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   Colaboraciones exclusivas

Lo (anti) social
  Por Victoria  Bubien  y Martín Conte Mac Donell
   
 
Compartir un secreto es no saber o romper el secreto,
es compartir no se sabe qué: nada que se sepa,
nada que pueda determinarse

Jacques Derrida 1


Atravesados por la comunicación y en el auge de su era, nos vemos obligados a desatender el silencio que nos es propio. En este abandono, no queda lugar para la pregunta, para la expedición. Para encontrar la verdad, de acuerdo a los pensadores de la sospecha, habría que saber mirar de cierta manera, buscar, desconfiar, escarbar. En suma, emprender una campaña arqueológica que logre extraer de las cosas (y del prójimo) lo que ocultan. Sin embargo, en los últimos tiempos, esto parecería haber cambiado. De alguna forma hemos recobrado una confianza en lo visible, en lo expuesto, con el advenimiento de lo que Baudrillard llamó el éxtasis de la comunicación: una sobresaturación de información, en la que todos y cada uno nos vemos empujados a exponer una supuesta identidad tomando ventaja de las herramientas sociales que se proveen en Internet con el noble objetivo de “estar comunicados”. Ya no hace falta develar misterios, todo está a la vista.

Nuestra propuesta consiste en repensar cómo esta promesa de conexión y amistad encarnada en las redes sociales que la tecnología cataliza, afecta a la relación con el otro. Es claro que dicha promesa logra un gran poder de convocatoria: los sitios más populares son aquellos embanderados con “lo social”, pero... ¿podemos considerarlos sociales?

A la vez que prometen acercarnos al prójimo, estos sitios paradójicamente se centran en el Yo: en ellos somos invitados a exhibir una supuesta esencia de lo que somos. Se construye una asociación implícita entre “estar conectado” y sumar metonímicamente una información extra, un dato más sobre nuestra persona, con la creencia en que de esta adición arbitraria emergerá la verdad de mi ser. La amistad es concebida desde el plano de la información transmitida, de qué tan prolífero, constante, exhaustivo se pueda ser a la hora de definirse ante el otro.

Pero partiendo del fortalecimiento del Yo, el abordaje de la relación con el otro, más aun, de la amistad con el otro, no podría darse más que como mera identificación histérica, en un plano puramente imaginario. Desde el psicoanálisis sabemos que una palabra de más es también una palabra de menos: algo del sujeto se resiste a ser simbolizado. Al fin y al cabo, verse solo a sí mismo es una modalidad de ceguera. Aun más lejos, esa producción de saber sobre sí, esa prestancia fálica, además de ilusoria, es una de las formas de la esclavitud y del padecer del sujeto: los calificativos, las etiquetas y rasgos se constituyen en ideales a los que ahora el sujeto se ve compelido a sostener.

La exhibición del Yo se convierte en una demanda de reconocimiento, un pedido de atención, un pedido de autorización al otro. La flecha hacia el otro queda trunca en una identificación, el sujeto queda encerrado en un espejo que le devolverá una imagen más o menos amable, pero que lo alejará del encuentro con el otro, el otro de lo verdaderamente social.
El narcisismo estructural en los sitios sociales hace que los vínculos se den y se sostengan a partir de lo que hay en común. En ellos pareciera ser aun más difícil transitar por el terreno del otro sin el fantasma del semejante. Podríamos pensar que lo que está en juego aquí es la capacidad de sostener la singularidad sin apelar a la identificación histérica, sin quedar determinado por el fantasma. En suma, cómo sostener el deseo sin recurrir a satisfacer la demanda del Otro.

Estos sitios instalan además una economía de la reciprocidad entre partes equivalentes de una ecuación especular. La amistad pasa a ser algo que se otorga en un clic, pero sobre todo, pasa a ser considerada como algo que se tiene, algo que se da. Aquello que se da entre semejantes, espera retribución: segundo tiempo del intercambio, una devolución gratificante y plausible de ser medida. Por nuestra parte creemos que el verdadero encuentro con el otro debe ser más allá de todo cálculo, más allá de la totalidad calculable como figura de lo mismo. La verdadera alteridad será aquella que preserve la asimetría, que haga una apuesta incalculable por el otro. Baudelaire advierte con justa razón: si se da una moneda esperando algo a cambio, esa moneda es falsa.

Otro punto a considerar es cómo la concepción de la amistad invita a tener la mayor cantidad de “links” posibles. Hay un valor en la cantidad, en cuán cerca del ideal se puede estar y cuánta gratificación puedo extraer de mi pseudopresencia en Internet. Hay una aspiración de totalidad, de suspender tiempo y espacio en una ilusión de conexión absoluta. Pero esta totalidad olvida la singularidad. El ruido satura y hace desaparecer el valor de la enunciación.

A partir de los mencionados vicios de la amistad en su versión 2.0 podemos ver que la misma está muy lejos de la utópica relación más allá del uso, más allá del valor de cambio y la equivalencia. Muy lejos de la lógica sacrificial del don que permitiría que a partir del encuentro con el otro singular, en un verdadero acto, algo del sujeto cambiara irreversiblemente. En síntesis, muy lejos de la amistad.

Es en la posibilidad del secreto donde volverá a residir algún día la verdad de lo social, aun cuando el secreto no sea otro saber que el de lo que no existe. La clave permanecerá en el acto de dar y no en aquello que se da. Lo propio será inscripto solo en lo no devaluable, ajeno a todo cálculo de reciprocidad. Porque tal vez compartir no sea más que dejar la huella de una ausencia.




1 DERRIDA, Jacques: "Dar la muerte", Editorial Paidos, 2007

Bibliografía:

BLANCHOT, Maurice: "El paso (no) más allá; Editorial Paidos, 1994
AGAMBEN, Giorgio: "Profanaciones", Editorial Adriana Hidalgo, 2005
DERRIDA, Jacques: Políticas de la amistad, Editorial Trotta, 1998
 
 
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