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   El dinero en psicoanálisis

El sueño de Freud: dinero y sujeto psíquico
  Por Juan Carlos Volnovich
   
 
Freud tuvo un sueño… llegará el día en que el psicoanálisis estará al alcance de los pobres; llegará el día en que el Estado se hará cargo de la salud mental de la población; llegará el día en que el psicoanálisis será gratuito.1 Seguramente no es una casualidad que ese sueño haya salido a la luz en el V Congreso Internacional de Psicoanálisis de Budapest el 29 de Octubre de 1918. La Guerra, la Gran Guerra aun estaba allí, pero los estragos de la Guerra aun no habían sido contabilizados. El trauma psíquico, la neurosis de guerra, los efectos de la trinchera fueron los grandes protagonistas del Congreso donde Freud −con un hijo prisionero y una economía en bancarrota− se atrevió a soñar el futuro del psicoanálisis en clave socialista. Es cierto que por entonces el clima de época ayudaba: Alemania y el Imperio de los Habsburgo se hundía2 mientras Hungría albergaba un gobierno comunista −efímero, sí− pero que veía con muy buenos ojos a su Ferenczy.3 El clima de época ayudaba y pedía a gritos un psicoanálisis de emergencia para atravesar las turbulencias de una sociedad −una cultura, diría− en crisis.4

Pasaron ya más de 90 años de aquel Congreso. El psicoanálisis se expandió, y acompañó la evolución del Capitalismo en todas sus manifestaciones y, en cierto sentido, hasta la década del ’70, hasta que la reconversión neoliberal de la economía mundial nos llevó al borde del abismo, el Estado Benefactor intentó hacerse cargo de aquella profecía. Y la cuestión del dinero, del pago de los honorarios, del resguardo de la profesión, nunca fue descuidada. Tanto desde las instituciones psicoanalíticas encargadas de administrar el legado freudiano (IPA) como desde la doctrina lacaniana la cuestión del dinero como pago por sesiones ha tenido un lugar privilegiado en las reflexiones teóricas, en sus implicancias clínicas.5

En cierto sentido yo tuve el privilegio de protagonizar el sueño de Freud. Durante los ocho años (1976-1984) que trabajé como psicoanalista en Cuba, en el Servicio de Psicopatología del Hospital Pediátrico William Soler de La Habana, recibí mensualmente un sueldo que me pagaba el Estado.6 Y, quienes se analizaban, sabían que tenían derecho a recibir esa asistencia y sabían, también, quién me pagaba por eso.
Pero ya antes, a finales de la década del ’60 y comienzo de los ’70, había tenido una experiencia semejante. En el Servicio de Psicopatología del Policlínico de Lanus7 analizaba niños8 sin cobrar honorarios. Sólo que, en aquel entonces, analizar gratis por la mañana −mientras por la tarde cobraba altos honorarios en mi consulta privada− suponía cobrar en capacitación. El Estado me pagaba con dinero en Cuba y el Estado me pagaba con “formación” en Lanús. No obstante, el Estado como garante intermediario entre analizado y analista, siempre fue destinatario de recelos y sospechas.

El psicoanálisis se expandió, y acompañó la evolución del Capitalismo en todas sus manifestaciones. El Capitalismo triunfó9, se globalizó, y nos encontramos con un sujeto cada vez más evaluado por su desempeño, por sus éxitos y sus claudicaciones, y menos, por la subjetividad que lo atraviesa.

En la situación analítica −en ese espacio privado donde todo pasa sin que pase nada− en ese espacio íntimo destinado a ser escenario privilegiado para que aparezca la parte del sujeto que −siendo muda− lo determina; allí donde emergen los núcleos de insensatez que hacen posible la manera singular en que se expresa la cordura; allí, de entrada, hacen su aparición triunfal los números. Número de sesiones semanales o mensuales, horarios y… honorarios. El análisis comienza por los números, números que decidirán acerca del proceso. Y ésto es así porque la aparición de los números trae, junto al contacto con la realidad, la presencia del Mercado que tiende siempre a deslizar al analizando a la posición de cliente y, al analista, a la posición de prestador de un servicio. De modo tal que el psicoanálisis: el edificio teórico más complejo e inteligente para el abordaje crítico de la subjetividad; el último de los metarrelatos de la modernidad que aún permanece en plena producción, no se salva de contribuir, tal vez involuntariamente, a las imposiciones de la época.

