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   Colaboración

Posiciones de la técnica
  Por Carlos Faig
   
 
En un artículo anterior, publicado en Imago Agenda, propusimos una formula que intenta proveer la ilación del Seminario: la relación entre el objeto y la estructura combinatoria del a, menos fi (-ϕ), equivale a la sustitución del sexo por el sentido. Vamos a ocuparnos ahora, prosiguiendo aquel artículo en una perspectiva clínica, del objeto como cierre de la significación en tanto esa clausura lo liga a la satisfacción que subtiende. La formalización del Seminario, la aprehensión de sus líneas principales, incide sobre la técnica y permite, creemos, continuar la investigación abierta por Lacan. Nos guiará la siguiente pregunta: ¿cómo se ubica la transferencia en el material y desde dónde?

I. La foto y quién la toma
. Convengamos, para comenzar, que el sueño nos sustrae. Todos sus elementos son representaciones sustituidas al yo del soñante. Han tomado su lugar. Las imágenes oníricas lo suplen y cada una de ellas lo representa. Somos vistos o hablados, en una representación que se invierte, desde el hiato que absorbe al yo en el sueño. El significante, la demanda librada a sí misma, tiene una vocación devorante (solo la no-relación permite articular la función de la libertad1, desalinearse del efecto devorante del significante2). El sueño que nos engulle es, pues, el otro lado.
Esta captura, similar, comparable, a la captura pulsional nos aloja, y en un mismo movimiento nos desaloja, en su agujero mismo. Exige que el objeto asuma esa posición para que pueda leerse el sujeto. El objeto marca la exclusión.
La asociación libre −al menos en un horizonte ideal donde el habla solo vale por su intervalo− se corresponde con estos datos en tanto remite a la falta yoica y marca su lugar ausente. Del lado del analista, la cuestión transcurre en términos de la falta de marca en la pulsión, hasta tanto se ubique el objeto. De una parte se tiende a borrar la marca del yo; de otra, la marca del objeto. El discurso funciona, en el extremo del análisis, como envolvente, mimético, en estrecha correspondencia con la circularidad pulsional. (En principio, esto ubica la reflexión en términos psicoanalíticos sobre el lenguaje en otra órbita que la de la lingüística, dado que concierne al goce.)

Se explica asimismo por qué la asociación libre dispara el amor de transferencia en la cura. Esta técnica es isomórfica (recrea en otro ámbito la estructura que resulta de la exclusión del sexo) y homotópica a la vez (está en el lugar de la forclusión que comporta la no-relación). Es un dentro y un fuera puesto que suple al ámbito pulsional y lo sobrevuela; y, en algún sentido, es infraestructura tanto como superestructura.

¿Dónde estoy cuando el paciente me habla?3 Si nos preguntamos por qué el paciente nos cuenta algo, solo podremos aproximar una interpretación que apunte a la transferencia si ubicamos que la respuesta no está exactamente en el material, sin por eso estar en otro lugar. Hay que admitir pues una falla del decir que concierne al analista y lo localiza. Pero así ubicado, lo afecta cierta nuliubicuidad. Se halla en el otro lado −lugar que emparentamos antes al sueño−; se instala en un punto de inversión no especular. Esta inversión circular de la perspectiva4, del horizonte del decir, semeja una suerte de embudo, desde donde resulta lanzada la interpretación. La fuerza, cierto automatismo tributario de esta falla, modela y coacciona sobre la interpretación.

Al ubicar el telón sobre el que se proyecta el material obtenemos el objeto. Y ésto porque, como es obvio, esa pantalla comporta pérdida de representación. O vemos la película o la pantalla. Si localizamos el cierre que produce el objeto y consolida la significación, damos con el sujeto, incluso lo producimos. La pérdida de representación, como sabemos, implica al sujeto en tanto significante elidido, faltante. La separación del objeto permitía que el sujeto se representara. Tocamos aquí la economía del fantasma y el principio del placer (son lo mismo).
Con la cuestión de la pantalla volvemos a un texto anterior también publicado en este medio: Testimonios del film. En relación con aquel artículo podemos agregar ahora que el trabajo analítico sobre la representación, es decir, sobre el sueño que soñamos despiertos, es lo que permite salir de la película5 (identificando la significación con la película y en tanto la significación es una demostración del relato), de los sentidos de la historia que oímos. Mientras la significación se sostenga, mientras no se advierta el vacío sobre el que subsiste, el sexo no es asequible (aunque, a su turno, también fugue)6.

