurante y ella ha hecho desparecer las notas que él le ha dejado. Fascinado por el sexo y el amor, no ha leído que ella no sabía leer. Analfabeta ella, analfabeto él. Ella de los libros, él de ella. Es cierto que el analfabetismo de ella puede no ser obvio para quien lea el texto o vea la película, pero eso refiere más a las virtudes del autor que intenta sostener el suspenso.

A Michael le han sucedido dos episodios que no tienen explicación, que ella esté con él y que ella lo haya dejado. La obsesión incipiente, ese estado de ser un púber que no termina de salir de la latencia, esa atribución por la cual se supone el eje de las decisiones del otro, esa fascinación de creerse un buen lector, le han impedido leer lo obvio. Por qué no incluirnos nosotros, a quienes siempre nos resulta obvio que el otro lea como nosotros. Nos vemos por eso, impedidos de leer el analfabetismo en el otro cualquiera sea la acepción que le demos a este término. Son nuestras propias suposiciones las que generan ese prejuicio imaginario y nos imposibilitan a veces leer al otro. Intentaremos ir un poco más allá.

Por efecto del juicio a las guardianas del campo, a Michael se le “aclaran” las situaciones que él había explicado narcisísticamente. Cabe situar antes del juicio el analfabetismo de Hanna como un real de Michael, antes de arribar a esa conclusión. Ahora que se ha dado cuenta de que el abandono de la ciudad por parte de Hanna no lo ha tenido como el eje de sus decisiones sino que el eje era ella y su no saber leer, eso se ha corrido. Ese incomprensible se ha absorbido, pues se ha dado la posibilidad de tratar aquello que funcionaba como un real mediante lo simbólico, tal como lo formula Lacan. Ese mismo analfabetismo que antes era “un real” para él, ahora que es una explicación que da cuenta de un pedazo de su historia es lo que lo hace desvanecer como tal. Aunque irreversiblemente habrá en su vida una nueva x. Lo que ahora resulta incomprensible y lo seguirá siendo hasta el final de sus días -y de lo que podrá curarse- es qué ha llevado a Hanna a preferir ir presa e incluso abandonarlo, antes que confrontar con la situación de decirlo o quizás de confesarlo. Él vuelve a tapar el agujero creyendo encontrar eficaces explicaciones en el orgullo o la vergüenza, pero no le alcanza. Sus teorías –o las nuestras– volverán a entrar en el círculo de intentar resolver lo irresoluble, de oponerse tenazmente a las leyes de Murphy para encontrarnos con que éstas se siguen cumpliendo más allá de nuestros cuidados y nuestros relatos.

4.La licencia poética del “hueso de lo real”,5 o las aseveraciones de una clínica que toque lo real, transforman a lo real en un tangible. Fascinados también con la “roca viva de la castración”6, los conceptos más conjeturales de la teoría cobran una sorprendente onticidad. Pero la poesía no es teoría y los ejemplos de la didáctica pueden producir confusión y voluntarismo en la dirección de la cura. El voluntarismo a su vez tiende a generar moralismo: se debe hacer.
Lo real es la neurosis de destino sin necesidad de neurosis y sin necesidad de destino. Si bien pensar lo real por la vía de lo no sucedido –lo traumático que Freud encuentra en las neurosis de guerra– tiene sus ventajas didácticas, desde el punto de vista de la dirección de la práctica y la teoría bien puede llevar a nuevas oscuridades. Lo real es del orden de lo que no ha pasado en el sentido que se encuentra fuera del par dialéctico acaecido-no acaecido. Lo real como concepto subraya lo imposible de comprender más allá de lo acaecido y por ello nunca podría producir relato. Cuando referimos a la neurosis de guerra y situamos lo no sucedido, lo hacemos en oposición a lo que sí le ha sucedido a otros, a quienes les han quedado cicatrices de guerra. Sería, según esa lectura, la bomba que no ha explotado o el accidente de tren que no se produjo. Sin embargo, lo real, que está más allá de lo no sucedido o del tío que la miró y no la tocó en el ascensor, carga con aquello sobre lo cual el sujeto nunca podrá dar cuenta por efecto del encuentro entre el empuje pulsional y el azar.

Lo real es el concepto que se postula para nominar lo que queda en los intersticios del entramado significante del sujeto, es ese agujero en el que para cada uno de nosotros leer se hace imposible. Nominamos real, en consecuencia, a lo que para el sujeto se opaca, pues es un imposible subjetivo de leer ya sean letras o situaciones. Bajo los nombres de fantasma, síntoma o teorías sexuales infantiles, con sus ventajas y desventajas para el sujeto, con su mayor o menor padecimiento, ese incomprensible vuelve a acomodarse en la estructura a la que se ensambla parcial y precariamente. Es lo que indefectiblemente resta luego de las lecturas que se hayan hecho y del estado de alfabetismo que cada uno haya alcanzado. Resto último que se inmortaliza, que cada vez que se anuda se mantiene libre, que cada vez que se intenta mortificar por la vía significante logra soportar ser aquello que permanece vivo, es el “algo (que) no sabe que yo estoy muerto”7 y que algunas veces se hace presente en un encuentro que no es sin azar. Lo real no busca la inmortalidad de la segunda muerte porque lleva la inmortalidad de la vida que cada uno tiene en tanto que es “vida irreprimible”8 y se mantiene ajena a los procesos de represión. Precisemos aquella definición del comienzo ¿acaso lo real lacaniano sea el nombre de la pulsión de vida freudiana que no sin el encuentro con el azar a veces irrumpe en la vida del sujeto? Lo real último, estofa del analfabetismo de cada quien, no admite lecturas. La travesía del análisis lleva sí al sujeto a estar advertido de esa posible presencia que, a la vez, lo mantiene a prudente distancia del “saberlo todo”. En consecuencia, no hay clínica de lo real sino por añadidura.
___________________
1. Dvoskin, H, El trabajo del analista, en Letra Viva, p. 191.
2. Freud, S. “El problema económico del masoquismo”, O.C., A.E., Tomo XIV.
3. Véase con relación a este uso del término “antónimo” el capítulo “Poder obediencia y obsesión” en de Hugo Dvoskin, El trabajo del analista. Hugo Letra Viva, p. 17 y siguientes.
4. Shlink, Bernard. El lector. Anagrama
5. Lacan, J. El seminario. Libro 11, Paidós, p. 61. La expresión pertenece a la siguiente cita: “El análisis más que ninguna otra praxis está orientado hacia lo que en la experiencia es el hueso de lo real”.
6. Concepto freudiano.
7. Lacan, J. El seminario. Libro 17, Paidós, p 130.
8. Lacan, J. El seminario. Libro 11, Paidós, p. 205.
 
 
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