“Nadie accede al estatuto de sujeto sin antes convertirse en un producto de consumo”10 de modo tal que, triste es reconocerlo, si en nuestra época el fetichismo de la mercancía se ha visto desplazado del objeto al sujeto, cerrando así la cápsula ontológica del modo de producción capitalista que nos tocó vivir, nuestros analizados y nosotros mismos circulamos como sujetos-mercancías cuyas funciones y cualidades responden disciplinadamente a la mercadotecnia11. Es por eso que un abismo separa el sentido previsto para la clínica del sentido que la clínica ha ido adquiriendo en el mundo capitalista donde el intercambio comercial disputa el lugar de privilegio a la elaboración simbólica del trauma y al interrogante que el síntoma instala. Por supuesto que son las condiciones materiales las que fundan el proceso. Siempre lo han sido. Eso no ha cambiado. Por supuesto que la economía del dinero y la economía libidinal han estado presentes desde el nacimiento del psicoanálisis. Si bien horarios y honorarios jamás estuvieron ausentes de las reflexiones clínicas y teóricas desde Freud hasta la actualidad12, ambos habían quedado subordinados, justamente, a la reflexión teórica y a las contingencias clínicas. Me pregunto si aun hoy en día son los flujos mercantiles los que tienden a decidir acerca de las reflexiones teóricas y las contingencias clínicas. Y la respuesta va por la negativa, pero son los flujos mercantiles los que tienden a diluir las reflexiones teóricas y las contingencias clínicas. Porque la nuestra tiende a ser una cultura sin Otro. Al menos, sin un Otro simbólico ante quien el sujeto pueda dirigir una demanda, hacer una pregunta o presentar una queja. La nuestra tiende a ser una cultura colmada por Otros vacíos13.

No hay Otro en la cultura actual y todavía está por verse si el Mercado reúne las condiciones de dios único, capaz de postularse para ocupar el lugar vacante que el Otro tuvo en la modernidad. Más bien parecería que los nuevos tipos de dominación remiten a una “tiranía sin tirano”14 donde triunfa el levantamiento de las prohibiciones para dar paso a la pura impetuosidad de los apetitos. El capitalismo ha descubierto –y está imponiendo− una manera barata y eficaz de asegurar su expansión. Ya no intenta controlar, someter, sujetar, reprimir, amenazar a los individuos para que paguen y obedezcan a las instituciones dominantes. Ahora, simplemente destruye, disuelve las instituciones de modo tal que los sujetos quedan sueltos, caen blandos, precarios, móviles, livianos, bien dispuestos para ser arrastrados por la catarata del Mercado, por los flujos comerciales; listos para circular, ser consumidos, y ser descartados de prisa15. La cultura actual produce sujetos flotantes, libres de toda atadura simbólica.

Si mi afirmación tuviera algo de verdad, si no hay Otro en la cultura actual, el desafío que se abre a las puertas del análisis, adquiere un valor definitivo porque lo que se juega allí es, justamente, la posibilidad de sostener un espacio de resistencia al desmantelamiento simbólico; una invitación a resistir el arrasamiento subjetivo; tomar distancia del vértigo indetenible que imponen los flujos consumistas; paradójicamente, a consumir psicoanálisis para poner distancia respecto de los imperativos que nos quieren productivos, eficaces, exitosos, acríticos y líquidos.

Si bien la presencia del Mercado tiende siempre a deslizar al analizando a la posición de cliente y, al analista, a la posición de prestador de un servicio, el trato que en el análisis se inaugura es enteramente diferente a cualquier otro. Es un trato de palabra; es un contrato anacrónico si se quiere: corresponde a una época donde la palabra, la palabra de honor, valía tanto o más que cualquier papel firmado. Época en la que no era necesario firmar papeles pero que, cuando aparecían papeles firmados (el dinero, por ejemplo), valían para siempre por que tenían respaldo en oro y porque estaban garantizados por el poder de un Imperio acreedor o por la fe en Dios (in God we trust). Hoy en día el Imperio acreedor es el principal deudor del mundo y la palabra de honor no tiene el valor que supo detentar en el pasado. No obstante, en el análisis, la palabra, aún vale. El contrato analítico es un acuerdo de palabra donde cada uno confía en la honestidad, en la decencia del otro.

