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   Neoparentalidades

Neoparentalidades hoy. ¿Qué hay de nuevo?
  Por Patricia Alkolombre
   
 
Si pensamos lo nuevo en relación con las llamadas neoparentalidades o nuevas parentalidades podría resultar una tautología, ya que al decir nuevas o neo, estamos introduciendo un elemento novedoso dentro de lo conocido. Pero aún así formulada la pregunta, propongo pensar qué tienen de nuevo las parentalidades de hoy. Para ello nos internaremos en los territorios en los que conviven en exclusión e inclusión, las correspondencias entre la filiación, el parentesco y los lazos de sangre.

Hoy en día, si un hombre solo decide adoptar a un niño es visto como una novedad, de hecho es noticia en los medios; como también lo es que un juez determine que unos niños queden bajo la custodia de la persona que los cría por considerar que es la más adecuada, –en este caso un travesti ejerce el rol materno– (La Nación, 10/5/10). O que comience a estar de moda el alquiler de vientre como práctica socialmente instituida, no sólo para las mujeres que no pueden tener hijos de su vientre, sino también para los hombres –que no tienen vientre– y que quieren ser padres excluyendo una parentalidad compartida. En distintos medios vemos a hombres del espectáculo que han elegido la monoparentalidad (lograda gracias al alquiler de vientre y la donación de óvulos) como un modo de ejercer el rol paterno sin una figura femenina que los acompañe. (Alkolombre, 2009)

Como contrapunto, la monoparentalidad femenina por elección, es decir, la exclusión del hombre en el ejercicio del rol paterno, era la forma de monoparentalidad más frecuente hasta no hace muchos años. Mujeres solas, sin figuras masculinas que acompañan la crianza de sus hijos biológicos o adoptivos. En estos últimos años se sumaron los hijos nacidos por inseminación con semen de banco –garantizando en ese acto el anonimato del padre–, y también la adopción de embriones.
En estos días está en debate en nuestro país la aprobación del matrimonio de parejas homosexuales, abriendo todo el campo de la legalización de las homoparentalidades junto con la adopción de niños en estas configuraciones familiares.
Hasta aquí podríamos decir que estamos frente a nuevos formatos de familia. Pero, si nos trasladásemos por un instante a la Roma antigua, veríamos que existía como práctica el alquiler de vientre, ya que según las costumbres un hombre cuya mujer era fecunda, podía “prestar o alquilar” temporalmente a su esposa a quien no tenía hijos y se lo pedía. Se trataba de un acuerdo entre hombres y las mujeres no tenían opinión, escribe la antropóloga francesa Françoise Héritier (Heritier, 1992). Esta autora describe una costumbre particularmente interesante entre los Nuer: allí una mujer estéril pasa a ser considerada un hombre, puede convertirse en padre y atribuirse una descendencia. En este caso, la mujer que no tiene hijos adquiere un rol de género y un status masculino, puede casarse sin mantener relaciones con su esposa, y tener hijos gracias a los servicios de otro hombre que insemine a su mujer y que no tendrá ningún derecho sobre los hijos nacidos. (Héritier, 1996). Aquí la diferencia sexual masculino/ femenino se juega en la reproducción.

Desde el psicoanálisis podemos decir que la maternidad y la paternidad no pertenecen solamente a la esfera privada, ni son solamente la expresión de un deseo, sino que responden simultáneamente a necesidades sociales y sus parámetros varían de cultura en cultura. El status y los roles masculinos y femeninos en el interjuego de las parentalidades, se revelan independientes del sexo biológico y a su vez entramados en cada singularidad dentro de cada cultura.
La filiación se constituye en la primera red simbólica recibida “sin razón”, y a su vez al servicio de la razón; se transmite de padres a hijos vía identificación. Recordamos cuando Freud plantea la identificación primera, y de mayor valencia en el individuo: la identificación con el padre de la prehistoria personal, para luego agregar que la identificación es con los progenitores (Freud, 1923).

Tanto en la Roma antigua, como entre los Nuer y en las distintas sociedades, la transmisión entre generaciones es la que regula las relaciones entre hombres y mujeres, los lazos de sangre, el parentesco y la filiación. Podríamos entonces decir que no hay nada nuevo bajo el sol.

