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   Colaboraciones exclusivas

Tramitación del odio: presencias y dinámicas del odio en el tratamiento de niños que se quemaron.
  Por Jaime Epstein
   
 
Introducción

La ambigüedad que se lee en el título de este trabajo tiene su pertinencia que es preciso esclarecer como introducción a tan dolorosa cuestión de la que es objeto nuestra tarea diaria en el hospital de quemados de la ciudad de Buenos Aires. Efectivamente el odio está plenamente presente en el interior del tratamiento que llevamos a cabo con los niños que sufrieron quemaduras. No solo como un afecto activo en transferencia, como la transposición negativa que es inevitable registrar y admitir como elemento constitutivo de esas escenas y situaciones en las que ocurren los accidentes que desencadenan las consultas, y que será de ahí en más, parte del elemento necesario a elaborar con el niño, para trabajar en su recuperación anímica. El odio aparece casi siempre bajo un disfraz, ocasionado en cada caso por motivos y causas casi siempre complejos, entramadas en historias que es preciso ayudar a desplegar. Hay un odio casi físico, ligado íntimamente a la respuesta corporal ahí cuando el sujeto que padece el cúmulo de efectos del haberse accidentado, cae en la cuenta de su desgraciada situación. Están los odios mudos que trabajaron antes del accidente y que encuentran su sitio en el a posteriori del mismo bajo las formas más diversas. También es notable la presencia no siempre camuflada de odio en la conducción de los tratamientos de quienes somos responsables de colaborar, cada uno desde la perspectiva de su práctica, en la recuperación de esos niños que se quemaron. Enfermeras, pediatras, cirujanos, asistentes sociales, y todo tipo de especialista que asisten a diario a las salas de internación presentan en más de una ocasión, reacciones cargadas de un odio que reclama un esclarecimiento y una respuesta urgentes. Esas reacciones son generalmente comentarios de pasillo acerca de determinado paciente o familiar del paciente, o en ocasiones, exabruptos arrojados directamente a la cara del paciente o del familiar, que parecieran desconocer enteramente la situación trágica y dramática por la que están atravesando en ese momento esas personas.


Concepto del odio


Presentado en la gran literatura como la contracara del amor, en el seno de la vida psíquica constituye el odio la fuerza negativa que consiste en el impulso homicida que tiene como último fin arrasar con el otro, destruir su ser y sus representaciones. Dicho de otro modo, en eliminar al otro del horizonte de la objetividad.
El odio no tramitado y disuelto lesiona las potencialidades vitales. Arruina la capacidad productiva, envilece el pensamiento y condena a la impotencia la fecundidad creativa inherente a la fuerza innata de la vida. Promueve la planificación y ejecución de acciones destructivas, que cuando no pueden recaer sobre el objeto del odio, retornan masivamente sobre el sujeto que es presa del mismo. Los modos de ese retorno son múltiples. Pero aun cuando el odio encuentra una vía material de realización objetiva, un camino de descarga específica, entraña al mismo tiempo un daño anímico en el sujeto que acciona esa descarga, de manera tal que es legítimo decir que su accionar destructivo no le es gratuito ni que tal descarga le reporte una satisfacción plena y sin resto.

El odio se transmite privilegiadamente a través de la palabra. Se hereda de esa manera de generación en generación. La dimensión del silencio le es inherente, justamente cuando ese silencio está en el lugar de las palabras donantes que fundan la subjetividad del niño, en el caso de los padres, o cuando constituye toda la respuesta de alguien que debía una palabra de amor.
Se deja leer en las miradas de quienes lo portan, generalmente en personas que han sido lesionadas por él.
Se cura por la palabra.

Podríamos interrogar estas últimas aseveraciones: ¿las palabras de amor se “deben”? ¿desde dónde se “leen” las miradas? ¿de qué manera “lesiona” el odio? Y finalmente, ¿la palabra “cura”?
Las palabras de amor se deben, ahí donde previamente se ha solicitado y entregado una promesa de amor. Si el amor, -con toda su carga polisémica, su historia inabarcable en la literatura, el arte y las variadas formas de la vida anímica- , si el amor, entonces, que es también una palabra, una promesa y la promesa de una palabra que dona a la vez el reconocimiento del otro, su valor y su interés, falta a la cita prometida, como lo es frecuentemente en el caso de los niños abandonados, rechazados o humillados por sus padres, crea el espacio fundante para la gestación inaugural del odio en esos niños. Estafados, traicionados por aquéllos que los gestaron, que les dieron la vida pero les sustrajeron los elementos anímicos con los que hacerse fuertes para afrontarla, esos niños dolidos por recibir un rechazo y una “no mirada” en el lugar de un reconocimiento y un amparo simbólicos que debieran alojarlos, responden de mil maneras distintas, cada uno en cada caso de otra, pero todas esas respuestas singulares están teñidas del común denominador de ese afecto destructivo, el odio, reflejo negativo de ese amor de palabras y actos que faltó a su sitio.

