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Ética y responsabilidad
  Por Liliana Baños
   
 
Hace tiempo apareció en el diario Clarín1 una noticia titulada “Cuando la justicia llega al diván”, en la que se habla del procesamiento judicial de un psicoanalista, acusado por la posible comisión del delito de lesiones culposas en perjuicio de un paciente, el que lo había denunciado por no haber obtenido mejorías tras un largo tratamiento. La demanda se baso en el artículo 94 del Código Penal, que prevé penas de hasta tres años de prisión e inhabilitación de hasta cuatro para quien por imprudencia o negligencia, por impericia en su arte o profesión, o por inobservancia de los reglamentos o deberes en su cargo, causare a otro un daño en el cuerpo o en la salud. Es un delito de carácter culposo y no doloso: se funda en la torpeza, en el descuido o en la falta de idoneidad, no en la intencionalidad.

El denunciante, después de haber aceptado el psicoanálisis como método de tratamiento, imputa ahora al terapeuta el que no lo haya medicado de acuerdo con la patología que alega padecer. Esta cuestión legal inquieta e interpela a los terapeutas que trabajan con la palabra y de manera especial a los analistas: es su calificación, es su competencia la que está en juego, porque lo que cabe preguntar es: ¿hasta qué punto cabe juzgar legalmente la corrección de un tratamiento analítico? Escapa a mis posibilidades contestar de manera asertiva a este interrogante, aunque me gustaría plantear, desde los fundamentos del psicoanálisis, en que términos circunscribir esta polémica.
En principio ¿cuál es la legalidad que concierne al psicoanálisis?, y además y decisivamente ¿en qué radica la responsabilidad de un analista? La práctica analítica se sostiene en un acto y éste en una ética. Sólo podemos leer los alcances de nuestra praxis por sus consecuencias a posteriori. Y si bien es cierto que no podemos controlar ni medir los efectos de nuestros actos, también es cierto que somos responsables de ellos: hacernos cargo de esto es algo decisivo para nosotros. De todos modos es importante diferenciar un error, el que quizá podría ser evaluado con el fantasma persecutorio de la mala praxis, de una falta ética. No todo error es una falta ética.

Volvemos, una y otra vez a la responsabilidad, la que nos obliga a dar cuenta de nuestra práctica de manera incesante. Seremos responsables de nuestros fallidos, no necesariamente culpables. Sabemos que en un análisis todo error concierne al orden significante: ésta es la legalidad que nos concierne. La ética del psicoanálisis sostiene la responsabilidad –no la inimputabilidad–, tanto del lado del paciente como del lado del analista, condición necesaria para que haya dialogo analítico, aunque la posición de ambos no implique ni simetría ni reciprocidad. Cabe sí subrayar aquí algo que destaca la nota periodística: ha habido una aceptación previa del paciente del tratamiento psicoanalítico y luego un reclamo de la medicación, la cual no forma parte del tratamiento. (No queda claro en el artículo periodístico si la demanda analítica está dirigida a un psiquiatra, que como médico podría responder imaginariamente a todas las necesidades del paciente o si el reclamo implica una ausencia de derivación. De cualquier manera no hace a lo esencial del caso)

Ahora bien, desde el punto de vista psicoanalítico la noción de responsabilidad supone, antes que nada, que el analizante está implicado en lo que dice y en lo que le ocurre: no podrá desentenderse de sus decisiones echándole la culpa a su inconsciente o a su neurosis, algo que se desprende de la siguiente afirmación: que en psicoanálisis el inconsciente posee un estatuto ético. En el mismo sentido y complementariamente, el analista tendrá que responder por la eficacia de una práctica que debe tener consecuencias; de lo contrario “ética” sería una palabra-valija, apta para todo uso. Lo cual trae como consecuencia que el criterio de eficacia no esté basado en las reglas del mercado –o sea, en la relación costo/beneficio– sino en la especificidad del trabajo analítico. Por ejemplo, el tiempo del análisis no se mide con valores cuantitativos, cuantificables; porque nuestra práctica maneja otro concepto de valor.
El valor de una cosa es su deseabilidad: podemos decir que el valor de un análisis reside en la “realización” de lo esperable de una cura que es, por definición, un tratamiento singular, caso por caso. Ya volveré a esto.
El artículo al que nos referimos está escrito por un abogado, que es presidente de la Comisión de Derecho y Salud de la Asociación de Abogados de Buenos Aires, y que evidentemente entiende las dificultades y obstáculos que tiene el tratamiento analítico para ser evaluado legalmente. Con mucha agudeza plantea, respecto a la eficacia:

“¿Cómo evaluar el estado anterior del paciente, sus deseos y sus proyectos previos? ¿Cómo garantizar la seriedad de un juzgamiento ex post, en un tratamiento basado en la palabra?” Y agrega: “A un terapeuta sólo puede exigírsele prudencia y diligencia según las leyes del arte de su profesión, nunca resultados.
Luego de más de diez años de tratamiento, ¿cómo evaluar la relación casual entre el daño y la conducta imputable? o, ¿cómo determinar que se han incumplido los deberes de cuidado que impone la actividad?” Como vemos, otra vez se impone el complejo tema del vínculo entre la eficacia y la cura.
Sabemos de las dificultades en la conducción de la cura, sabemos también de las dificultades inherentes al concepto de cura. ¿Qué criterio de cura se pone en juego desde lo social? Vivimos en una sociedad que exalta el éxito a cualquier costo como ideal. Tal exaltación desconoce el malestar constitutivo de la cultura y aproxima, de un modo extremadamente peligroso, la patología con la falta que es constitutiva de la estructura psíquica, creyendo que si elimina lo mórbido también elimina la falta. No extraña, entonces, que la concepción social de la cura tienda a pensarla como la “erradicación del Mal”. Cuando hablamos de malestar, nos referimos a su acepción estrictamente freudiana: el conflicto como constitutivo de la legalidad humana. Es en este acontecer de la dramática humana, que el analista intenta rescatar lo que podríamos denominar “la dignidad del síntoma”, frente a la “pobreza de la inhibición” que es en verdad –esta última– el paradigma del arrasamiento subjetivo.

El síntoma, psicoanalíticamente hablando, no es sólo lo que un sujeto padece, no sólo es “la causa” de su sufrimiento, es, fundamentalmente, lo que sostiene a un sujeto en tanto deseante. El psicoanálisis no piensa la cura como algo destinado a erradicarlo, porque la cura es, precisamente, el despliegue transferencial del síntoma que busca el cambio de posición subjetiva, cambio que permitirá el alivio o el abandono del sufrimiento, sin que se intente la erradicación del Mal.
Sin promesas de rápida satisfacción, podemos darle a la palabra otro valor, no como instrumento de la expulsión, de la catarsis, sino en la imbricación que ella posee con la vida: en el hablar cada cual se enreda de un modo particular en la vida. Reconocer este lugar implica que haya un costo y ese costo es la angustia. O sea: no le imponemos al sufrimiento del sujeto el imperativo moral de la desaparición. Sólo así podemos decir, con Freud, que el psicoanálisis ayuda en esta tarea de soportar la vida.

Nota: Panel “Mala praxis y secreto profesional” en las Jornadas Nacionales de Psicología Forense en Rosario (2007).

http://www.clarin.com/diario/2002/08/27/o-01902.htm
 
 
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