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   El dinero en psicoanálisis

Acto de amor, Acto de pago
  Por Raúl Yafar
   
 
Narcisismo, Don y Duelo: Tomemos el tema freudiano de tener o no tener y, a partir de allí, si se puede o no dar. Resultan cuatro posibilidades, como ha señalado Lacan. Las dos primeras: 1) “dar lo que se tiene”, en el terreno de la potencia o de 2) “no dar lo que se tiene”, que circunscribe el horizonte de la frustración de amor. En ambas, lo que solemos denominar capricho del Otro.
Estas dos fórmulas, complementarias, definen al amor en su faceta narcisista, objeto de las más intensas idealizaciones y mistificaciones. Una de ellas: la fantasía obsesiva de “oblatividad” que los analistas franceses describieron para su ideologización. Lacan fue muy crítico de esta noción. Se ha encargado en su obra en destacar que la generosidad del filántropo, del reformador, del idealista, implican agresividad y subordinación. Detrás de la aparente­mente “genuina” donación se espera un reconocimiento y un control del otro. El oblativo “pasará a cobrar”, pues se trata de cálculos y negocios más o menos desembozados.

¿Cómo aparece el amor narcisista en el psicoanálisis? En ese fenómeno que inicialmente, para Freud, fue un estorbo: la transferencia. Lacan la redefinió como “engaño” del amor, intento de ocultación de un deseo (del Otro) angustiante. La ilusión de intersubjetividad que propone y la insatisfacción terminal a la que se arriba son expresión de la relación especular.
El analizante ama (u odia) para ser amado (u odiado) ansiando reconocimiento. Es un don interesado. Amando al Ideal que el analista encarna conseguirá la restitución de su imagen en falta, es decir, la identificación idealizante al analista. El tema del acting-out, es decir, el agieren freudiano y su resistencia ilustran el punto de los escollos en la cura.

¿Qué busca este amor? Las deudas inmanejables del deseo son reducidas a heridas que se intentan saldar con una retribución, se trate de favores amorosos, econó­mi­cos o espirituales. Las negociaciones deben ser “equitativas”. El temor constante del oblativo es el mal negocio, el “quedar pagando”, el perder en la negociación. El sacrifi­cio apa­ren­te espera retribución posterior. De allí la dimensión del interés. Pido (o doy) que me pi­dan (porque daré), pero entonces me deben. Porque el Otro indudablemente... “debe” dar lo que “tiene”.

Es claramente un logro importante de un psicoanálisis la introducción de una tercera fórmula. Dura de atravesar, abre hacia una dimensión muy distinta. Se trata de “no dar lo que no se tiene”. Se introduce una asunción de la dimensión de lo imposible como tal, apaciguando al imaginario preponderante en las dos anteriores.
Digamos que el deseo inconsciente tampoco “se tiene” y que su apropiación subje­ti­va­da es un pasaje crucial en la cura. El eje de la subjetivi­dad ha pasado del narcisismo a la instancia del deseo, que interpela al sujeto. Estamos en el trabajo de duelo.

El lector intuirá una cuarta fórmula, que es “dar lo que no se tiene”, a primera vista paradójica. Es ésta la del amor no-narcisista, que tantas discusiones genera. La clínica muestra que es imprescindible postularla para entender la constitución del sujeto del deseo.
Contrapongámosla a lo anterior: no se gana nada, el favor no es equitativo sino gratuito, es un gesto hecho porque sí. No se trata de dinero o de goce sexual: no depara satisfacción pulsional. En la escena no hay frustración ni agresividad posibles: los hechos acontecen o no… y el resultado no es modificable. Incluso no es retribuible.

Ejemplos menores: sabemos lo incordioso que es olvidar algo en un colectivo o en un taxi o que extraviemos un papel importante o una prenda de vestir cuando vamos apura­dos por la calle. Aquel que nos avisa en tales circunstancias, que evita esa pérdida, ejerce una cierta gratuidad del dar, no “gana” nada con hacerlo.
Vamos más lejos: quien ayuda a otro a que emigre o que renuncie a una actividad compartida, en la que el donador aprecia la presencia del otro, pero donde es obvio que éste último no se encuentra ya cómodo, deseoso o directamente beneficiado. Sin detenerlo, legitima- propicia su partida. Se juega de este modo aquí la capacidad de ceder, de renunciar. Pero no sólo, pues hay don activo.

