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El porvenir de la diferencia
  Por Sergio Zabalza
   
 
Algunos opinan que los “adelantos” de la ciencia, la omnipresencia del ciberespacio y ciertas nuevas prácticas sociales ponen a prueba los pilares en que se funda el saber del psicoanálisis. Por nuestra parte, celebramos el convite, habida cuenta de que tal desafío no va más allá de lo que a diario enfrentamos con cada paciente que acude al consultorio, es decir, el sometimiento de la teoría a la singularidad que impone el caso por caso. No en vano, Jacques Lacan consideraba al saber de Freud como un saber en jaque.

Porque lo cierto es que al enfrentar las noticias de la hora, no sólo ponemos en práctica este mencionado y exigente ejercicio clínico, sino que también advertimos con sorpresa que, en más de un caso, tales novedades no hacen más que poner en primer plano cuestiones de antiquísima data.
Quizás de lo que se trata es que el psicoanálisis se apoya en una ética eficaz, es decir, una orientación que –despojada de posturas ideológicas– admite sin tapujos que su práctica es imposible. Al grano:
Embriones congelados, familias homoparentales, alquiler de vientres, clonación, reproducción asistida, familias monoparentales, donación de óvulos… y la lista continúa hasta catapultar un paquete conformado por realidades de muy distinto cuño y valor, pero que sin embargo confluyen en un solo eje temático: las nuevas modalidades de concepción y crianza de seres humanos que apuntan al corazón de nuestro destino como especie.

Por momentos, pareciera que la reflexión filosófica y los ámbitos jurídicos, religiosos y científicos apenas alcanzan a entrever las consecuencias que tales novedades insinúan o se muestran vacilantes frente a las encrucijadas bioéticas que la técnica y las nacientes prácticas sociales avecinan. Es como si, de alguna manera, frente a su arrollador avance, nos encontráramos en estado… embrionario.
Sin embargo, algunos datos del día a día aportan valiosos elementos para sentar posiciones. Por ejemplo, en la práctica clínica se hace interesante advertir que, entre las personas dispuestas a servirse de las opciones no tradicionales con el fin de gestar o criar un niño, no son pocas las que se interrogan acerca de qué contarles a estos chicos que aterrizan en hogares diferentes a la mayoría.
El dato no es menor, sugiere que –por rara paradoja– los avances de la ciencia y las transformaciones vinculares no hacen más que reavivar una cuestión tan vieja como el mundo: la pregunta por el origen. Y tanto más al colegir que los mitos sexuales infantiles, indispensables para la estructuración de la psique, desde siempre atienden aquella inquietud que distingue a la criatura humana respecto a cualquier otra del planeta: ¿Quién soy? ¿Qué hago aquí? ¿Dónde estaba antes de nacer?

Cuidado entonces, no va de suyo que la injerencia de la ciencia sobre el real del cuerpo suponga abolir la esencial propiedad que distingue a los seres humanos, a saber: nuestra condición de seres hablantes.
Lo cierto es que lo imposible de saber invita a la novedad, a la diferencia, al otro que nos aparta de la ilusión omnipotente y nos convoca al lazo social. Mal presagio, entonces, para aquellos futuros padres o madres que rechazan la pregunta o descansan en respuestas unívocas plenas de certeza. Se trata de aportar palabras, recuerdos, fotos, personajes, que se presten a la construcción de una historia singular.
Cualquiera sea el hogar o el método empleado para traer un ser al mundo, se hace menester sostener la pregunta que convoque a un trabajo. Desde esta perspectiva, amar a un niño es brindarle el espacio y el lugar para que construya una versión –un mito–, sobre su origen.

De hecho, pocas cosas más devastadoras para un chico que vivir sometido a la autoridad de esos padres que están siempre de acuerdo en todo. Un padre varón y una madre mujer, de ninguna manera garantizan la diferencia, ese malentendido donde un chico encuentra un lugar para su advenimiento subjetivo.
Porque no es entonces la anatomía la que asegura la eficaz concurrencia de lo heteros, sino la disposición a jugar la falta que convoca la alteridad más allá de la eventual conformación física del partenaire, el deseo de quien convoca la llegada de un niño como metáfora del amor, es decir, de una falta que se dona, de una carencia que se entrega sin pretender ser suturada u obturada.

Por eso Jacques Lacan abandonaba aquella temprana formulación según la cual La Familia1 [1938] se conforma a partir del matrimonio, para afirmar que el lazo social se funda en un deseo que no sea anónimo2. De allí el valor que cobran las identificaciones en el crecimiento de un chico. Pero cuidado, a no confundir el campo femenino y el masculino con la anatomía.
“[…] no hay más reconocimiento como tal del macho por la hembra ni de la hembra por el macho. Todo eso que una exploración un poco profundizada nos demuestra de la historia de una pareja, es que las identificaciones allí han sido múltiples, recubriéndose y formando siempre al final, al final, un conjunto compuesto”3.

La diferencia. Una sociedad democrática merece el nombre de tal cuando sus miembros se muestran dispuestos a revisar sus instituidos sacralizados. (Gobernar, es imposible, decía Freud). Quizás por eso, la reciente sesión en que la Cámara de Diputados de la Nación trató el proyecto de ley que habilita el casamiento entre personas del mismo sexo, movilizó una serie de alentadores pronunciamientos e interesantes reflexiones en el seno de nuestra compleja comunidad.
Para mencionar tan sólo algunas, hubo quienes pusieron el acento en el clima de tolerancia y libertad que primó en el debate; otros en cambio, con un horizonte más ambicioso, avizoraron la posibilidad de un cambio cultural más favorable al compromiso que a la gastada hipocresía de los prejuicios.