El odio es generalmente inconsciente. Sólo en los accesos de furia consecuentes a una situación vivida como agraviante o arrasantemente injusta, aparece bajo las formas de la injuria, de la ironía o de la elevación del tono de la voz y los fenómenos concomitantes del cuerpo, (aceleración del ritmo cardíaco, taquicardia, secreción de noradrenalina, incremento de la presión arterial, fiebre, etc.) hasta llegar a la respuesta física agresiva. Pero su trabajo anímico es esencialmente inconsciente. Crece insensiblemente para la conciencia como una planta invisible en el jardín de la mente que corroe la fecundidad de las relaciones afectivas, resentida del dolor inaugural de aquélla falta de amor de los comienzos, convirtiéndose en el germen del fracaso de las relaciones de amor.

En nuestro hospital nos encontramos a diario con las más variadas formas de sus consecuencias, tanto en los niños internados, en sus padres o adultos acompañantes, como en muchas ocasiones, en el personal que debiera velar por su recuperación, tanto física como anímica. En los niños, desde la palmaria evidencia del daño corporal producido por las lesiones más diversas, entre las que lleva la mayoría el volcarse líquidos calientes en el hogar, hasta su sutil presencia en una mirada oscura, en el rechazo del alimento, o un mutismo caprichoso y mortecino. En los adultos que los acompañan, desde una queja declarada y explícita que nombra obscena un rechazo abierto y violento hacia el niño que debiera amparar, hasta una presencia como ida, ausente, como distraída que ya no es efecto del estado de shock normal de las primeras horas y hasta los dos primeros días de la internación, registrable como un desinterés y una molestia por la realización de las tareas concernientes a la recuperación del niño. Y en los responsables de su curación, como dijimos en la introducción, aparece el odio como un desdén en las palabras, -cuando no una injuria más o menos explicitada- que habitualmente se escuchan en los pasillos, acusando a niños y familiares por la desgracia padecida.


Los nudos del odio

Uno de los mayores obstáculos con el que nos encontramos quienes trabajamos en el campo no tan sencillo de definir de la salud mental, es la imposibilidad de hallar índices empíricos precisos para establecer los lugares y las materialidades de los lugares en los que los sujetos de nuestras experiencias se encuentran afectados y comprometidos al punto de trastornar sus vidas por efecto de unos factores al mismo tiempo tan difíciles de precisar como dichos lugares.
La representación de un nudo puede servirnos para intentar hacer inteligible la función del odio en la vida anímica, en la medida que tomemos ese nudo como un obstáculo y no como un recurso operativo. El nudo pensado como la torsión de un hilo sobre sí, que interfiere en la dinámica de su despliegue y en las metas de sus funciones.
El nudo de la angustia es el paradigma de este nudo, que se deja oír en el nudo en la garganta del angustiado. Un nudo como el punto de ahogo, pero al mismo tiempo de detenimiento y de altísima tensión, una tensión no desencadenada que repliega un quantum de afecto que distorsiona y frena las vías de la libido y solo habilita vías destructivas o inconducentes para una descarga aliviante.

El odio encarnado en el cuerpo de un niño quemado, que se ha objetivado en la carne quemada de ese cuerpo y en las marcas aun no simbolizadas oficia de nudo obstaculizante para la recuperación anímica y física del niño. Esta recuperación no es paralela ni homogénea. Muchos niños se curan de la quemadura por la acción médica del cirujano pero no se curan del odio que ha quedado instalado y como inscripto en el cuerpo, sino mucho después de aquélla curación física. Otras veces, la curación física se ve claramente sofrenada por la interferencia de un enigmático factor para la medicina, que pareciera ser la mala voluntad del paciente para recuperarse, como un decaimiento general del organismo, manifestado muchas veces en los trastornos de la alimentación, en la abulia y la negativa a comer, y también en comportamientos autoagresivos que llevan a arruinar la delicada labor quirúrgica consiguiendo, por ejemplo, perder repetidamente injertos. Otras veces aparece como una precaria condición inmunológica, y la tendencia reiterada a padecer infecciones que también conducen a los mismos efectos negativos para la recuperación física. En una gran parte de estos casos, la incidencia de factores anímicos es notable y el trabajo psíquico con estos niños y con los padres de estos niños, es el camino necesario para vencer esos obstáculos y permitirle al niño liberar de los nudos del odio mudo que late en su cuerpo, el deseo de un restablecimiento y una rehabilitación de la libido.