Se podrá decir que en estos ejemplos hay ínsita una identificación narcisista: “me duele en él, al verlo perder algo, lo que me dolería a en su lugar”. ¿Valdría como modalidad socializada del altruismo, de “buenas acciones” típicas del boy-scout? Creo que esta identificación es más compleja y no implica exclusivamente beneficio fálico. Es decir, no la consideremos una muestra más de “caridad cristiana”: vale la pena destacar en ella otro sesgo, que llamaríamos juntura en el dolor entre semejantes. Se sitúa en un sentido opuesto al de la codicia e implica una humanidad no imaginaria, morigerada no sólo por lo simbólico sino por el enclave real más radical.
Este acto contingente recorta al sujeto del otro, instalando una disparidad subjetiva: quedan irremisiblemente abismados. Pero contactados por un instante en ese hueco fugitivo de la existencia. Se produce un signo de amor.
Como se ve, el duelo de la tercera fórmula es la contracara del amor de la cuarta. Antes se expresaba la po­ten­cialidad creadora-mortífera del deseo. Ahora en su seno el amor como don habi­ta: hay metáfora creacionista en estado puro.

La intrincación es porque la tercera fórmula deja el terreno yermo, pero listo para la cuarta: desde lo imposible el amor florece renovado, elevando la potencia del sujeto.
Lacan comenta en su Escrito sobre el Espejo: “el amor” −como cesión− “corta de tajo el nudo” −el “empaste” transi­tivista− “de servidumbre imaginaria” −la reciprocidad de los dos yoes−, dejando un saldo de vacío, dentro del cual un aura de encuentro celebra la potenciación del deseo.

Si el engaño amoroso es nudo resistencial, el Deseo del Analista corta la dependencia del analizante a la Demanda del Otro, reconduciéndolo a subjetivar su goce pulsional.

El tema del dinero y el acto: pago y cobro en psicoanálisis: Pensemos las relaciones entre el acto de amor y de pago. La moneda es un elemento que puede llegar a significar, para empezar, dos cosas:
1) Puede representar un medio de intercambio, parametrizando el valor y la equivalencia −como lo hace el patrón fálico−. Ser un sostén de la compraventa de los bienes y de la reglamentación de los trueques. Ser el gran distribuidor por el que las cosas valen lo que valen de acuerdo a los movimientos de un mercado, con su resultado de “saldo cero” al final de cada transacción −en el horizonte comercial se trata de ganar lo máximo y perder lo mínimo, y “si salimos hechos” la maniobra no “costó” nada−. En todo caso, nunca hay duelo o pérdida pura, sino perjuicio económico o beneficios al término de cada operación.

2) Puede funcionar como marca de ese acto significante que llamamos pago, fundando la posibilidad actual de un deseo. Implica un duelo, es la confesión de una disponibilidad del sujeto −dirigida hacia lo Otro− que anida en él. Cada cesión −como cada sesión− siempre cobra su objeto −no es el analista “el que cobra”, pues sólo está allí para “hacer pagar”− que se pierde irrecuperablemente en cada trayectoria pulsional.

Por supuesto que estas dos dimensiones se yuxtaponen, produciéndose deslizamientos de sentido −incluso contradicciones− en las diversas estrategias de la neurosis:
1) Muchos sujetos se desprenden burocráticamente del dinero para no pagar con su deseo, tapan las demandas no abriéndose hacia ningún elemento que signifique una verdadera pérdida. Ese “pagar” no los afecta y, si se quejan, es por lo “elevado” del costo y no por la angustia.
2) Otros sólo creen que no pagando nada de lo que reciben −atesorándolo− ni de lo que dan −custodiándolo− se confirma el valor de sus actos. Vemos que la retención y su contrapartida, la expulsión −cuestiones ligadas a lo más imaginario de la analidad−, son distintas a la cesión de un objeto que caracteriza al duelo.
3) Algunos sujetos quieren pagar “adelantado” para anular toda sorpresa posible y mantener endeudado y controlado al analista.
4) Otros no quieren pagar “vez por vez” porque resta “afectividad” al encuen­tro.
5) Algunos pagan, buscando que no les cueste analizarse, muy poco o demasiado.
6) Unos pueden hablar sólo si no deben nada, mientras otros se endeudan periódicamente, para pagar más tarde en “bloque” y obtener un lugar más aliviado −recreado en cada ocasión− para su palabra.

Es decir, nos enfrentamos a múltiples conflictos sintomáticos con el dinero, que no son solamente producto de las dificultades económicas.
Por otro lado, este modelo neurótico-especulativo, encuentra en el psicoanálisis su correlación teórica en el aspecto llamado económico −no casualmente−, tópico que a Freud le pareció fundamental desarrollar. Estamos hablando de las cuestiones ligadas a las investiduras, que son, propiamente hablando, “inversio­nes” energéticas que el sujeto realiza. Auténticos balances amorosos que el sujeto contabiliza desde y para los intereses del Yo.
Entonces en el predominio de la oblatividad económica el énfasis está puesto sobre el dominio yoico, no sobre el deseo inconsciente. El amor es un aparato de agresión velada. Por eso, la justicia aparece como la salvaguarda de la agresividad. Cuando ya no la hay, los novios se separan o los socios se distancian. Se produce la equitativa “devolución y repartición” de los objetos y valores.
De todos modos, pese a estas intencionalidades y resguardos paranoides, existen sin embargo momentos amorosos irrepetibles que no se pueden devol­ver, que “no se pagan con nada”, por más que los ex-amantes lo pretendan. Mo­men­tos que sobreviven intersticialmente a los hechos del egoismo.