En uno y otro caso, vale la pena indagar las razones por las cuales muchas voces que suelen confrontar al calor de la lucha partidaria, esta vez compartieron diferencias desde sus más íntimos resortes subjetivos. 
Aportamos una respuesta: el tema que convocaba la voluntad y el espíritu de nuestros representantes –al menos de muchos de ellos– era precisamente el lugar y la modalidad que adopta la función de la diferencia –de aquello imposible de reabsorber– en el seno del cuerpo social. Porque sin alteridad no hay amor posible y sin amor no hay sociedad que se sostenga.
En efecto, un niño adviene como sujeto en el lugar del malentendido –de la diferencia– entre los padres. En qué consiste esta diferencia es toda la sencilla e inmensa pregunta en juego. Por eso, bien podemos colegir que la trascendencia que alcanzó el debate sobre este proyecto que otorga a los homos los mismos derechos que a los heteros, obedece a que el mismo constituyó –sépanlo o no los legisladores– la puesta en acto de una decidida pregunta sobre la naturaleza misma del Eros, esa fuerza que –según Freud– cohesiona a las personas al constituir un colectivo.

“Que un ser vivo esté envuelto en el lenguaje, en el sistema de los significantes, tiene por consecuencia para él que las imágenes lleven siempre más o menos la marca de ser asumidas en el sistema como significantes, tal como obliga la función del tipo y de lo que se llama lo universal. Ahora bien, al ser atrapadas las imágenes en el juego del significante algo se pierde, como lo muestra toda la experiencia analítica, a saber la función imaginaria en la medida en que responde por el acuerdo del macho y la hembra. ¿Cómo no se percibe ésto? ¿Cómo aún no se volvió común? ¿Y cómo no pasó todavía a alguna forma efectiva de renovación de las instituciones?”4
Bien, tal como sucede con los mitos sexuales infantiles, la realidad psíquica se organiza en torno a una ficción cuyo término neural –el semblante fálico– no deja de señalar, de insinuar, de sugerir, la pregunta por el origen, ese lugar donde desfallecen las razones. Como si se necesitara un ejemplo más palmario, podemos citar la irredenta cuestión que los chicos profieren hasta el hartazgo durante ese agitado tiempo en que los adultos se ven en figurillas para responder a la incómoda y siempre inoportuna pregunta: ¿Y por qué?

“¿Por qué? Porque al nivel en que el sujeto está empeñado, metido él mismo en la palabra y por ahí en la relación al Otro como tal, como lugar de la palabra, hay un significante que falta siempre. ¿Por qué? Porque es un significante, y el significante está especialmente delegado a la relación del sujeto con el significante. Ese significante tiene nombre: es el falo”5.
¿Es que las cirugías, los cambios de sexo, el matrimonio gay, van a eliminar la función fálica? ¿Es el falo el pedacito de carne que le cuelga a la mitad de la humanidad, o más bien se trata de un instrumento mediador significante que se dona junto al baño de lenguaje, caricias, y tonos que acunan al sujeto desde antes que llegue al mundo?
Para decirlo todo: si nuestra preocupación son las generaciones futuras –el destino de los seres humanos como especie– más vale que nos encarguemos de preservar ese largo e inmenso poema cotidiano que la comunidad hablante profiere al sostener el lazo social.

¿Atentan los mensajitos de textos, los e mails, los I Pod, el I Pad, los I Phone, los e-books o las redes sociales en la web, contra el orden simbólico, o más bien es el uso que se les brinda lo que determina que la palabra albergue al sujeto, viabilice la diferencia y ponga en juego su imposibilidad constitutiva, esa fragilidad donde anida la belleza?
Antes de servir a la refrita moralina de los no incautos, mejor cuidémonos de aquellos que atentan contra la política, el arte, el humor, los semblantes, el juego, la poesía… “Los agujeros de las palabras tienen alma”6.

_______________
1. Jaques Lacan, La Familia, Argentina, Editorial Axis, 1975.
2. Jacques Lacan, Nota sobre el niño, El Analiticón, Fundación del Campo Freudiano, 1987. “La función de residuo que la familia conyugal sostiene (a la vez que mantiene) en la evolución de las sociedades, pone de relieve lo irreductible de una transmisión –que es de un orden bien distinto que el de la vida según las satisfacciones de las necesidades vitales– pero que es de una constitución subjetiva que implica la relación con un deseo que no sea anónimo”. Y ver Eric Laurent, La Familia moderna, [1] Registros, Año 4, Tomo amarillo, página 22. Traducción Ana García.
3. Jacques Lacan, El Seminario: Libro 16, De un Otro al otro, clase 20 del 14 de mayo de 1968, página 290.
4. Jacques Lacan, El Seminario: Libro 16, “De un Otro al otro”, clase 20 del 14 de mayo de 1968, página 290.
5. Jacques Lacan, El Seminario: Libro 6, “El deseo y su interpretación”. Clase 1 del 12 de noviembre de 1958.
6. Juan Gelman,
 
 
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