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   El dinero en psicoanálisis

La práctica clínica psicoanalítica en las instituciones
  Por Miriam Mazover
   
 
La gran cantidad de psicoanalistas que ejercemos nuestra práctica clínica en los servicios de psicopatología de los hospitales generales, centros de salud, organizaciones no gubernamentales y gubernamentales, salas comunitarias y similares –donde la muy numerosa concurrencia de pacientes vuelve necesaria la implementación de largas listas de espera–, sostenemos con nuestra práctica e investigación cotidianas que el psicoanálisis puede y es capaz de ser ejercido en las instituciones. Incluso y a pesar de sufrir permanentemente la embestida de políticas que le son sumamente adversas. Algunas de ellas toman en ocasiones estado público.
Abiertamente queda demostrado que la terapéutica psicoanalítica no es una “sofisticación” al alcance de unos pocos. Falaz argumento que, sin embargo, tantos esgrimen con la finalidad de reducir, cada vez más, el así llamado campo de la salud mental y entretanto, también, sostener la resistencia que genera un discurso que, en el corazón de su praxis, plantea que de la única cosa de la que un sujeto puede ser culpable es de haber cedido en su deseo.
Desde una perspectiva muy diferente, debemos reconocer que dentro del propio campo psicoanalítico insiste la pregunta, que se torna polémica en algunas oportunidades, acerca de si el psicoanálisis puede ser ejercido en el ámbito institucional. La interrogación se centra fundamentalmente en cómo pensar dicha posibilidad cuando dos variables tan inherentes a la terapéutica psicoanalítica como los factores tiempo y dinero, sufren –en este marco– alteraciones considerables.

Cuando un análisis es realizado en el ámbito privado no podemos anticipar el lapso de su duración, aunque sepamos que por la complejidad que reviste la trama neurótica, de consumarse a fondo, necesitará tiempos largos. El dinero queda articulado al análisis mediante el pago que el paciente le efectúa al analista.
Freud nos advirtió tempranamente del valor simbólico que posee el dinero, sin embargo es importante destacar otra faceta de carácter real ligada al pago que consiste en hacer, en transferencia, la experiencia de una pérdida –manera privilegiada de aprehender cómo se funda el deseo–. Será sólo a partir de la caída de ese particular objeto que en el fantasma neurótico, masoquísticamente, se es para el Otro, que la pulsión que hasta ahí permanecía fijada a él podrá volver a encontrar un cauce, enlazada a la ley del propio deseo que, de esta forma, habrá quedado constituido.

Sin embargo, a diferencia de los tratamientos que se llevan a cabo en el ámbito privado, los institucionales tienen un límite de tiempo. Si los plazos no existieran, no habría posibilidad de promover asistencia clínica a la numerosa cantidad de pacientes que consultan en las instituciones. En lo atinente al dinero, más allá de la modalidad instrumentada en cada ámbito institucional (gratuidad, bono cooperadora, bono contribución) el paciente, de realizar un pago, no lo efectúa al analista.

El creador del psicoanálisis, Sigmund Freud, pudo pensar, ya en 1910, la extensión del psicoanálisis a otros terrenos que el de la práctica privada, bajo la cual fuera concebido. En el texto “Nuevos caminos de la terapia psicoanalítica” nos dice: “Ahora supongamos que una organización cualquiera nos permitiese multiplicar nuestro número hasta el punto de poder tratar grandes masas de hombres. Por otro lado, puede preverse que alguna vez la conciencia moral de la sociedad despertará y le recordará que el pobre no tiene menos derechos a la terapia anímica que los que ya se le acuerdan en materia de cirugía básica. […]. Se crearán entonces sanatorios o lugares de consulta a los que se asignarán médicos de formación psicoanalítica, quienes, aplicando el análisis volverán más capaces de resistencia y más productivos a hombres que de otro modo se entregarían a la bebida, a mujeres que corren el peligro de caer quebrantadas bajo la carga de las privaciones, a niños a quienes sólo les aguarda la opción entre el embrutecimiento o la neurosis. Estos tratamientos serán gratuitos. Puede pasar mucho tiempo antes de que el Estado sienta como obligatorios estos deberes. […] así, es probable que sea la beneficencia privada la que inicie tales institutos. De todos modos, alguna vez ocurrirá.

Cuando suceda, se nos planteará la tarea de adecuar nuestra técnica a las nuevas condiciones. […] es muy probable que en la aplicación de nuestra terapia a las masas nos veamos precisados a alear el oro puro del análisis con el cobre de la sugestión directa […]. Pero cualquiera que sea la forma futura de esta psicoterapia para el pueblo, y no importa qué elementos la constituyan finalmente, no cabe ninguna duda de que sus ingredientes más eficaces e importantes seguirán siendo los que ella tome del psicoanálisis riguroso, ajeno a todo partidismo.1

Tan aguda es como siempre su lectura que se nos aparece bajo la forma de “vaticinio cumplido”. Sin embargo será sobre otro sesgo que nos detendremos, es el que alude a su posición en los dichos; no hace distingo de quien sufre en función de su condición económica y pronuncia para el psicoanálisis una invariante ética: el analista no deberá degradar su praxis por el hecho de realizarla en el marco de las instituciones, dado que su eficacia provendrá de los factores que constituyen, en sentido estricto, al psicoanálisis.
La organización de este pensamiento no sólo sirve de ayuda para conceptualizar una práctica, que en lo personal lleva más de veinticinco años, ejerciéndola de manera ininterrumpida, sino y primordialmente colabora para poder instituirla. Invaluable deuda con el maestro.