Balance es lo que propone el narcisismo, amor de mediciones. No hay lugar para la potencia de dar desde una falta. No hay espacio para amar desde lo que no se tiene, desde lo que se otorga a pura pérdida, cuando la “retribución” del afecto es imposible. Pues amor con resto perdido es amor ofrecido de sí (soi). Amor sin reintegro, amor-acto, sin el peso del pasado y sin esperanza futura, puro presente. Un duro e implacable instante: nada más.
Pasemos al segundo aspecto del uso del dinero. Si un sujeto insiste en solicitarle al analista sólo un “servicio-de-pago-y-cobro”, no hay instauración del amor de transferencia, pues no hay depósito del objeto fantasmático en la persona del analista. Ese sujeto “cual­quiera”, en la consideración del todavía “paciente”, debe pasar a encarnar lo absoluto del deseo… instituyéndose entonces la dupla analista-analizante.

Es obvio que no se cambia de analista todos los días, pero sí se interconsulta a varios profesionales de la Medicina. El problema que enfrenta cada analista es entonces cómo diferenciarse especificándose.
¿Cómo no reducir el pago al “cobro” de un servicio, cómo ir más allá de una “tarifa”? Si el cobro y el pago son recíprocos y complementarios, los servicios se retribuyen solamente gracias al equilibrio. Pero esto no es el pago simbólico en un análisis. Es confundir el pago con una función social, que se complementaría con el cobro del analista. El sujeto piensa que si paga es porque el analista cobra. Sitúa el acto de pago en el eje de la relación especular. Por ello protesta: si le “duele” pagar… es porque al analista le “gusta” cobrarle. Esta es meramente la dimensión imaginaria (social) del pago.

Aquí el dinero tiene valor de intercambio equitativo, ingresa en la dupla falo-castración imaginarizadas, en la disputa sobre quién es el fálico que recibe el objeto y quién el castrado que termina perdiéndolo en ese enfrentamiento. Como siempre cierta imparcialidad “tarifaria” atem­pe­ra los ánimos exaltados.

El pago simbólico es otra cosa. El pago es marca de la castración simbólica, es signo de la instauración de un lugar, alojamiento para la palabra que, de este modo, se abre a una zona de inter­pe­lación del sujeto. El acto de pago en psicoanálisis no implica una operación comercial. Si bien aceptamos que vivimos en sociedad y que el psicoanálisis también es una “profesión”, un medio de ganarse la vida, ésta no es la dimensión analítica de la cuestión.
En el pago se instaura un pacto de posibilitación de la palabra, del que cada cual debe apropiarse. En el análisis, de este modo, el pago debe operar enmarcando un acto castrativo. Entonces, instituida esta dimensión se posibilita la interpreta­ción, que se ubica más allá de la alternancia de presencias y ausencias concretas y físicas −por eso se pagan las ausencias en análisis, como marca del pacto y no por necesidad económica del analista−.

La cuestión es cómo trabajar para que el pago pierda su valor de ecuación distributiva. Ir más allá de que el analista necesite o no el dinero −puede haber recibido una herencia importante o puede necesitarlo imperiosamente para pagar cuentas del consultorio−. ¿Cómo hacer para que en un análisis el dinero tome otro valor, mudo y constante, que no sea el chisporroteo transferencial exaltado de las significaciones fálicas? El acto repetido del pago legaliza la secuencia de la transferencia.

Apuntemos un último tema: si ésto ha ocurrido plenamente… se ha instalado en el horizonte la posibilidad del paso terminal, que es ir más allá del pago mismo, cuando ya no haya nada que pagar, pues la deuda del deseo es impagable. Esto atañe no al inicio del análisis, sino a su final, cuando el analista semblanteará la caída de ese objeto donado por el analizante, causa de deseo que él desconoce, y que revelado, ahora se pierde.
Llegar a ese lugar posibilitante del corte definitivo no se logrará mediante una dimensión de la ley que opera sólo según “justicia”. La castración como operación sobre lo imposible correlaciona otro aspecto de la función paterna con la posición del analista. No se tratará de la acción del Padre Simbólico, repartidor de las frustraciones cotidianas, posición que el analista no debe ocupar, sino del Padre en tanto agente real de la castración.
Algún día esta instancia se disuelve y el analista resta como un “impermeable viejo” (Lacan), que ya no tiene sentido usar. Ha quedado fuera del valor de cambio. No se reprime sino que se olvida, lo cual habilita un espacio para la renovada memoria del deseo.
 
 
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