Sin embargo, algo diferente sucede con la llegada de los hijos en la actualidad. En este punto volvería a formular la pregunta inicial acerca de lo nuevo en las parentalidades de hoy.
Estos interrogantes me llevaron a pensar no sólo en las nuevas configuraciones familiares –las familias ensambladas, las homoparentales y las monoparentales– que coexisten en la actualidad con las familias tradicionales, sino en los efectos de ruptura que conllevan la implementación de las técnicas reproductivas. Lo cual implica no sólo pensar del lado de quienes serán los padres de los niños en el ejercicio de sus funciones parentales, sino también en el modo en que son gestados y llegan al mundo; y aquí nos encontramos con elementos inéditos, nuevas formas de concebir, algo sin precedentes en la historia. Aquello que sólo estaba presente en los mitos, hoy es una realidad. De modo que frente a los nuevos orígenes se hacen visibles nuevos interrogantes y enigmas a resolver.

Nuevas formas de nacer. Nuevos enigmas. Son tantas y tan variadas las formas de nacer hoy. Somos testigos de la naturalización que ha adquirido la implementación de las técnicas de reproducción asistida en la actualidad. Podemos preguntarnos cómo se orienta el lazo familiar y social, que ya no se sostiene en la supuesta “normalidad” de la ideología imperante en los siglos XIX y XX, sino que se apoya –entre otras cosas– en las “verdades científicas”.
Desde hace 32 años (cuando nacía Luise Brown, la primera bebé de probeta en el mundo) el ser humano puede crear vida en forma extra-corpórea, puede diferir, modificar y combinar distintos modos de acceder a una parentalidad.
Ya no podemos decir como entonces, “madre hay una sola”, nos encontramos de golpe con una pluralidad de madres: madre gestante, madre genética, madre social. Lo cual nos lleva a la pregunta ¿quién es la madre?: ¿la que aporta el útero, la que dona el óvulo, o la que adopta? También podríamos preguntarnos ¿quién es el padre?: ¿el que aporta el esperma, el que cría? Este punto nos conduce al debate alrededor de las funciones parentales y aquellos –hombres o mujeres– que las encarnan, como también a pensar en las diferencias entre genitor y padre.

Se presentan así nuevos escenarios en fertilidad asistida. En los casos de alquiler de vientre resulta inédito que una mujer esté “frente” a su embarazo ya que siempre estuvo “en” su embarazo; aquel que está siempre “frente” es el hombre.
Si pensamos en la escena primaria perteneciente a la privacidad, a “puerta cerrada”, se convirtió en algo público y son más de dos. El médico o el equipo médico ya no es un observador sino que participa activamente en la concepción como tercero a la vez excluido/ incluido. Se modificaron el nacimiento y las representaciones de la procreación, insinuándose la técnica médica como una instancia fecundante y parental.
Cómo categorizar estos nuevos elementos que se introducen en las parentalidades de hoy: donación de esperma, de óvulos, de embriones, alquiler de vientre o maternidad subrogada, congelación de embriones, diagnósticos genéticos pre-implantatorios, la clonación como perspectiva o realidad.

Hay situaciones que no tienen referentes ni experiencias previas acerca de los efectos de impacto psíquico frente a estas nuevas formas de acceder a una parentalidad. Pueden funcionar como un retorno de los fantasmas infantiles sobre la realidad en la que todo puede ser posible, alimentando la vieja omnipotencia infantil a la que tanto costó renunciar en la infancia, promoviendo a su vez distintas versiones de la novela familiar. Hoy en día la fantasía no sería ser una hija o hijo de otros padres, sino haber nacido de genes de padres desconocidos por ovodonación o espermodonación, o bien ser un embrión perdido y nunca reclamado de un laboratorio.
Ya nada garantiza los lazos biológicos en la parentalidad. Se diluyen los límites entre la realidad y la fantasía, emergiendo interrogantes en distintas direcciones.