Así, hoy en día, el análisis cumple con el delicado trabajo de invitar a un sueño, de ilusionar otro universo, de proponer un juego que, desde el seno mismo del torrente mercantil, a la velocidad que los flujos imponen, pueda construir una isla, un mínimo dispositivo simbólico, un acuerdo tan sólido como flexible para, desde allí y con esos recursos, hacerle frente al dolor y al sufrimiento que la adaptación al sistema no sólo no ha logrado atenuar, sino que aporta como plus, como malestar en la cultura. Hoy en día, el espacio de la clínica debería estar al servicio de la imaginación, de la denuncia de la naturalización del consumo (incluido, claro está, el consumo de psicoanálisis); al servicio de sembrar la ilusión de un tránsito habitable con peso y valor crítico por el mundo. En última instancia, la desaceleración del flujo soportada por la transferencia. Pero no sólo la transferencia del analizando y la transferencia recíproca del analista, sino la transferencia, siempre asimétrica, de ambos con el psicoanálisis. Porque el psicoanálisis deviene en un espacio digno que en potencia es irreductible al precio. La dignidad del psicoanálisis, esa parte pequeñita que hace alusión más que evidencia, no encaja en el flujo comercial, no le es funcional al Mercado porque no tiene precio ni equivalente.

Así, la transferencia con el psicoanálisis se presenta como esa tabla salvadora, tabla flotadora que, en parte, resiste al torrente devastador y, de esa manera, autoriza a cada uno, a cada una, a defender su lugar, a registrar y usar los propios recursos, a apropiarse de su talento. “En tiempos de información, la velocidad de imágenes es arrasadora; por consiguiente no puede constituirse la subjetividad ni la experiencia si no se producen las operaciones pertinentes de desaceleración del flujo.”16 No obstante, la clínica corre el riesgo de quedar prisionera de la lógica capitalista que convierte la escucha en servicio que se brinda al mejor postor. Escucha e inconsciente del analista que se ofrece, que está en oferta, dispuesta a competir con otras ofertas: terapias alternativas, libros de autoayuda, pertenencia a alguna secta, creencia religiosa, los psicofármacos, siempre.

Si hasta ahora la clínica estaba allí para incitar a la emancipación respecto del Otro (los dioses, los amos, el poder del superyó), ahora debería aportar al proyecto de ligar al sujeto descolgado, al sujeto “neoliberal”, tan libre de ataduras como expuesto a la crueldad que supone la dominación económica y social de los mejor adaptados; ligarlo a un cuerpo simbólico cuya construcción pasa pura y exclusivamente por el análisis. Lo simbólico no tiene por qué quedar reducido a lo legal, a la normatividad dogmática de la sociedad. Dicho de otra manera: la obediencia a las reglas no garantiza que la clínica cumpla con su función de “rectificación simbólica”17.

Esto es así no sólo para el posible analizando sino, también, para el analista. Porque el caso es que los flujos capitalistas arrastran y atraviesan todo el dispositivo y, en la actualidad, el analista concurre a la cita tan frágil y precario como sus pacientes: sin Freud y sin Lacan. Con sociedades psicoanalíticas detrás, sí. Con voces ecolálicas del muerto, sí. Desde dentro de la esfera de influencia de empresas y empresarios del psicoanálisis, sí. Pero, sin Otro.
Hace ya muchos años que Serge Leclaire18 alertó acerca del “cerrojo incestuoso” de Freud y del “cerrojo narcisista” de Lacan. El “cerrojo incestuoso” de Freud, la IPA, el Estado psicoanalítico efecto de la parte impaga del legado de Freud (Anna Freud y la tendencia endogámica en las primeras épocas del psicoanálisis); y el “cerrojo narcisista” al que Lacan contribuyó proponiéndose como ídolo unificador y regulando el sistema a partir de las relaciones siempre entre los mismos consagrados. Pero ahora, sin Freud y sin Lacan, sueltos y descolgados, somos los mismos analistas los que corremos el riesgo de dejarnos tentar por el dogma o por la burocracia para atenuar el dolor por la ausencia del Padre; somos los mismos analistas los que, libres y huérfanos, quedamos expuestos a las delicias de la democracia del vale todo y del vale todo por igual. Nosotros, también. Clientes potenciales, libres de elegir entre las ofertas del Mercado. Individuos flotantes, abiertos a todas las presiones consumistas.

Esto no es nuevo. Remitir al sujeto a su propio deseo ha sido desde siempre, anhelo del psicoanálisis y es probable que ese acto fuera en alto grado subversivo en los regímenes en los que el sujeto estaba simbólicamente sometido al Otro. Pero, en nuestras democracias de Mercado, donde todo reposa al fin de cuentas en el individualismo más condensado, ese criterio corre fácilmente el riesgo de transformarse en una iniciativa reaccionaria, al servicio de la adaptación sumisa al sistema. Ese gesto psicoanalítico de remitir al sujeto a su deseo plantea hoy un serio problema político, puesto que lo que está en juego es la supervivencia y el destino de la especie.