La curación anímica por la palabra

Las quemaduras son ocasionadas por agentes empíricos, fuego, electricidad, fluidos calientes, etc., que en determinadas circunstancias, generalmente accidentales, provocan la efracción que inaugura un nuevo tiempo psíquico en el sujeto que la padece. Un viejo adagio de nuestro oficio de psicoanalistas nos dice que lo que la palabra ha anudado, la palabra desanudará. Y es el caso también del nudo del odio, que anudado en un sinfín de silencios y de maltratos variopintos a lo largo de una breve historia de vida, en el encuentro con un psicoanalista, mediando el establecimiento de unas condiciones muy particulares, entre las que es vital la producción de un espacio simbólico específico para cada sujeto, lo que lo llevará en un tiempo no predecible, al desanudamiento aludido. Cuando un niño puede ponerle palabras al dolor y al odio que produjo tal dolor, cuando el odio pudo historizarse para él aun con recursos lúdicos o gráficos, pero que entraron en la dialéctica viva de la palabra en los intercambios simbólicos con un analista, nos vamos a encontrar con los cambios anímicos y físicos que conforman el estado propio de la curación. Sin embargo, la cosa nunca es tan sencilla. Llegar a historizar el odio en la trama compleja de la vida de un niño supone un arduo e inestable recorrido con el niño y con los padres de ese niño.

Una viñeta clínica o fragmento de un trabajo psíquico con un niño y sus padres

Un niño de cuatro años se quema al volcársele a la madre un termo de agua caliente en un descuido inaudito ya que desde que nació lo atendía con todo su ser a este niño. Pedro lo llamaremos, hijo único en más de un sentido –la madre dirá que no quiere tener otro hijo por temor a preferirlo a éste…- consentido y sobreprotegido, mimado por ambos padres, se muestra caprichoso y seguro de sí mismo, en contraposición a lo que motiva para la madre la consulta por consultorios externos del hospital al año de la externación del niño: que lo ve muy reacio a establecer relaciones amigables, como introvertido y enojado y con poco resto para jugar con otros chicos. El padre trabaja de chofer de micros y tiene horarios variables por lo que puede estar en casa con su hijo y compartir ratos de juego con él. Pero es más como un amiguito del niño que este padre funciona, no puede contrariarlo en nada a Pedro ni tampoco oponerse a la madre. Comenta que muchas veces juega con él a lo que el niño quiere y que si Pedro lo rechaza se va. Cuando conversamos en una entrevista con ambos, el padre era sistemáticamente interrumpido por la madre que era la que tenía la última palabra para cada cosa. Intervine señalándole a la madre que quería escuchar la opinión del padre y esta titubeó y se quedó muda por un rato, Ahí el padre no dejaba de mirarla cuando me hablaba, como buscando su consentimiento y su acuerdo en cada palabra. La madre llora cada vez que piensa en lo que ha sufrido su hijo por el accidente y la quemadura. No entiende cómo se descuidó con el termo. A solas con el niño jugamos con unos autitos que trajo de su casa y yo le muestro unos que tengo en el consultorio. Los mira de reojo y toma uno diciendo: yo también tengo éste, pero de otro color. Juega a un extraño circuito en el que los autos se trepan a un camión-colectivo y éste se cae por no poder sostenerlos haciendo caerse a todos los autos. Repite este juego, siempre con idéntico final: la caída del camión-colectivo acompañado de un sonido que imita el ruido de un derrumbe muy grande. Le digo que parece que el colectivo no puede sostener a los autos. Me mira, le pregunto si le gustaría que el colectivo no se cayera, me dice: “pero se cae!!” Le muestro unas hojas y le pregunto si no quiere dibujar ese juego para hacérmelo entender mejor, pero me dice que no sabría dibujarlo bien. En ese momento recuerda un sueño “feo” que tuvo hace poco en el que toda su familia viajaba en un micro y estaba en peligro y nadie podía hacer nada. El sueño lo asustó mucho pero la madre lo calmó y se lo llevó a dormir con él, cosa que hace habitualmente cuando su marido llega tarde por el trabajo. Pedro me dice que le gusta jugar a cortar, pero al preguntarle si quiere traer su tijera para jugar conmigo, me dice que la tijera es de la mamá y que es ella la que corta por temor a que él se lastime…