Por un lado están los referidos a efectos del uso de la tecnología: los embriones acumulados en los centros de fertilidad y que no están dentro de un proyecto parental, ¿se destruyen, se donan, permanecen congelados? El diagnóstico genético pre-implantatorio, ¿nos deja a un paso de la selección embrionaria? ¿Estaríamos frente a un embrión “transparente”, que no oculta casi sus secretos?
A nivel de los vínculos, ¿cómo abordar la sexualidad de las parejas en el seno de las técnicas reproductivas? ¿Cómo han transformado los lazos de sangre, la filiación biológica y la filiación social o afectiva? Por otra parte, la cuestión del anonimato en la filiación deja una estela de incertidumbre sobre los orígenes de muchos niños cuya herencia anónima, a su vez seguirá silenciada en las generaciones sucesivas.
A nivel intrapsíquico, las consecuencias psíquicas que envuelven su implementación, tanto en los padres como en los niños, ¿están subestimadas o sobreestimadas?

En este punto, podemos preguntarnos si lo previo siempre puede dar cuenta de lo nuevo y si la clínica como reflejo a su vez de la realidad social actual, se explica con los recursos que tenemos y se trata solamente de nuevas presentaciones.
Lo cierto es que la maternidad y la paternidad ya han dejado de ser algo conocido y familiar para convertirse en una nueva alquimia en la que los cuerpos y sus partes se combinan, sustituyen y modifican según los requerimientos. Lo permitido y lo prohibido en este nuevo campo no está delimitado y la relación entre la ley y el deseo es ambigua. Hoy en día, el enunciado “deseo un hijo” es tomado empáticamente como un deseo que debe ser satisfecho. (Alkolombre, 2003)

Desde el psicoanálisis podemos considerar algunos puntos, entre ellos si estamos frente a un cambio de “ropajes” dentro de las problemáticas familiares –lazos de parentesco y filiación–, o bien si hay algo nuevo que ha ingresado junto con las técnicas y las nuevas demandas: no sólo con nuevos formatos de familia –como señalamos al comienzo–, sino debido a las transformaciones en los cuerpos, y en la prehistoria de los niños por nacer.
Estas nuevas formas de acceder a una parentalidad implican también nuevas formas de pensar e imaginarizar los cuerpos gestantes y los niños que nacen.

¿En qué medida estas nuevas intervenciones sobre el cuerpo son posibles de ser semantizadas? ¿Cuál es el impacto psíquico de la tecnología?
Son temas que requieren un profundo debate plural e interdisciplinario. Podríamos continuar formulándonos estas y otras preguntas acerca de una práctica, que hoy en día, ha revolucionado en forma inédita el modo de acceder a una parentalidad.
Y tal vez lo más importante será plantear que desde el psicoanálisis lo nuevo en las parentalidades de hoy está del lado de los orígenes. Recordamos que uno de los dos interrogantes de la infancia es la pregunta: ¿de dónde vienen los niños?

Bibliografía
Alkolombre, Patricia (2009) “Nuevos escenarios masculinos en fertilidad asistida: un vientre para él”. XI Congreso de la Sociedad Peruana de Psicoanálisis, 8ª Diálogo COWAP.
— — (2008) Deseo de Hijo. Pasión de Hijo. Esterilidad y técnicas reproductivas a la luz del psicoanálisis, ed. Letra Viva.
— — (2003) “Parentalidad y nuevas técnicas reproductivas”, Revista de Psicoanálisis, Vol. LXII, Nª 3.
Diario La Nación, “Cada vez más solteros adoptan chicos”; “Dan dos niños en guarda a un travesti”, 10 de mayo de 2010.
Freud, Sigmund (1923) El yo y el ello, A E, vol XIX
Heritier, Françoise. (1992) “Del engendramiento a la filiación”, Revista de Psicoanálisis con Niños y Adolescentes, Buenos Aires.
— — (1996) Masculin / Féminin. La pensée de la différence. Editions Odile Jacob, Paris.
Tort, Michel (1994) El deseo frío. Procreación artificial y crisis de las referencias simbólicas, Ed. Nueva Visión, Buenos Aires.
 
 
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