Resumamos. Si me pregunto: ¿por qué me lo cuenta?, comienzo a situar la transferencia. Pero debemos advertir que esta pregunta no apunta a una motivación, a una intención, sino a lo que sale de la representación y ubica al goce en la falla del decir.

II. Un fotógrafo inesperado. La técnica que resulta de aquí comporta dos posiciones, como lo supo el kleinismo, aunque las elaboraciones teóricas sean muy diferentes. Y esto porque implica un trabajo sobre caídas parciales del sujeto supuesto saber. Esta instancia se torna discontinua7. La primera de ellas refiere a la significación y resulta de la función del objeto. La segunda liga con la satisfacción y el no sentido, el despertar. Y remite, obviamente, a la castración, a la aprehensión de lo que suple al sexo forcluido. Una posición remite al objeto y al sentido, la otra a la marca fálica y el sexo. Alternamos entre la devoración y la libertad, el sentido que alimentamos y lo fálico, el voraz ensueño aristotélico y la metamorfosis freudiana.
_____________
1. J. Lacan, D’un discours qui ne serait pas du semblant, Seuil, París, 2006, p. 74. Leemos allí: “Las personas serias, a las cuales se proponen esas soluciones elegantes, que hacen a la domesticación del falo, y bien, es curioso, son ellas quienes se rehúsan. ¿Y por qué? Para preservar lo que se llama la libertad, en tanto que esta es precisamente idéntica a la no existencia de la relación sexual.”
2. Sobre el carácter devorante del significante, cf., D’un Autre a l’autre, París, Seuil, 2006, p. 74, en relación con la constitución del Otro como saber absoluto. Esta referencia, en cuanto se la desarrolla y extienden sus consecuencias, presenta el interés de conectar con la escena primaria y el alto grado de captura y alienación que comporta. Y, asimismo, ibid., p. 307: “La experiencia nos muestra que a condición de que se produzca el pasaje al campo del Otro, el significante se presenta como lo que es respecto del narcisismo, a saber, como devorante.”
3. “Que se diga resta olvidado detrás de lo que se dice en lo que se oye”, señalaba Lacan. Es otra manera de acceder al problema de la técnica, entrando por y en los términos de L’étourdit (en Scilicet nº 4, Seuil, París, 1973, p. 5 y passim).
4. Para una primera aproximación a esta cuestión son útiles las reflexiones de Jean Paulhan, en Les incertitudes du langage, Gallimard, París, 1970, p. 113. Paulhan caracteriza a las lenguas aglutinantes como pasivas y relativas. Escribe: “(Como ejemplo de una construcción:) habitadas por mi las dependencias, habitadas por las dependencias la casa. Exagero a penas. Esto obliga a otra disposición, a una verdadera inversión del pensamiento.” En las lenguas aglutinantes permanecemos, al parecer, algo más próximos a la captura mimética del lenguaje.
5. Es por esto que un cambio de posición subjetiva, como se suele decir, no basta. No se trata de que el sujeto cambie de lugar, mute, se corra, se desplace. Se trata de una pérdida de representación, de la producción del sujeto como conjunto vacío, como falta de significante. Esto no comporta un cambio de posición: no hay allí ninguna posición asumible. Y por eso Lacan habla de destitución subjetiva. El sujeto no asume otro rol en la película: sale de la proyección. Y esto es otra cosa y tiene otros efectos. En el mismo sentido, las interpretaciones “fuertes”, que conmueven al paciente, las “verdades” que el analista podría sacudirle no tienen más que un efecto superyoico, a veces espectacular, pero técnicamente son intervenciones pobres. Una interpretación “terrible”, “terrorífica”, conlleva demasiado sentido.
6. “Cuando el esp de un laps −vale decir, puesto que solo escribo en francés: el espacio de un lapsus− ya no tiene ningún alcance de sentido (o interpretación), tan solo entonces puede uno estar seguro de que está en el inconsciente.” J. Lacan, Prefacio a la edición inglesa del seminario XI, en Ornicar? nº 12/13, Navarin, París, 1977, p. 124.
7. La discontinuidad del SSS, que se trabaje sobre caídas parciales, comporta necesariamente una crítica a la teoría de Lacan del final del análisis. En el ámbito institucional obliga a abandonar la práctica del pase. El sostenimiento de su dispositivo detiene, desde la muerte de Lacan, el avance de la teoría analítica y su práctica.
 
 
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