____________
1. Freud, S: “Los caminos de la terapia psicoanalítica”. O.C., Biblioteca Nueva. Madrid. 1973.
2. “No derramo ni una sola lágrima por esta Austria ni por esta Alemania” Carta de Freud a Eitingon 25 de Octubre 1918.
3. Antes había aconsejado a Ferenczy retirar su libido de la patria y transferirla al psicoanálisis para beneficio de su equilibrio mental. Gay, Peter: Freud, una vida de nuestro tiempo. Paidós. Buenos Aires 1988.
4. Freud vivía, entonces, de pacientes extranjeros que le pagaban en dólares o en libras esterlinas. Gay, Peter: Freud, una vida de nuestro tiempo. Paidós. Buenos Aires 1988.
5. Imago Agenda le ha dedicado varios números y un significativo espacio al tema.
6. En aquella época el sueldo de los médicos especialistas, como el de los pilotos de avión, era significativamente elevado comparado con otros profesionales.
7. Dirigido por Mauricio Goldemberg. Aurora Pérez era la Jefa del Departamento de Niños
8. Acerca de los supuestos cognitivos que habitan a l*s psicoanalistas de niñ*s acerca de la noción de dinero, sugiero:
Ferreiro, Emilia; Volnovich, Juan Carlos: Problemas de la Interpretación en Psicoanálisis de Niños. Gedisa. Barcelona. 1981.
Ferreiro, Emilia: “Cálculo con dinero y cálculo escolar con chicos de villa miseria.” Serie Investigaciones. Número 3. Producciones Editoriales IPSE.
Ferreiro, E. “El cálculo escolar y el cálculo con dinero en situación inflacionaria”, en Proceso de alfabetización. La alfabetización en proceso, Buenos Aires, 1986.
Delahanty, Guillermo: Génesis de la noción de dinero en el niño. Fondo de Cultura Económica. México 1989.
9. Afirmo, sin reparo alguno, que el Capitalismo no ha fracasado. Aun en el momento actual, cuando la así llamada crisis de los mercados parece envolvernos en una catástrofe infinita. Quienes hablan de fracaso han perdido de vista que el Capitalismo funciona así, contribuyendo a mantener la ilusión de un sistema que, de haber funcionado bien, habría evitado el desastre que vivimos en la actualidad –y qué sólo augura tiempos peores–. Funciona así, y ha triunfado porque logró instalar en el imaginario social su condición de único sistema posible, de modo tal que las crisis por las que atraviesa (que ponen a la humanidad en riesgo de arrasamiento material y simbólico), vendrían a ser el resultado de su falla y no de su “naturaleza”. Así como Marx sostenía que todo sistema lleva en su seno las fuerzas que le son antagónicas, el Capitalismo triunfa cada vez que logra reforzar la idea de que lleva en su seno las fuerzas que se encargarán de salvarlo. De modo tal que sobre el psicoanálisis ha caído antes, y vuelve a recaer ahora, la enorme responsabilidad de posicionarse frente al Capitalismo.
10. Bauman, Zygmunt: Vida de consumo. Fondo de Cultura Económica. 2007.
11. Lacan, J: L’envers de la psychanalyse. Seuil. París. 1991. En la lógica capitalista el esclavo antiguo fue sustituido por hombres reducidos al estado de productos: productos tan consumibles como los demás. El capitalismo, cuando se consuma, lo consume todo (los recursos naturales, los individuos), y no sólo al esclavo antiguo.
12. Bleichmar, Silvia: “Una cuestión que debe ser abordada sin hipocresía”. En Imago Agenda. No 88 Abril de 2005.
13. Dufour, Dany-Robert: “El carácter incompleto del Otro” En: El arte de reducir cabezas. Sobre la servidumbre del hombre liberado en la era del capitalismo global. Paidós. Buenos Aires. 2007.
14. Arendt, Hanna: Du mensonge a la violence. Calman Levy. París.1972.
15. Virilio, Paul: La inseguridad del territorio. Asunto Impreso. Buenos Aires. 2000.
16. Corea, Cristina: “Un nuevo estatuto de la lectura”. En Corea, Cristina. Lewkowicz, Ignacio: Pedagogía del aburrido. Paidós. Buenos Aires. 2004.
17. Lacan, J. Escritos I - Función y campo de la palabra en psicoanálisis
18. Leclaire, Serge: Rompre les chaines. InterEditions. París. 1981.
 
 
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