La experiencia clínica ejercida dentro del marco institucional nos permite a tantos psicoanalistas considerar que los tratamientos sostenidos transcurren y a su vez configuran un tiempo, aquel denominado por Freud ensayo previo.
Las notables modificaciones que soportan las coordenadas tiempo y dinero, con respecto a la cura tipo, no precipitan obstáculos de envergadura que imposibiliten la instalación de dicho tiempo.
Los analistas tendremos, caso por caso, oportunidad de dilucidar, como siempre a aprés-coup, si este tiempo resultó ser liminar al inicio de un análisis. Sin embargo, otra es la arista que aquí nos proponemos enfatizar y es la que asevera: el “[…] ensayo previo ya es el comienzo del psicoanálisis y […] tiene además una motivación diagnóstica”.2

En este preciso y preciado tiempo −asentimos− se inaugura el psicoanálisis. Afirmación de relevancia sustentada en el carácter particular que posee nuestra práctica. El saber que orienta al analista en su acto es un saber-hacer, en tanto se origina, junto con la investigación de la teoría y el control de su casuística, primordial e insoslayablemente en la experiencia que se adquiere como analizante (pilar de la formación). De ella deviene la convicción de la existencia del inconsciente, la capacidad genuina de entender que no sólo la escucha le es a su práctica indisociable, sino también que en el marco de un tratamiento psicoterapéutico su decir (enunciados) y la manera que tiene de destilarlo (enunciación) entrarán desde el comienzo mismo (puede ser ya a partir de la primera comunicación telefónica) a formar parte de un entramado, ineludiblemente, transferencial. El analista se hace presencia y así operará en la cura.
“Conviene entonces apuntar aquí –algo siempre eludido que Freud articula y que no es excusa sino razón de la transferencia– que nada podría alcanzarse in absentia, in effigie”.3

Se entenderán las razones por las cuales este saber no le es al analista extrínseco, menos que menos, regulable a voluntad. Por ello, resulta verdaderamente inviable dar curso a la demanda que desde el “sistema de salud” se le profiere: que confine su práctica clínica al ámbito privado y que en las instituciones haga uso de otro “método” que no sea el psicoanalítico.

Ni geográfico ni económico, de otro orden es el límite que el psicoanálisis formaliza y lejos estamos de desconocerlo. Son muy pocas las disciplinas que asientan su praxis en los bordes que contornean su propio límite. Desde este cimiento ético ha sido creada la nuestra. Un resto que no se deja reducir por lo simbólico es la marca de origen del descubrimiento freudiano.

Como efecto de la operatoria de la represión primaria, un representante psíquico (el representante de la representación), se fija sin hacer serie, hiancia del inconsciente de la que el sujeto se halla escindido. No todo se puede. Tampoco analizar todo, curar todo. Que el psicoanálisis precise para la dimensión humana un imposible –en cualquier aspecto en donde ella se exprese– no es lo mismo que plantear abolirlo en nombre de cualquier clase de frontera.
Aquello que demuestra nuestra experiencia clínica, tanto en el ámbito Institucional como dentro del marco privado, es que nadie sale igual, en el sentido cabal del término, si se avino a realizar la experiencia subjetiva que el psicoanálisis propone: elevar a un estatuto deseante aquellos goces pulsionales que por no estar afectados a la castración mortifican al sujeto dentro de su miseria neurótica.

¿Acaso puede ésto ponerse en juego desde la primera entrevista clínica?

Hace muchos años, cuando me encontraba ejerciendo mi práctica clínica en calidad de concurrente en un centro municipal de salud mental de la ciudad de Buenos Aires, hice pasar al consultorio que me habían asignado ese día, a una señorita muy joven a quien por primera vez conocía. Antes de sentarse, me manifiesta a manera de presentación: “Soy bulímica”. Mirándola a sus ojos con una enunciación que expresaba sorpresa le digo: “Creeme que nunca había escuchado ese nombre”. Embargada de angustia y con un llanto profundo, me mira y dice: “Mi nombre es Jaqueline, pero en mi casa ya casi no lo escucho, todo el día mis padres me dicen «sos bulímica, sos bulímica»”.
La escucha analítica, que tanto se distingue de la corriente, inaugura el psicoanálisis, al dirigirse desde el inicio al sujeto, descompletando el ser. Así se constata de manera conmovedora. Radical giro, de registro, de escena y de economía de goces, sobre los cuales el analista orientará su apuesta: que como producto de esta resta se constituya el deseo para poder asumirlo.
Por sostener la ética del deseo, que construye subjetividad, el psicoanálisis paga su particular costo en la cultura. Con mucho énfasis se lo conmina, desde distintos medios, a ocupar espacios cada vez más reducidos. A los psicoanalistas nos cabe, como siempre, la labor de resistir, en tanto no seamos propiamente nosotros los que bebamos esta misma “medicina”.

____________
1. Sigmund Freud: “Nuevos caminos de la terapia psicoanalítica”, en Obras compleas, Amorrortu editores, Buenos Aires, 1979, vol. XVII, págs. 162-163 (el subrayado me pertenece).
2. Sigmund Freud: “Sobre la iniciación del tratamiento (Nuevos consejos sobre la técnica del psicoanálisis, I)”, en Obras compleas, Amorrortu editores, Buenos Aires, 1980, vol. XII, pág. 126.
3. Jacques Lacan: El Seminario, Libro XI: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Barral editores, Barcelona, 1977, pág. 258.
 
 
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