Le digo luego a la mamá que yo tengo una tijera con la que puedo jugar con Pedro a cortar y me dice que ella no lo deja cortar solo porque se puede lastimar. Le respondo que yo mismo cuidaré de que no se corte y acto seguido le pregunto de dónde cree que le viene su temor, anterior al accidente según me había dicho, a que Pedro se lastime. Se detiene a pensar pero no encuentra ninguna respuesta. Al rato, hablando de su familia, dice que su padre nunca le hubiera permitido a ella hacer los líos que Pedro hace en su casa. Le pregunto por el tiempo verbal que usó: en qué caso no le hubiera permitido hacer los líos, o no le permitió efectivamente… me interrumpe diciendo: “nunca me permitía nada, me pegó hasta de grande…” ¿Hasta qué edad y cómo le pegó? “Desde que tengo memoria y hasta los 18 años, cuando mi hermano al que adoro, y yo, le pusimos un freno, nos revelamos. Desde ahí no nos pegó más”. Les pegaba trompadas, les dejaba moretones, les gritaba a todos. Una vez me rompió la nariz, otra una costilla…Sin embargo, se extraña del hecho de no haberle quedado ningún registro de dolor anímico ni de bronca o rencor hacia ese padre, ni ganas de vengarse… “Hoy lo perdono, él se arrepintió porque empezó a tratarnos mejor desde que dejó de pegarnos”. Esta joven mujer tampoco tiene el menor registro de sus celos hacia su hermano, cuatro años menor que ella…

Una conjetura plausible de sostener es que el odio reprimido –afecto inconciente y fundacional desplazado por represión a nuevas representaciones- desde su infancia por el nacimiento no anunciado de su hermanito –la madre no quiso decirle nada para darle una sorpresa, ya que ella pedía un hermanito…- encontró en los castigos arbitrarios del padre un alivio inconsciente. Pero al mismo tiempo, el hecho de que ella le permita casi todo a este niño, así como que lo sobreprotege extremadamente, a diferencia de cómo el padre la trataba a ella, pareciera constituir una formación reactiva a aquél maltrato agresivo del padre, como si en acto dijera, en lugar de pegarle a este varoncito de cuatro años, que tiene todo lo que yo hubiera querido tener, y sobre todo que no tiene hermanitos, lo protejo de mis ganas de pegarle justo por tener todo lo que yo no tuve y hubiera querido tener… el odio reprimido retorna bajo la forma de un descuido inconsciente al volcársele el agua hirviendo de unos celos no consumados ni en la fantasía, y el ardor del desamor de un padre que no tenía frenos para sus propios odios tomándola como objeto de unas descargas violentas.

Las respuestas de Pedro se ordenan en la misma sintonía como una respuesta a ese Otro materno que no pudo cortar un lazo ancestral que repite las marcas del odio enmudecido. El niño se regocija ante los cuidados y se llena de la madre que lo atiborra de mimos y prevenciones. Elementos dispares que lo llevan a una zona de reticencia para con otros niños, como si adivinara en las prevenciones de la madre –contó que se mudaron hace poco porque un vecinito un poco mayor que Pedro y preferido patológicamente por su madre, lo exponía a su hijo a situaciones injustas – la desconfianza hacia otros niños y la conveniencia de estar solo o solo con la madre. Atento sobre su padre-hermanito-amigo, sueña con un viaje en el micro –su padre es chofer de micros- pero la realización del deseo de que el padre maneje la situación se frustra en la angustia de un no poder ser sostenidos por ese padre- el micro se cae-. La madre no lo deja cortar, corta ella, pero los sueños del niño, llevándolo a su cama en donde se juega otro ardor incontrolable para Pedro.

El equívoco de la demanda que la madre formula en las entrevistas, abre la posibilidad real de un espacio simbólico para el niño en el curso de las sesiones. A través de los juegos, de los relatos asociados a ellos y de la relación nueva que se arme con el analista, se irá conformando un despliegue de imágenes palabras y acciones que le brindarán nuevos recursos para percibir, pensar y actuar de otro modo. Estas transformaciones y estos nuevos recursos serán los medios y al mismo tiempo el elemento de la tramitación de aquél odio transpuesto libidinalmente desde la historia parental hacia el cuerpo y el alma de este niño. En esto consiste la tramitación del odio: en el tránsito del afecto -enmudecido y brutalmente escenificado y marcado en el cuerpo- por los medios lúdico-kinésico-lingüísticos, a una nueva significación psíquica de su lugar para el Otro y de las -al mismo tiempo- nuevas respuestas motrices y psíquicas que adquirirán de ese modo una habilitación inaugural.
 
 
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